Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 3 de 58

Páginas del PDF

Herejía

Capítulo 1

1

 

Yo no quería asistir a la quema. Nunca me han gustado siquiera las peleas de osos y perros, y ahora iban a quemar vivas en la hoguera a cuatro personas, entre ellas una mujer, por negar la presencia del cuerpo y la sangre de Cristo en la sagrada hostia durante la eucaristía. A este punto habíamos llegado en Inglaterra durante la gran persecución de herejes de 1546.

Me habían hecho salir de mi bufete en el Colegio de Lincoln para ver al tesorero, Rowland. A pesar de mi posición como serjeant-at-law, el abogado de más alto rango, el señor Rowland me tenía aversión. Creo que su orgullo jamás se recuperó desde aquella ocasión, tres años antes, en que me había mostrado, con razón, irrespetuoso hacia él. Atravesé la plaza del Colegio bajo un sol que teñía de dorado los ladrillos rojos, intercambiando saludos con otros abogados que iban y venían con sus togas negras. Alcé la vista hacia las habitaciones de Stephen Bealknap, mi antiguo enemigo tanto dentro como fuera de los tribunales. Tenía cerrados los postigos. Llevaba enfermo desde principios de año y no se le había visto salir en semanas. Se decía que estaba cercano a la muerte.

Llamé a la puerta de las oficinas del tesorero y una brusca voz me conminó a entrar. Rowland estaba sentado tras el escritorio de su espacioso despacho, cuyas paredes forradas de pesados libros sobre leyes eran una muestra de su posición. Era un hombre viejo, de más de sesenta años, flaco pero duro como un roble, de rostro enjuto, arrugado y ceñudo. Tenía una barba blanca cuidadosamente peinada, larga y bifurcada según la moda del momento, que le llegaba hasta la mitad de su jubón de seda. En cuanto entré, alzó la vista. Estaba afilando su pluma de ganso. Sus dedos, como los míos, estaban manchados de negro después de tantos años trabajando con tinta.

—Buenos días os dé Dios, abogado Shardlake —me saludó con su voz de pito.

Me incliné.

—Y a vos, señor tesorero.

Me señaló un taburete y me miró severo.

—¿Van bien vuestros asuntos? —preguntó—. ¿Muchos casos pendientes para el primer trimestre judicial?

—Un buen número de ellos, señor.

—Me han dicho que ya no recibís trabajo del abogado de la reina —comentó como de pasada—. No desde hace un año.

—Tengo casos de sobra, señor. Y mi trabajo en el Tribunal de Peticiones me mantiene ocupado.

Él inclinó la cabeza.

—He oído que algunos oficiales de la reina Catalina han sido interrogados por el Consejo Privado. Por opiniones heréticas.

—Eso dicen los rumores. Pero estos últimos meses se ha interrogado a muchas personas.

—Últimamente os he visto con más frecuencia en misa, en la capilla del Colegio. —Sonrió sarcástico—. ¿Pretendéis mostrar vuestra avenencia? Una política muy sensata, en estos tiempos tan agitados. Asistir a la iglesia, evitar el parloteo de la controversia, seguir los deseos del rey.

—Desde luego, señor.

Rowland escupió sobre la pluma para ablandarla y a continuación la frotó con un trapo. Luego me miró con renovada intensidad.

—¿Os habéis enterado de que Anne Askew ha sido sentenciada a arder en la hoguera con otros tres, dentro de dos viernes? El dieciséis de julio.

—Es la comidilla de todo Londres. Hay quien dice que fue torturada en la Torre después de la sentencia. Algo muy peculiar.

Rowland se encogió de hombros.

—Habladurías. El caso es que esa mujer se puso a llamar la atención en el peor momento. Abandonar a su esposo para venir a predicar a Londres opiniones claramente contrarias al Acta de los Seis Artículos; negarse a retractarse, discutiendo en público con sus jueces… —Sacudió la cabeza y se inclinó hacia mí—. La hoguera va a ser un gran espectáculo. No ha habido nada parecido desde hace años. El rey quiere que resulte ejemplar, que todos vean adónde lleva la herejía. La mitad del Consejo Privado asistirá.

—¿El rey no? Se rumoreaba que tal vez asistiría.

—Pues no.

Recordé que Enrique había estado gravemente enfermo en primavera. Desde entonces apenas se le veía.

—Su majestad quiere que acudan representantes de todos los gremios de Londres. —Se interrumpió un momento—. Y de los Colegios de Abogados. He decidido que usted debería ir en representación del Colegio de Lincoln.

Me lo quedé mirando.

—¿Yo, señor?

—Vos cumplís con menos deberes sociales y ceremoniales de los que deberíais, dado vuestro alto rango, Shardlake. Nadie parece dispuesto a presentarse voluntario para esto, de manera que me ha tocado decidir a mí. Creo que es hora de que cumpláis con las obligaciones que os corresponden.

—Sé que me he mostrado algo laxo en tales obligaciones —admití con un suspiro —. Me comprometeré más, si así lo deseáis. —Entonces respiré hondo—. Pero esto no, os lo suplico. Será algo espantoso. Jamás he visto una quema, y no es algo que desee ver.

Rowland desechó mis palabras con un gesto.

—Sois demasiado remilgado. Algo que encuentro peculiar, siendo hijo de un granjero. Habéis visto ejecuciones, eso me consta. Lord Cromwell os hizo asistir a la decapitación de Ana Bolena cuando trabajabais para él.

—Aquello fue espantoso, y esto será peor.

Dio unos golpecitos sobre un papel de su escritorio.

—Esta es la petición que me ha llegado para que envíe algún representante, firmada por el secretario del rey, el mismísimo Paget. Debo comunicarle un nombre esta noche. Lo lamento, Shardlake, pero he decidido que vayáis vos. —Se levantó entonces, poniendo fin a la entrevista. Yo me puse en pie y volví a inclinarme en una reverencia—. Gracias por ofreceros a participar más en las obligaciones del Colegio —añadió, de nuevo con tono terso—. Ya veré que otras… actividades pueden ir surgiendo.

Aquella mañana desperté temprano. La quema estaba programada para el mediodía, pero tenía el ánimo demasiado pesado y oscuro para ir al bufete. Puntual como siempre, mi nuevo mayordomo, Martin Brocket, me trajo a las siete ropa de lino y un aguamanil con agua caliente, y después de desearme los buenos días preparó mi camisa, jubón y toga de verano. Como siempre, mostró un comportamiento serio, callado y respetuoso. Desde que su esposa Agnes y él entraran a mi servicio en invierno, mi casa funcionaba como un reloj. A través de la puerta entreabierta oía a Agnes pedirle a Timothy que se asegurase de traer más tarde agua fresca, y a la chica, Josephine, que se apresurase con el desayuno para tener lista mi mesa. Su tono era agradable y amistoso.

—Otro día magnífico, señor —dijo Martin. Era un hombre entrado en la cuarentena, de pelo rubio y ralo y rasgos anodinos.

Yo no había comentado con ningún criado mi asistencia a la quema.

—Así es, Martin —respondí—. Creo que trabajaré esta mañana en mi estudio y ya saldré por la tarde.

—Muy bien, señor. Vuestro desayuno estará listo enseguida. —Hizo una reverencia y se marchó.

Yo me levanté dando un respingo por un calambre en la espalda. Por suerte, ahora los sufría menos, puesto que seguía estrictamente los ejercicios prescritos por Guy, mi médico y amigo. Me habría gustado sentirme cómodo con Martin, pero, aunque su esposa me agradaba, había algo en la fría y tiesa formalidad de él con lo que no lograba sentirme a gusto. Mientras me lavaba la cara y me ponía una camisa limpia de lino perfumada con romero, me reprendí mi actitud: como señor de la casa, era yo quien debía dar pie a una relación menos formal.

Me examiné el rostro en el espejo de acero. Más arrugas, pensé. Había cumplido cuarenta y cuatro años esa primavera. Rostro arrugado, pelo cano y espalda jibosa. Como ahora las barbas estaban de moda —mi ayudante Barak se había dejado recientemente una muy cuidada—, un par de meses antes había intentado dejármela crecer un poco yo también, pero, al igual que mi pelo, estaba entreverada de canas, lo cual se me antojaba muy poco atractivo.

Miré por la ventana hacia el jardín, donde había permitido que Agnes instalara algunas colmenas y cultivara un huerto de hierbas aromáticas. Ambas cosas mejoraban su aspecto, y las hierbas, además de ser muy útiles, olían bien. Los pájaros trinaban y las abejas zumbaban en torno a las flores, en un entorno luminoso y colorido. Menudo día para que tres hombres y una joven murieran de manera tan atroz.

Me fijé en una carta sobre la mesilla de noche. Procedía de Amberes, en los Países Bajos españoles, donde vivía mi pupilo de diecinueve años Hugh Curteys, que trabajaba para los comerciantes ingleses. Hugh ahora era feliz. A pesar de que en principio planeaba estudiar en Alemania, se había instalado en Amberes, donde se le despertó un inesperado interés por el comercio textil, sobre todo por la búsqueda y valoración de sedas especiales y nuevos tejidos, como el algodón procedente del Nuevo Mundo. Hugh expresaba en sus cartas el sumo placer que encontraba en su trabajo y en la libertad social e intelectual de aquella gran ciudad: las ferias, los debates y las lecturas en las Cámaras de Retórica. Aunque Amberes formaba parte del Sacro Imperio Romano, el emperador católico Carlos V no interfería con los muchos protestantes que allí vivían, puesto que no se atrevía a poner en peligro el floreciente comercio de Flandes, que financiaba sus guerras.

Hugh jamás hablaba del oscuro secreto que compartíamos desde que nos conocimos el año anterior. Todas sus cartas eran de tono alegre. En esta, no obstante, había noticias de la llegada a Amberes de muchos refugiados ingleses.

Se encuentran en un estado deplorable y acuden a los mercaderes buscando ayuda. Son reformistas y radicales, temerosos de quedar atrapados en la red de persecuciones que, según cuentan, el obispo Gardiner ha extendido por Inglaterra.

Suspiré, me puse la toga y bajé a desayunar. No podía demorarlo más. Debía dar comienzo a este espantoso día.

La persecución de los herejes había comenzado en primavera. Durante el invierno, la veleidosa política del rey en cuestiones de religión había parecido volverse a favor de los reformistas. Había persuadido al Parlamento de que le otorgara el poder de disolver las capellanías, mediante las cuales los sacerdotes recibían unos emolumentos en los testamentos de los donantes para que oficiaran misas por sus almas. Pero, al igual que muchos otros, yo sospechaba que el motivo de esto no había sido religioso, sino económico: la necesidad de cubrir los exorbitantes gastos de la guerra contra Francia. Los ingleses seguían asediados en Boulogne, la moneda estaba cada vez más devaluada y los precios subían más que en ninguna época que se recordara. Los nuevos chelines de «plata» no eran sino monedas de cobre con una pátina de plata que ya empezaba a desgastarse. El rey contaba con un nuevo apodo: «Nariz de Cobre». Los descuentos que los comerciantes exigían en dichas monedas las hacían menos valiosas que las de seis peniques, aunque los salarios todavía se pagaban según el valor que indicaban las monedas.

Y luego en marzo, el obispo Stephen Gardiner —el consejero más conservador del rey en lo referente a la religión— volvió de negociar un nuevo tratado con el emperador del Sacro Imperio. Desde abril en adelante, una multitud de personas de alta y baja extracción fueron sometidas a interrogatorios sobre sus opiniones acerca de la eucaristía y la posesión de libros prohibidos. Los interrogatorios habían llegado incluso a las casas del rey y la reina, y entre los muchos rumores que circulaban, se contaba que Anne Askew, la más famosa de los condenados a muerte por herejía, tenía relación con la corte de la reina y había predicado y hecho propaganda entre sus damas. No había visto a la reina Catalina desde que la involucré en un asunto potencialmente peligroso el año anterior y sabía, con gran dolor de mi corazón, que no era muy probable que volviera a ver a tan dulce y noble dama. Pero pensaba en ella a menudo y temía por ella al ver que se intensificaba la persecución de los radicales. La semana anterior se había hecho pública una proclama que detallaba una larga lista de libros prohibidos, y esa misma semana el cortesano George Blagge, un amigo del rey, había sido sentenciado a la hoguera por hereje.

Yo ya no simpatizaba con ninguno de los bandos en las guerras religiosas, y a veces dudaba hasta de la existencia de Dios, pero tenía un historial de relaciones con reformistas y, al igual que la mayoría de la gente ese año, había mantenido baja la cabeza y cerrada la boca.

A las once salí de mi casa y subí por Chancery Lane desde el Colegio de Lincoln. Timothy había traído a la puerta a mi buen caballo Genesis, y había dispuesto el escalón para que lo montase. Timothy ya había cumplido los trece años y era cada vez más alto, más flaco y desmañado. En la primavera había enviado a mi mozo anterior, Simon, a que aprendiera un oficio, con vistas a darle una oportunidad en la vida, y pensaba hacer lo mismo con Timothy cuando cumpliera los catorce.

—Buenos días, señor —me saludó con su tímida y mellada sonrisa, mientras se apartaba un mechón negro de la frente.

—Buenos días, muchacho. ¿Cómo estás?

—Bien, señor.

—Debes de echar de menos a Simon.

—Sí, señor. —El chico bajó la vista y se puso a menear una piedra con el pie—. Pero me las apaño.

—Te las arreglas muy bien —quise animarle—. Pero tal vez deberíamos pensar en un oficio para ti. ¿Has pensado lo que te gustaría hacer en la vida?

Se quedó mirándome con súbita alarma en sus ojos castaños.

—No, señor. Yo… yo… pensaba que me quedaría aquí. —Miró en torno y hacia la carretera. Siempre había sido un muchacho callado, carente de la seguridad de Simon. La idea de salir al mundo lo asustaba.

—Bueno —lo tranquilicé—, no hay ninguna prisa. —El chico se mostró aliviado —. Ahora debo marcharme —suspiré—. Al trabajo.

Pasé con el caballo bajo el Temple Bar y subí por Gifford Street, que llevaba al espacio abierto de Smithfield. Mucha gente se trasladaba en la misma dirección por el polvoriento camino, algunos a caballo, la mayoría a pie, ricos y pobres, hombres y mujeres, incluso algunos niños. Los ataviados con la ropa oscura propia de los protestantes se mostraban serios. Había rostros inexpresivos, mientras que en otros se veía la expresión ansiosa de quienes esperan disfrutar de un buen espectáculo. Yo me había puesto la cofia blanca de serjeant-at-law bajo el birrete negro y comenzaba a sudar con el calor. Recordé irritado que por la tarde tenía una cita con mi cliente más difícil, Isabel Slanning, cuyo caso —una disputa con su hermano por el testamento de su madre— se encontraba entre los más costosos y estúpidos que había visto en mi vida.

Pasé de largo a dos jóvenes aprendices con sus jubones y gorros azules.

—¿Por qué tienen que hacerlo al mediodía? —oí rezongar a uno—. No va a haber ninguna sombra.

—No sé, por alguna regla, supongo. Más calor para la señora Askew. Va a tener el culo bien caliente antes de que acabe el día, ¿eh?

Smithfield estaba abarrotada. La explanada donde se celebraba el mercado de ganado dos veces a la semana estaba repleta de gente, todos de cara a una zona central vallada y guardada por soldados de semblante adusto, cascos metálicos y chaquetas blancas con la cruz de San Jorge, armados con alabardas. De estallar alguna protesta, la sofocarían de inmediato. Miré con tristeza a los hombres. Cada vez que ahora veía soldados me acordaba de los amigos muertos, como yo había estado a punto de morir, cuando el gran buque Mary Rose se hundió mientras intentaba repeler la invasión francesa. Hacía ya un año, pensé, casi exactamente. El mes anterior habían llegado noticias de que la guerra estaba a punto de terminar, que los acuerdos de paz con Francia y también con Escocia estaban ya negociados, salvo unos cuantos detalles. Recordé los jóvenes rostros de los soldados, los cuerpos cayendo al agua, y cerré los ojos. La paz había llegado demasiado tarde para ellos.

Sobre mi caballo tenía mejor vista que la mayoría, mejor de lo que me habría gustado, y cerca de las vallas, porque la multitud empujaba hacia delante a los que íbamos montados. En el centro de la zona acordonada habían clavado tres postes de roble de algo más de dos metros de altura. Tenían anillas de metal a través de las cuales los alguaciles de Londres pasaban cadenas de hierro. Insertaron candados en los eslabones y comprobaron que las llaves funcionaban. El ambiente era de serenidad y eficiencia.

Un poco más allá, otros policías rodeaban una enorme pila de haces de leña. Me alegré de que el tiempo fuera seco. Había oído que si la madera estaba húmeda tardaba en arder y el sufrimiento de la víctima se prolongaba horriblemente. Frente a los palos había un alto atril de madera pintado de blanco. Desde allí, antes de la quema, se predicaría y se instaría una última vez a los herejes para que se arrepintieran. El predicador sería Nicholas Shaxton, el anterior obispo de Salisbury, un radical reformista que había sido sentenciado a arder con los otros pero se había retractado para salvar la vida.

En la parte oriental de la plaza, tras una hilera de casas nuevas de reluciente pintura vi la alta torre de la iglesia de Saint Bartholomew. Cuando el monasterio quedó disuelto, siete años atrás, sus tierras habían pasado a ser propiedad del consejero privado sir Richard Rich, que había construido estas nuevas casas. Las ventanas estaban abarrotadas de gente. Delante de la verja del antiguo monasterio se había erigido una alta plataforma de madera cubierta con un toldo con los colores reales, verde y blanco. Sobre un largo banco habían dispuesto mullidos cojines de vistosos colores. Aquel sería el lugar desde donde el alcalde y los miembros del Consejo Privado contemplarían la quema. Entre los que iban a caballo reconocí a muchos oficiales de la ciudad y saludé con la cabeza a los conocidos. Un pequeño grupo de hombres de mediana edad se mantenía un poco apartado, con aire solemne y disgustado. Oí algunas palabras en una lengua extranjera, sin duda mercaderes flamencos.

Alrededor percibía una cacofonía de voces, así como el penetrante hedor de una muchedumbre en el verano de Londres.

—Dicen que la tuvieron en el potro hasta descoyuntarle los brazos y las piernas…

—No podían torturarla legalmente después de haber sido sentenciada…

—Y John Lassells también va a arder. Fue el que le contó al rey lo de los devaneos de Catalina Howard…

—Pues dicen que Catalina Parr también tiene problemas. El rey podría tener una séptima esposa antes de que todo esto acabe…

—¿Los soltarán si se retractan?

—Demasiado tarde para eso…

Se produjo cierta agitación junto al baldaquín y todas las cabezas se volvieron cuando un grupo de hombres ataviados con togas de seda, muchos de ellos con cadenas de oro en torno al cuello, salieron de la puerta fortificada acompañados por soldados. Subieron despacio por los escalones hasta la plataforma, con los soldados apostados ante ellos, y se sentaron en un largo banco, ajustándose los gorros y cadenas y mirando a la muchedumbre con expresión severa. Reconocí a algunos de ellos: Bowes, el alcalde de Londres, con sus ropajes rojos; el duque de Norfolk, más viejo y más flaco que la última vez que lo vi, seis años atrás, con una expresión de desdeñosa arrogancia en su rostro altivo y severo. Junto a Norfolk se sentaba un clérigo con una casulla de seda blanca y un alba negra, a quien no reconocí, pero supuse que sería el obispo Gardiner: un hombre en torno a los sesenta años, bajo, fornido y atezado, con una orgullosa nariz aguileña y unos ojos grandes y oscuros que recorrían la multitud. Se inclinó a murmurarle algo a Norfolk, que a su vez asintió con la cabeza y sonrió con sorna. Muchos decían que esos dos volverían a poner Inglaterra bajo el control de Roma si pudieran.

Junto a ellos había tres hombres. Todos habían medrado bajo Thomas Cromwell, pero se pasaron a la facción conservadora del Consejo Privado cuando Cromwell cayó. Se torcían y retorcían según soplara el viento, siempre con dos caras bajo una misma capucha. Primero vi a William Paget, el secretario del rey, el que había enviado la misiva a Rowland: un rostro como una dura losa sobre una poblada barba castaña y una boca de labios finos, torcida bruscamente en una de las comisuras, como si fuera una cuchillada. Se decía que Paget estaba ahora más cerca del rey que nadie. Se le conocía como el «maestro de prácticas».

Junto a Paget se sentaba el lord canciller Thomas Wriothesley, cabeza de la profesión judicial, alto y delgado, con una sobresaliente barbita rojiza. Mi antiguo enemigo sir Richard Rich completaba el trío, todavía un miembro de alto rango en el Consejo Privado a pesar de las acusaciones de corrupción que pesaron sobre él dos años atrás. Su nombre estaba relacionado con todos los asuntos turbios de los últimos quince años, y me constaba que era un asesino. Ahora me encontraba a salvo de sus ataques solo por lo que sabía de él, y porque todavía contaba con la protección de la reina… aunque me pregunté inquieto hasta dónde llegaría esa protección. A pesar del calor, Rich vestía una toga verde con cuello de piel. Jugueteaba con su cadena de oro, y para mi sorpresa capté ansiedad en sus rasgos finos y delicados. El pelo largo bajo su enjoyado gorro era ya muy canoso. Mientras barría a la muchedumbre con la mirada, sus ojos se toparon con los míos, su rostro enrojeció y sus labios se tensaron. Se quedó mirándome un momento antes de volverse cuando Wriothesley se inclinó para hablar con él. Me estremecí. Genesis captó mi inquietud y se agitó nervioso. Lo tranquilicé con unos golpecitos.

Junto a mí pasó un soldado que llevaba con cuidado un cesto.

—¡Abrid paso! ¡Paso! ¡Es la pólvora!

Me alegré de oírlo. Por lo menos habría algo de clemencia. La sentencia por herejía consistía en arder hasta morir en la hoguera, pero a veces las autoridades permitían que se colocara en torno al cuello de la víctima una bolsa de pólvora, de manera que explotara cuando la alcanzaran las llamas provocando una muerte instantánea.

—Deberían dejarlos arder hasta el final —protestó alguien.

—Sí —convino otro—. El beso del fuego, tan lento y atroz. —Y sonó una espantosa risa.

Me volví al tiempo que otro jinete, ataviado como yo con la toga de seda de verano y el birrete negro, se abría paso entre la multitud hasta detenerse a mi lado. Era unos años más joven que yo y tenía un rostro hermoso aunque ligeramente severo, una barba corta y oscura y unos ojos azules penetrantes, honestos y directos.

—Buenos días, abogado Shardlake.

—Buenos días también para vos, hermano Coleswyn.

Philip Coleswyn era un abogado del Colegio de Gray, y mi oponente en el malhadado caso del testamento Slanning. Representaba al hermano de mi clienta, que era tan malhumorado y difícil como esta. Pero aunque como abogados nos veíamos obligados a batirnos, Coleswyn había resultado ser cívico y honesto, no uno de esos abogados dispuestos a patrocinar con vehemencia el peor de los casos mediando la apropiada cantidad de plata. Suponía que el hombre encontraba a su cliente tan irritante como yo a la mía. Me habían dicho que era un reformista —en aquellos días los rumores solían versar sobre las creencias religiosas—, aunque a mí personalmente no me importaba.

—¿Ha venido en representación del Colegio de Lincoln? —preguntó Coleswyn.

—Sí. ¿Y vos, habéis sido elegido por el Colegio de Gray?

—En efecto. No voluntariamente.

—Ni yo.

—Es un asunto muy cruel —comentó, mirándome a los ojos.

—Así es. Cruel y espantoso.

—Pronto será ilegal rendir culto a Dios. —Hablaba con un ligero temblor en la voz.

Contesté con palabras nada comprometidas, pero mi tono resultó sardónico:

—Es nuestro deber rendir culto según decrete nuestro rey.

—Y aquí está su decreto —replicó en voz baja Coleswyn, meneando la cabeza—. Lo siento, hermano. Deberé vigilar mis palabras.

—Sí. En estos malhadados tiempos, conviene hacerlo.

El soldado había dejado el cesto con la pólvora en una esquina de la zona acordonada. Pasó sobre la valla para apostarse con sus camaradas de frente a la muchedumbre, bastante cerca de nosotros. En ese momento vi que Wriothesley se inclinaba hacia delante y hacía señas a alguien con el dedo. Un hombre corrió hacia la plataforma del baldaquín y Wriothesley le señaló el cesto de la pólvora. El soldado contestó y Wriothesley volvió a reclinarse en su asiento, al parecer satisfecho. El hombre recobró su posición.

—¿Qué quería? —preguntó otro soldado.

—Saber cuánta pólvora había. Le da miedo que al explotar pueda lanzar astillas ardiendo hacia su banco. Le he dicho que la pólvora estará colgada de sus cuellos, muy por encima de la madera.

Su compañero se echó a reír.

—A los radicales les encantaría que Gardiner y la mitad del Consejo Privado acabaran ardiendo también. John Bale podría escribir una de sus obras sobre el tema.

Noté una mirada sobre mí y vi, un poco a mi izquierda, a un abogado ataviado de negro acompañado de dos jóvenes caballeros de vistosos jubones, teñidos con caros tintes, y perlas en los gorros. El abogado era joven, estaría en la veintena, un individuo bajo y delgado de rostro enjuto e inteligente, ojos saltones y barba rala. Me miraba fijamente, pero cuando se cruzó con mi mirada, apartó la vista.

Me volví hacia Coleswyn.

—¿Conocéis a ese abogado, el que está con los dos jóvenes petimetres?

Él negó con la cabeza.

—Lo he visto por las salas de justicia una o dos veces, pero no lo conozco.

—No importa.

De pronto, una oleada de agitada excitación recorrió la multitud. Una procesión se acercaba por Little Britain Street. Más soldados, rodeando a tres hombres vestidos con túnicas blancas, uno joven y dos de mediana edad. Todos mantenían el rostro tenso y los ojos desorbitados, llenos de miedo. Y tras ellos, llevada en silla por dos soldados, una joven atractiva de pelo claro, de algo más de veinte años. La silla oscilaba ligeramente y ella se aferraba a los costados con continuos gestos de dolor. De manera que esa era Anne Askew, que había dejado a su esposo en Lincolnshire para venir a predicar a Londres, la que sostenía que la hostia consagrada no era más que un pedazo de pan que con el tiempo se pondría mohoso como cualquier otro.

—No tenía idea de que fuera tan joven —susurró Coleswyn.

Algunos policías se abalanzaron sobre la leña para apilar varios haces en torno a las estacas. Cuando subieron allí a los tres hombres, los policías ataron a dos de ellos a un poste, espalda contra espalda, y al tercero a otro poste. La leña crujía bajo sus pies. Las cadenas resonaron cuando les ataron los tobillos, la cintura y el cuello. Luego llevaron a Anne Askew en su silla al tercer poste. Los soldados la dejaron y los agentes la encadenaron a la estaca por el cuello y la cintura.

—De manera que es cierto. La sometieron al potro en la Torre. Mirad, no puede sostenerse en pie.

—Pero ¿por qué hacerle eso a la pobre criatura después de ser sentenciada?

—Solo Dios lo sabe.

Un soldado llevó cuatro bolsas, del tamaño de un puño grande, y las ató en torno al cuello de cada sentenciado, que instintivamente se encogía de miedo. Un alguacil salió de la antigua casa del guarda con una antorcha encendida y se apostó junto a la valla, impasible. Todas las miradas se volvieron hacia la llama, y el silencio cayó sobre la multitud.

Un hombre con ropa de clérigo subió por los escalones hasta el atril. Estaba entrado en años, tenía el pelo blanco y la cara enrojecida, e intentaba dominar unas facciones desencajadas por el miedo. Nicholas Shaxton. De no haber sido porque se retractó, también estaría atado a una estaca. Se oyeron algunos murmullos hostiles entre el gentío, y luego un grito:

—¡Debería daros vergüenza quemar a los Miembros de Cristo!

Se produjo entonces una breve conmoción en la que alguien golpeó al hombre que había hablado. Dos soldados se apresuraron a separarlos.

Shaxton comenzó a predicar, una larga disquisición que justificaba la antigua doctrina de la eucaristía. Los tres hombres condenados escucharon en silencio, uno presa de incontrolables temblores, todos con las caras y las túnicas blancas empapadas en sudor. Anne Askew, al contrario, interrumpía de vez en cuando a Shaxton gritando: «¡No ha entendido nada, y habla sin el Libro!». Su rostro se mostraba alegre y sereno, casi como si estuviera disfrutando del espectáculo. Me pregunté si la pobre mujer no estaría loca. Alguien chilló entre el gentío:

—¡Venga ya! ¡Encended la hoguera!

Por fin Shaxton terminó su perorata, bajó despacio y volvieron a llevarlo a la caseta. Cuando fue a entrar, no obstante, los soldados lo sujetaron de los brazos y le obligaron a darse la vuelta en la puerta. Tendría que contemplar la quema a la fuerza.

Se dispuso más leña en torno a los prisioneros, hasta alcanzarles los muslos. Luego el agente de la antorcha se fue acercando para encender una por una las hogueras. Se oyó un crujido y luego una exclamación que pronto se convirtió en chillidos en cuanto las llamas lamieron las piernas de los condenados. Uno de ellos gritaba una y otra vez:

—¡Cristo, recíbeme! ¡Cristo, recíbeme!

Oí un agónico lamento de Anne Askew y cerré los ojos. La muchedumbre observaba en silencio.

Los gritos y el crepitar del fuego parecían no acabar nunca. Genesis se agitó inquieto y por un momento experimenté aquella espantosa sensación que tan a menudo me había asaltado en los meses posteriores al naufragio del Mary Rose: la de que todo daba vueltas a mi alrededor. Tuve que abrir mucho los ojos. Coleswyn miraba fijamente al frente con rostro sombrío, y no pude evitar seguir su mirada. Las llamas se alzaban deprisa, ligeras y transparentes al fuerte sol de julio. Los tres hombres seguían gritando y retorciéndose; las llamas les alcanzaban ya medio cuerpo, hasta los brazos, y les achicharraba la piel. La sangre goteaba sobre el fuego. Dos prisioneros se inclinaron en un frenético intento por hacer explotar la pólvora, pero las llamas todavía no habían subido lo suficiente. Anne Askew estaba sentada, o más bien desplomada en su silla. Parecía haber perdido la conciencia. Me sentí enfermo. Miré la hilera de rostros bajo el baldaquín, todos con expresiones graves y ceñudas. Y entonces advertí que el joven abogado me miraba de nuevo y me pregunté intranquilo quién sería y qué querría.

Coleswyn lanzó de pronto un gruñido y pareció desplomarse en su silla de montar. Tendí la mano para sostenerlo, hasta que respiró hondo y volvió a erguirse.

—Valor, hermano —lo animé.

Él me miró, pálido y con el rostro perlado de sudor.

—¿Os dais cuenta de que ahora esto podría pasarnos a cualquiera de nosotros? — susurró.

Vi que algunos entre el público se habían dado media vuelta, y unos niños lloraban, impresionados por aquella escena atroz. Uno de los mercaderes holandeses había sacado un pequeño libro de oraciones y lo sostenía abierto, recitando con voz queda. Pero otras personas reían y bromeaban. El olor a humo inundaba la plaza, junto al hedor de la multitud, y algo más, algo familiar en las cocinas: el olor a carne asada. Contra mi voluntad, volví a mirar hacia la pira. Las llamas habían subido más, la parte inferior de los cuerpos ya estaba negra y el hueso asomaba aquí y allá, los torsos se veían rojos de sangre, lamidos por las llamas. Comprobé horrorizado que Anne Askew había recobrado la conciencia y emitía lastimeros gemidos mientras su túnica ardía.

Comenzó a gritar algo, pero en ese momento las llamas alcanzaron la bolsa de la pólvora y su cabeza explotó, lanzando una rociada de sangre, huesos y sesos que cayeron siseando al fuego.