Herejía
Capítulo 50
50
Barak y Nicholas me estaban esperando en casa, bebiendo cerveza en la cocina. No me había costado tomar rápidamente una barca en los escalones de Hampton Court, pues una larga línea de ellas aguardaba para llevar a los invitados de vuelta a Londres una vez que concluyeran las festividades. Le pregunté al barquero si era el primero en marcharme, y me contestó que uno de sus compañeros ya había recogido a otro cliente unos minutos antes. Mientras bajábamos por el río vi otro barco un poco más adelante, con un hombre de jubón gris sentado en la proa. Le pedí al barquero que aminorase un poco para poder disfrutar del aire fresco de la tarde, pero en realidad era para perder de vista a Stice. Se respiraba allí un ambiente tranquilo. Las ondas que los remos producían en el agua reflejaban los últimos rayos del sol, entre el zumbido de los insectos. ¿Era correcto lo que estaba haciendo?, me pregunté. Y me respondí que sí, pues sin duda el verdadero amo de Stice era el que había ordenado el asesinato de los anabaptistas y robado la Lamentación. Al fin y al cabo, todavía cabía la posibilidad de recuperar el manuscrito de la reina.
En casa seguían sin tener noticias de Timothy. Barak, que se había quedado allí toda la tarde, había recibido a varios visitantes que afirmaban conocer el paradero del muchacho pero querían antes la recompensa. Mi amigo los había despachado sin miramientos. Nicholas también había vuelto. Les di gracias a los dos por sus esfuerzos, sabiendo que durante unas horas debía alejar de mi mente el destino de Timothy.
Volví a considerar si estaba haciendo lo correcto. Lo hacía por la reina y por los hombres asesinados, pero también por mí mismo, porque quería respuestas. Tanto Barak como Nicholas habían venido bien equipados: Nicholas llevaba su espada al cinto y Barak también había traído una. Ambos sabían utilizarla bien.
Les conté que había visto a Stice en Hampton Court y lo que lord Parr me había dicho. Cuando terminé les pregunté una vez más:
—¿Estáis seguros de que queréis hacer esto?
—Ahora más que nunca —respondió Barak—. Ahora que Brocket se ha marchado, es nuestra única oportunidad.
—¿Qué le has dicho a Tamasin?
Barak se mostró incómodo.
—Que esta tarde íbamos a seguir buscando a Timothy.
—Me alegro de tener ocasión de vengarme del canalla que me secuestró —dijo Nicholas—. Pero, señor, si lo atrapamos, ¿qué haremos con él? No podemos llevarlo otra vez a mi residencia, como hicimos con Leeman, porque mis compañeros están allí.
—Ya lo había pensado. Lo mantendremos en esa casa hasta por la mañana, lo interrogaremos nosotros mismos y luego lo llevaremos ante lord Parr.
—Yo le sonsacaré las respuestas —declaró fríamente Barak—. No será el primero.
Era cierto. Cuando trabajaba para Cromwell, Barak había hecho cosas sobre las que siempre habíamos corrido un tupido velo.
—¿Podemos estar seguros de que Stice irá solo? —preguntó Nicholas.
—Brocket le decía en la nota que iba solo, como siempre. Y según el hombre de lord Parr que vigila la casa, Stice solo fue una vez, y no lo acompañaba nadie.
—Uno de los hombres que me ayuda en la búsqueda de Timothy irá esta tarde a pasear por esa calle y me informará de lo que vea. No quería ir yo mismo, puesto que Stice me conoce. Es un callejón de viviendas pequeñas y recién construidas, mucho mejores que las de Needlepin Lane. La mayoría de las casas tienen porches profundos. Podríamos escondernos en uno a vigilar hasta antes de las nueve. Tal vez incluso veamos llegar a Stice.
—Muy bien.
Por la ventana vi que ya había anochecido. Pensé que en Hampton Court estarían bailando a la luz de las antorchas, entre el bullicio de la fiesta proveniente de las salas de banquetes del rey. Había más banquetes previstos para los siguientes días, y la reina acudiría a todos. Pensé entonces en Timothy, que estaría pasando una segunda noche solo en las peligrosas calles de Londres. Hice un esfuerzo por reponerme.
—Vámonos. Pero recordad: Stice es un hombre que no se detendrá ante nada.
—La fortuna favorece a los que tienen la justicia y el honor de su parte —recitó Nicholas.
—Ojalá fuera así —se limitó a decir Barak.
Las calles estaban tranquilas mientras íbamos hacia Smithfield. Por fortuna no era día de mercado y el gran espacio abierto estaba desierto. Bajamos por Little Britain Street, siguiendo el muro del hospital de Saint Bartholomew y giramos por una calle ancha donde se alzaba una respetable hilera de casas de dos plantas recién construidas, la mayoría con ventanas de cristal en lugar de postigos, y con pequeños porches. Tras casi todas las ventanas se veía la oscilante luz de las velas, pero una de las casas estaba a oscuras. Barak nos hizo una seña para entrar en el porche. Esperaba que el dueño no volviera de improviso, pues seguramente nos tomaría por asaltantes.
Barak señaló una casa al otro lado de la calle, un poco más abajo.
—Ahí es. Hay una gran rosa Tudor en el arco sobre el porche, como indicó Brocket. Desde aquí se ve.
La casa tenía los postigos cerrados y todo estaba en silencio. Nos quedamos allí vigilando. Una criada salió de una vivienda cercana con un cubo de agua sucia que arrojó al canal en el centro de la calle. Todos nos pusimos tensos cuando la luz de una antorcha apareció al principio de la calle y se oyeron voces. Pero solo era un niño que iluminaba el camino a un reducido grupo familiar que volvía a casa charlando alegremente. Entraron en una de las construcciones de la calle.
—¿Qué hora es? —preguntó Nicholas en voz baja—. Deben de ser casi las nueve.
—Creo que sí —contestó Barak—. Pero no parece que Stice haya llegado todavía.
—Podría estar dentro ya —susurré—. Tal vez en la parte trasera.
Barak entornó los ojos.
—Muy bien, vamos a esperar a que suenen los relojes. Stice no llegaría tarde a esta cita, y menos si ha ido a Hampton Court para consultar con su amo.
Seguimos esperando, y cuando los relojes dieron la hora, Barak respiró hondo.
—Vamos —resolló—. Nos lanzamos sobre él en cuanto abra la puerta.
Cruzamos casi a la carrera, y alcé la vista hacia la rosa Tudor en el dintel mientras Barak aporreaba la puerta. Tanto él como Nicholas tenían la mano en el pomo de las espadas y yo aferraba mi puñal.
Oí unos pasos rápidos, que efectivamente parecían provenir de la parte trasera de la casa, y se vio el resplandor de una vela entre los postigos. En cuanto oímos girar el pomo de la puerta, Barak lanzó el hombro contra ella y entró de golpe. El interior estaba en penumbra, con solo un par de velas sobre la mesa, que me permitieron ver a Charles Stice retroceder tambaleándose y llevándose la mano a la espada que le colgaba al cinto. Pero Barak y Nicholas ya le apuntaban con sus hojas.
—Te tenemos —exclamó Nicholas triunfal.
Y entonces capté de reojo un rápido movimiento. Los hombres que habían estado esperando a cada lado de la puerta salieron rápidamente y otras dos espadas llamearon. Barak y Nicholas se volvieron bruscamente, mientras los dos fornidos jóvenes se abalanzaban contra ellos por detrás. Los reconocí a la luz de las velas: uno rubio con una verruga en la frente, el otro casi calvo. Los asesinos de Greening: Daniels y Cardmaker.
Barak y Nicholas reaccionaron con rapidez y lograron parar los estoques. Yo empuñé mi daga y me lancé dispuesto a hundírsela en el cuello al calvo, pero el tipo fue más rápido. Aunque seguía luchando contra Nicholas, se las arregló para girarse un poco y golpearme la cara con el codo de su brazo libre. Me tambaleé hasta la pared. No obstante, la distracción bastó para que Nicholas ganara ventaja e hiciera retroceder a su rival.
Barak se enfrentaba no solo al otro hombre, sino a Stice también. Y antes de que pudiera volverse, dar un paso a un lado y quedar frente a ambos, Stice alzó su espada y la descargó sobre el brazo de Barak. Vi horrorizado que la afilada hoja, con todo el impulso del brazo, se hundía en la muñeca de Barak justo por encima de la espada. Se hundía y la atravesaba, y lancé un grito ante una imagen que jamás olvidaré: la mano cercenada de Barak, todavía sosteniendo la espada, volando por los aires antes de caer al suelo.
Barak se aferró gritando el brazo, del que salían borbotones de sangre. Y entonces Stice le asestó una estocada en la espalda. El rostro de Barak fue una máscara de estupefacción, sus ojos interrogantes, como si quisiera que le explicase lo que acababa de sucederle. Hasta que le cedieron las piernas y se desplomó en el suelo. Quedó allí yerto, boca abajo e inmóvil, con la sangre bombeándole del muñón.
Me abalancé contra Stice, alzando el puñal. Mi movimiento lo sorprendió y no tuvo tiempo de bloquearlo con la espada. Le apuntaba al cuello, pero él se agachó y la hoja solo le sajó la cara, desde la boca hasta la oreja. Lanzó un grito, pero no dejó caer la espada, sino que la alzó hasta mi propio cuello y me obligó a retroceder hasta inmovilizarme contra la pared.
—¡Basta! —gritó—. ¡No podéis vencer!
Vi de reojo que los otros dos tenían a Nicholas.
—¡Suelta la espada, muchacho! —le espetó el calvo.
Nicholas apretó los dientes, pero obedeció. Su espada restalló contra el suelo, mientras él miraba horrorizado a Barak, que seguía tirado boca abajo. Stice apartó la espada de mi cuello y sacó del bolsillo un pañuelo para enjugarse la sangre que le manaba de la mejilla. Advertí que asomaba el blanco del hueso.
Barak emitió un leve gemido. Estaba vivo todavía, aunque a duras penas. Intentó alzar la cabeza, pero volvió a desplomarse con un chasquido y se quedó de nuevo inmóvil. La sangre seguía brotando de su muñeca y de la herida en la espalda, formando una oscura mancha en su camisa.
—Sigue vivo —dijo el calvo con tono profesional.
—No por mucho tiempo —replicó Stice—. No tardará en desangrarse. —Su propia sangre goteaba de la mano que sostenía el pañuelo contra su rostro—. Otrora fue conocido como un gran espadachín —añadió con súbito orgullo.
Me quedé mirándolo y hablé con ciega furia entre unos labios magullados:
—Al menos tendrás una cicatriz en la cara a juego con la oreja.
Él me miró con frialdad y se echó a reír.
—De manera que atrapaste a Brocket, ¿eh?
—Fui yo el que envió el mensaje.
Stice sonrió.
—Brocket parecía haber descubierto algo gordo. Pensé que ya era hora de llevarlo en persona ante mi señor, de manera que traje ayuda para reducirlo.
—¿Así que todos habéis estado trabajando juntos?
—Eso es. Todos formamos parte de la misma facción y trabajamos para el mismo amo.
El rubio, que todavía apuntaba con la espada al cuello de Nicholas, preguntó:
—¿Estará entonces complacido? Hemos pescado un pez gordo, además de este largo pescadito.
Stice se sentó al borde de la mesa.
—Sí. Estará ansioso por averiguar por qué mencionó a un italiano. ¡Por los clavos de Cristo! —exclamó, dando un respingo de dolor por la herida de la cara—, tendré que ir a que me cosan esto. Pero primero debemos llevar a Shardlake ante él. Y al muchacho. Maniatadlo. Iremos a caballo. Ya me curarán en Whitehall. Nos está esperando allí.
¿Whitehall?, pensé. Pero la familia real y los altos consejeros se habían trasladado a Hampton Court.
—Ha pasado ya la hora del toque de queda —comentó el rubio—. ¿Y si nos ven los alguaciles?
—Con mi sello no nos detendrán, no cuando comprueben a quién vamos a ver.
De pronto se oyó un fuerte golpe en la pared medianera con el vecino.
—¿Qué está pasando ahí? —gritó una voz masculina—. ¿Qué es todo ese ruido?
—¡Estamos celebrando una fiesta! —exclamó Stice—. ¡Cierra el pico!
Sus compinches se echaron a reír. En la casa de al lado se hizo el silencio. Barak yacía ahora inmóvil, todavía sangrando por la muñeca cercenada, aunque la hemorragia se había reducido bastante. Su mano cortada seguía sosteniendo la espalda, a un metro del cuerpo.
—Bien —dijo Stice—. Es hora de marcharnos.
—¿Quién es tu amo? —le pregunté—. No es Richard Rich, ¿verdad? Te vi en Hampton Court intentando evitarlo. ¿Para quién trabajas en realidad?
Él arrugó el entrecejo.
—Pronto lo averiguarás, don Jorobado.
El calvo señaló con la cabeza a Barak.
—¿Qué hacemos con ese?
—Dejadlo que se desangre.
—¿Dejarlo morir aquí? —exclamé desesperado—. ¿Dejar aquí un cadáver para que lo descubran? El vecino ya estaba inquieto. Mañana mismo estará espiando por la ventana. Y se abrirá una investigación judicial, una investigación pública, y averiguarán quién es el dueño de la casa —proseguí a toda prisa, porque sabía que aquel era mi último atisbo de esperanza de salvar la vida a Barak, si es que no estaba ya muerto—. Es bien sabido que Jack Barak trabaja para mí. Sea lo que sea que tienes planeado para mí, esto es un asesinato y no se quedará así. Y menos en cuanto se entere la reina. No lo permitirá.
—Nuestro amo podría detener una investigación judicial —se burló el calvo. Pero Stice frunció el ceño mirando a Barak.
El rostro de mi amigo se veía grisáceo. Podía estar ya muerto. Pensé en Tamasin, embarazada. Yo lo había llevado hasta aquí.
—El jorobado podría tener razón —comentó inquieto Daniels.
—Está bien —cedió Stice—. Nuestro señor querría que actuásemos con cautela. A ver, uno de vosotros, hacedle un torniquete con vuestros pañuelos, o nos empapará de sangre.
—Sé dónde podemos dejarlo —dijo el calvo—. He venido por los callejones traseros, y hay un solar vacío que la gente ha convertido en un vertedero. Queda a dos manzanas.
—Muy bien. De momento atad a estos dos.
Cardmaker sacó una cuerda de la bolsa que llevaba al cinto. Debía de estar destinada a Brocket. La cortó en dos con el cuchillo y se nos acercó.
—Las manos a la espalda.
No podíamos hacer otra cosa. Miré desesperado el cuerpo de Barak. Stice le estaba vendando la espalda fuertemente con un paño, haciendo un torniquete que cortara la hemorragia. Luego le ató en el muñón otro pañuelo que de inmediato comenzó a teñirse de rojo.
—Daniels, échalo sobre tu caballo. Estos dos irán en el que trajimos para Brocket. Átales los tobillos bajo el vientre de la montura. Si nos detienen de camino a Whitehall diremos que son traidores y los hemos arrestado. —Se fijó entonces en la mano cercenada de Barak, que yacía en un charco de sangre todavía aferrada a la espada—. Maldición, qué desaguisado. Tendremos que venir luego a limpiar todo esto. Nuestro señor suele utilizar esta casa.
Nos llevaron a la parte trasera, donde había un establo en el que aguardaban tres caballos. Fue espantoso ver cómo Cardmaker alzaba el cuerpo inconsciente de Barak, cogiéndolo por las axilas para lanzarlo sobre el lomo de un caballo como si fuera un saco de coles. Por lo que pude ver, sangraba mucho menos, aunque seguían cayendo gotas al suelo. Aunque Barak siguiera vivo, no le quedaría mucho tiempo, tal vez otros quince minutos, antes de terminar de desangrarse.
Stice me miró con el pañuelo en la cara y un brillo de salvaje regocijo en los ojos.
—Será mi señor quien decida si vosotros dos viviréis. Se llevará una buena sorpresa. Solo esperaba a un mayordomo asustado.