Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 4 de 58

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Herejía

Capítulo 2

2

 

 

En cuanto todo acabó, me marché con Coleswyn. Los tres condenados habían tardado más que Anne Askew en morir, puesto que los habían atado de pie, en lugar de sentados, y por tanto las llamas tardaron un rato en alcanzar la bolsa de pólvora que llevaban al cuello. Yo había mantenido casi todo el tiempo los ojos cerrados. Ojalá hubiera podido cerrar asimismo los oídos.

Apenas dijimos nada mientras recorríamos Chick Lane en dirección a los Colegios de Abogados, hasta que por fin Coleswyn rompió aquel incómodo silencio:

—He hablado con demasiada ligereza de mis pensamientos privados, hermano Shardlake. Sé que hay que tener cuidado.

—No importa. Es difícil mantener la boca cerrada cuando se asiste a un espectáculo así. —Recordé que él había comentado que aquello podía pasarle a cualquiera y me pregunté si no tendría relaciones con los radicales. Cambié de tema —: Esta tarde voy a ver a mi clienta, la señora Slanning. Ambos tendremos mucho que hacer antes de que se celebre el caso en septiembre.

Coleswyn rio con ironía.

—Desde luego. —Y me miró con una expresión que mostraba que pensaba del asunto lo mismo que yo.

Habíamos llegado a Saffron Hill, donde nuestros caminos se separaban, puesto que él se dirigía al Colegio de Gray y yo al de Lincoln. Pero no me sentía aún preparado para volver al trabajo, de manera que sugerí:

—¿Os vendríais a tomar una cerveza, hermano?

Coleswyn negó con la cabeza.

—Gracias, pero no. Me vuelvo al Colegio, intentaré volcarme en el trabajo. Buenos días os dé Dios.

—Y a vos, hermano.

Lo vi alejarse, algo inclinado sobre su caballo. Me dirigí hacia Holborn, quitándome el birrete y la cofia por el camino.

Encontré una taberna tranquila junto a la iglesia de Saint Andrew. Seguramente se llenaría cuando la multitud se marchara de Smithfield, pero por ahora solo había unos viejos sentados a las mesas. Pedí una jarra de cerveza y encontré un rincón apartado. La cerveza era de mala calidad, turbia.

Volví a pensar, como tantas veces hacía, en la reina. Recordé el momento en que la conocí, cuando todavía era lady Latimer. Mis sentimientos por ella no habían cambiado. Me dije que era ridículo, una locura, una fantasía. Debería buscarme una mujer de mi propia clase antes de hacerme demasiado viejo. Esperaba que no poseyera ninguno de los ejemplares de la nueva lista de lecturas prohibidas. Era una serie larga: Lutero, Tyndale, Coverdale y, por supuesto, John Bale, cuyo injurioso nuevo libro sobre los antiguos monjes y monjas, Actos de los religiosos ingleses, circulaba ampliamente entre los aprendices de Londres. Yo mismo poseía viejos ejemplares de Tyndale y Coverdale, y la amnistía para entregarlos expiraba en tres semanas. Sería más seguro quemarlos discretamente en el jardín, me dije.

—Me alegro de haberme alejado de ese hedor —se oyó de pronto.

Un pequeño grupo de hombres había entrado en la taberna.

—Es mejor que el del luteranismo —gruñó otro.

—Lutero está muerto y enterrado, y Askew y los otros ahora también.

—Hay muchos más acechando en las sombras.

—Vamos a beber algo. ¿Tienen algo de comer?

Decidí que era hora de marcharme. Apuré la jarra y salí. No había almorzado, pero solo pensar en comida me revolvía el estómago.

Volví a pasar bajo la Gran Puerta del Colegio de Lincoln, de nuevo con mi toga, la cofia y el birrete. Dejé a Genesis en los establos y me dirigí a mi bufete. Encontré un revuelo de actividad en el despacho exterior. Mis tres empleados —mi ayudante Jack Barak, mi escribano John Skelly y mi nuevo pupilo, Nicholas Overton— rebuscaban frenéticamente entre los papeles, en los escritorios y estanterías.

—¡Por los clavos de Cristo! —le gritaba Barak a Nicholas mientras desataba la cinta de una carpeta para revisar su contenido—. Pero ¿es que ni siquiera te acuerdas de la última vez que lo viste?

Nicholas, que también andaba rebuscando en otra pila de papeles, alzó su rostro pecoso y ahora sombrío bajo su desaliñado pelo rojizo.

—Fue hace dos o tres días. He tenido que revisar tantas escrituras…

Skelly lo miró a través de sus gafas. Su expresión era apacible, pero su voz sonó tensa cuando dijo:

—Si pudierais acordaros, señor Overton, nos facilitaríais un poco la búsqueda.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunté desde la puerta. Estaban tan ocupados con su frenético registro que no me habían visto. Barak se volvió hacia mí con el rostro congestionado sobre su nueva barba.

—¡Aquí Nicholas ha perdido las escrituras de Carlingford! ¡Toda la evidencia de que Carlingford es dueño de su tierra, y que hay que presentar ante el tribunal el primer día del trimestre! El larguirucho este atontado —masculló—. ¡Menudo idiota!

Nicholas me miró colorado.

—Ha sido sin querer…

Suspiré. Había admitido a Nicholas en el bufete dos meses atrás, a petición de un colega a quien debía un favor, y lo cierto es que casi me arrepentía. Nicholas provenía de una familia de la burguesía de Lincolnshire, y a sus veintiún años por lo visto había sido incapaz de asentarse en ningún oficio. Había accedido a pasar uno o dos años en el Colegio de Lincoln aprendiendo derecho para poder después administrar la hacienda de su padre. Mi colega había insinuado que se había producido cierto desacuerdo entre Nicholas y su familia, pero insistía en que era buen muchacho. Como la mayoría de los otros jóvenes caballeros de su condición, pasaba gran parte de su tiempo explorando los antros de perdición de Londres, y ya se había metido en algún que otro apuro por involucrarse en un duelo a espada con otro estudiante por una prostituta. El rey había cerrado esa primavera los burdeles de Southwark, con el resultado de que más prostitutas habían cruzado el río para entrar en la ciudad. La mayoría de los jóvenes de clase alta aprendían a manejar la espada, y su posición les permitía ir armados en la ciudad, pero las tabernas no eran lugar para hacer gala de tales habilidades. Y una espada afilada era la más letal de las armas, sobre todo en manos descuidadas.

Observé su cuerpo flaco y larguirucho, advirtiendo que bajo su corta toga de estudiante llevaba un jubón verde con acuchillados por los que asomaba un forro de fino damasco amarillo, contraviniendo así las regulaciones del Colegio, según las cuales los estudiantes debían vestir con modestia.

—Sigue buscando, pero cálmate, Nicholas —le dije—. ¿No habrás sacado las escrituras de este despacho? —pregunté de pronto.

—No, señor Shardlake. Ya sé que no está permitido —contestó con desazón en su rostro de nariz larga y mentón redondeado. Tenía un tono instruido, con cierto acento de Lincolnshire.

—Tampoco está permitido llevar un jubón de seda acuchillado —lo reprendí—. ¿Quieres buscarte problemas con el tesorero? Cuando hayas encontrado las escrituras, vete a tu casa y te cambias.

—Sí, señor —contestó sumiso.

—Y cuando venga esta tarde la señora Slanning, quiero que asistas a la reunión y tomes notas.

—Sí, señor.

—Y si todavía no han aparecido las escrituras, te quedas aquí hasta que las encuentres.

—¿Ha terminado la quema? —preguntó vacilante Skelly.

—Sí, pero no quiero hablar del tema.

Barak alzó la vista.

—Yo tengo un par de noticias para ti. Buenas noticias, pero privadas.

—No me vendría mal alguna buena noticia.

—Eso pensé.

—Vamos al despacho.

Me siguió hasta mis habitaciones privadas, con sus ventanas geminadas que daban a Gatehouse Court. Me quité la toga y el birrete y me senté a mi mesa. Barak lo hizo frente a mí. Advertí que comenzaban a aparecer algunas canas en su barba color castaño oscuro, aunque no todavía en su pelo. Barak tenía ya treinta y cuatro años, diez menos que yo, y sus facciones, otrora finas, comenzaban a redondearse.

—Ese cretino de Overton va a acabar conmigo. Es como intentar supervisar a un mono.

Sonreí.

—No, no es ningún tonto. La semana pasada me hizo un buen sumario de los papeles del caso Bennet. Solo necesita organizarse un poco.

Barak lanzó un gruñido.

—Me alegro de que lo hayas reprendido por su ropa. Ojalá pudiera yo permitirme jubones de seda estos días.

—Es joven, algo irresponsable —sonreí de nuevo, con ironía esta vez—. Como lo eras tú cuando nos conocimos. Por lo menos, Nicholas no va lanzando juramentos como un soldado.

Barak volvió a gruñir y me miró muy serio.

—¿Cómo ha sido, lo de la quema?

—Espantoso hasta lo indescriptible. Pero todo el mundo interpretó su papel — añadí con amargura—. La muchedumbre, los oficiales de la ciudad y los miembros del Consejo Privado sentados en su tarima… Se produjo un pequeño altercado, pero los soldados se apresuraron a controlarlo. Esa pobre gente sufrió una muerte horrible, pero sin perder la dignidad.

Barak meneó la cabeza.

—¿Por qué no se retractaron?

—Supongo que pensaban que eso los condenaría —contesté con un suspiro—. En fin, ¿cuáles son esas buenas noticias?

—Aquí va la primera. Ha llegado esta mañana —comenzó Barak, echando la mano a la bolsa que llevaba al cinto. Sacó tres relucientes soberanos de oro y los dejó sobre la mesa junto con un papel doblado.

Me los quedé mirando.

—¿Un pago retrasado?

—Podría decirse. Mira la nota.

Abrí el papel, donde se leía un mensaje garabateado con mano muy trémula:

Aquí os envío el dinero que os debo por mi mantenimiento durante el tiempo que pasé en casa de la señora Elliard. Me encuentro muy enfermo y me gustaría recibir vuestra visita. Vuestro hermano en leyes, Stephen Bealknap.

Barak sonrió.

—Te has quedado con la boca abierta. No me sorprende, yo me quedé igual.

Cogí los soberanos y los miré bien de cerca, para ver si se trataba de una broma. Pero no, eran monedas de oro buenas, de antes de la devaluación, que mostraban por un lado al rey y por el otro la rosa Tudor. Era algo de todo punto increíble. Stephen Bealknap era famoso no solo por ser hombre sin escrúpulos, ni personales ni profesionales, sino también un miserable del que se rumoreaba que guardaba una fortuna en un arcón en sus aposentos, sobre el que montaba guardia por las noches. Había amasado su fortuna gracias a toda clase de negocios sucios a lo largo de los años, algunos contra mí, y también por hacer una cuestión de orgullo el hecho de no pagar jamás una deuda si podía evitarlo. Habían pasado tres años desde que yo, en un arranque de mal entendida generosidad, le había pagado a una amiga para que cuidara de él cuando se encontraba enfermo, y hasta ahora jamás me había reembolsado ese dinero.

—Es difícil de creer —cavilé—. Y a pesar de todo… recuerda que el pasado otoño, y ya entrado el invierno, antes de que cayera enfermo, se comportó de manera inesperadamente amable durante un tiempo. A veces se acercaba a mí en el patio y me preguntaba qué tal me iba, o cómo iban mis asuntos, como si fuéramos amigos, o fuéramos a serlo. —Recordaba que se me había acercado en el patio interior del Colegio un apacible día de otoño, su toga negra flameando en torno a su cuerpo flaco, con una empalagosa y obsequiosa sonrisa en su chupado rostro. «Señor Shardlake, ¿cómo va todo?».

—Yo siempre fui brusco con él —le conté a Barak—. No me fiaba ni un pelo, y estaba seguro de que ocultaba algo detrás de sus buenos modales. Creo que buscaba trabajo. Recordé haberle oído que ya no recibía tantos encargos de un antiguo cliente. Y jamás mencionó el dinero que me debía. Al cabo de un tiempo pareció captar el mensaje y volvió a ignorarme. —Fruncí el ceño—. Ya entonces se le veía cansado, algo desmejorado. Tal vez por eso no tenía ya tanto trabajo, porque estaba perdiendo su agudeza.

—Tal vez se esté arrepintiendo sinceramente de sus pecados. Si es que se encuentra tan mal como dicen.

—Un tumor en las tripas, ¿no es eso? Lleva ya enfermo un par de meses, o así. No lo he visto por la calle. ¿Quién entregó la nota?

—Una anciana que dijo estar cuidando de él.

—¡Por la Virgen María! —exclamé—. ¡Bealknap pagando una deuda y pidiendo una visita!

—¿Irás a verle?

—Supongo que debería, por caridad —contesté, meneando la cabeza de pura estupefacción—. ¿Y cuál era la otra noticia? Después de esto, si me dices que las ranas se pasean volando sobre Londres no creo que me sorprenda.

Barak volvió a sonreír, con una expresión que suavizó sus rasgos.

—Pues no. Esto es una sorpresa, pero no un milagro. Tamasin está de nuevo embarazada.

Me incliné para apretarle la mano.

—Muy buena noticia. Ya sé que querías otro hijo.

—Sí, un hermanito o una hermanita para Georgie. Nos dicen que nacerá en enero.

—Maravilloso, Jack, mi enhorabuena. Esto hay que celebrarlo.

—Todavía no queremos que se sepa. Pero me gustaría que vinieras a una pequeña reunión por el primer cumpleaños de Georgie, el día veintisiete. Entonces lo anunciaremos. ¿Querrías pedirle al viejo moro que venga? Cuidó muy bien de Tamasin cuando estaba esperando a Georgie.

—Se lo preguntaré esta misma noche. Viene a cenar.

—Bien.

Barak se arrellanó en la silla y entrelazó las manos sobre el vientre con expresión satisfecha. El primer hijo de Barak y Tamasin había muerto, y yo temí que el dolor los separase para siempre, pero el año anterior ella había dado a luz un hijo sano, y ahora esperaba otro, tan pronto. Pensé en lo muy asentado que estaba Barak, tan distinto del hombre que yo había conocido seis años atrás: un desesperante individuo, encargado de realizar turbias misiones para Thomas Cromwell.

—Me alegro mucho —dije con voz queda—. Creo que a lo mejor sí vendrán algunas cosas buenas a este mundo.

—¿Tienes que volver a informar al tesorero Rowland sobre la quema?

—Sí. Le aseguraré que mi presencia como representante del Colegio fue advertida. —Y añadí, enarcando una ceja—: Entre otros por Richard Rich.

Barak también alzó las suyas.

—¿Ese canalla estaba allí?

—Ajá. Hacía un año que no lo veía. Pero se acordaba de mí, por supuesto. Me clavó una mirada torva.

—Es todo lo que puede hacer. Tienes demasiadas cosas contra él.

—También parecía preocupado. Me pregunto por qué. Pensaba que últimamente le iba de maravilla, ahora que se había pasado al bando de Gardiner y los conservadores. ¿Sigues en contacto con tus amigos de cuando trabajabas para Cromwell? ¿Has oído algún rumor?

—Voy de vez en cuando a las viejas tabernas, sí, cuando Tamasin me deja. Pero no oigo gran cosa. Y antes de que me lo preguntes, no sé nada sobre la reina.

—Los rumores de que Anne Askew fue torturada en la Torre eran ciertos — declaré—. Tuvieron que llevarla a la hoguera en una silla.

—Pobre criatura. —Barak se acarició pensativo la barba—. Me pregunto cómo se filtró esa información. Tuvo que provenir de algún simpatizante de los radicales que trabaje en la Torre. Pero todo lo que oigo de mis antiguos amigos es que el obispo Gardiner tiene ahora mucho ascendiente sobre el rey, y eso es algo de dominio público. Supongo que el arzobispo Cranmer no estaría en la quema, ¿no?

—No. Se mantiene prudentemente apartado en Canterbury, supongo. Me sorprende que haya sobrevivido tanto tiempo —añadí, sacudiendo la cabeza—. A propósito, había también un joven abogado en la quema, acompañado de unos elegantes caballeros, que no hacía más que mirarme. Bajo y delgado, pelo castaño y barba corta. No sé quién podrá ser.

—Seguramente alguien que será tu oponente en algún caso el próximo trimestre judicial y que intentaba calibrar a su rival.

—Tal vez —contesté, toqueteando las monedas sobre la mesa.

—Deja de pensar que todo el mundo está contra ti —me aconsejó Barak.

—Sí, es un defecto que tengo. Pero ¿acaso es de extrañar, después de estos últimos años? —suspiré—. Por cierto, también me encontré con el hermano Coleswyn. Acudió en representación del Colegio de Gray. Es un tipo decente.

—A diferencia de su cliente, entonces. O de la tuya. El joven Nicholas se merece tener que aguantar esta tarde a esa vieja bruja.

Sonreí.

—Sí, eso mismo pensaba yo. En fin, ve a ver si ha encontrado ya esas escrituras.

Barak se levantó.

—Si no las ha encontrado, se va a llevar una buena patada en el culo, por más caballero que sea.

Me dejó toqueteando las monedas y mirando la nota. No podía evitar preguntarme qué estaría tramando Bealknap.

Isabel Slanning llegó puntualmente a las tres. Nicholas, ya con un jubón más sobrio de fina lana negra, se sentó detrás de mí con papel y pluma. Por suerte para él, había encontrado las escrituras perdidas mientras yo hablaba con Barak.

Skelly hizo pasar a la señora Slanning con cierta aprensión. Era una viuda alta y delgada, en la cincuentena, aunque con su rostro arrugado, su boca fruncida de labios finos y su habitual gesto ceñudo, parecía mayor. Yo había visto a su hermano, Edward Cotterstoke, en las audiencias ante el tribunal el último trimestre, y me había sorprendido lo mucho que se parecía a ella en el rostro y el ademán, dejando aparte su pequeña barba gris. La señora Slanning llevaba un vestido violeta de fina lana con el cuello vuelto, muy a la moda, en torno a su fino cuello, y una caperuza ribeteada de pequeñas perlas. Era una mujer rica: su fallecido esposo había sido un comerciante textil de éxito, y como muchas viudas de ricos mercaderes, había adoptado un aire de autoridad que habría resultado de lo más impertinente en mujeres de menor rango. Me saludó con frialdad, ignorando a Nicholas, y fue, como siempre, directa al grano:

—Bien, señor Shardlake, ¿qué novedades hay? Supongo que ese desgraciado de Edward estará intentando retrasar de nuevo el caso, ¿no es así? —comenzó, con un brillo acusador en sus grandes ojos castaños.

—No, señora, el caso se presentará ante el Tribunal del Rey en septiembre.

Le pedí que se sentara, preguntándome una vez más por qué se odiarían tanto su hermano y ella. Eran hijos de un comerciante, un próspero mercader de maíz fallecido bastante joven. Su madre volvió a casarse, y el padrastro se hizo cargo del negocio, aunque también él murió súbitamente un año más tarde, momento en el cual la vieja señora Deborah Cotterstoke vendió la empresa y vivió el resto de su larga vida gracias a los considerables beneficios que obtuvo. No había vuelto a casarse. El año anterior había fallecido a la edad de ochenta años, tras una parálisis. Un sacerdote le hizo el testamento en su lecho de muerte. En su mayor parte, era bastante claro: el dinero se dividía a partes iguales entre sus dos hijos; la gran casa en la que vivía, cerca de Chandler’s Hall, sería vendida y los beneficios se dividirían también a partes iguales. Edward, al igual que Isabel, era moderadamente rico —era un oficial de cierto rango en el Ayuntamiento— y a ambos la hacienda de su madre los había hecho más ricos. El problema surgió cuando el testamento pasaba a especificar la disposición de los contenidos de la casa. Los muebles serían para Edward, mientras que los adornos de las paredes, tapices y pinturas «del interior de la casa, de toda descripción, de cualquier naturaleza y cualquiera que sea su disposición», serían para Isabel. Era una redacción un tanto peculiar, pero yo había tomado declaración al sacerdote que realizó el testamento y a los dos criados de la anciana que habían actuado como testigos, y todos se habían mostrado unánimes en que la señora Cotterstoke, que a pesar de estar moribunda conservaba sus facultades mentales, había insistido en esas palabras exactas.

Unas palabras que nos habían llevado al punto en que nos encontrábamos. El primer esposo de la vieja señora Cotterstoke, el padre de sus dos hijos, estaba interesado en el arte y la pintura, y la casa estaba llena de buenos tapices, varios retratos y, lo mejor, un enorme mural en el comedor, pintado directamente sobre el yeso. Yo había visitado la casa, ahora desierta excepto por un viejo criado que hacía las veces de guardés, y lo había visto. Sabía apreciar la pintura —yo mismo había pintado y dibujado en mis días de juventud— y tenía claro que aquel mural era especialmente bueno. Había sido realizado hacía casi cincuenta años, durante el reinado del viejo rey, y representaba una escena familiar: una joven señora Cotterstoke con su esposo, que llevaba las vestimentas de su oficio y el sombrero alto de aquella época, ambos sentados con Edward e Isabel, que entonces eran solo unos niños, en esa misma sala. Los rostros, como las flores de verano sobre la mesa y la ventana con su vista sobre las calles de Londres, estaban pintados de manera exquisita. La señora Cotterstoke había mantenido el mural en buenas condiciones y los colores no habían perdido su viveza. Añadiría valor a la casa. Puesto que estaba pintado directamente sobre la pared, según la ley formaba parte del inmueble, pero la peculiar redacción del testamento llevó a Isabel a sostener que legalmente le pertenecía, y que debería ser profesionalmente extraído, quitando la pared si fuera necesario, lo cual, aunque no se trataba de un muro de carga, resultaría casi imposible sin dañar la pintura. Edward se había negado, insistiendo en que el mural era un elemento de la casa y por tanto debía permanecer en ella. Las disputas sobre los legados concernientes a las tierras —y las casas contaban como tierras— se dirimían ante el Tribunal del Rey, pero las concernientes a los bienes muebles —e Isabel insistía en que el mural entraba dentro de esta categoría— seguían recayendo bajo la antigua jurisdicción eclesiástica y se presentaban en el Tribunal del Obispo. Y así el pobre Coleswyn y yo nos encontramos en mitad de la discusión sobre qué tribunal era el competente antes de poder abordar siquiera el tema del testamento. En los últimos meses, el Tribunal del Obispo había dictaminado que el mural era un bien mueble. Isabel de inmediato me dio instrucciones para que apelara al Tribunal del Rey, el cual, siempre ansioso por establecer su autoridad sobre las cortes eclesiásticas, determinó que el asunto caía bajo su jurisdicción y fijó una audiencia separada para el otoño. Y de esta manera el caso pasaba como una pelota de tenis de un lado al otro, con todos los bienes de la hacienda bloqueados.

—Mi hermano intentará retrasar de nuevo el caso, ya lo veréis —insistió Isabel con su habitual tono mojigato—. Está intentando agotarme, pero no lo conseguirá. Ni siquiera con las artimañas de ese tramposo que tiene por abogado —sentenció, alzando la voz indignada, como solía hacer después de cada par de frases.

—El señor Coleswyn se ha comportado de la manera más honesta en este asunto —repliqué con brusquedad—. Sí, ha intentado posponer el asunto, pero esto es propio de los abogados. Debe actuar según las instrucciones de su cliente, como yo actúo según las vuestras. —Nicholas, junto a mí, tomaba notas, escribiendo deprisa. Por lo menos había recibido una buena educación y redactaba con letra decente.

Isabel se encolerizó.

—Ese Coleswyn es un hereje protestante, como mi hermano. Ambos acuden a la iglesia de Saint Jude, donde han quitado todas las imágenes y los sacerdotes realizan el servicio sobre una mesa desnuda. —Era este otro motivo de discordia: Isabel era una orgullosa tradicionalista y su hermano pertenecía al bando reformista—. Ese cura debería haber ardido en la hoguera —añadió—, como esa Askew y sus confederados.

—¿Estuvisteis en la quema esta mañana, señora? —pregunté con voz queda. No la había visto allí.

Ella arrugó la nariz.

—Me niego a asistir a esos espectáculos. Pero los condenados se lo merecían.

Vi que Nicholas tensaba los labios. Jamás hablaba de religión. En ese aspecto al menos era un muchacho sensato.

—Señora Slanning —quise cambiar de tema—, cuando vayamos a juicio, el resultado no es ni mucho menos seguro. Es este un asunto muy poco habitual.

—La justicia triunfará —declaró ella con convicción—. Y conozco sus habilidades, señor Shardlake. Por eso le he contratado para que me represente. Siempre me ha gustado ese mural. —Un tono de emoción asomó a su voz—. Es el único recuerdo que conservo de mi querido padre.

—No sería honesto si calculara vuestras posibilidades por encima del cincuenta por ciento. Gran parte depende del testimonio de los peritos. —En la última audiencia se había convenido que cada parte nombraría un experto, tomado de una lista de miembros del gremio de carpinteros, que declararía ante el tribunal si el mural debía ser extraído y cómo hacerlo—. ¿Habéis mirado la lista que os di?

Ella hizo un gesto de desdén.

—No conozco a ninguna de esas personas. Debéis recomendarme a alguien que informe de que el mural puede ser fácilmente extraído. Tiene que haber algún hombre dispuesto a hacerlo por dinero. Sea cual sea la cantidad, estoy dispuesta a desembolsarla.

—Un mercenario —repliqué inexpresivo. Existían, por supuesto, peritos dispuestos a jurar que lo blanco era negro por el precio adecuado.

—Exacto.

—El problema, señora Slanning, es que los tribunales conocen a los peritos y darían muy poca credibilidad a un hombre así. Haríamos mucho mejor en escoger a alguien cuya honestidad sea conocida entre los jueces.

—¿Y si el informe es contrario a nuestros intereses?

—Entonces, señora, tendremos que recapacitar.

Isabel frunció el entrecejo, convirtiendo sus ojos en estrechas hendiduras.

—Si eso sucede, escogeremos a uno de esos «mercenarios», como los habéis calificado. —Me miró altiva, como si fuera yo y no ella quien hubiera propuesto engañar al tribunal.

Saqué de mi cajón una copia de la lista.

—Yo sugeriría escoger al señor Jackaby. He tratado anteriormente con él y es un hombre respetado.

—No. He consultado la lista y hay un tal señor Adam, que fue el presidente de su gremio. Si hay alguna manera de extraer ese mural, y estoy segura de que la hay, él dará con ella.

—Yo creo que maese Jackaby sería mejor. Tiene experiencia en litigios.

—No —insistió ella—. Yo digo que maese Adam. He rezado por este asunto y creo que es el hombre adecuado para lograr justicia.

Me la quedé mirando. «¿Rezado?». ¿Acaso pensaba que Dios se molestaría en interferir en maliciosos casos legales? Pero su expresión arrogante y el gesto decidido de su boca indicaban que no habría manera de convencerla.

—Muy bien —cedí, y ella asintió con altivez—. Pero recordad que se trata de vuestra decisión. Yo no sé nada de ese hombre. Concertaré una cita para que los dos expertos puedan reunirse en la casa tan pronto como sea posible.

—¿No podrían visitarla por separado?

—Al tribunal no le gustaría eso.

La señora Slanning arrugó de nuevo la frente.

—El tribunal, el tribunal… Aquí lo que importa es mi caso. Muy bien —respiró hondo—, si pierdo ante el Tribunal del Rey, apelaré al Tribunal del Lord Canciller.

—Probablemente lo mismo hará vuestro hermano si pierde. —Volví a reflexionar sobre la animosidad que mantenían entre ellos. Venía de largo, eso sí lo sabía. Hacía años que no se hablaban. Isabel contaba con desdén que su hermano podría haber sido concejal a estas alturas si hubiera hecho un esfuerzo. Y volví a preguntarme por qué habría insistido la madre en formular de aquella manera su testamento. Era casi como si hubiera deseado un enfrentamiento entre sus hijos.

—¿Habéis visto la última minuta que os envié, señora Slanning? —pregunté.

—Y la pagué de inmediato, abogado Shardlake —replicó ella, alzando orgullosa el mentón. Era cierto, siempre pagaba al instante, sin objeción. No era precisamente Bealknap.

—Ya lo sé, señora, y os lo agradezco. Pero si este asunto se prolonga hasta el año que viene en el Tribunal del Lord Canciller, los gastos no harán sino aumentar.

—Entonces debéis lograr que Edward tenga que pagar todos los gastos.

—Normalmente, en los asuntos de sucesiones las costas se deducen de la herencia. Y recordad que a medida que se va devaluando la moneda, la casa y el dinero de vuestra madre también pierden valor. ¿No sería más sensato, más práctico, intentar llegar a un acuerdo ahora?

Esto pareció enervarla.

—Señor mío, vos sois mi abogado. Sin duda deberíais estar aconsejándome cómo ganar, no animándome a concluir este asunto sin una clara victoria. —Había vuelto a alzar la voz, pero mantuve la mía deliberadamente queda.

—Muchas personas llegan a un acuerdo cuando el resultado es incierto y costoso. Como sucede en este caso. He estado pensando… ¿Habéis considerado comprarle a Edward su parte de la casa y vender vuestra residencia? Entonces podríais vivir en la casa de vuestra madre y dejar el mural intacto donde está.

Ella lanzó una risa que sonó como un rebuzno.

—La casa de mi madre es demasiado grande para mí. Soy una viuda sin hijos. Ya sé que ella vivió allí sola, con sus criados, pero fue una tontería. Es una casa enorme para una mujer sola. Esas habitaciones sin fin… No; exijo que se extraiga el mural y que pase a mis manos. Que lo hagan los mejores artesanos de Londres, cueste lo que cueste. Al final se lo haré pagar a Edward.

La miré. Antes había lidiado con clientes difíciles y poco razonables, pero la obstinación y el odio por su hermano que exhibía Isabel Slanning eran extraordinarios. Y a pesar de todo era una mujer inteligente, no una ilusa.

En fin, lo había intentado.

—Muy bien —cedí—. Creo que lo siguiente es repasar vuestra última declaración. Dijisteis algunas cosas que considero mejor corregir. Debemos mostrarnos razonables ante el tribunal. Llamar a vuestro hermano «pestilente canalla» no ayudará a nuestra causa.

—El tribunal debería saber cómo es.

—Insisto en que no os ayudará.

Ella se encogió de hombros y acabó asintiendo, al tiempo que se ajustaba la capucha sobre la canosa cabeza. Cuando saqué la declaración, Nicholas se inclinó para decirme:

—Con vuestro permiso, señor, ¿podría formularle una pregunta a esta dama?

Vacilé, pero era mi deber formarlo.

—Si lo deseas…

Él miró a Isabel.

—Habéis dicho, señora, que vuestra residencia es mucho más pequeña que la de vuestra madre.

Ella asintió.

—Así es. Pero es suficiente para mis necesidades.

—¿Y las estancias son más pequeñas?

—Sí, joven —respondió malhumorada—. Las casas más pequeñas tienen estancias más pequeñas. Suele ser algo de dominio público.

—Pero entiendo que el mural se encuentra en la sala más grande de la casa de vuestra madre. De manera que si se lograra extraerlo, ¿dónde lo pondríais?

Isabel se sonrojó de rabia.

—Eso es asunto mío, muchacho —espetó—. El tuyo es tomar notas para tu amo.

Nicholas enrojeció igualmente y agachó la cabeza sobre sus papeles. Pero había sido una muy buena pregunta.

Pasamos una hora repasando los documentos y logré persuadir a Isabel de que eliminara de su declaración varios comentarios insultantes sobre su hermano. Para cuando terminamos, la cabeza me daba vueltas de agotamiento. Nicholas recogió sus notas y se marchó tras hacer una reverencia a la mujer. Ella se levantó, todavía enérgica y ceñuda. Se había mostrado muy enfadada desde que Nicholas le hiciera aquella pregunta. Me puse en pie para acompañarla fuera, donde un criado aguardaba para llevarla a su casa. Ella se volvió hacia mí. Era una mujer alta y aquellos ojos decididos y penetrantes se clavaron en los míos.

—Os confieso, señor Shardlake, que a veces me pregunto si estaréis poniendo en este caso el interés debido. Y ese chico insolente… —Sacudió la cabeza sin concluir la frase.

—Señora, podéis estar segura de que defenderé vuestro caso con toda la convicción de que sea capaz. Pero es mi deber explorar otras alternativas con vos y advertiros de la cuantía de los gastos. Por supuesto, si no estáis satisfecha conmigo y deseáis transferir el caso a otro abogado…

Ella negó con la cabeza, sombría.

—No, señor, me quedo con vos, no temáis.

Ya le había hecho esa sugerencia más de una vez, pero era un hecho curioso que los clientes más difíciles y hostiles eran a menudo los más reticentes a marcharse, como si quisieran quedarse a fastidiar por puro despecho.

—Aunque… —La señora Slanning vaciló.

—Sí…

—Creo que no entendéis de verdad a mi hermano. —Una expresión que no le conocía le cruzó el semblante. Miedo… no cabía duda, era el miedo lo que transformaba sus facciones con nuevas y distintas arrugas. Por un segundo se convirtió en una anciana asustada—. Si lo conocierais, señor —prosiguió quedamente —, si supierais las cosas terribles que mi hermano ha hecho…

—¿A qué os referís? ¿Os ha hecho algo personalmente?

—A mí y a otros —respondió ella en un siseo furioso, de nuevo poseída por la rabia.

—¿Qué cosas, señora? —insistí.

Pero Isabel meneó con vehemencia la cabeza, como intentando sacudirse desagradables pensamientos, y respiró hondo.

—No importa. No tienen nada que ver con este caso.

Y tras estas palabras dio media vuelta y se marchó deprisa, entre el furibundo frufrú de su capa.