Herejía
Capítulo 11
11
Mary Odell era una mujer alta y rolliza de treinta y pocos años, ataviada con librea de seda negra; la insignia de la reina lucía en el gorro que cubría su pelo rubio. Su rostro de facciones blandas transmitían cierto aire maternal, aunque no llevaba anillo de casada, y sus ojos verdes eran despiertos y sagaces. Me levanté para saludarla con una reverencia y la invité a tomar asiento. Eso hizo. Colocó las manos en su regazo y me miró con curiosidad y lo que me pareció un atisbo de diversión.
—Soy el serjeant Matthew Shardlake.
—Lo sé, señor. La reina ha hablado de vos. Os considera un hombre honesto y de suma inteligencia.
Noté que me sonrojaba.
—Os pido disculpas por molestaros, señora Odell, pero debo hablar con todos los que estuvieron en los aposentos privados de la reina la noche en que fue robado el anillo.
—Desde luego. Su majestad me ha pedido que haga todo lo posible por ayudaros.
—Lord Parr me ha comentado que sois doncella y amiga de la reina desde hace algún tiempo.
—Estamos emparentadas. Ya conocía a su majestad antes de que fuera reina. — Mary Odell esbozó un atisbo de sonrisa, con aquel asomo de secreta diversión que la propia reina había mostrado tantas veces en tiempos más felices—. Los parientes pobres se benefician cuando alguien de la familia alcanza una posición tan elevada. —Hizo una pausa y prosiguió con tono más serio—. Pero mi lealtad hacia su majestad va mucho más allá de la gratitud por mi puesto. La reina ha tenido a bien otorgarme su confianza y amistad, y hablo con franqueza si os digo que daría mi vida por ella. —Respiró hondo—. Me ha contado muchas de las cosas acontecidas estos últimos meses. Me ha hablado de sus… problemas.
—Ya veo. —Pero no de la Lamentación, me dije. Sería demasiado peligroso.
Ella me miró inquisitiva.
—La reina se muestra muy perturbada por la pérdida de su anillo. Es cierto que quería a Margaret Neville, pero aun así parece demasiado afectada por el robo. —Era evidente que aquella inteligente mujer había adivinado que se trataba de algo más que una joya robada.
—Tengo entendido que estabais de servicio como doncella esa noche. Y que, por favor, disculpadme, compartíais en ocasiones el lecho de la reina.
—Lo hago a veces. Por darle compañía, cuando mi señora se siente sola o preocupada.
—¿Podrías contarme todo lo que sucedió cuando acudisteis a preparar su dormitorio la noche del robo? Cualquier cosa inusual que oyerais o vierais, por nimia que sea, podría sernos de ayuda.
Ella asintió, como satisfecha de ir al grano.
—Dispongo de dos habitaciones en las residencias junto a la puerta de entrada. Esa tarde salí tal vez diez minutos antes de tiempo, un poco antes de las nueve. Estaba cansada y quería terminar cuanto antes con mis deberes. Atravesé el patio hasta los apartamentos reales. La rutina consiste en que los pajes limpian las estancias y luego voy yo a preparar la cama, asegurarme de que todo está en orden y dejarle preparados el camisón y sus cepillos del pelo.
—¿Y uno de los pajes siempre limpia primero el aposento?
—Así es.
—¿Son obedientes los pajes? Los muchachos gustan de hacer travesuras.
—En alguna ocasión los he sorprendido jugando a las cartas en la Galería de la Reina, e informé de ello al señor ujier, pero no se atreverían a causar ningún problema serio en sus dependencias. Los muchachos que estaban de turno esa tarde habían hecho un buen trabajo. Uno de los guardias me dijo que su majestad estaba con el rey. A veces, a la vuelta, gusta de hablar conmigo, de manera que cuando salí hacia mis habitaciones le dije al guardia que volvería si ella lo deseaba. Tengo que decir, señor Shardlake, que parecía una tarde de lo más normal. No hubo nada inusual, nada fuera de lugar. Solo… —Arrugó la nariz—. Había un olor algo desagradable en el aposento. Pero era tan leve que apenas podía captarse.
—¿Qué clase de olor?
—Pues, disculpadme, como de excrementos. Pensé que tal vez provenía del río, de manera que cerré la ventana. Observé con atención toda la estancia, con ayuda de mi candil, pero no vi nada raro. Como os he dicho, el olor era muy vago.
—¿Y advertisteis algo extraño en el cofre privado de la reina, donde se guardaba el anillo?
—El paje había dejado encima las sábanas, como de costumbre. No había nada fuera de lugar. —Hizo una pausa—. Me gustaría poder ser de más ayuda, viendo lo afectada que está la reina —dijo con auténtico sentimiento—. Pero es que no noté nada.
—¿Habíais visto alguna vez el interior del cofre?
—Varias veces. La reina a veces ha sacado delante de mí sus joyas o alguna carta a medio terminar. Siempre llevaba la llave en torno al cuello. Pero no estos últimos meses —añadió con tristeza—. Últimamente su majestad parecía reticente a que yo viera el contenido del cofre.
Tenía que apartarla de ese camino, aunque fuera mintiendo.
—A veces, cuando una persona ha estado sometida a tensión durante un tiempo, como sé que le ha sucedido a la reina, algo como la pérdida de un anillo de un ser querido puede desequilibrar sus humores.
Ella asintió.
—Es cierto. —Pero me clavó una intensa mirada.
—Estáis totalmente segura, pues, de que no había nada fuera de lo común esa noche.
Ella se esforzó por recordar, hasta que de pronto algo le vino a la mente.
—Aparte del olor, que no tardó en desvanecerse, hubo solo una cosa, algo tan nimio que no sé si mencionarlo siquiera.
—¿El qué? —pregunté, inclinándome sobre el escritorio de lord Parr—. Cualquier cosa podría ser de ayuda.
—Os he comentado que yo venía de mis habitaciones, y ya habréis visto cuántas puertas vigiladas hay que atravesar en este palacio: la entrada a la Cámara de la Guardia Real, las Cámaras de Audiencias, la Cámara Privada, los aposentos personales… Cuando me toca servir, siempre estoy en la lista de las personas que deben ser admitidas. A veces algún guardia nuevo en sus tareas me pregunta quién soy, comprueba que esté en la lista y hace una marca junto a mi nombre. Yo no me quejo, puesto que es su deber. Pero en los aposentos de la reina casi todos los guardias me conocen y se limitan a marcar mi nombre cuando paso. Esa noche, el guardia de los aposentos privados era Zachary Gawger, un hombre que muchas veces ha estado apostado allí. Para mi sorpresa, me detuvo, insistiendo en que no encontraba mi nombre en la lista. Le dije que se dejara de pamplinas, pero él insistió en repasar la lista dos veces, hasta que por fin dio con mi nombre y me dejó pasar. Y me habló en voz muy alta y con un tono amenazante muy poco adecuado para dirigirse a una dama de mi posición —apostilló—. Pensé que igual estaba borracho, pero el capitán de la guardia siempre se asegura de que sus hombres estén sobrios y todos sus pertrechos en orden antes de que ocupen sus puestos.
—Ciertamente suena extraño —convine—. Lo hablaré con lord Parr. —Me levanté y me incliné ante ella—. Os doy las gracias por vuestro tiempo.
Ella también se puso en pie.
—Se me ha pedido que os lleve a la capilla privada de la reina. Su majestad se reunirá allí con vos. Tengo entendido que tenéis que hablar con Jane Fool.
—Así es.
De nuevo esbozó aquella sonrisa divertida, como la reina Catalina.
—Os deseo buena suerte con ella, señor.
Abrió la puerta y salimos los dos.
Recorrimos un pasillo impregnado de un denso aroma a rosas y lavanda que provenía de los pétalos colocados a lo largo de la pared revestida de madera. A través de una puerta abierta al final del corredor vislumbré una galería muy larga y bellamente pintada, de altas ventanas. Estaba llena de jaulas de pájaros cantores que emitían hermosos trinos. La Galería de la Reina, supuse.
Mary Odell llamó a una puerta lateral y sin recibir respuesta me dejó paso. Me encontré en una pequeña alcoba, una capilla para la oración. El diseño era impecablemente ortodoxo: profusamente pintado como todo el resto del palacio, con un altar cubierto de lino blanco bordado y velas ardiendo en sus nichos. La reina se habría asegurado de que su capilla no presentara signos visibles de reformismo que sus enemigos pudieran utilizar en su contra.
Mary Odell se dio la vuelta en el umbral.
—La reina y Jane no tardarán en llegar.
—Gracias, señora Odell.
Ella me dedicó una sonrisa encantadora.
—Sé que haréis cuanto esté en vuestra mano para ayudar a la reina. Que Dios bendiga vuestros esfuerzos, señor Shardlake.
—Sois muy amable.
Salió entre el frufrú de sus faldas de seda, dejándome a solas. A lo lejos se oían unas débiles voces: el alboroto diario del palacio. Por fin, pensé, ganaba un poco de terreno. El hombre de la media oreja que había participado en la primera intentona contra Greening estaba relacionado con alguien de los estamentos más altos, y el extraño episodio de Mary Odell con el guardia debería ser también investigado. Incluso aquel extraño olor era digno de reflexión. Y ahora estaba a punto de volver a ver a la reina. Me fijé en una de las velas encendidas y me asaltó una extraña sensación de bienestar.
Tan mullida era la alfombra que no oí pasos y me sobresalté cuando se abrió la puerta. Cuatro mujeres entraron, pero la reina Catalina no estaba entre ellas. Dos eran jóvenes y llevaban suntuosos vestidos de manga larga. A las otras dos las reconocí, impresionado, del gran retrato del rey y su familia. Una era la mujer de rostro redondo que se encontraba de pie detrás de lady María en el umbral de la puerta; la otra era la propia lady María. La mujer pequeña, que debía de ser Jane Fool, se acompañaba nada menos que de un pato gordo y blanco que anadeaba a su lado con un collar de cuero y una correa.
Jane destacaba por la sencillez de su ropa, aunque su vestido gris de cuello alto y la cofia blanca eran de la mejor tela. Sus ojos azules recorrieron toda la capilla antes de clavarse en mí con una expresión vacua y asustada. Junto a ella, apenas más alta pero magníficamente vestida y con un aire de autoridad real, lady María me observaba. Me incliné casi hasta el suelo, con el corazón martilleándome el pecho.
—Incorporaos, señor abogado —dijo una voz sorprendentemente profunda.
Miré a la hija mayor del rey. Sabía que la hija de Catalina de Aragón era mucho mayor que lady Isabel y el príncipe Eduardo. Se encontraba cerca de los treinta años, pero con sus facciones delgadas y afiladas aparentaba más edad. Se tocaba el pelo castaño con una capucha francesa redonda tachonada de diamantes y llevaba un vestido verde decorado con granadas, un diseño muy popular pero también el emblema de su madre repudiada y muerta hacía tiempo. Con sus manos pequeñas y bien formadas toqueteaba una poma de oro que llevaba al cinto.
—Perdonadme, mi señora, no sabía…
Ella asintió y me dedicó una agradable sonrisa, aunque sus ojos negros me observaban con atención y frialdad. Me dio la impresión de que había estado en guardia toda su vida, a pesar de su sereno ademán.
—Estabais esperando a la reina —dijo, haciendo un gesto con la mano—. Ya lo sé. Pero mi padre la ha llamado para que le haga compañía un rato. Jane estaba conmigo cuando vino Mary Odell en su busca, así que me ofrecí para acompañarla. —Me miró inquisitiva—. Creo que os han pedido que investiguéis el asunto del anillo robado.
—Así es, milady. Por encargo de lord Parr.
María hizo ademán de encoger sus estrechos hombros con un mínimo movimiento.
—Algo he oído. Pero he estado muy ocupada estos días observando la construcción de mis nuevos aposentos. —Un tono de orgullo tiñó su voz—. Me he hecho acompañar de dos de mis damas, como ya veis, por una cuestión de decoro. — No me las presentó, sino que siguió dirigiéndose a mí—: Me sorprende que sea necesario interrogar a la pobre Jane.
María miró con gran aprecio a la bufona, que se volvió hacia ella suplicante y habló con voz aguda:
—Yo no he hecho nada malo, mi señora.
Me pregunté si Jane era genuinamente una mujer temerosa y de pocas luces o todo sería una farsa. No era fácil saberlo. Había algo curiosamente inescrutable en su cara de luna, bien porque su mente funcionaba de manera extraña o bien porque se trataba de una consumada actriz. Tal vez ambas cosas.
—Ha sido deseo de la reina, porque Jane fue una de las cuatro personas que entraron en el aposento de su majestad la tarde que fue robado el anillo. —Parecía costumbre referirse a la bufona por su nombre de pila. Me volví hacia ella—. Tú no eres sospechosa de nada. Lo que sucede es que tal vez viste o advertiste algo extraño…
La voz de lady María, súbitamente brusca, me interrumpió:
—Os pido que dirijáis vuestras preguntas a Jane a través de mí, señor, como estoy segura sería el deseo de la reina de haber podido estar presente. No pienso permitir que asustéis a Jane. —Y frunció ligeramente el ceño, un gesto que sus dos damas se apresuraron a imitar. El pato tiró de su correa, ansioso por investigar unas hierbas dispersas en un rincón de la capilla.
—¿Entonces podría pediros, milady, que le preguntéis a Jane qué hizo y qué vio desde el momento en que entró en los aposentos privados el día seis de julio?
—¿Y bien, Jane? —dijo lady María con tono animoso—. ¿Te acuerdas de algo?
Jane Fool me clavó una fugaz mirada antes de dirigirse a su señora.
—Yo quería mostrarle a la reina un truco nuevo que le he enseñado a Patito: buscar unas hierbas que yo escondo. Pero las damas no me dejaban pasar de la Cámara Privada, decían que la reina no estaba. —Y para mi sorpresa, Jane dio una patada en el suelo como una niña pequeña y alzó la voz—: Siempre intentan apartarme de la reina, aunque soy la única capaz de entretenerla cuando está triste. Y últimamente está muchas veces triste…
María alzó una mano y Jane guardó silencio.
—Sí —dijo lady María con cierto sarcasmo—. Es cierto. Y ahora todo este alboroto por un anillo.
Por mucho que la reina se hubiera esforzado por unir a los hijos del rey y granjearse su amistad, me daba la impresión de que al menos con María sus desvelos habían tenido un éxito limitado.
—Cuando por fin entraste en los aposentos privados —se dirigió a Jane, con mucha paciencia—, ¿qué hiciste? ¿Viste algo raro?
—Busqué a la reina por todas las habitaciones. Y cuando vi que de verdad no estaba, volví a salir a la Cámara Privada. En sus aposentos no había nadie, porque los pajes ya se habían ido y Mary Odell todavía no había llegado.
—Entonces todo está bien —declaró María, como poniendo fin a la conversación. Jane Fool me dirigió una rápida mirada triunfal.
Pero yo insistí:
—¿Advirtió algo fuera de lo común en el dormitorio de la reina? Algo en su cofre privado, tal vez, donde guardaba el anillo y otros objetos de valor…
—No, nada —contestó Jane demasiado deprisa, me pareció—. La reina nunca me deja acercarme a él. Mi señora, este jorobado me da miedo.
«Mientes», pensé. Y por el cambio en la expresión de lady María, advertí que ella también se había dado cuenta.
—La reina agradecerá mucho cualquier información —me atreví a aventurar.
Lady María miró a la bufona.
—Estate tranquila, querida. Ya sabes que siempre me doy cuenta cuando quieres ocultar algo. Cuéntale a este caballero todo lo que sabes y te doy mi palabra de que no te pasará nada.
Jane tenía ahora la cara colorada. Como una niña pequeña, hizo un mohín y se metió un dedo en la boca.
—Jane… —La voz de lady María sonó severa.
—Está muy mal, es una indecencia —barbotó la bufona.
—¿Qué cosa, Jane?
Se produjo un silencio.
—Cuando fui al dormitorio para ver si la reina estaba allí…
Me incliné sobre la mesa y lady María intentó animarla:
—¿Sí?
—Pues que llevaba a Patito y…
—¿Sí?
—Pues que se hizo caca en el suelo.
Desde luego era lo último que esperaba oír. De manera que eso explicaba el mal olor.
—Un hilillo de caca en la alfombra —explicó Jane—. Me dio miedo de que los caballeros ujieres se llevaran a Patito, así que cogí un trapo y lo limpié con el agua de rosas de la jofaina de la reina. El olor de hierbas era tan fuerte en el aposento que pensé que el de la caca no se notaría. Me marché enseguida y no se lo dije a nadie. — De pronto le dio un tirón a la correa del pato con fuerza suficiente para partirle el cuello, se agachó y lo estrechó con fuerza. El animal pareció sobresaltarse, no sin razón—. No dejéis que el jorobado lo cuente, mi señora, os lo suplico. Yo quiero mucho a Patito.
—Nadie va a decir nada, Jane —le aseguró lady María. Me miró entonces con un ligero movimiento en las comisuras de la boca, y discerní en ella una cualidad que no había imaginado antes: sentido del humor.
—¿Satisfecho, señor abogado? —me preguntó.
—Desde luego, milady.
—Os permitiré que informéis de la travesura del pato a lord Parr —añadió muy seria—. Pero solo con la condición de que no lo separen de Jane. Creo que la reina estaría de acuerdo.
—Descuidad, milady.
—Entonces os dejamos atender vuestros asuntos.
Una de las damas ayudó a Jane a incorporarse, la otra abrió la puerta para lady María. Repetí mi marcada reverencia y ellas salieron, el pato anadeando detrás sobre sus palmeadas patas amarillas. Cuando me incorporé, lady María se volvió para mirarme y me dedicó una sarcástica media sonrisa. Por fin se cerró la puerta y yo me quedé allí, turbado por el inesperado y ridículo giro de los acontecimientos. ¿Ridículo? ¿Acaso había sido víctima de una elaborada chanza y Jane Fool sabía más de lo que decía? Pero de ser ese el caso, era una magnífica actriz. Y yo no tenía prueba alguna de nada. Reflexioné sobre sus modales infantiles. Tal vez eso era lo que atraía a la reina y lady María: dos mujeres maduras sin hijos ni muchas probabilidades de tenerlos. A lo mejor Jane era para ellas una especie de hija sustituta. Pero había algo en María Tudor que me hacía temer la idea de que la Lamentación cayera en sus manos.
Aguardé media hora más en la capilla con las velas y el incienso. La luz se desvanecía ya en el exterior cuando entró lord Parr, ceñudo.
—Me dicen que lady María ha acompañado a Jane Fool cuando fueron a veros. No habréis hecho la mínima referencia al manuscrito, ¿verdad? —preguntó.
—Ninguna, milord. —Le relaté entonces la absurda historia del pato, lo que Garet Lynley me había contado del hombre de la media oreja y la historia de Mary Odell sobre el guardia.
Él asintió con la cabeza.
—Investigaré discretamente. Un hombre con media oreja al servicio de un prócer del reino…
—El paje dijo «una de las personas más ilustres» del reino.
Lord Parr me clavó la mirada.
—¿Os referís a lady María? ¿Sospecháis que pudiera haber enviado a Jane Fool a robar el manuscrito esa tarde?
—Debemos asegurarnos de que la reina no insinuara nunca nada sobre el libro a Jane.
Lord Parr sacudió la cabeza.
—Jane siempre me ha parecido una pobre idiota.
—Tal vez. Y a pesar de todo, su discurso, por infantil que resulte, es fluido. Y a veces, en presencia de un idiota uno puede ser indiscreto.
Lord Parr asintió, comprendiendo mi argumento, pero replicó:
—La reina no lo sería. No en este asunto. Y como os he dicho, lady María ha mantenido la más estricta ortodoxia durante una década. No obstante, hablaré de Jane con la reina. Aunque vuestra teoría plantea la cuestión de cómo lograron abrir ese cofre sin dejar señal alguna de que la cerradura fuera forzada. —Suspiró—. Gracias, señor Shardlake, parece que comenzamos a hacer progresos. La reina se encuentra todavía con el rey, de manera que es un buen momento para echar un vistazo a ese cofre. Seguidme.
El dormitorio de la reina daba al río. Era una estancia grande y femenina, muy perfumada, con flores en los jarrones y grandes cojines bordados diseminados por el suelo, donde uno podría tumbarse a leer. Una enorme cama de cuatro postes dominaba la estancia. Había un escritorio, despejado excepto por un ornamentado tintero. Allí, en esa mesa, era donde la reina había escrito Lamentación de una pecadora. Junto a la mesa, un sólido cofre de madera de unos ochenta centímetros de altura, y un tapiz turco en rojo y oro fijado en la parte superior. En la parte frontal, dos ninfas talladas flanqueaban una rosa Tudor. Sobre el cofre no había sábanas, puesto que el paje de la noche todavía no había llegado.
Lord Parr se arrodilló con sorprendente flexibilidad para un hombre de su edad. Lo imité, algo más despacio. Golpeó un costado del cofre, produciendo un sonido hueco.
—Roble macizo. Todos los objetos de valor de la reina se han llevado a otra parte.
Inspeccioné la cerradura. Era pequeña pero sólida, firmemente engastada en la madera. Pasé los dedos sobre ella.
—No hay señales de arañazos en el metal ni en la madera alrededor. O lo abrieron con la llave o fue un cerrajero harto habilidoso.
—He hecho trasladar los objetos valiosos de la reina a otro lugar —repitió lord Parr, abriendo el cofre con cuidado.
Miré el interior vacío y me incliné para examinar la cerradura desde dentro. Me dolía la espalda después de la larga jornada. Tampoco allí había señales de arañazos.
—He visto muchos baúles y cofres para objetos de valor —comenté—. Por lo general, documentos, en mi caso. A menudo cuentan con dos o tres cerraduras y complicados mecanismos en el interior.
—Así es. Pero este cofre fue un regalo a la reina de su madre, y está muy apegada emocionalmente a él.
Alcé la mirada.
—Pero la cerradura es nueva, sin duda.
—En efecto. Cuando esta primavera comenzó la caza de herejes y los interrogatorios a los miembros de la Casa Real, la reina hizo cambiar las cerraduras de todos sus cofres y armarios. Le pregunté si quería instalar en este cofre una cerradura más complicada, pero ella temía que eso lo estropeara. Recuerdo que me dijo, textualmente: «Si yo tengo la única llave y la cerradura es fuerte, está más que seguro». Por supuesto —añadió con cierta amargura—, yo no sabía lo que contenía.
—¿Quién hizo la nueva cerradura? Podría haber hecho también una segunda llave.
Lord Parr meneó la cabeza.
—Tenéis razón, es una cuestión obvia. Pero fue el propio fabricante de cofres de la reina el que forjó esta cerradura y todas las demás. Es un hombre de confianza. Ha sido cerrajero de sucesivas reinas durante doce años, y un hombre no conserva ese puesto si no es digno de toda confianza.
—¿Lo habéis interrogado?
—Todavía no. Pensé que también ese interrogatorio era mejor que lo condujeseis vos. Pero no lo considero sospechoso en absoluto.
—No obstante, es un sospechoso evidente.
—Trabaja en el castillo de Baynard. Pensé que tal vez el lunes podríais acercaros a interrogarlo. Y a hablar con el bordador sobre el retal de esa manga. Mañana, siendo domingo, no estarán allí, por supuesto. Es un contratiempo, pero eso os permitirá gozar de un día de descanso y reflexión.
—Gracias. —Agradecía de verdad su consideración.
—Lo que realmente necesitamos es un experto en cerraduras. Alguien de fuera de palacio. —Enarcó las cejas—. Es sabido que vuestro ayudante, Jack Barak, ha tenido experiencia en tales cuestiones, de los días en que trabajaba para lord Cromwell.
De manera que lord Parr había estado haciendo averiguaciones sobre Barak. La experiencia de mi ayudante en tales cuestiones había resultado de gran utilidad a lo largo de los años, pero aun así…
—Yo preferiría no involucrar al señor Barak.
—Sería de ayuda a la reina —insistió él—. Barak no tiene por qué saber de qué trata todo este asunto. De hecho, no debería saberlo. Seguiremos recurriendo a la historia de la joya robada. Pero ahora que el cofre está vacío, puedo enviarlo al castillo de Baynard y Barak puede echarle un vistazo cuando vayáis allí el lunes.
—Él no se jactaría de ser un gran experto…
Lord Parr me clavó la mirada.
—Barak sabe de cerraduras, y sabe cómo funciona la Casa Real, al menos el lado oculto.
Respiré hondo.
—Hablaré con él mañana, a ver qué dice.
—Bien. Estad en el castillo de Baynard el lunes a las nueve —ordenó con brusquedad—. Podéis inspeccionar la cerradura, hablar con el fabricante de cofres y el bordador. Me encargaré de que acuda también William Cecil, que os podría contar lo que haya averiguado de esos tres pendencieros religiosos. —Se frotó las manos—. Parece que hacemos algún progreso.
—Aun así… quienquiera que tenga el manuscrito puede hacerlo público en cualquier momento.
—Lo sé —refunfuñó—. Todos los días temo que alguien se lo entregue al rey. O de que algún impresor papista esté colocando los tipos para imprimirlo y distribuirlo por las calles. No es un libro muy largo, de manera que ya podría haber impresos muchos ejemplares. —Sacudió la cabeza—. Pero siguen pasando los días, uno tras otro, y no sucede nada. Alguien lo tiene escondido. ¿Por qué? —De pronto parecía un hombre viejo y cansado. Se levantó con un crujido de las rodillas—. El paje de esta noche llegará pronto, deberíamos marcharnos. Disfrutad mañana de un buen descanso, señor Shardlake. Todavía nos queda mucho por hacer.