Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 7 de 58

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Herejía

Capítulo 5

5

 

El guardia reconoció a lord Parr y abrió la puerta. Yo sabía que los aposentos reales se organizaban según el mismo principio en todos los palacios: una serie de cámaras, cada una de acceso más restringido que la anterior, que daban paso a las estancias personales del rey y la reina en el centro. La Cámara de Audiencias del Rey era la sala más colorida y extravagante en su decoración. Una pared estaba cubierta con un tapiz de la Anunciación de la Virgen, en la que las figuras vestían ropa romana. Los colores eran tan vivos que casi hacían daño a la vista.

La sala estaba llena de jóvenes cortesanos, como lord Parr había predicho. Hablaban en grupos, en pie o apoyados contra las paredes, y algunos incluso jugaban a las cartas sentados a una mesa de caballetes. Después de haber llegado tan lejos mediante sus contactos o sobornos, probablemente se quedarían allí todo el día. Alzaron la vista hacia nosotros, sus mangas de satén relucientes a la profusa luz que entraba por las ventanas. Un hombrecillo vestido con una túnica verde con capucha entró detrás de mí y franqueó la sala. Era pequeño, de rostro triste, y jorobado como yo. Reconocí en él al bufón del rey, Will Somers, a quien había visto en el cuadro colgado en la Cámara de la Guardia. El pequeño mono que llevaba al hombro le iba quitando las liendres de su pelo castaño. Los cortesanos lo contemplaron atravesar con seguridad la sala hasta una de las dos puertas interiores, a través de la cual le dejaron pasar.

—Lo han enviado para animar al rey con sus bufonadas cuando vuelva de su doloroso paseo —comentó con tristeza lord Parr—. Nosotros pasaremos por la otra puerta a la Cámara de Audiencias de la Reina.

Uno de los jóvenes se separó de la pared para aproximarse a nosotros al tiempo que se quitaba el sombrero para hacer una honda reverencia.

—Milord Parr, estoy emparentado con los primos de la reina, los Throckmorton. Me preguntaba si no habría algún puesto para mi hermana como dama de honor…

—Ahora no. —Lord Parr lo despachó bruscamente cuando ya llegábamos a la puerta de la cámara. De nuevo el guardia nos dejó pasar con un respetuoso saludo.

Nos encontramos en una versión más pequeña de la cámara del rey. Un grupo de tapices adornaba las paredes representando el nacimiento de Cristo. Aquí solo había un puñado de jóvenes aspirantes a cortesanos y varios miembros de la Guardia Real, todos con la insignia de la reina. Los aspirantes se volvieron ansiosos en cuanto entró lord Parr, pero él negó ceñudo con la cabeza.

Me condujo hasta un grupo de unas seis damas ricamente vestidas que jugaban a los naipes en una mesa junto a un gran ventanal. Las saludó con una reverencia. Todas llevaban maquillaje caro, los rostros blancos de cerusa y puntos rojos en las mejillas. Todas vestían verdugados de seda, con la parte delantera abierta para revelar las faldillas de vistosos bordados en contrastados colores. Cada vestido debía de haber costado cientos de libras en materiales y trabajo, y me dio por pensar en lo incómodo que tal atavío debía de resultar en un día caluroso de verano. Un perro de aguas deambulaba por allí, esperando recibir algunas migajas de las golosinas dispuestas en las mesillas junto a las damas. Se notaba la tensión en el aire.

—Sir Thomas Seymour estuvo en Whitehall el otro día —comentaba una de ellas —. Estaba más apuesto que nunca.

—¿Os han contado cómo acabó con los piratas del Canal en mayo? —preguntó otra.

Una mujer menuda y bonita, en la treintena, dio unos golpecitos en la mesa para llamar la atención del perro.

—Aquí, Gardiner —le dijo. El animal se acercó al trote, jadeando expectante. Ella miró a las otras con una sonrisa traviesa—. No, pequeño Gardiner, hoy no hay nada para ti. Túmbate y quédate quieto.

Le habían puesto al perro el nombre del obispo Gardiner, una burla. Las otras mujeres no rieron, sino que más bien se mostraron inquietas. Una, mayor que las otras, meneó la cabeza.

—Duquesa Frances, ¿os parece apropiado burlarse así de un hombre del clero?

—Si se lo merece, lady Carew…

La mujer mayor debía de ser la esposa del almirante Carew, muerto junto a muchos otros en el Mary Rose. Ella había contemplado el naufragio desde la orilla con el rey.

—Pero ¿es seguro? —La que preguntaba era la prima de la reina, lady Lane, a quien Cecil me había señalado en el patio.

—Muy buena pregunta, hija —terció bruscamente lord Parr.

Una dama me miró con desdén antes de volverse hacia Parr.

—¿Es que la reina ahora va a tener su propio bufón jorobado, igual que su majestad el rey? Pensé que estaba contenta con Jane. ¿Es por eso que nos han echado a las damas de la Cámara Privada?

—Vamos, vamos, lady Hertford —la reprendió lord Parr.

Por fin se despidió con una reverencia de las damas y me llevó hacia la puerta por la que había pasado el criado.

—Deslenguadas —murmuró—. De no ser por las lenguas sueltas de las damas de la reina, tal vez no estaríamos en este aprieto. —El guardia se puso firmes y lord Parr se dirigió a él en voz baja—: Que nadie entre en la Cámara Privada de la reina hasta que hayamos terminado. —El hombre saludó y nos dejó pasar.

Otra sala magnífica. Una serie de tapices sobre el tema del milagro de los panes y los peces colgaba de las paredes. Aquí también había paneles de madera labrada así como jarrones de rosas sobre varias mesas de delicada talla y un ornamentado cofre. Solo había dos personas. La reina se sentaba en una silla elevada bajo un paño de ras. Su atuendo era más espléndido aún que el de sus damas, un verdugado escarlata bajo una capa francesa de púrpura real. El verdugado estaba cubierto de diseños geométricos, y a la luz se notaba lo intrincado de la labor: cientos de diminutos círculos, triángulos y cuadrados bordados en pan de oro. El corpiño se estrechaba hacia una mínima cintura de la que colgaba una poma de oro de la que emanaba el penetrante olor dulce de las naranjas. El corpiño era de corte bajo. En torno al cuello empolvado de la reina colgaban joyas en cadenas de oro, entre ellas una magnífica perla con forma de lágrima. Llevaba la caperuza francesa muy hacia atrás sobre su pelo castaño. Y aun así, bajo todo aquel esplendor y la cerusa blanca que cubría su rostro hermoso e inteligente, se advertía tensión en las facciones de Catalina Parr. Contaba ahora treinta y cuatro años, y por primera vez desde que la conocía, mostraba su edad. Hice una profunda reverencia, preguntándome qué le habría pasado, y pensando también qué pintaría en todo aquello el hombre de pie a su lado: el arzobispo Thomas Cranmer, de quien me habían dicho que se había retirado discretamente a Canterbury.

Al incorporarme advertí que la reina mantenía gacha la cabeza, evitando mirarme a los ojos. Cranmer, sin embargo, no mostró tales remilgos. Llevaba una sotana sobre un jubón negro y un sencillo gorro negro sobre su pelo cano. En sus grandes y expresivos ojos azules se leía la inquietud.

—Abogado Shardlake —dijo con su queda voz—. Debe de hacer ya tres años desde la última vez que nos vimos.

—Y más, mi señor arzobispo.

La reina alzó entonces el rostro, posó sus ojos tristes en los míos y esbozó una tensa sonrisa.

—Desde que me salvasteis la vida, Matthew. —Suspiró, parpadeó y se volvió hacia lord Parr—. ¿Ha ido Isabel a posar para el retrato?

—No sin algún que otro exabrupto. Se le antoja inapropiado que la pinten en su dormitorio.

—Bueno, mientras haya ido… Este retrato es importante. —La reina volvió a mirarme—. ¿Qué tal han ido vuestros asuntos este año, Matthew?

—No puedo quejarme, majestad —sonreí—. Sigo trabajando en la jurisprudencia, como siempre.

—¿Y el joven Hugh Curteys?

—Muy bien también. Trabaja para los sastres de Amberes.

—Excelente. Me alegro de que saliera algo bueno de aquel mal asunto. —Y se mordió el labio, como reticente a proseguir.

Se produjo un silencio que rompió Cranmer:

—Como ha comentado la reina, una vez le salvasteis la vida.

—Fue un privilegio.

—¿Estaríais dispuesto a salvársela de nuevo?

Miré a la reina, que una vez más había agachado la cabeza. Aquella figura sumisa no era la Catalina Parr que yo conocía.

—¿Tan grave es el asunto? —musité.

—Me temo que sí —confirmó Cranmer.

La reina unió las manos.

—Es todo por mi culpa. Por mi vanidad, mi atrevimiento…

Lord Parr la interrumpió con tono autoritario:

—Creo que será mejor empezar por el principio y contarle al abogado Shardlake todo lo que ha sucedido desde la primavera.

Ella asintió.

—Tomad asiento —pidió con un suspiro—. Es una historia complicada.

Todos obedecimos y nos sentamos en semicírculo ante el trono. La soberana se volvió hacia su tío.

—Contadlo todo de la manera más directa. Empezad con lo que dijo el rey en marzo.

Lord Parr me clavó la mirada.

—Vos seréis la quinta persona que conozca esta historia.

Me quedé muy quieto, intentando no apretar las manos sobre las rodillas. Me di cuenta de que verdaderamente me había metido en arenas movedizas. La reina me miraba con una especie de desesperación, jugueteando con la perla que llevaba al cuello.

—El rey se puso muy enfermo en primavera —comenzó lord Parr—. Pasó varias semanas sin salir de sus aposentos. Llamaba a la reina para que le hiciera compañía, puesto que su presencia suponía un gran consuelo para él. La charla versaba a menudo sobre cuestiones religiosas, como suele suceder con el rey. En aquel entonces el obispo Gardiner acababa de volver del extranjero, exultante por su éxito en la negociación del nuevo tratado con el emperador del Sacro Imperio, Carlos.

—Y entonces cometí mi gran error —terció la reina con tono quedo y triste—. Me había ido muy bien durante tres años, siempre cuidadosa de todo lo que decía. Pero caí presa del pecado de la vanidad y olvidé que no soy más que una mujer. — Volvió a agachar la mirada. Alzó la perla en su cadena y la observó—. Discutí con el rey con demasiada vehemencia, intentando persuadirle de que levantara la prohibición de leer la Biblia a las clases más bajas. Le dije que todos necesitamos acceso a la palabra de Cristo si queremos aspirar a la salvación…

—Por desdicha —prosiguió lord Parr—, su majestad llegó demasiado lejos e irritó al rey.

La reina se calmó y dejó caer la perla.

—Mi mayor error fue hablarle de esa manera al rey en una ocasión en presencia del obispo Gardiner. Cuando me marché, le dijo a Gardiner… —vaciló—. Le dijo, textualmente: «De manera que las mujeres se han convertido en clérigos y a mí me dará sermones mi esposa en mi vejez». —Unas lágrimas asomaron a las comisuras de sus ojos.

Cranmer se explicó:

—Esto lo sabemos por uno de los criados del rey, que estaba presente. Y sabemos que Gardiner, siendo el lobo salvaje que es, le dijo al rey que la reina y sus damas eran unas herejes, que habían hecho acudir a hombres para que predicaran en los aposentos de la reina durante la Cuaresma, hombres que negaban que el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo durante la eucaristía y que hablaban con ellas de libros prohibidos. Gardiner aseguró que esas personas no eran mejores que los anabaptistas, que estaban dispuestos a acabar con la Supremacía Real.

La reina agachó la cabeza. Lord Parr la miró un momento antes de proseguir.

—Pero el rey sospechaba de Gardiner. Desde que cayó Cromwell, se ha mostrado muy cauteloso con todos los que le susurran al oído advertencias sobre complots heréticos. Y a pesar de su furia esa noche, ama a la reina y lo último que querría es perderla. Confiad en eso, sobrina, confiad.

—Pero he hecho cosas peligrosas —replicó ella.

Yo fruncí el ceño. Siempre había sabido que en cuestiones religiosas era una reformista, y me pregunté con un escalofrío si no se habría convertido en una sacramentaria. Por un segundo volví a oler el humo en Smithfield.

—Vuestro tío tiene razón —quiso tranquilizarla Cranmer—. El rey os ama, por vuestra bondad y por el consuelo que habéis supuesto para él. Recordad eso, Kate, recordadlo siempre.

¿Kate?, pensé. No sabía que la reina y el arzobispo fueran tan íntimos.

—El rey —continuó lord Parr— permitió que Gardiner recabara pruebas. Y al mismo tiempo que ordenara una investigación general para perseguir la herejía en todo el país. Ya le preocupaba el descontento causado por las subidas de precios y la guerra, aunque, por fortuna, Dios ha hecho ver a su majestad el beneficio de buscar la paz. —Volvió a mirar a su sobrina—. La reina cuenta con amigos leales que le advirtieron de los registros. Me deshice de cualquier libro en poder de ella o de sus damas que Gardiner pudiera tergiversar para convertir en una prueba de apoyo a los herejes. Y las personas que fueron interrogadas sobre las conversaciones mantenidas en la Cámara de la Reina permanecieron leales y no dijeron nada que la incriminase.

Me pregunté qué libros serían esos. Pero lo cierto es que cualquier libro con el mínimo indicio de luteranismo podía ser utilizado por Gardiner y los suyos.

La reina pareció haberme leído el pensamiento:

—No había ningún libro de naturaleza herética —declaró—, y en las cámaras reales no se dijo nada prohibido. Aunque Gardiner lanzó sus perros sobre mis amigas, mis damas, acabó con las manos vacías.

De manera que esa era la razón de que se mostraran tan crispadas, y explicaba por qué lady Carew se había puesto tan nerviosa con las burlas de la duquesa Frances contra Gardiner.

—Aunque los aspirantes a entrar en el Consejo Privado se convirtieron en esbirros voluntarios de Gardiner: el canciller Wriothesley, y un hombre que vos conocéis bien y que se alegraría de verme arder en la hoguera. Richard Rich.

Me moví incómodo en la silla.

—Fue al protegerme el año pasado cuando os granjeasteis la enemistad de Rich —dije.

Cranmer negó con la cabeza.

—No, señor Shardlake. Rich y Wriothesley vieron la oportunidad de ascender bajo el ala del obispo Gardiner y el duque de Norfolk, que ahora es uña y carne con Gardiner, y ambos aprovecharon tal oportunidad. Como uno de los grandes del reino, el duque querría ser regente del príncipe Eduardo, si es que algo le sucediera al rey. Aunque yo rezo diariamente a Nuestro Señor para que lo preserve muchos años.

Recordé lo que había visto por la ventana y advertí en su expresión que, aunque Cranmer era un hombre de fe, no tenía grandes esperanzas en que sus oraciones obtuvieran respuesta.

Lord Parr reanudó la historia:

—Veréis, si Gardiner y sus hombres pudieran acabar con la reina y con aquellas de sus damas asociadas a la Reforma, eso significaría el fin de sus esposos también: lord Lisle, sir Anthony Denny, el conde de Hertford, cuya esposa hizo ese desagradable comentario sobre vos hace un momento…

La reina alzó la cabeza enfadada.

—¿Qué ha dicho Anne Stanhope?

—No fue nada, majestad —contesté.

—No le agradó nada que echarais de la cámara a las damas —explicó lord Parr.

—Puede que hable como una buena cristiana, pero no es nada caritativa. ¡No pienso consentirlo! —Por un momento la reina volvió a mostrarse regia, y yo no pude evitar cierto regocijo al saber que un insulto hacia mí había avivado su furia.

—De manera —prosiguió lord Parr— que Gardiner y sus hombres pretendían atacar a los reformistas del Consejo a través de sus esposas. Pero cuando las investigaciones en la casa de la reina resultaron infructuosas, el rey se enfureció. Adivinó que se trataba de un engañoso complot para hacerle cambiar sus políticas. Y los rumores de que habían torturado a Anne Askew también parecieron irritarlo.

—No son rumores —declaré—. Yo estuve en la quema y vi que no podía tenerse en pie. La quemaron sentada en una silla.

—Nos tememos que utilizaron la tortura para intentar sonsacarle información que pudiera perjudicar a la reina. A pesar de que su majestad no conoció a esa mujer, lady Hertford y lady Denny le habían enviado dinero cuando estaba en prisión…

—¡Para que no muriera de hambre! —exclamó la reina—. Fue una cuestión de caridad, de pura caridad. La señora Askew…

—La señora Kyme —la corrigió Cranmer.

—¡Pues la señora Kyme! Pensar que yo misma he podido ser la causante de su tortura… —Pese a que siempre había mostrado dominio de sí misma, volvían a saltársele las lágrimas.

Me pregunté qué habría sentido todos estos meses sabiendo que estaba bajo investigación y que no podía decir nada, siempre intentando comportarse de la manera más normal con el rey. Vi que realmente ya no podía más, que era incapaz incluso de contar su propia historia sin ayuda.

—No necesitamos saber cuál fue la razón. —Lord Parr puso una mano nudosa sobre el hombro de su sobrina—. Pero en cualquier caso, parece que el rey se ha hartado. A él también le enfureció que su amigo George Blagge fuera condenado a la hoguera. Le ha perdonado.

Cranmer asintió.

—Así es. La maniobra de Gardiner ha fracasado. El rey decidió que era el momento de decir basta.

De manera que eso era lo que explicaba la cara de preocupación de Rich en Smithfield, pensé. Tal vez también era la razón de que a Cranmer le hubiera parecido seguro volver a la corte.

—El rey también decidió —añadió Cranmer con una irónica sonrisa— darles una lección a los cazadores de herejes, una lección que no olvidarían. —Miró entonces a la reina, y ella cerró los ojos.

El arzobispo respiró hondo.

—Hace tres años, cuando Gardiner iba tras mi cabeza persiguiendo herejes en mi diócesis, el rey me llamó a su presencia. Me dijo que había autorizado que el Consejo Privado me investigara. —Se interrumpió un momento mientras un recuerdo de miedo le cruzaba el semblante—. Pero su majestad me aseguró que la investigación de mi diócesis sería dirigida por mí, y me dio su anillo para que lo presentara ante el Consejo Privado y demostrara así que contaba con su favor. Aunque antes me asustó declarando que ahora sabía quién era el mayor hereje de Kent. Me atemorizó y me advirtió, pero al mismo tiempo me mostró que yo contaba con su confianza. —De nuevo hizo una pausa—. Y la última semana utilizó la misma estrategia con su majestad la reina. —Y Cranmer clavó una elocuente mirada en Catalina.

Ella alzó la cabeza.

—Me llamaron a la Cámara Privada del Rey. Hace casi dos semanas, el día tercero del mes. Y lo que me dijo me dejó perpleja. Me dijo, sin ambages, que Gardiner y sus amigos habían intentado hacerle creer retorcidas mentiras sobre mí, pero que ahora sabía que no eran ciertas. Lo que el rey ignoraba es que yo sí sabía lo que había sucedido. O tal vez no lo ignoraba, pero el caso es que no dijo nada. A veces es tan… —Se quedó a media frase, toqueteando de nuevo la perla, antes de volver a hablar con un extraño tono acartonado—: Me dijo que su amor por mí no había menguado y me pidió mi ayuda para dar una lección a Gardiner y Wriothesley. Dijo que haría redactar artículos para mi detención y le pediría a Wriothesley que me tomara bajo custodia. Pero que fingiríamos que uno de los artículos había caído en mis manos por error. Se me oiría gritar desesperada y él acudiría a consolarme… — Se le quebró la voz y tuvo que tragar saliva—. De manera que eso es lo que hicimos.

El corazón se me aceleró de rabia viendo cómo el rey la había manipulado.

—Y entonces, la tarde siguiente, yo tenía que acudir a sus aposentos y delante de sus caballeros pedir perdón por haber llegado demasiado lejos hablando de religión. —La reina cerró los ojos—. Tenía que decir que sabía que el deber de una mujer es ser instruida por su esposo, y que yo solo quería distraerlo del dolor de sus piernas. Hice lo que me pedía, desempeñando mi papel en la farsa.

Se advertía en su voz una nota de amargura que ella se apresuró a suprimir.

—Al día siguiente —prosiguió—, tenía que pasear por el jardín con él y con mis damas. El rey había dispuesto que Wriothesley viniera a detenerme con cincuenta hombres de la guardia. Wriothesley pensaba que las tenía todas consigo, pero cuando llegó, el rey le arrebató la orden de detención de las manos, lo llamó bestia y malandrín delante de los guardias y de mis damas, y ordenó que se alejase de su presencia. —La reina sonrió tristemente—. Desde entonces su majestad se ha mostrado de lo más afectuoso y atento conmigo delante de todo el mundo. Tengo que llevar joyas nuevas. Sabe que me gustan las joyas. Siempre han sido mi debilidad los pecados de vanidad y codicia —concluyó, bajando la cabeza.

—Entonces… entonces ¿la crisis ha terminado? —aventuré—. Esa espantosa quema y la nueva proclamación sobre libros prohibidos… ¿ha sido el último acto? ¿Han resultado humillados Wriothesley y los conservadores?

—¡Ojalá hubiera sido ese el último acto! —exclamó la reina—. Ahora me falta un libro, el más peligroso. ¡Y ha sido por mi culpa!

Lord Parr volvió a poner la mano sobre la suya.

—Calma, Kate, no perdáis la calma. Lo estáis haciendo muy bien.

Cranmer se levantó y se acercó a una ventana que daba a un jardín junto al río, que se veía azul al sol del verano y moteado con las velas blancas de los esquifes y gabarras. Otro mundo. Se oía el lejano martilleo de las obras de construcción de los nuevos aposentos para lady María.

—He mencionado que el obispo Gardiner estaba negociando un nuevo tratado con el Sacro Imperio —dijo al cabo—. Y Paget ha logrado establecer la paz con los franceses. Lord Lisle y el conde de Hertford desempeñaron asimismo su papel. Ambos se encuentran ahora en el extranjero, pero volverán el próximo mes, también exultantes con sus éxitos. La balanza del Consejo Privado se inclinará a favor de los reformistas. Eso y la irritación del rey con el bando de Gardiner nos ayudará. Pero está sucediendo algo más, señor Shardlake. —Cranmer se volvió y yo sentí toda la fuerza de sus penetrantes ojos—. No sabemos lo que es, pero vemos a los consejeros veteranos de la facción conservadora, esto es, Norfolk, Gardiner y otros como Paget, todavía sonrientes y murmurando por los rincones, cuando después de su fracaso deberían estar encogidos y atemorizados como perros apaleados. El otro día, después del Consejo, oí que Paget le murmuraba algo a Norfolk sobre un visitante del extranjero, pero callaron cuando me aproximé. Guardan algún secreto, algo se traen entre manos. Es obvio que todavía tienen alguna carta por jugar.

—Y yo les he dado otra carta —declaró la reina, sombría—. He puesto en peligro a todas las personas que estimo. Y a mí misma.

Esta vez ni su tío ni el arzobispo acudieron a consolarla. Ella sonrió, pero no con la dulce y alegre sonrisa que en tiempos más felices asomaba presta a su rostro, sino que fue más bien una mueca triste y enfadada.

—Ha llegado el momento de que sepáis qué he hecho.