Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 5 de 58

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Herejía

Capítulo 3

3

 

Eran más de las seis cuando volví a casa. Mi amigo Guy llegaría a cenar a las siete: un poco tarde, pero tanto él como yo trabajábamos largas jornadas. Como siempre, Martin me había oído entrar y aguardaba en el recibidor para hacerse cargo de mi toga y mi birrete. Decidí salir al jardín a disfrutar del aire de la tarde. Hacía poco había hecho instalar un pequeño cenador con unas sillas al fondo del jardín, donde podía sentarme a admirar los parterres de flores.

Las sombras ya se alargaban, aunque algunas abejas todavía zumbaban en torno a la colmena. Las palomas torcaces zureaban en los árboles. Me arrellané en la silla y me di cuenta de que durante mi reunión con Isabel Slanning no me había acordado en ningún momento de la quema, tal era la fuerza de su personalidad. El joven Nicholas había planteado una pregunta inteligente: dónde iba a colocar el mural. Su respuesta había sido una prueba más de que, para Isabel, ganar el litigio importaba más que la propia pintura, por muy genuino que fuera el aprecio que le tenía. Volví a recordar su extraño comentario al final, sobre las cosas terribles que había hecho su hermano. Durante nuestros encuentros, por lo general nada le gustaba más que insultar y denigrar a Edward, pero aquel súbito acceso de miedo había sido diferente.

Barrunté si valdría la pena hablar discretamente con Philip Coleswyn sobre nuestros respectivos clientes. Pero sería algo poco profesional. Mi deber, igual que el suyo, era representar a mi clienta con la máxima energía posible.

Volví a recordar el horror que había contemplado esa mañana. Ya habrían desmontado el gran escenario, junto con los postes quemados. Pensé en el comentario de Coleswyn: cualquiera de nosotros podía ahora sufrir el destino de aquellos cuatro desgraciados. Me pregunté si el propio Coleswyn no tendría peligrosas relaciones entre los reformistas. Y yo debía deshacerme de mis libros antes de que expirara la amnistía. Miré hacia la casa. Por la ventana del comedor vi que Martin había encendido las velas de cera de abeja en sus candelabros y ahora ponía el mantel de lino y mi mejor cubertería de plata, todo perfectamente alineado.

Volví a la casa y entré en la cocina, que era un hervidero de actividad. Timothy hacía girar un pollo grande en el fogón. Josephine, en un extremo de la mesa, disponía en platos las ensaladas de tal manera que resultasen atractivas a la vista. En el otro extremo, Agnes Brocket daba los últimos toques a un estupendo mazapán de almendras. Todos me saludaron con una reverencia al verme entrar. Agnes era una mujer regordeta de cuarenta y tantos años, pelo castaño bajo su cofia blanca, y un rostro agradable en el que se leía cierta tristeza. Yo sabía que los Brocket tenían un hijo ya mayor al que por alguna razón no veían nunca. Martin lo había mencionado durante su entrevista de trabajo, pero no había explicado más.

—Eso parece un plato digno de un festín —comenté mirando el mazapán—. Debe de haberte costado mucho trabajo.

Agnes sonrió.

—Es un placer para mí realizar un buen plato, señor, como el placer que obtiene un escultor al perfeccionar una estatua.

—Los frutos de su labor son más duraderos. Pero tal vez la tuya proporcione más placer.

—Gracias, señor. —Agnes apreciaba los cumplidos—. Josephine ha ayudado, ¿verdad, querida?

La joven asintió, mirándome con su sonrisa nerviosa. Su padre, un cruel canalla, había sido mi anterior mayordomo, y cuando literalmente lo eché a patadas de la casa un año atrás, Josephine se quedó conmigo. Su padre la había maltratado e intimidado durante años, pero ahora Josephine se iba tornando menos tímida y temerosa. Había comenzado a cuidar también su aspecto: su pelo rubio suelto mostraba un claro lustre, y su rostro se había redondeado, convirtiéndola en una joven muy bonita. Al seguir mi mirada, Agnes volvió a sonreír.

—Josephine está deseando que llegue el domingo —comentó maliciosa.

—¿Ah, sí? ¿Y eso a qué se debe?

—Me ha contado un pajarito que después de la iglesia volverá a pasear con el joven maese Brown, que trabaja en una de las casas del Colegio de Lincoln.

—¿Qué casa? —le pregunté a Josephine.

—La del señor Henning —contestó ella, ruborizándose—. Vive en el bufete.

—Bien, bien. Conozco al señor Henning, es un buen abogado. —Me volví de nuevo hacia Agnes—. Debo subir a asearme antes de que llegue mi invitado. —A pesar de su buen corazón, Agnes a veces carecía de tacto, y yo no quería avergonzar más a Josephine. Pero me alegré: ya era hora de que Josephine tuviera un pretendiente.

Cuando salía de la cocina, apareció Martin y me hizo una reverencia.

—La mesa está lista, señor.

—Bien. Gracias. —Por un momento vislumbré a Josephine, que lo miraba con cara de disgusto. Ya lo había advertido una o dos veces, y era algo que me sorprendía, porque Martin siempre me había parecido un buen patrón con los criados de más bajo rango.

Guy llegó poco después de las siete. Mi viejo amigo era médico y había sido monje benedictino antes de la disolución de los monasterios. Era de origen moro. Pasaba ya de los sesenta años, y sus rasgos se habían arrugado y su pelo rizado se había vuelto blanco. En cuanto entró, advertí que estaba adquiriendo esa costumbre de encorvarse que a veces adoptan los hombres altos en la vejez. Parecía cansado. Unos meses atrás le había sugerido que tal vez iba siendo hora de que pensara en jubilarse, pero me contestó que todavía estaba en buena forma y que además no sabría qué hacer en todo el día.

En el comedor, nos lavamos las manos en el aguamanil, nos colocamos las servilletas y nos sentamos. Guy miró la mesa admirado.

—Tu cubertería destella a la luz de las velas —comentó—. Todo en tu casa tiene muy buen aspecto estos días.

Martin llamó a la puerta y entró para dejar los platos de ensaladas con hierbas y salmón fresco del Támesis. Cuando se marchó, me volví hacia Guy.

—Tienes razón, Martin y Agnes han sido todo un hallazgo. Su antiguo patrón les dio muy buenas referencias. Pero ¿sabes?, nunca estoy del todo a gusto con él. Es un hombre muy reservado, impenetrable.

Guy sonrió.

—Cuando estaba en el monasterio, en Malton, teníamos un mayordomo así. Pero era un buen tipo. Solo que le habían inculcado que jamás debía mostrarse atrevido con sus superiores.

—¿Cómo van las cosas por Saint Bartholomew?

El viejo hospital de Saint Bartholomew, uno de los pocos hospitales para pobres de Londres, se había cerrado cuando el rey disolvió los monasterios, pero unos cuantos voluntarios habían vuelto a abrirlo para ofrecer al menos algún servicio. Guy era uno de tales voluntarios. Recordé con cierta mala conciencia que cuando mi amigo Roger Elliard murió hacía tres años, le prometí a su viuda continuar con su proyecto de abrir un nuevo hospital. Pero entonces llegó la guerra y todo el mundo comenzó a sufrir la carga de los impuestos y la devaluación de la moneda, cuyo valor no había dejado de caer desde entonces, y nadie estaba dispuesto a donar nada.

Guy abrió las manos.

—Pues se hace lo que se puede, aunque Dios sabe que es muy poco. Se rumorea que las autoridades de la ciudad se van a hacer cargo del hospital, con una subvención del rey, pero al final nunca pasa nada.

—Yo cada día veo más gente empujada a la pobreza en la ciudad.

—A la pobreza y la enfermedad.

Nos quedamos un momento en silencio.

—Tengo buenas noticias —dije al cabo, intentando animar un poco el ambiente —. Tamasin está embarazada de nuevo. El niño nacerá en enero.

Guy esbozó una amplia sonrisa, un destello de dientes blancos.

—Gracias a Dios. Dile que estaré encantado de atenderla otra vez durante el embarazo.

—Los dos estamos invitados a la celebración del primer cumpleaños de George. El veintisiete.

—Iré encantado. El segundo martes que viene. Y este lunes —vaciló— será el aniversario de…

—Del hundimiento del Mary Rose. Cuando murieron todos aquellos hombres y yo casi con ellos. —Bajé la cabeza, apesadumbrado—. Parece que se ha firmado un tratado de paz. Por fin.

—Sí. Dicen que el rey se quedará con Boulogne, o lo que queda de ella, durante diez años.

—No es gran cosa a cambio de todas las vidas que se han perdido y la ruina de nuestra moneda.

—Ya. Pero ¿y tú? ¿Has vuelto a tener esa sensación de que la tierra se mueve bajo tus pies, como te pasó después del naufragio?

Titubeé antes de contestar, acordándome de aquel momento durante la quema.

—Muy de vez en cuando.

Mi amigo me miró muy serio, pero luego comentó con tono jovial:

—George es un diablillo feliz. Igual tener un hermano o una hermana le resultará irritante.

Sonreí sardónico.

—Hermanos y hermanas. Sí, no siempre se llevan bien. —Y le comenté, aunque sin dar nombres, algo del caso Slanning. Él me escuchó con atención. El crepúsculo iba cayendo, y sus ojos oscuros brillaban al resplandor de las velas—. Había pensado que esta mujer —concluí— obtiene en realidad placer del odio que profesa a su hermano, pero después de lo que me dijo esta tarde, creo que hay algo más.

Guy parecía triste.

—Da la sensación de que esta rencilla viene de mucho tiempo.

—Eso pienso. Se me ha ocurrido hablar discretamente del tema con mi oponente, en vista de que es un hombre razonable, a ver si podemos dar con la manera de convencer a nuestros clientes para que lleguen a un acuerdo. Pero sería algo poco profesional.

—Y tal vez no sirva de nada. Algunas rencillas son tan hondas que no pueden solventarse. —La tristeza en su rostro se intensificó.

Martin y Agnes trajeron el siguiente plato: fuentes de pollo con beicon y cuencos con una variedad de verduras.

—No sueles ser tan pesimista —le dije a Guy cuando volvimos a quedarnos a solas—. Además, justamente hace poco me ofreció una rama de olivo la persona que yo menos hubiera esperado. —Y le conté la historia de la nota y el dinero de Bealknap.

Guy me miró con intensidad.

—¿Te fías de él? Piensa en todo lo que ha hecho en el pasado.

—Por lo visto se está muriendo. Pero… —Me encogí de hombros—. No, no puedo confiar en Bealknap, ni siquiera ahora.

—Incluso un animal moribundo puede atacar.

—Hoy te veo de un ánimo muy negro.

—Sí, es cierto. Pienso en lo que ha sucedido en Smithfield esta mañana.

Dejé el cuchillo. Había evitado hablar de religión con Guy durante los recientes meses de persecución, porque sabía que seguía siendo católico. Pero al cabo de un momento de vacilación, hablé:

—Estuve allí. Lo convirtieron en todo un espectáculo. El obispo Gardiner y la mitad del Consejo Privado observaban desde una plataforma cubierta. El tesorero Rowland me obligó a ir, puesto que el secretario Paget quería un representante de cada uno de los Colegios de Abogados. De manera que me tocó ver a cuatro personas morir en la hoguera entre horribles sufrimientos porque no creían lo que el rey Enrique ha ordenado creer. Por lo menos les colgaron una bolsa de pólvora al cuello y al final les explotó la cabeza. Y sí, cuando estaba allí volví a notar que la tierra se movía bajo mis pies, como en la cubierta de aquel barco. —Me llevé la mano a la frente y advertí que me temblaba un poco.

—Que Dios tenga piedad de sus almas —dijo Guy con voz queda.

Alcé la vista con brusquedad.

—¿Eso qué significa, Guy? ¿Crees que necesitan clemencia solo por decir lo que creían, que los curas no pueden convertir un trozo de pan en el cuerpo de Cristo?

—Sí, creo que se equivocan. Niegan el misterio de la eucaristía, la verdad que Dios y la Iglesia nos han enseñado durante siglos. Y eso es peligroso para cualquier alma. Y están por todas partes en Londres, escondidos en sus cubiles: sacramentarios y, aún peor, anabaptistas, que no solo niegan la transubstanciación, sino que creen que toda autoridad debe ser derrocada y que todas las posesiones deberían mantenerse en común entre los hombres.

—Solo ha habido un puñado de anabaptistas en Inglaterra, unos cuantos holandeses renegados a los que han educado en tal patraña —respondí con tono impaciente.

—Bueno —se apresuró a replicar Guy—, esa Askew se jactaba de ser sacramentaria. Y Askew ni siquiera era su apellido. Su nombre de casada era Kyme, pero abandonó a su esposo y sus dos hijos pequeños para venir a arengar a las gentes de Londres. ¿Crees que eso es lo que debe hacer una mujer?

Me quedé mirando a mi viejo amigo, cuya mayor cualidad siempre había sido la dulzura de carácter. Él levantó una mano.

—Matthew, eso no significa que crea que hubiera que matarlos de manera tan espantosa. No, no creo eso. Pero si eran herejes debían ser… silenciados. Y si quieres hablar de crueldad, piensa en lo que ha hecho el bando radical. Piensa en lo que les hizo Cromwell a los que se negaron a aceptar la Supremacía Real hace diez años, piensa en los monjes a los que destriparon vivos en Tyburn —me conminó con gesto cargado de emoción.

—Dos errores no constituyen un acierto.

—Desde luego que no. Aborrezco tanto como tú las atrocidades cometidas por ambas facciones. Ojalá pudiera ver el fin de todas ellas. Pero no puedo. A eso me refería al decir que algunas rencillas son tan hondas que son imposibles de solventar. —Me miró a los ojos—. Pero no lamento que el rey nos haya llevado medio camino de vuelta a Roma y apoye la eucaristía. Ojalá nos llevara hasta el final —prosiguió, ahora con vehemencia—. Y los antiguos abusos de la Iglesia católica se están resolviendo ahora. El Concilio de Trento que ha convocado el papa Pablo III reformará muchas cosas. Hay algunos en el Vaticano dispuestos a tender la mano a los protestantes, a volverlos a traer al rebaño. —Suspiró—. Y todo el mundo dice que el rey está cada vez más enfermo. El príncipe Eduardo todavía no tiene nueve años. Creo que no está bien que un monarca se erija en jefe supremo de la Iglesia cristiana y declare que él, y no el Papa, es la voz de Dios a la hora de trazar la política eclesiástica. ¿Cómo puede un niño pequeño ejercer tal liderazgo? Sería mejor que Inglaterra aprovechara la oportunidad para volver al seno de la Santa Iglesia.

—¿Al seno de una Iglesia que se dedica a quemar gente en Francia y en España bajo la Inquisición? Allí hay muchas más hogueras que aquí. Y, además, el emperador del Sacro Imperio, Carlos, está haciendo la guerra contra sus súbditos protestantes.

—¿Te has vuelto a hacer radical?

—¡No! —exclamé—. En otros tiempos esperaba que una nueva fe basada en la Biblia pudiera mostrar claramente la palabra de Dios al pueblo. Odio el barullo de divisiones que han surgido. Los radicales utilizan pasajes de la Biblia como si fueran clavos, insistiendo tanto como cualquier papista en que solo ellos tienen la razón. Pero cuando veo que llevan a una joven a la hoguera, y en una silla porque ha sido torturada en el potro, y luego la queman viva delante de los próceres del reino, créeme, tampoco siento nostalgia por los antiguos usos. Recuerdo a Tomás Moro, aquel indomable papista, y a la gente que quemó por herejía.

—Ah, si pudiéramos encontrar la esencia de la auténtica divinidad, que es la piedad, la caridad, la unidad —declaró Guy, apesadumbrado.

—Eso sería pedir la luna —repliqué—. En fin, en una cosa estamos de acuerdo: es tal la desavenencia que se ha creado en este país que no se avizora manera de que se reconcilien las facciones hasta que una de ellas derrote a golpes a la otra. Y esta tarde me puso enfermo ver a hombres a los que Thomas Cromwell elevó creyendo que promoverían más la reforma protestante, y que ahora maniobran para promover más bien sus ambiciones: Paget, Wriothesley, Richard Rich. El obispo Gardiner también estaba allí, con ese corpachón imponente que tiene —comenté con una risita amarga—. He oído que los radicales lo llaman el Cerdito Hinchado del Papa.

—Tal vez no deberíamos hablar más de estos asuntos —musitó Guy.

—Tal vez. Al fin y al cabo, estos días no es seguro hablar ni leer libremente.

Se oyó un quedo llamado a la puerta. Sería Martin, con el mazapán. A mí ya no me apetecía. Confié en que no hubiera oído nada de la discusión.

—Adelante.

Sí, era Martin, pero no traía un plato. Su rostro, siempre tan impenetrable, mostraba cierta perturbación.

—Señor Shardlake, ha venido una visita. Un abogado. Dice que tiene que hablar con vos urgentemente. Le he dicho que estabais cenando, pero ha insistido.

—¿Cuál es su nombre?

—Lo lamento, señor, pero no ha querido dármelo. Insiste en hablar con vos a solas. Lo he dejado en vuestro estudio.

Miré a Guy, que todavía parecía apesadumbrado por nuestra discusión y picoteaba la comida sin ganas. Pero me sonrió.

—Deberías atender a ese caballero, Matthew. Yo puedo esperar.

—Muy bien. —Me levanté de la mesa y salí.

Por lo menos aquella interrupción me serviría para que se me enfriaran un poco los ánimos.

Ya era noche cerrada. ¿Quién se habría presentado a hora tan intempestiva? A través de la ventana del recibidor vi a dos niños con antorchas que debían de haber acompañado a mi visitante para iluminarle el camino. Los acompañaba un criado de ropaje oscuro con una espada al cinto. Se trataba, pues, de alguien de buena posición.

Abrí la puerta de mi estudio y, para mi enorme sorpresa, me encontré al joven que me había estado mirando con tanta insistencia en la quema, todavía ataviado sobriamente con su larga capa. Aunque no era apuesto —tenía las mejillas desfiguradas por verrugas—, su rostro transmitía fuerza a pesar de su juventud, y sus saltones ojos grises eran penetrantes e inteligentes. Me saludó inclinándose.

—Abogado Shardlake. Buenas noches os dé Dios. Os pido disculpas por molestaros durante la cena, pero me temo que el asunto es de la máxima urgencia.

—¿De qué se trata? ¿Es alguno de mis casos?

—No, señor. —El joven tosió, una súbita señal de nerviosismo—. Vengo del Palacio de Whitehall, de parte de su majestad la reina. Os suplica que vayáis a verla.

—¿Me suplica? —me sorprendí. Las reinas no suplican.

—Así es. Su mensaje es que tiene un grave problema y solicita vuestra ayuda. Me pidió que viniera porque no quería poner su petición por escrito. Yo estoy a su servicio como miembro inferior de su Consejo Legal. Mi nombre es William Cecil. La reina os necesita, señor.