Herejía
Capítulo 14
14
La madre de Elias vivía en una de las angostas calles entre Paternoster Row y la catedral de San Pablo, cuyas grandes sombras se cernían sobre las humildes casas de vecinos. Cecil y yo fuimos hasta allí andando.
Por el camino me fue contando lo sucedido.
—Lord Parr me pidió que hablara con los tres amigos de Greening. Me contó lo del asesinato y me dijo que todavía no había ningún sospechoso, pero que el caso conllevaba delicadas ramificaciones políticas y deseaba que vos hablarais con ellos. Entiendo que a vos os ha dado más detalles —añadió, y me miró con discreta curiosidad.
—Alguno más, sí. Debéis de haber tenido un día muy ocupado —deduje con simpatía.
—Así es. A mi esposa no le ha hecho gracia que trabajara en sábado, pero le dije que era necesario.
—¿Conocíais a alguno de los amigos de Greening?
—No —respondió con algo de brusquedad—. Pero un amigo de mi congregación conoce a Curdy, el fabricante de velas. Parece que Curdy podría ser un sacramentario. Su familia son antiguos lolardos, como la de Greening. Es posible que él sea anabaptista, aunque probablemente solo se trate de rumores. —Me miró sin pestañear —. Aunque para dejar las cosas claras, señor Shardlake, jamás he abogado por los sacramentarios y no albergo sino odio por los anabaptistas, hombres dispuestos a acabar con todo interpretando la Biblia según sus delirantes fantasías. El hecho de que hayan podido jugar con tales ideas no significa que Greening y sus amigos las sostuvieran, por supuesto.
A pesar de su juventud, Cecil hablaba como un hombre maduro y experimentado.
—Eso es cierto.
—Todos los amigos de Greening vivían en torno a Paternoster Row y la catedral. Fui hasta allí temprano esta mañana. Me parecía el mejor momento para encontrarlos, antes del servicio religioso. El exiliado predicador escocés McKendrick vivía en una habitación barata que le alquilaba a Curdy, que era viudo. Por lo visto Curdy era un hombre amistoso y jovial que trabajaba con otros fabricantes de velas. McKendrick, por su parte, tiene reputación de ser bastante hosco. Es un tipo fornido y exsoldado, de manera que la gente tendía a evitar enfrentarse a él.
—Son dos personas muy diferentes.
—Lo cual implica una afinidad religiosa común. En cualquier caso, cuando llegué a casa de Curdy, ambos habían desaparecido. Según el ama de llaves de Curdy, desaparecieron por la noche hace una semana, sin apenas llevarse nada de la casa.
—Entonces es que huyeron.
—Sin duda. El otro amigo de Greening, el holandés Vandersteyn, se dedica al negocio de las telas, es intermediario de los compradores de lana de Flandes. Tiene una casita en propiedad, pero cuando llegué, el mayordomo me contó la misma historia: que su señor se había marchado de improviso llevándose solo unas pocas posesiones.
—¿Podrían haber tenido miedo de sufrir la misma suerte que Greening?
—Tal vez. O, si eran sacramentarios, podrían haber temido caer en manos de los hombres del obispo Gardiner. Si ese ha sido el caso, solo Dios sabe dónde estarán.
Recordé la carta del joven Hugh, la historia de los refugiados que llegaban a los Países Bajos huyendo de la persecución. Y Vandersteyn era de Flandes.
—Entonces decidí ir a ver a la madre de Elias —prosiguió Cecil—. A ver si tenía noticias o si tal vez había vuelto a casa. Me la encontré fuera, de rodillas, lavando frenética la sangre de la pared del callejón.
—Por Dios bendito…
—Tiene dos hijas pequeñas. Su marido murió de unas anginas el año pasado.
—Tal vez por eso Elias aceptó otro trabajo, en lugar de dejar el distrito como parece que hicieron los otros.
—Puede ser. —Cecil respiró hondo—. La madre de Elias me contó que anoche oyó a su hijo gritar pidiendo ayuda en la calle, a altas horas. Ella salió corriendo, como una buena madre. —Suspiró de nuevo y movió la cabeza—. Vio cómo lo mataban. Pero ya os contará la historia ella misma. Ha metido el cuerpo en la casa. Jesús bendito, solo con verlo se me revolvió el estómago.
—¿Ha informado a las autoridades?
—No, por lo que Elias dijo antes de morir.
—¿El nombre de Anne Askew?
—Sí —respondió bajando la voz—. Silencio, mirad.
Estábamos pasando por Paternoster Row. Todas las tiendas estaban cerradas, siendo sábado, pero un hombre con un jubón negro caminaba despacio por la soleada calle, mirando los escaparates. Cecil sonrió con sarcasmo.
—Lo conozco. Es uno de los espías de Gardiner, sin duda buscando títulos prohibidos, o personas de aspecto sospechoso que hayan venido a visitar a los impresores.
Lo pasamos de largo y me volví para mirarlo desde una distancia segura.
—¿Hace mucho que trabajáis para el Consejo Legal de la Reina?
—Solo dos años. Lord Parr ha tenido la bondad de favorecerme.
Por sus habilidades, pensé, pues no cabía duda de que las tenía. Y por sus simpatías reformistas también, probablemente.
—¿De dónde sois? —pregunté—. Me ha parecido captar cierto acento de Lincolnshire. Mi pupilo es de allí.
—Muy observador. Mi primera esposa también era de allí, como yo, pero por desdicha Dios se la llevó cuando daba a luz, aunque me dejó con un hijo.
Me fijé en su rostro de facciones anodinas, salvo aquellos ojos intensos y saltones que apenas pestañeaban y la hilera de verrugas que le surcaba una mejilla. Pese a su juventud, había estado casado, había enviudado y se había vuelto a casar. A pesar de su aspecto corriente y su actitud reservada, William Cecil era un hombre fuera de lo común.
—Por aquí —dijo de pronto.
Entramos en un callejón que la sombra de la catedral oscurecía todavía más. Las gallinas picoteaban entre el polvo. Cecil se detuvo ante una puerta de pintura descascarillada. Junto a ella, casi bloqueando la sucia calleja, había una carreta cubierta por una lona. Mi acompañante llamó suavemente a la puerta: dos golpes rápidos, una pausa y un tercer golpe. A todas luces una señal acordada.
Abrió una mujer en la cuarentena, tan baja y delgada como Elias había sido alto y robusto. Llevaba un informe sayo gris y ni siquiera se había puesto una cofia, sino que se había recogido apresuradamente el pelo en un moño. Tenía los ojos desencajados, tanto por la conmoción como por el miedo. Advertí en sus mangas manchas rojas. Se me quedó mirando y luego a Cecil.
—¿Quiénes sois? —preguntó recelosa.
—El señor Shardlake, abogado. Y, al igual que yo, alguien que jamás perseguiría a nadie por sus opiniones. ¿Podemos entrar, señora Rooke?
Se destensó y nos dejó pasar. Nos llevó hasta un salón pobremente amueblado donde dos niñas flacas de unos ocho y nueve años se sentaban a una mesa. La más pequeña había heredado las facciones menudas y afiladas de su madre; la mayor, en cambio, compartía la robustez de Elias tanto en el rostro como en el cuerpo. Las dos nos miraron temerosas. Reparé en un cubo y un cepillo en el suelo, un delantal tirado, manchado de rojo, hecho una bola junto a él.
—Niñas —dijo la madre con suavidad—, subid a vuestro dormitorio. Pero no entréis en la habitación de vuestro hermano, ¿me lo prometéis?
—Lo prometo —contestó la mayor, que a continuación tomó a su hermana de la mano y ambas se marcharon en silencio. Sus pasos sonaron en la escalera de madera.
La señora Rooke se sentó.
—No es algo para que lo vean sus hermanas —comentó—. Ni su madre tampoco —añadió con la voz rota.
—¿Saben las niñas lo que ha pasado? —preguntó Cecil.
—Solo saben que a Elias le han hecho daño, no que está muerto. Me costó un trabajo horroroso impedir que salieran ayer de nuestra habitación mientras yo subía su cuerpo por las escaleras. Al oír el ruido, las niñas no hacían más que preguntar qué estaba pasando. —Apoyó la frente en una mano trémula antes de alzar la cabeza y mirarnos desesperada.
—No sé qué hacer.
—Vamos a intentar ayudarte —dijo Cecil—. ¿Podrías contarle a este caballero lo sucedido?
—Si se ve capaz —añadí en tono tranquilizador.
—Después de haberlo visto, contarlo no es nada —soltó ella sin rodeos, y respiró hondo—. Mi esposo murió el año pasado. Elias, gracias a Dios, tenía su trabajo con maese Greening, y pasaba gran parte de su tiempo libre allí, hablando con el maese y sus amigos. Algunas cosas que por lo visto discutían… —Nos miró un momento a los dos— eran peligrosas.
—Hablaban de que la fe y la Biblia son las únicas claves para la salvación, según me dijiste, y cuestionaban que el orden social fuera un mandato divino.
Ella asintió con la cabeza.
—Yo me enfadé con Elias por hablar de esas cosas delante de sus hermanas. Su padre le habría dado una buena paliza. Pero mi hijo era muy joven —prosiguió con tono más suave— y estaba furioso con las injusticias del mundo y deslumbrado por esas nuevas ideas. Era un buen muchacho, no bebía ni se iba de juerga, y con su salario nos mantenía a todos. —Se pasó las manos por el pelo—. No sé qué va a ser ahora de nosotras. Las niñas…
—Ya veré qué se puede hacer —quiso calmarla Cecil.
—¿Qué sucedió anoche? —pregunté al cabo de un momento.
—Fue alrededor de las diez. Las niñas estaban en la cama, gracias a Dios, y yo también estaba a punto de acostarme. Estaba preocupada, porque Elias no había venido a casa la noche anterior. Se había mostrado distraído y malhumorado desde el asesinato del pobre Greening. Y entonces oí fuera su voz. Gritaba: «¡Madre! ¡Socorro!». —Sacudió desesperada la cabeza—. Fueron casi sus últimas palabras, y las pronunció demasiado tarde. Creo que había estado rondando en torno a la casa para asegurarse de que era seguro entrar —opinó, tragando saliva—. Yo abrí la puerta al instante y vi a dos hombres que salían corriendo del callejón, uno de ellos con un garrote. Pasaron a la carrera delante de mí y de la carreta y desaparecieron. Y entonces vi que mi hijo estaba tirado en la calle. Tenía la cabeza… —Cerró los ojos —. Había sangre, sangre por todas partes. Pero el muchacho seguía vivo. Me agarró la mano y me pidió: «Díselo, di a mis amigos que me han matado por Anne Askew». Y entonces expiró. No sé de dónde saqué fuerzas, pero lo arrastré hasta la casa, lo llevé arriba y lo tumbé en su habitación. Debería haber ido al alguacil, lo sé, pero después de lo que había dicho… ese nombre… Anne Askew —susurró—. La mujer a la que quemaron el viernes. —Nos miró—. Elias quería ir a la quema, para lanzar gritos de apoyo a las pobres almas de esos condenados, pero creo que sus amigos lo convencieron de que así acabaría él también en la hoguera. No sería el primer joven aprendiz al que queman estos últimos años —añadió con furia en la mirada.
—No —dijo Cecil—, pero tanto esas víctimas como Elias están ahora a salvo de los males de este mundo, en brazos de Jesús. —Eran palabras trilladas, pero las dijo con sinceridad.
La señora volvió a repetir con tono suplicante:
—¿Qué voy a hacer ahora?
Cecil tomó aliento.
—No le digas nada al juez de instrucción, todavía no. Si alguien pregunta, di que Elias no ha vuelto a casa.
—¿Que les mienta a los oficiales?
—Sí. De momento. Tenemos amigos muy poderosos que pueden protegerte. No nos preguntes más ahora, pero puedes estar tranquila: atraparemos a los asesinos de Elias y maese Greening.
Miré un momento a Cecil.
—Tal vez sean las mismas personas. ¿Podrías describirlas, buena mujer?
—No los vi con claridad —respondió ella con tono apagado—. Estaba muy oscuro. Iban muy astrosos, como vagabundos. Los dos eran jóvenes y fuertes, aunque uno estaba casi calvo. Ese me miró un momento, con una expresión desencajada muy extraña. Me dio un miedo atroz. Llevaba una porra. —La pobre mujer hundió la cara entre las manos y se estremeció. Luego recobró la compostura y alzó la vista hacia la planta superior, donde estaban sus hijas—. Por favor —susurró—, que no les pase nada.
Cecil asintió.
—Esa carreta que hay fuera, ¿tienes idea de a quién pertenece? —pregunté.
—No. Nunca la había visto.
Crucé una mirada con Cecil. Los asesinos de Greening —y era evidente por la descripción de la señora Rooke que se trataba de los mismos hombres que habían matado a Elias— podrían haberse enterado de que el aprendiz había huido y decidieron rondar por el callejón por si volvía a su casa, con la carreta lista para llevarse el cadáver. Si el muchacho no hubiera gritado, tal vez nadie hubiera vuelto a verlo.
—Me encargaré de que se lleven el cadáver —dijo Cecil.
La mujer por primera vez se mostró hostil.
—¿Es que mi hijo no va a tener un funeral como es debido?
—Créeme, es más seguro así. Para ti y para tus hijas.
—Y como ya hemos dicho —añadí—, la muerte de Elias no quedará impune.
Ella agachó la cabeza.
—Y ahora, ¿podría el señor Shardlake echar un vistazo al cuerpo? —pidió Cecil, tomándole la mano—. Diremos una oración por su alma.
Ella me miró ceñuda.
—Ved lo que le han hecho a mi pobre hijo. —Luego se dirigió a Cecil—. ¿Lo asesinaron por sus creencias? ¿Le pasó lo mismo a maese Greening?
—Todavía no lo sabemos. Pero podría ser.
La señora Rooke guardó silencio. Sabía que ahora estaba a nuestra merced.
—Venid, señor Shardlake —me apremió Cecil con voz queda.
—No permitáis que mis hijas lo vean —nos dijo la mujer con súbita vehemencia —. Si las oís en la puerta de la habitación de Elias, mandadlas abajo. No deben ver eso.
Elias yacía boca arriba sobre un jergón de paja en un diminuto dormitorio. El sol de la tarde caía de pleno sobre su cara ensangrentada. Había recibido un golpe en el pómulo izquierdo, con fuerza suficiente para destrozárselo, porque en la masa sanguinolenta que era su rostro se veían esquirlas de hueso blanco. También lo habían golpeado en la cabeza, y su pelo era un amasijo de sangre. Los postigos estaban abiertos y los moscardones habían entrado para posarse sobre las heridas. Los espanté con súbita rabia.
—Las heridas en la cabeza producen mucha sangre —observó Cecil con bastante calma, aunque se mantenía a más de medio metro de la cama.
—Lo mataron de la misma manera que a Greening —apunté—. A base de golpes en la cabeza. Y la carreta con la lona estaba ahí sin duda para llevárselo. No querían provocar un alboroto. —Volví a fijarme en el cadáver y me acordé de Bealknap, acostado en su cama. Pero el abogado era un hombre enfermo y moribundo, mientras que Elias era un joven de apenas dieciocho años, lleno de vida—. ¿Creéis de verdad lo que dijisteis, que Elias está ahora a salvo en brazos de Jesús?
El joven abogado se mostró dolido.
—Por supuesto. ¿Queréis decir conmigo ahora una oración, tal como prometí a su madre? —preguntó algo envarado.
—No —contesté. Y pregunté sin rodeos—: ¿Qué pensáis hacer con el cuerpo?
—Lord Parr tiene contactos. Creo que dispondrá que sea enterrado en los pantanos de Lambeth.
—Era lo que solía hacer lord Cromwell con los cadáveres inconvenientes — espeté—. Lo recuerdo bien.
Cecil clavó en mí aquellos ojos saltones.
—En la alta política, Shardlake, siempre hay personas que trabajan en la sombra. Deberíais saberlo. ¿Queréis que se produzca un alboroto por la muerte de dos impresores protestantes radicales, hombres que posiblemente tengan alguna conexión con la reina? Porque alguna conexión debe de haber, ¿no os parece?, o lord Parr no se habría involucrado en esto.
Asentí de mala gana, apartando la vista de la cabeza destrozada de Elias.
—¿Y qué hay de los tres amigos de Greening, señor Cecil? ¿Y si ellos también están muertos?
—La evidencia sugiere que todos huyeron de sus casas. Es posible que se enterasen de lo que se proponían los dos asesinos de Greening.
Sí, parecía lógico.
—Quiero que se haga algo por esa pobre mujer —declaré.
—Como ya he dicho, se lo comentaré a lord Parr.
—Es lo que la reina desearía. Enviad pronto a alguien —lo conminé.
Dejamos a la señora Rooke sentada a su mesa con aire abatido y fuimos a examinar la carreta. No era más que un carro barato de madera, con una lona vieja. Pero no carecía de valor, de manera que era poco probable que alguien la hubiera abandonado sin más en la calle.
Luego volvimos andando despacio a Paternoster Row.
—¿Por qué no huyó Elias con los otros? —preguntó Cecil.
—Porque tenía una madre y dos hermanas a las que mantener y no podía abandonarlas.
—Cierto. Iré a informar a lord Parr. Seguramente querrá hablar con vos cuando vayáis mañana por la mañana al Guardarropa Real con ese ayudante vuestro, el que antes trabajaba con lord Cromwell.
—Cromwell era un hombre implacable y despiadado, pero tenía sus creencias. Si pudiera ver cómo han resultado ser aquellos a los que él promovió: Paget, Rich, Wriothesley, que ahora ayudan a Gardiner a luchar contra todo aquello en lo que él creía…
—El equilibrio en el Consejo Privado está a punto de cambiar. Lord Hertford y lord Lisle volverán pronto de Francia, con el tratado de paz asegurado. Eso será un gran logro ante los ojos del rey.
—¿Se mantendrá la paz?
—Sí, creo que sí. La moneda está tan depreciada que en Europa desconfían del dinero inglés. Los banqueros alemanes que tanto le prestaron al rey para financiar la guerra no le concederán más crédito. —Cecil sonrió con tristeza—. Inglaterra está en bancarrota.
—Desde luego, la más absoluta bancarrota.
—Pero si podemos resolver este asunto sin perturbar a la reina, es posible que los reformistas comiencen a dar la vuelta a las cosas. —Su tono era neutro, desapegado, pero intuí que William Cecil sabía mucho. Volvió a clavar en mí sus ojos penetrantes, se quitó el sombrero y se inclinó—. Buenas tardes os dé Dios, señor Shardlake.
Dio media vuelta y se dirigió hacia el río para tomar una chalana que lo llevara a Whitehall.