Herejía
Capítulo 10
10
Cuando llegué a las escaleras de Thames Street, había barqueros de sobra que indicaban a gritos si iban río arriba o río abajo:
—¡Hacia el este, aquí!
—¡Hacia el oeste, aquí!
Llamé a un hombre que iba río arriba y él se acercó al embarcadero.
Remó más allá del Palacio de Whitehall, puesto que le había pedido que me llevara al embarcadero de Westmister, justo un poco después. En el embarcadero de los Comunes de Whitehall, los criados descargaban de un barco enormes brazadas de leña, supuestamente destinada a las cocinas de palacio. Volví a acordarme de la quema del día anterior y me estremecí. Al percatarme de que el barquero me miraba con expresión curiosa, bajé la vista y me quedé contemplando cómo metía y sacaba los remos del agua. Era un hombre joven, pero ya tenía las manos endurecidas y nudosas. Yo sabía que los barqueros viejos sufrían a menudo de dolorosa artritis y que las articulaciones se les quedaban agarrotadas convirtiendo sus manos en garras. Y todo para llevar a los ricos como yo adonde quisieran ir.
Pasamos por el Embarcadero del Rey: una amplia galería cubierta pintada de verde y blanco que se adentraba quince metros en el agua y acababa en una ancha plataforma cubierta, donde se detenía la barcaza del rey. Más allá, se alzaba esplendorosa la larga fachada del palacio, los muros de ladrillos rojos bañados por el sol de la tarde, salpicados de sobresalientes bastiones ricamente vidriados, con altas ventanas de cristal, y en el extremo sur, los nuevos aposentos de lady María, rodeados de andamios. Pagué al barquero y eché a andar por Whitehall Road, junto al muro occidental del palacio, hacia la puerta de entrada. Tenía calor con la toga, estaba sucio de polvo, cansado y atribulado.
Esta vez no había nadie para recibirme, pero mi nombre estaba en la lista y los guardias de la entrada me dieron acceso. Pasé bajo el arco, atravesé el patio, subí las escaleras y llegué hasta la Cámara de la Guardia Real. Mi nombre fue comprobado en todas las puertas.
Subí a la Cámara de Audiencias del Rey. Cuando entraba, pasó un sirviente de túnica marrón con una jarra de agua. Iba con tales prisas que casi chocó contra mí. Miré alrededor. Era curioso: el efecto de toda aquella magnificencia se había disipado un poco, aunque seguía siendo consciente de los caballeros armados apostados en torno a la pared con su espléndido atavío, fornidos hombres armados con pesadas alabardas. Aquí se veían menos jóvenes a la caza de nombre o fama. Mi mirada se vio atraída de nuevo por la pintura de la familia real; la estampa cuadrada y sólida del rey en marcado contraste con la grotesca y triste figura que había visto aquel mismo día.
Dos aspirantes a cortesanos estaban jugando con dados de plata. Uno se levantó de súbito gritando:
—¡Hacéis trampa! ¡Es la tercera vez que os sale un cinco!
El otro también se puso en pie, echando a un lado su corta capa española para dejar libre el brazo.
—¡Mentís como un bellaco! Me habéis insultado…
Dos caballeros armados se adelantaron para agarrar cada uno a un petimetre por el brazo.
—¡Os olvidáis de dónde estáis, patanes! —exclamó uno de ellos—. ¿Os atrevéis a suponer que podéis dar esos rebuznos en este lugar, como si fuera una vulgar taberna? ¡Fuera de aquí! ¡El chambelán del rey tendrá noticia de esto!
Los jóvenes fueron llevados hasta la puerta, siendo el centro de todas las miradas.
Ahogué una exclamación al reconocer a dos hombres con túnicas negras y cadenas de oro que habían entrado desde las escaleras y miraban a los dos jugadores. Los había visto a ambos en la quema. Uno era el secretario del rey, William Paget, su cuadrado rostro ceñudo sobre la poblada barba castaña, su extraña boca curvada hacia abajo como el tajo de una daga. El otro, cuya magra complexión contrastaba con la solidez de Paget y esbozaba una sonrisa sardónica en su rostro enjuto, era sir Richard Rich. Ninguno me había visto. Me moví rápidamente hacia la puerta que daba a la Cámara de Audiencias de la Reina y le susurré mi nombre al guardia. En cuanto me abrió, franqueé la puerta. Al otro lado, un guardia con librea me miró inquisitivo.
—Serjeant Shardlake —dije sin aliento—. Vengo a ver a lord Parr.
El tío de la reina ya me esperaba en la estancia. Alguien de abajo debió de advertirle de mi visita. Entre la magnífica decoración y la suntuosa ropa de un par de cortesanos, lord Parr componía una sobria figura con su capa negra. La única concesión al color era la insignia de la reina en su pecho y la pesada cadena de oro en torno a su cuello.
—Venid a mi oficina privada, señor Shardlake.
Le seguí a través de otro umbral y luego por un pasillo. Nuestros pasos no resonaban sobre las gruesas alfombras que cubrían los suelos de pared a pared. A través de una puerta abierta vislumbré la Cámara de Audiencias de la Reina y llegué a ver a la propia Catalina, que estaba cosiendo junto a una ventana, vestida de rojo, con algunas de sus damas que también habían estado presentes anteriormente. Gardiner, el perro de aguas de la duquesa de Suffolk, estaba en el suelo jugando con un hueso.
—Vamos a pasar a los aposentos privados de la reina —dijo lord Parr—. Mi oficina está allí. La reina gusta de mantenerme cerca desde que en primavera me hizo venir del campo. —Y abrió la puerta de un pequeño y oscuro despacho, con una ventana que daba a otro patio. Los papeles sobre los arcones y el escritorio se organizaban en ordenadas pilas—. Tened —me dijo, cogiendo de una silla una toga de abogado de la mejor seda—. Ponéosla. —La colorida insignia real de Santa Catalina estaba bordada en el pecho. Antes de sentarse detrás del escritorio fue a cerrar la ventana. Luego me conminó a tomar asiento.
—Estos días de verano la prefiero abierta —comentó—. Pero en este lugar nunca se sabe quién estará escuchando en la siguiente ventana —suspiró—. Como ya os habréis dado cuenta, en la corte impera el temor y el odio. No existe la verdadera amistad, ni siquiera entre las familias. Los Seymour discuten y pelean como gatos. Solo la familia Parr permanece unida, somos leales los unos con los otros —afirmó con orgullo—. Esa es nuestra fuerza.
—¿Solo habéis estado aquí desde la primavera, milord? —pregunté.
—Sí. Los últimos años he delegado mis tareas y he permanecido en mis haciendas. Estoy viejo y no siempre me encuentro bien. Ya no soy el que era cuando serví al rey —sonrió con cierta nostalgia—. Igual que hizo mi hermano, el padre de la reina. Y la madre de la reina era dama de honor de Catalina de Aragón. Los Parr hemos formado parte de esta corte durante mucho tiempo. La madre de la reina murió justo antes de que estallara la tormenta del gran divorcio del rey. Bueno, por lo menos eso no tuvo que sufrirlo. —Alzó sus agudos ojos bajo las cejas blancas—. He estado in loco parentis de mi sobrina desde entonces. Haría cualquier cosa por protegerla. Cuando me pidió que volviera a la corte, lo hice de inmediato.
—Lo comprendo.
—Debería tomaros juramento. —Sacó de un cajón un Testamento y yo juré solemnemente servir a la reina con lealtad y honestidad. Lord Parr asintió con gesto brusco, guardó de nuevo el libro y preguntó sin rodeos—: Bueno, ¿qué noticias hay?
Tuve que respirar hondo.
—No son buenas, mi señor.
Le conté que el primero de los asaltos contra Greening había ocurrido antes de que fuera robado el manuscrito de la reina, que las autoridades habían abandonado el caso, que los amigos de Greening parecían haber pasado a la clandestinidad y que incluso podrían ser anabaptistas. Por fin le hablé de la huida de Elias. Había prometido hablar únicamente con la reina de cualquier cosa que pudiera poner en peligro al muchacho, pero lord Parr tenía que saber de su fuga. No, no eran buenas noticias, y además tuve que mencionar el descuido de Nicholas al utilizar el nombre de Bertano, que tanto había perturbado a Elias, aunque alabé su hallazgo del jirón de seda. Lo llevaba encima y lo dejé sobre la mesa. Lord Parr lo examinó.
—Un trabajo fino y caro —sentenció—. El bordado es muy distintivo —añadió, dándole la vuelta—. El bordador de la reina, Hal Gullym, ha trabajado toda su vida en el Guardarropa Real del castillo de Baynard y conoce a todos los buenos camiseros de Londres. Tal vez podría averiguar quién ha confeccionado esto.
—¿De un mero jirón de manga?
—¿De esta calidad? Posiblemente. —Entonces frunció el ceño—. ¿El aprendiz estaba seguro de que el primer intento contra Greening sucedió antes de que robaran la Lamentación?
—Segurísimo. Es una lástima que el muchacho huyera. Se asustó al oír el nombre de Bertano.
—No me suena de nada. ¿Y decís que Okedene los oyó hablar de ese tal Bertano como si fuera alguien que podía hacer caer el país, un agente del Anticristo?
—También está seguro. Y creo que Okedene es un hombre honesto. Visto lo ocurrido, nos ha pedido que lo dejemos al margen —añadí vacilante—. Teme por su familia.
—Como temo yo por la mía —replicó lord Parr con franqueza—. Y aun así… ya han pasado once días desde que se robó el manuscrito y no hemos oído ni una palabra. Nada. ¿Quién puede tenerlo?
—Un radical religioso no, sin duda.
—Pero si hubiera caído en manos de un papista, el libro sería ya de dominio público, y Dios sabe lo que le habría pasado a mi sobrina. El rey es muy severo con cualquier cosa que le huela a deslealtad —afirmó, preocupado.
—Tendríamos que dar con ese aprendiz.
Él me miró con dureza.
—No deberíais haberlo perdido.
—Lo sé, milord.
—En cuanto a los tres amigos de Greening… ¿Siguen desaparecidos?
—Eso parece. Aunque tal vez hayan decidido mantener la discreción por el momento. El alguacil sabe dónde viven y los ha tenido vigilados este año, como sospechosos de ser sacramentarios.
Lord Parr frunció el ceño.
—¡Por los clavos de Nuestro Señor, estos radicales extremistas y sus delirantes ideas! Son un peligro para aquellos que pensamos que la Reforma debería realizarse mediante vías más discretas. No tienen ni idea de la realidad de la política. Ese tal Bertano tal vez ni siquiera exista, ¡bien podría ser un fantasma de sus mentes calenturientas! —Respiró hondo para serenarse—. Debéis dar con esos tres amigos de Greening. Hablad con ellos, averiguad lo que saben. Lo más probable es que ese aprendiz haya ido a refugiarse con ellos. Y si esta vez volvéis a llevar a vuestro pupilo —añadió, ceñudo de nuevo—, aseguraos de que sabe mantener la boca cerrada.
—Descuidad, mi señor.
Aquello significaba todavía más trabajo, pensé, y entre personas que podían resultar peligrosas para aquellos a los que considerasen sus enemigos. Pensé también en el trabajo jurídico que no podía delegar en mi personal —se aproximaba la fecha del peritaje del mural del caso Slanning— y sentí un momento de pánico, a tal punto que me pareció que la butaca se movía debajo de mí. Me agarré a sus brazos.
—¿Qué sucede? —me preguntó lord Parr.
—Lo lamento, milord, es que… Bueno, ha sido un día muy largo y ayer asistí a la quema. A veces cuando estoy cansado me siento un poco extraño, el mundo parece tambalearse…
Esperaba que se irritara conmigo tachándome de quejica y pusilánime, pero, para mi sorpresa, me habló con voz queda:
—La reina me contó que os encontrabais a bordo del Mary Rose cuando se fue a pique el pasado año. Aquella fue una gran tragedia. Aunque no está permitido hablar de ello en la corte, el rey sintió una gran humillación por la pérdida de su navío favorito.
—Perdí muy buenos amigos y yo mismo estuve a punto de morir. En momentos de tensión… perdonadme, milord.
Lord Parr emitió un gruñido.
—Yo a veces tampoco me encuentro bien. He sufrido durante mucho tiempo de fiebres, que ahora se han tornado más frecuentes. A veces me siento muy cansado… —Se encogió de hombros y me dedicó una tensa sonrisa—. Pero debemos seguir adelante. ¿Conocéis el lema de la reina?
—«Ser de utilidad es mi único propósito».
—Pues eso debemos hacer. Ya sé que es una pesada carga, señor Shardlake.
—Gracias, milord, pero ¿es de verdad el mejor curso de acción encontrar e interrogar a esos hombres? Los radicales sospechan de todo el mundo. Seguramente me verán, como me vio el aprendiz, como un abogado inquisitivo al servicio de algún amo que podría hacerles daño.
Lord Parr sonrió con ironía.
—Sí, vuestra profesión es contemplada con suspicacia. La gente piensa que todos los abogados están dispuestos a servir a cualquier amo por un precio.
—Tal vez si otra persona pudiera abordar inicialmente a esos hombres… Alguien de quien se sepa que simpatiza con su causa, que pudiera asegurarles que el abogado que acudirá a hablar con ellos no es un enemigo… No hace falta que les diga nada más.
—Tenéis razón —convino lord Parr—. Creo que anoche conocisteis al joven William Cecil.
—Sí.
—Se sabe que tiene ciertos… contactos, digamos. Sirve como ayudante en el Consejo Legal de la Reina, pero yo ya he tomado buena nota de su inteligencia y su compromiso con la Reforma. Así como de su ambición personal, que es considerable. —Volvió a esbozar su sardónica sonrisa—. Muy bien, lo enviaré a buscar esos hombres. Los tranquilizará asegurándoles que solo deseáis interrogarlos sobre el asesinato de Greening, pero que no les ocasionaréis ningún perjuicio. Eso es todo lo que el señor Cecil necesita saber. Por supuesto ignora la existencia de la Lamentación.
—Eso podría ayudar a nuestra investigación.
Lord Parr se acarició la barba.
—¿Y decís que Greening solo estaba imprimiendo un manual de francés cuando lo mataron?
—Así es. Yo mismo registré de manera exhaustiva el taller.
—La reina, como ya os imagináis, no tiene relación alguna con tales impresores de poca monta. Sus Oraciones y meditaciones fueron al impresor del rey, John Berthelet. —Se agarró con decisión a los brazos de la silla—. Y ahora, me gustaría que interrogarais a algunos sirvientes de la casa.
—Muy bien, mi señor.
—Pero primero, echad un vistazo a esto.
Sacó de la toga una llavecita en una cadenilla de oro.
—He persuadido a mi sobrina de que me confíe esta llave. Es la que lleva ella en torno al cuello, la que abre su cofre privado.
Al examinarla comprobé que tenía varios dientes de distintos tamaños.
—No parece una llave fácil de copiar.
—No. He hecho que lleven el cofre a un lugar seguro donde podrá ser inspeccionado. —Volvió a guardarse la llave entre los pliegues de su toga—. Y ahora, ¿estáis listo para interrogar a los criados? —preguntó, clavándome una intensa mirada.
—Sí, milord. Perdonadme. Solo he sufrido un momento de debilidad.
—Muy bien —replicó, consultando un papel sobre su mesa—. He repasado los informes para averiguar quién estaba de guardia aquel día. La reina pasó toda la tarde en su cámara. Fue a su dormitorio después del almuerzo y estuvo reflexionando de nuevo sobre la perspectiva de destruir su manuscrito. Luego pasó un tiempo estudiando español, puesto que se esfuerza en ampliar su conocimiento de las lenguas extranjeras para ser de máxima utilidad en las funciones diplomáticas.
—¿Suele estar a solas durante las tardes?
—No. Pero cuando tiene una tarde libre, le gusta aprovechar la ocasión para estar a solas unos momentos, algo que no siempre es fácil en este palacio —añadió—. A las seis fue llamada ante el rey, como ya sabéis, y volvió a las diez de la noche. El robo de la Lamentación se produjo durante esas cuatro horas. Según los guardias, las únicas personas que entraron en las estancias privadas de la reina en ese lapso fueron los dos pajes cuyas tareas son limpiar los aposentos y la Galería de la Reina, y dar de comer a Rig, el perro de aguas de la reina, y a sus pájaros. Interrogaréis también a las dos mujeres que gozan más o menos de acceso libre: Mary Odell, una dama de honor que sirve a la reina desde hace años, que se asegura de que su cama esté preparada y que a menudo duerme con ella en su cámara, y Jane Fool, la bufona que comparte con lady María. Jane tiene muy pocas luces. Por lo visto, entró en la Cámara Privada esa tarde, donde se encontraban algunas de las damas de la reina, pidiendo ver a mi sobrina con la excusa de que tenía algo que la divertiría. No creyó a las damas cuando le dijeron que la reina se encontraba con el rey, y Jane es capaz de armar un buen revuelo cuando no se sale con la suya, pues tanto la reina como lady María la tienen muy consentida. De manera que el guardia la dejó pasar a los aposentos privados para que pudiera comprobarlo por ella misma. Salió al cabo de unos minutos. Y eso es todo.
—¿De cuántas habitaciones disponen los aposentos privados?
—Son seis. El baño, el dormitorio, la capillita, un estudio y el comedor. Y al final está su galería privada, donde suele pasear. Por cierto, yo mismo he registrado todos los rincones de cada estancia, por si el manuscrito estuviera escondido allí.
—¿Todos los días hacen falta dos pajes para la limpieza?
Lord Parr soltó una risa burlona.
—Por supuesto que no. Pero esta es la Casa Real, y una multitud de criados atestigua la alta posición de la reina. Hay otros dos pajes que acuden a limpiar por las mañanas. Solo el rey tiene más sirvientes.
—¿Y el personal de servicio varía?
—Sí, hay unos turnos. Ya veo lo que estáis pensando: que algún criado podría haberse enterado de la existencia del manuscrito con anterioridad. Pero no podían haber planeado de antemano el robo del libro ese día, puesto que nadie sabía que el rey llamaría a la reina a su presencia.
—Pero debía de hacerlo a menudo, ¿no es así?
—No todas las tardes. Y en los últimos días a menudo mantenía reuniones por las tardes con consejeros y embajadores.
—De manera que el libro tuvo que ser robado por uno de esos cuatro criados, a menos que alguien hubiera entrado a hurtadillas en la Galería de la Reina.
—Eso es de todo punto imposible. Los guardias de las entradas a la Cámara Privada examinan a todo el que entra y sale. Son un bloqueo inexpugnable.
Me quedé pensando un momento.
—¿Y qué hay de los propios guardias? ¿Son de confianza?
—Elegidos por la reina personalmente. También trabajan por turnos, pero si cualquier guardia hubiera dejado su puesto junto a una de las puertas, habría sido visto al instante. Los primeros en darse cuenta habrían sido los aspirantes a cortesanos, siempre ansiosos por obtener acceso a lugares donde no deberían entrar. No, los únicos que entraron durante la ausencia de la reina fueron los dos pajes, Mary Odell y Jane Fool.
—Cuatro personas.
—He hecho llamar a los dos niños y las dos mujeres. Con el pretexto del robo del anillo, quiero que comprobéis los movimientos de cada uno de ellos durante ese día. Presentad la pérdida de la joya como un motivo de gran tristeza para la reina. Os ha dado autoridad para ver a Mary Odell a solas, pero tendréis que interrogar a Jane en su presencia. Jane es tan estúpida que tendría miedo si la interrogarais a solas, tal vez incluso podría mostrarse desafiante. —Frunció el ceño. Era evidente que consideraba a la bufona un fastidio.
—Muy bien, milord.
—Mary Odell es una de las cuatro damas de cámara. Es un puesto de categoría inferior, pero Mary mantiene una relación cercana con la reina. Es su prima segunda. Ahora hay muchos parientes lejanos de los Parr en la corte real, igual que antaño hubo de las familias Bolena y Seymour. Además de depender de la reina, todos le deben su puesto, de manera que puede contarse con su lealtad. Pero Mary Odell, en particular, es amiga íntima de la reina, además de su sirviente. Tratadla con gentileza. En cuanto a la bufona Jane… —Lord Parr inclinó la cabeza—. Hay dos tipos de bufón: los duchos en inocuas payasadas, como el del rey, Will Somers, y los idiotas por naturaleza, como Jane. Aunque lo cierto es que posee también un agudo ingenio y goza de gran permisividad. —Me clavó la mirada—. Nunca se sabe si los idiotas son tan idiotas como parecen —concluyó ominoso.
—Y Jane hace también de bufona de lady María, de manera que responde a dos lealtades…
—Ya lo había considerado. Hace diez años que lady María depuso su actitud desafiante y aceptó la Supremacía Real. Es conservadora en cuestiones religiosas, pero ha seguido todo este tiempo los deseos del rey. La reina ha intentado unir a los tres hijos de su marido, pero aunque María le tiene cariño al pequeño Eduardo, no le gusta nada lady Isabel. —Lord Parr se encogió de hombros—. Es comprensible, puesto que la madre de Isabel desplazó a la suya. La reina ha hecho todos los esfuerzos por acercarse a María. Son de la misma edad y suelen estar juntas.
—Pero lady María no es reformista.
—Ha evitado cualquier sospecha sobre ella. Está a salvo. Y ahora os dejo. —Se puso en pie—. Os enviarán a los pajes. Como ya he dicho, llamará menos la atención que dirija el interrogatorio alguien del Consejo Legal de la Reina en lugar de yo mismo. Volveré más tarde. El anillo robado es de oro con un gran rubí cuadrado en el centro, y con las iniciales de la finada hijastra de la reina, MN, de Margaret Neville, grabadas en el interior. Estad atento al paje Adrian Russell —me advirtió encaminándose ya hacia la puerta—. Puede ser un arrapiezo muy insolente. Más adelante os mostraré el cofre. A propósito, hoy me he enterado de que el rey se trasladará a Hampton Court el mes que viene. Ya han enviado allí a los cazadores de ratas. Todo el personal y todo lo que hay en los apartamentos reales serán trasladados hasta allí en barcaza. De manera que es importante que veáis aquí todo tal cual estaba en el momento del robo, mientras todavía sea posible.
Un guardia hizo pasar al primer paje, un muchacho rubio y flaco de unos dieciséis años y actitud arrogante. Vestía la librea roja de la reina, con su insignia en el pecho, y una capa negra que se quitó. Lo miré severo, como si fuera un testigo hostil en un juicio.
—¿Eres Adrian Russell?
—Sí, señor, de Kendal. Mi padre es pariente lejano de la reina y propietario de muchas tierras en Cumberland —anunció con orgullo.
—Yo soy el serjeant Shardlake, del Consejo Legal de la Reina, encargado de investigar el asunto del anillo de rubí robado de un cofre en el dormitorio de la reina. ¿Has oído hablar de tal robo?
—Sí, señor.
—El anillo fue robado mientras la reina se encontraba con su majestad el rey el día seis de julio, entre las seis y las diez de la tarde. ¿Tú eras uno de los que estaban de servicio esa noche?
Russell me miró con insolencia.
—Sí, señor. Garet Lynley y yo entramos a las seis a llevar velas nuevas, limpiar los aposentos y perfumarlos con hierbas frescas. Me marché a las ocho, pero Garet se quedó. Para encargarse del dormitorio —añadió.
—¿Entraste tú en algún momento en el dormitorio de la reina? —pregunté con brusquedad.
—No, señor. Solo entró Garet Lynley. Solo se permite que entre un paje cada noche, y ese día no era mi turno.
—¿Y todos los días dos pajes realizan esa labor durante dos horas?
—Tal es nuestra tarea. Tenemos que encargarnos también de la Galería de la Reina para dar de comer a los pájaros que hay allí. Y a su perro.
No me gustaba el tono arrogante del zagal, de manera que le hablé con frialdad:
—Tal vez no siempre tardáis dos horas… Tal vez a veces os sentáis a descansar…
—Todos los sirvientes lo hacen, señor.
—Y los muchachos tendéis a trastear. Un paje ya robó en una ocasión algo de la reina, tal vez lo recuerdes. Y fue sentenciado a la horca hasta que la reina lo perdonó.
Russell abrió mucho los ojos.
—¡Señor, yo nunca haría una cosa así! —exclamó—. Yo no robaría nada, lo juro. Vengo de buena familia…
—Eso dices tú. ¿Viste a alguna otra persona mientras estabas allí, o advertiste algo inusual?
—No, señor.
—Piensa. Haz memoria. Tal vez el ladrón dejó algo fuera de lugar, o movió algo de sitio…
—No, señor. Os juro que os lo diría si hubiera advertido algo fuera de lugar. —El joven Russell se retorcía las manos, ansioso ahora, desaparecida su arrogancia.
No me imaginaba a aquel imberbe involucrado en el robo del manuscrito. Con tono menos duro le pedí que me contara con detalle todos sus movimientos esa tarde y luego lo dejé ir. El chico se marchó con visible alivio.
El segundo paje, Garet Lynley, entró ya con miedo. Se lo noté de inmediato. Tenía la misma edad de Russell, era alto y delgado y llevaba el pelo castaño largo y bien peinado. Le pedí que se sentara y le pregunté sobre sus deberes en el dormitorio de la reina.
—Entro, coloco velas nuevas en los candelabros, pongo sábanas limpias sobre el cofre y luego cambio las flores y pongo hierbas y pétalos frescos por la estancia. Doy de comer a Rig, el perro de la reina, si es que está allí, aunque esa noche no estaba. No toco la cama ni las ropas de su majestad, a menos, por supuesto, que sea para sus damas. Creo que Mary Odell estaba allí ese día.
Asentí con la cabeza.
—Pones las sábanas sobre el cofre. ¿Sabes que dentro se guardan objetos de valor?
—Os juro, señor, que yo no lo toqué. Nunca lo toco. Creo que está cerrado con llave.
—¿Has intentado abrirlo para averiguarlo?
—Nunca. Soy leal a su majestad —contestó, alzando la voz de miedo.
Intenté mostrarme amistoso:
—¿Advertiste esa tarde alguna cosa inusual? ¿Algo extraño en el cofre, tal vez?
—No, señor. Ya había anochecido y llevaba un candil… —Frunció el ceño—. Pero si hubiera habido algo raro en el cofre, creo que me habría dado cuenta. Esa semana había dejado allí la ropa limpia todas las noches.
—¿Has visto alguna vez el anillo robado?
—No. Me han dicho que la reina a veces lo lleva puesto, pero yo debo inclinarme cada vez que pasa, así que nunca lo he visto.
—Muy bien. —Le creía, pero Garet Lynley, estaba seguro, tenía miedo de algo más que mis preguntas—. ¿De dónde eres, muchacho? Tienes acento del norte.
La pregunta pareció perturbarlo. Contestó mirando a un lado y otro:
—De Lancashire, señor. Mi madre fue en otros tiempos doncella de la casa de Catalina de Aragón. A través de ella recibió mi familia sus tierras. Conocía a la madre de la actual reina, lady Parr.
—¿Y así es como lograste este puesto, a través de las relaciones de tu familia con la madre de la reina?
—Sí, señor. Mi madre escribió a lord Parr preguntándole si tendría algún puesto para mí. —El muchacho respiraba cada vez más deprisa.
—¿Viven tus padres?
—Mi padre no, señor. —Vaciló—. Estuvo prisionero en la Torre después de la Rebelión del Norte, hace diez años, y murió allí.
Reflexioné. Un muchacho cuya madre había servido a Catalina de Aragón y cuyo padre había tomado parte en la Rebelión del Norte.
—Así pues, tu historia familiar podría hacer dudar a la gente de tus opiniones religiosas —dije despacio.
El colapso de Garet fue inmediato. Casi cayéndose de la silla, se arrodilló en el suelo retorciéndose las manos.
—¡No es cierto! Os juro que no soy ningún papista. Yo sigo fielmente lo que dispone el rey. No hago más que repetírselo a la gente. ¡Ojalá me dejaran en paz!
—Levántate —le dije suavemente. Sentía haberlo amedrentado así—. Vuelve a sentarte en la silla. Escucha, yo no intento perjudicarte. ¿De qué gente hablas?
Él sacudió la cabeza, con las mejillas surcadas de lágrimas.
—Vamos, Garet. Si no has hecho nada malo no sufrirás ningún perjuicio. Y si lo has hecho y confiesas… la reina será clemente.
El muchacho respiró hondo.
—Yo no he hecho nada, señor. Pero es como vos decís: por culpa del pasado de mi familia la gente piensa que estaría dispuesto a espiar a los reformistas. Lord Parr y la reina saben que mi familia solo desea vivir tranquila y servir lealmente. Pero desde que vine a palacio… —Se interrumpió, vacilante.
—¿Qué?
—Un hombre me ha abordado ya dos veces para preguntarme si estaría dispuesto a observar a la reina en lo que pudiera e informar a los seguidores de lo que él llamó la religión verdadera. Yo me negué, os lo juro… —Me miró desolado, con el rostro congestionado por el llanto, y de pronto me di cuenta de lo que debía de ser para un muchacho inocente entrar en esta dorada cloaca.
—¿Informaste de esto a tus superiores? ¿A lord Parr?
—No, señor, no me atreví. Ese hombre… me daba miedo.
—¿Cuándo sucedió?
—Cuando llegué a la corte, el otoño pasado. Y luego otra vez en abril, cuando comenzó la caza de herejes.
—¿El mismo hombre te abordó las dos veces?
—Sí. Yo no lo conocía de nada. Se lo comenté a otro paje, y me dijo que eso a veces pasa cuando llega alguien nuevo a la corte, que se le acerca alguien de un bando u otro, y que si quería conservar el pellejo tenía que negarme en redondo. Siempre se te acerca alguien desconocido en la corte, un sirviente de alguno de los grandes hombres del reino, pero de fuera de palacio.
—¿Cuál era su nombre?
—No me lo dijo. La primera vez se me acercó en la calle. La segunda, me estaba esperando en la puerta de una posada que frecuento. Había algo en su rostro que me dio miedo. —El muchacho bajó la vista, avergonzado de su debilidad.
—¿Podrías describirlo?
Garet volvió a mirarme, dándose cuenta de que ahora se lo tenía que jugar todo.
—Rondaba los veinte años, flaco, pero nervudo y fuerte. Llevaba ropas baratas, pero hablaba como un caballero. Recuerdo que le faltaba media oreja, como si se la hubieran cortado en una pelea —añadió, estremeciéndose.
Media oreja, como uno de los hombres que habían intentado asaltar el taller de impresión de Greening la primera vez. Intenté disimular mi emoción.
—Las dos veces me dijo que si accedía a espiar a la reina, me ganaría la gratitud de un gran personaje del reino, que me recompensaría y haría prosperar mi carrera en la corte.
—Una perspectiva muy tentadora —observé.
—No. —Garet meneó la cabeza con vehemencia—. Yo solo quiero marcharme de aquí lo antes posible.
—Has hecho lo correcto al contármelo —quise calmarlo—. No tienes nada que temer. Dime, después de que rechazaras la oferta de ese hombre por segunda vez, ¿has vuelto a verlo?
—Nunca más. Pero me han dicho que siempre pasa eso, que si no pueden reclutarte, ya no insisten. Ojalá pudiera volver a mi casa con mi familia, señor — añadió con un hilo de voz—. Sin deshonra.
—Creo que podrá arreglarse.
Se enjugó el rostro con la manga de satén. Yo no podía sino comprender su debilidad. De haberme visto yo en el mismo peligro a su edad, mi reacción probablemente habría sido la misma. Lo dejé marchar y me quedé a solas en la oficina de lord Parr. Por fin, pensé. Una pista.