Herejía
Capítulo 21
21
Por fortuna Guy estaba en su casa. Su ayudante, Francis, se mostró perplejo al verme aparecer con dos hombres sangrando.
—Nos han atacado unos ladrones —mentí.
Francis nos llevó a toda prisa a la consulta de Guy, donde mi amigo elaboraba mixturas de hierbas.
—¡La Virgen! —exclamó—. ¿Qué ha pasado?
Me quedé mirando angustiado mientras él curaba a los heridos. La herida de Nicholas en el pecho solo requirió un par de puntos, que él soportó bien, mordiéndose la lengua mientras lo cosían. Después Guy examinó la mano izquierda de Barak.
—Gracias al Señor era una daga fina y atravesó la parte carnosa entre los huesos de los dedos. Pero van a hacer falta unos puntos, y lavanda y otros aceites para evitar que la herida se envenene.
Nicholas arrugó el ceño.
—Yo pensaba que lo mejor para limpiar las heridas era el vino.
—La lavanda es mejor, aunque escuece. Y una venda. —Guy miró muy serio a Barak—. Tendrás que llevarla una semana, y cambiarla regularmente. Eres diestro, ¿verdad?
—Sí. ¡Por los clavos de Cristo, esto duele como un demonio!
—Dolerá, pero con algo de suerte no quedarán más secuelas que una ligera rigidez.
Barak se volvió hacia nosotros.
—Los dos vais a ver a Tamasin en el cumpleaños de George dentro de unos días. Ya me inventaré alguna historia y luego comentaremos los detalles, para que todos contemos lo mismo. Le diré que fue un accidente en el trabajo. No quiero que os pesque diciendo otra cosa.
—Pero tu esposa tiene que creerte, ¿no? —se sorprendió Nicholas.
—No lo tengas tan claro.
—No es la primera vez que tu señor ha traído aquí a Jack Barak para que lo cure después de… algún incidente, digamos. Y Jack también ha tenido que traer a tu señor. —Guy hablaba con tono severo, pero Nicholas me miró con renovado respeto.
—¿Puedo dejarlos contigo, Guy? —le pedí—. Lo lamento, pero tengo una cita importante y me temo que llego tarde. —Por el camino había visto que el reloj de una iglesia marcaba casi las once.
—Sí, pero tengo que hablar un momento contigo, Matthew. Te acompaño —me dijo con expresión preocupada y furiosa a la vez.
Una vez fuera, habló en voz baja:
—Esto no ha sido un robo —declaró, sacudiendo la cabeza—. Me vuelves a traer a Jack después de un peligroso encontronazo, ahora que es un hombre casado y con un hijo, y estando Tamasin embarazada otra vez. Y además ese chico.
—Estoy investigando un asesinato —le confié—. Un par de bribones que mataron a golpes a dos hombres inocentes. Fueron vistos en una taberna por un testigo que me trajo la noticia al Colegio. Era una oportunidad, tal vez la única, de atraparlos. Tanto Jack como Nicholas sabían que había peligro.
—¿Los atrapasteis?
—No —contesté, enrabietado de nuevo—. Sabían defenderse y lograron escapar.
—Matthew, siempre andas detrás del peligro. Pero ahora acompañado de Jack y de este muchacho. Jack ya no es tan joven y se ha acostumbrado a una vida más tranquila.
Me pasé la mano por la frente.
—Ya lo sé. Pero era mi única oportunidad de llevar a dos asesinos ante la justicia —repliqué, mirando desafiante a mi amigo—. Y tal vez impedir así que volvieran a matar.
—La última vez que nos vimos me dijiste que estabas metido en algo secreto, y que para cualquiera sería peligroso conocer los detalles.
—Así es.
Entonces señaló con la cabeza hacia la consulta.
—¿Has hecho saber a Jack y al muchacho esos detalles?
—No.
—Entonces no deberías haberlos involucrado. Lo lamento, pero eso es lo que pienso. ¿Tiene esto algo que ver con la reina? —me preguntó de pronto.
—¿Por qué lo preguntas?
—Ya veo por tu expresión que estoy en lo cierto. Sé que siempre has sentido un excesivo afecto hacia ella. Y he visto tu expresión inquieta estos últimos meses, siempre preocupado por su situación. Pero no deberías permitir que eso te ponga en peligro… y mucho menos a los que trabajan para ti.
—¿Por qué? —pregunté con brusquedad—. ¿Porque piensas que es una hereje?
—No, porque es la reina y porque, como tú mismo has dicho, el trono está siempre rodeado de truenos. Desde luego el trono de este rey bien que lo está — añadió. No contesté—. ¿Forma parte de todo esto ese tal Bertano sobre el que me preguntaste?
Recordé que Daniels y Cardmaker habían mencionado su nombre en la taberna.
—Mantén ese nombre en secreto, Guy, si valoras en algo tu seguridad.
Él esbozó una sonrisa irónica.
—¿Ves? A mí también me has metido en esto, en cierta manera. Piensa lo que te digo, Matthew. No quiero tener que volver a curar a Barak o a Nicholas, tal vez de algo más grave. Ni a ti —añadió en tono más amable.
Me dirigí a toda prisa hacia la Torre, con la mente bullendo. Guy tenía razón: eran mis propios sentimientos por la reina los que me habían hecho tomar este camino, dejando a mi paso una estela de peligro como los malos humores de una enfermedad. Pero no podía desentenderme sin más ahora, ni aun queriendo. Aquellos dos hombres en la taberna conocían mi nombre.
Ante mí se alzaba Tower Hill, donde lord Cromwell y muchos otros habían muerto. Y más allá, la Torre de Londres. El foso, los altos muros blancos y la mole cuadrada de la Torre Blanca, donde la conspiración entre Rich y Bealknap cinco años atrás me había procurado una breve estancia en sus terribles mazmorras.
Vi que lord Parr ya me esperaba en la puerta de la Torre del medio, a caballo. Me sorprendió ver a William Cecil junto a él, montado también; dos criados con librea de la reina sostenían las riendas de su montura. Llevaba su toga de abogado, y lord Parr, un ligero jubón, verde y acuchillado en el hombro para mostrar el forro de seda escarlata. Olisqueaba una poma que colgaba de una cadenita de oro en torno a su cuello, para alejar el hedor del foso.
—¡Matthew! —Era la primera vez que me saludaba por mi nombre de pila, y en un tono más amable que la anterior vez—. He traído al señor Cecil para intercambiar información.
—Milord, lamento llegar tarde, pero acabo de tener un encuentro con los hombres que mataron a Greening…
Lord Parr se inclinó en su silla.
—¿Están detenidos? —preguntó ansioso.
—No. Barak y mi pupilo resultaron heridos en el intento y tuve que procurarles atención médica.
—Contadme lo sucedido.
Eché un vistazo a Cecil.
—William lo sabe todo —me dijo lord Parr—. Incluso la existencia de la Lamentación. La reina y yo estamos de acuerdo en que es hombre de confianza, y ya ha organizado pesquisas entre los radicales y tiene agentes en los muelles.
Miré de nuevo a Cecil. Un hombre de confianza, sí, pensé. Les conté nuestro encuentro con Daniels y Cardmaker, e informé de que ambos parecían conocer mi nombre y que habían mencionado el nombre de Bertano. Añadí que Nicholas había identificado el jirón de manga como perteneciente a un tal Charles Stice, quien, a juzgar por la descripción de su oreja herida, estuvo involucrado en el primer asalto contra Greening y en el intento de soborno al joven paje Garet.
—Yo he realizado menores progresos, me temo —terció Cecil—. No hay noticias de los tres amigos de Greening, ni del guardia Leeman. Y aunque los cuatro cuentan con amigos entre los radicales religiosos, ninguno forma parte de grupos conocidos. Creo que Greening y los otros formaron su propio círculo.
—Pienso que tenéis razón —opiné.
Lord Parr gruñó.
—Dios sabe que están surgiendo tales círculos por doquier, bajo las mismísimas narices de Gardiner. Tal vez incluso grupúsculos de anabaptistas. Sabemos que uno de los hombres es holandés, y esa gentuza proviene justamente de Holanda y Alemania.
—¿Y qué hay de Bertano? —pregunté a lord Parr.
—El nombre no es conocido entre la comunidad de mercaderes italianos. Todos tienen que estar registrados, y ese nombre no aparece en la lista.
—Podría haber entrado clandestinamente al país —observó Cecil.
—Tal vez. —Lord Parr sacudió la cabeza—. O tal vez ni siquiera esté en Inglaterra. Bueno, Matthew —me dijo, mirando hacia la Torre—, debemos entrar. En la puerta se harán cargo de las monturas. Ya llegamos tarde. —Se volvió hacia Cecil —. William, Shardlake te ha dado otros tres nombres para que investigues: Daniels, Cardmaker y Stice. —Y añadió, inclinando la cabeza—: Pero con discreción.
El joven abogado asintió solemne y se marchó. Lord Parr se acarició la barba.
—Un individuo inteligente —comentó—. Y discreto.
—¿Se lo habéis contado todo?
—Sí. La reina dio su aprobación después de conocerlo. Le ha tomado mucho aprecio.
Sentí una absurda punzada de celos.
—Cecil es hombre ambicioso —prosiguió lord Parr—. Si tenemos éxito en esto, podría significar un gran avance en su carrera. Por supuesto que para él también se trata de principios religiosos. Si fracasamos y el libro se publica y llega a conocimiento del rey, todos podríamos vernos en serios apuros.
El guardia de la Torre saludó a lord Parr. Se llevaron su caballo a los establos y entramos en la Torre Verde.
—¿Todavía no se sabe nada de la Lamentación? —pregunté.
—No. Y ya han pasado más de dos semanas desde el robo del manuscrito. Yo le digo a la reina que cada día que pasa es menos probable que aparezca en las calles, pero ella no lo cree. La verdad —añadió con una risa— es que no me lo creo ni yo. Esos hombres a los que os enfrentasteis… Uno dijo que no sabíais con quién estabais tratando, dando a entender que se trataba de alguien muy elevado. Y vos mencionasteis que tal vez sir Richard Rich pueda estar implicado…
—Posiblemente.
—Son demasiadas posibilidades: Norfolk, Gardiner, Paget, actuando solos o en concierto; tal vez alguien más… —Lord Parr sacudió la cabeza—. Aunque no. Paget no. Siempre ha trabajado estrictamente a las órdenes del rey.
—¿Estáis seguro, milord? Wolsey y Cromwell también lo hacían al principio, pero luego…
Frunció los labios.
—Tenéis razón. En estos tiempos de agitación no podemos estar seguros de nada.
—Todavía me preocupa que cuando Jane Fool llegó para que la interrogara, venía acompañada por lady María.
—Eso fue sencillamente mala suerte.
—Me pregunto si no será algo más. ¿Es Jane de verdad una mujer de pocas luces, o podría estar actuando, ocultando su verdadera inteligencia?
—No. Es una mera idiota, no tengo duda. No me la imagino engañando así a su señora. Ya sabéis lo perspicaz que es la reina. Y en cualquier caso, jamás dejó que Jane se acercase siquiera al manuscrito.
—Lady Isabel no parece tenerle mucho aprecio a Jane Fool.
Lord Parr resopló.
—Lady Isabel no le tiene aprecio a mucha gente. Y menos a cualquiera que la eclipse ante la reina.
Nos acercábamos a la Torre Blanca. Lord Parr había aminorado el paso y yo advertí una fina pátina de sudor en su frente. Recordé su edad, sus comentarios sobre su salud. Me miró un momento y dijo incómodo:
—Lamento haber sido tan brusco la última vez que nos vimos. Este asunto está suponiendo una gran tensión.
—Lo comprendo, milord. Gracias. —A un hombre del rango y temperamento de lord Parr no debía de resultarle nada fácil disculparse con alguien inferior.
Él asintió con brusquedad y volvió a mirar hacia la Torre.
—Como ya os dije, sir Edmund Walshingham era el vicecanciller de la reina, y es un viejo amigo. —Los altos personajes del reino, pensé, se conocían todos entre ellos, y todos eran amigos o enemigos—. Le voy a decir que habéis representado a la familia de mi esposa y tenéis entre manos un caso en el que un testigo sostiene que fue interrogado en la Torre entre las fechas… vamos a escoger un paréntesis amplio… digamos el veinte de junio y el quince de julio. Diremos que no creéis que ese hombre llegara a pisar siquiera la Torre, y que de hecho estaba cometiendo alguna tropelía en algún otro sitio.
—Entendido. —Aunque me incomodaba mentir de manera tan descarada al alguacil de la Torre.
—La historia es que deseáis comprobar los nombres de las personas que estuvieron aquí prisioneras entre esas fechas —prosiguió lord Parr—. Han sido muchas estos últimos meses, y si yo respondo por vos, creo que sir Edmund os dejará ver los registros. ¿Podéis hacerlo? Intentad averiguar quién estaba de guardia cuando torturaron a Anne Askew, que fue en torno al trece de junio. Los rumores de su tortura se filtraron ese mismo día.
—Muy bien. —De pronto me vino a la mente el desahucio del que Coleswyn y yo habíamos sido testigos esa mañana—. Podría decir que el hombre implicado está intentando obtener una coartada por haber formado parte de un grupo de hombres que desahuciaron a un inquilino de manera ilegal.
—¿Un propietario? Sí, vos trabajáis ante el Tribunal de Peticiones, ¿no? — preguntó con cierto aire de superioridad—. Muy bien. Pero no mencionéis bajo ningún concepto a Anne Askew. No quiero llamar su atención sobre eso.
De pronto se oyó un fuerte rugido de la reserva de animales de la Torre, probablemente un león, y lord Parr sonrió.
—Me cuentan que han traído una nueva criatura de África, un animal que parece un caballo, pero con un cuello absurdamente largo y fino. Le pediré a sir Edmund que me deje verlo.
Entramos en la Torre Blanca. Un guardia nos llevó por el Gran Salón, lleno para variar de soldados que charlaban o jugaban a las cartas. En el otro extremo reconocí la puerta que llevaba a las mazmorras inferiores.
Nosotros subimos, recorrimos un pasillo con una alfombra que amortiguaba nuestras pisadas, y entramos en una espaciosa sala donde se levantó para recibirnos un hombre algo más joven que lord Parr, de pelo blanco y un rostro arrugado rematado por una larga y puntiaguda barba. Había otro hombre en pie junto al escritorio, más joven también, de pelo cano, barba y porte soldadesco. Me incliné ante ellos mientras lord Parr les daba la mano.
—Sir Edmund, hacía meses que no os veía. Y sir Anthony Knevet, teniente de la Torre. Buenos días os dé Dios.
—Y a vos, milord. Si me perdonáis… —El hombre del porte militar dio unos toquecitos a un fajo de papeles que llevaba bajo el brazo—. Tengo que presentarle un informe al secretario Paget en Whitehall.
—Entonces no os retendremos —dijo Walsingham con cierta irritación en la voz. El otro hizo una reverencia y se marchó.
A continuación, el alguacil de la Torre nos indicó que nos sentáramos.
—Necesito información sobre un par de asuntos menores, de cuando estuvisteis a cargo de la casa de la reina. Os habría escrito, pero he querido aprovechar la ocasión para visitaros, ahora que la corte está en Whitehall.
—Y me alegro. Hemos tenido unos meses muy ajetreados en la Torre —dijo Walsingham, enarcando las cejas.
—¿No se encarga sir Anthony Knevet de la mayor parte del trabajo diario?
—Sí, pero la responsabilidad última recae en mí. Y sir Anthony ha estado metiendo las narices en un par de sitios donde no debiera… —Sir Edmund hizo un gesto desdeñoso con la mano, y cambió de tema—. ¿Cómo van las cosas en la casa de su majestad?
—Algo más tranquilas recientemente —contestó con cautela lord Parr—. ¿Cómo está vuestra familia? ¿Y vuestro inteligente sobrino Francis?
—Ahora está en Cambridge. Crece muy deprisa —añadió Walsingham—. Me recuerda que me hago viejo. Y lo cierto es que últimamente empiezo a notar los años.
—Sí, yo también —repuso lord Parr—. En la vejez los humores se alteran y se hacen más lentos. Sir Edmund —prosiguió con tono desenfadado—, necesitaría un pequeño favor. El abogado Shardlake es un letrado del Tribunal de Peticiones, que también ha representado a mi esposa. Tiene un caso para el primer trimestre judicial en el que los registros de la Torre podrían arrojar cierta luz.
Walsingham me miró.
—¿Sí?
Lord Parr le contó la historia del testigo imaginario. Sir Edmund volvió a mirarme con sus ojillos cansados pero sagaces.
—¿Entre el veinte de junio y el cinco de julio, decís? —Y lanzó un gruñido—. ¿Sabéis quién estaba entonces aquí?
Fingí hacer memoria.
—¿Anne Askew?
—Justamente. No había mucha más gente. Las cosas comenzaban a calmarse un poco por ese entonces. Aunque no para ella —añadió con una mueca—. ¿Vos respondéis de él? —le preguntó a lord Parr.
—Sí.
—¿Cómo se llama ese testigo?
Le di el primer nombre que me vino a la cabeza.
—Cotterstoke. Edward Cotterstoke.
Sir Edmund negó con la cabeza.
—No recuerdo ese nombre. Pero podéis bajar a las celdas y mirar los registros, siendo así que lord Parr responde de vos. No pongáis esa cara, señor letrado —añadió con una sonrisa—. No pienso dejaros allí abajo encerrado.
Lord Parr también sonrió.
—Sir Edmund os está haciendo un favor, Matthew —me reprendió—. Oficialmente, esos documentos no son de dominio público.
—Lo lamento, sir Edmund. Os estoy agradecido.
El alguacil sonrió burlón.
—Bueno, eso demuestra que la mera mención de las mazmorras de la Torre infunde miedo, que es en parte para lo que están. —Garabateó una rápida nota, tocó una campanilla sobre su escritorio y apareció un guardia—. Lleva a este abogado a las mazmorras para que vea los registros de prisioneros entre el veinte de junio y el cinco de julio. Pero que no escriba nada. —Y me clavó una mirada irónica—. Y luego lo vuelves a traer sano y salvo.
El soldado me llevó abajo, a través de la sala principal. Era un hombre fornido en torno a los treinta años, con una pronunciada cojera. Al igual que sir Edmund, pareció tomar mi aprensiva mirada a la puerta como algo natural.
—¿Estáis buscando un nombre, señor?
—Sí, un testigo de un caso que asegura haber sido interrogado en la Torre. Yo creo que miente.
—Una extraña mentira.
—Probablemente pensó que yo no podría venir aquí a corroborarlo.
El guardia dio un respingo de dolor.
—¿Podríamos parar un momento, señor? La pierna me está matando.
—Por supuesto.
—Un soldado francés me la atravesó con una pica en Boulogne, el año pasado.
—Lo lamento. Sé que fue una fiera campaña.
—Después me dieron este puesto. Ya no volveré a la guerra. Podemos seguir, señor, gracias.
Otro guardia nos abrió la puerta y bajamos por aquellas terribles escaleras de piedra, que se cubrían de resbaladizo musgo verde una vez que pasaban bajo el nivel del río. La luz provenía de antorchas que apestaban a humo. Al fondo había una puerta que yo recordaba bien. Mi escolta dio una voz y un rostro duro y sin afeitar apareció tras los barrotes.
—¿Sí?
—Este caballero tiene permiso para mirar el registro. —El soldado le pasó la nota de sir Edmund. El hombre miró el papel y luego a mí antes de volverse hacia mi escolta.
—¿Tenéis que esperar para llevarlo de vuelta?
—Sí.
Se oyó un chasquido de llaves y la pesada puerta se abrió. La franqueé para entrar en un largo vestíbulo que apestaba a humedad, de desnudas paredes de piedra. Había una hilera de celdas con ventanucos de barrotes. Hacía frío, incluso en pleno verano. Es curioso las cosas que uno advierte en momentos así: observé que la disposición del vestíbulo central había cambiado: el escritorio que constituía su único mobiliario era más grande que el que ocupaba su lugar cinco años atrás, y lo habían colocado contra la pared para dejar más paso. Estaba atestado de papeles. Un hombre se sentaba tras él, ante un gran libro de registro abierto.
El guardia que me había abierto me miró de arriba abajo.
—¿Su propósito, señor? —me preguntó, con voz queda pero no respetuosa.
—Matthew Shardlake, abogado. —Y le conté la historia del testigo. No resultaba fácil mentir a aquellos ojos duros y astutos.
—Bueno, si sir Edmund está de acuerdo… —cedió con reticencia—. Pero no podéis escribir nada, solo buscar rápidamente el nombre que os interesa.
—Entendido.
—Me llamo Ardengast, y estoy a cargo de esto.
Y sin más comentario me llevó al escritorio. Sentado tras él había un individuo grandullón de mediana edad que lucía una chaqueta de cuero y una desgreñada barba. Se incorporó en cuanto nos acercamos.
—Este hombre va a mirar los registros desde el veinte de junio hasta el cinco de julio, Howitson —le dijo Ardengast—. Está buscando un testigo de un caso.
El otro frunció el entrecejo.
—¿No tendrá que ver con…?
—No. Es un asunto de leyes. —Ardengast hizo un gesto desdeñoso con la mano y volvió a mirar la nota de Walsingham—. El nombre es Edward Cotterstoke. A mí no me suena.
—Ni a mí.
—De eso se trata —tercié—. Creo que miente y que nunca estuvo aquí.
—Os dejo con Howitson —me dijo Ardengast—. Tengo cosas que hacer. —Y tras estas palabras se alejó, abrió una puerta en el otro extremo de la estancia y desapareció.
Al otro lado de la puerta, a lo lejos, me pareció oír gritos. Me fijé en las ventanas de barrotes de las celdas. Parecían vacías, pero ¿quién sabía qué infortunadas almas y maltrechos cuerpos yacían allí dentro? Pensé en Anne Askew, sola y aterrada en aquel lugar.
Howitson se acercó el grueso libro. Advertí que había dos columnas: en una se anotaban los nombres de los prisioneros y las horas a que entraban y salían, mientras que la otra, más pequeña, era para las firmas de los oficiales de servicio. La caligrafía era pobre, garabateada, y no pude leerla del revés. Howitson pasó varias páginas, deteniéndose de vez en cuando para chuparse el pulgar tiznado de negro. Por fin se reclinó en su silla.
—Aquí no ha habido nadie de nombre Cotterstoke, señor. Ya me lo parecía —dijo con una sonrisa de satisfacción.
—Bien. Ya sospechaba que el testigo estaba mintiendo. No obstante, necesito ver el libro yo mismo. Las reglas del tribunal me exigen testificar que lo he comprobado personalmente. Solo repetir lo que me ha dicho un tercero constituiría un testimonio de oídas, y por tanto inadmisible.
Howitson arrugó el entrecejo.
—Yo no sé nada de reglas legales, pero este libro es confidencial.
—Lo sé. Y lo único que testificaré es que ese nombre en particular no está en la lista, nada más. —El hombre se mostraba dubitativo—. Es la ley —insistí—. Sir Edmund ha dado su permiso para que vea el registro.
—Aquí abajo tenemos nuestras propias leyes, señor. —Y esbozó una sonrisita torcida, poniendo un insolente énfasis en «señor».
—Lo comprendo. Si lo prefieres, puedo pedirle a sir Edmund que sea más específico, por escrito, para satisfacerte.
Howitson lanzó un gruñido.
—Está bien, pero daos prisa. Nada de demoraros en los nombres. Ya han circulado suficientes rumores sobre este lugar.
—Muy bien.
Le dio la vuelta al libro al tiempo que retrocedía un par de páginas. Pasé la vista rápidamente por las entradas de finales de junio. Esas no me interesaban. No obstante, advertí que siempre había dos oficiales presentes para inscribir a un prisionero; uno era habitualmente Howitson, el otro, quienquiera que fuese el guardia que se encontraba de servicio. A partir del 28 de junio comenzaba a aparecer una firma más legible que las demás en el turno de la tarde. Thomas Myldmore, que estaba de servicio cuando «la señora Anne Kyme», el nombre de casada de Anne Askew, aparecía en el registro.
De pronto Howitson descargó su manaza sobre el libro.
—Se acabó, señor —espetó.
—Gracias, he visto cuanto necesitaba.
Me aparté del escritorio y en ese momento volvió a abrirse la puerta al fondo del corredor y aparecieron dos hombres. Uno era mayor y llevaba un mandil cubierto de oscuras manchas. El otro era joven, pequeño y flaco, de pelo rubio oscuro y un rostro ovalado al que no favorecía la puntiaguda barba que exhibía. Advertí que traía los hombros hundidos. El de más edad comenzó a desatar los lazos de su mandil sin prestarme atención, pero el más joven, al verme junto al registro, redondeó un poco sus ojos grises y se adelantó. Howitson cerró el libro de golpe y miró torvamente al recién llegado.
—Mi turno acaba ahora, maese Howitson —dijo el joven con una sorprendente voz grave.
—Gracias a sir Anthony Knevet todavía tienes un turno que terminar —masculló Howitson.
El joven se fijó en mi cofia y mi toga de abogado.
—¿Hay algún problema con el libro? —preguntó vacilante.
—Nada que te interese, Myldmore. ¿Tú recuerdas que estuviera aquí alguien de nombre Cotterstoke a finales de junio o principios de julio?
—No, señor.
—Ya lo veis, caballero —me dijo Howitson triunfal.
—Te doy las gracias —dije con una leve reverencia. Me fijé de nuevo en Myldmore, que tenía la mirada desencajada y los ojos chispeantes pero temerosos—. Buenos días —lo saludé, y me dirigí hacia la puerta, tras la cual me aguardaba el veterano apoyado contra la pared, masajeándose suavemente la pierna.
El soldado volvió a llevarme a la cámara de sir Edmund, donde él y lord Parr charlaban y reían bebiendo vino.
—La primera vez que vi a una mujer con un verdugado de esos, no me lo podía creer —estaba diciendo sir Edmund—. La cintura apretujada con unos corsés tan ajustados que daba la sensación de poder rodearla con las manos, y esa falda amplia con los aros debajo…
—Sí, como toneles. —Lord Parr se volvió cuando entré, instantáneamente alerta —. ¿Habéis encontrado a vuestro hombre, Shardlake?
—Su nombre no estaba en el registro, milord, tal como yo sospechaba. Os doy las gracias, sir Edmund.
Walsingham se encontraba ahora de un humor relajado.
—¿Os quedáis a tomar un vaso de vino?
—Me temo que me resulta imposible. Tengo mucho que hacer. Pero os estoy muy agradecido.
—Tal vez debería irme con vos, Shardlake —me dijo lord Parr. Querría saber lo que había averiguado.
Pero sir Edmund protestó:
—No, no, milord, si apenas acabáis de llegar.
Lord Parr nos miró dudando. Pensaba que resultaría sospechoso marcharse con demasiada premura.
—Un trago más, pues, Edmund —cedió—. Pero disculpadme, debo ir a las letrinas. Señor Shardlake, ¿podéis ayudarme? —Y se puso en pie con todas las dificultades que pudo fingir.
—Veo que ya no toleráis muy bien el vino, milord —se burló sir Edmund.
En cuanto se cerró la puerta a nuestras espaldas, lord Parr se mostró alerta.
—¿Y bien? —preguntó impaciente.
—El hombre que más a menudo estaba de servicio cuando Anne Askew se encontraba aquí se llama Myldmore. Parecía ansioso y en malos términos con el individuo del escritorio.
Lord Parr sonrió asintiendo.
—Otro nombre para que Cecil investigue. Me pregunto si estará relacionado con los otros. —Me dio una palmada en el hombro—. Sois un buen hombre, Shardlake, a pesar de vuestra cara larga y… bueno, da igual. —Hablaba con súbita convicción—. Los atraparemos, acabaremos con este juego de la gallina ciega y desenmascararemos a quien se encuentre en el fondo de este asunto. Me pondré en contacto con vos muy pronto.
Y se alejó por el corredor, dejando que me encaminara, tan deprisa como pude, hacia la salida de la Torre.