Herejía
Capítulo 13
13
Atravesé el patio hasta el edificio que albergaba las dependencias de Bealknap recordando su extraño comportamiento al final del año, aquellas inesperadas proposiciones de amistad que yo había rechazado porque no era un hombre de fiar. Llamé a la puerta y me abrió un conserje.
—Vengo a ver al hermano Bealknap.
El hombre me miró con expresión triste.
—Según su enfermera, este podría ser el último día que lo visite nadie. Os acompaño arriba.
Subimos por una larga escalera de madera y pasamos por delante de otras habitaciones, vacías siendo sábado. Muy pocos abogados, con excepción de Bealknap, vivían en el Colegio. Yo no visitaba sus dependencias desde hacía años. Solo recordaba de ellas que estaban desordenadas y polvorientas. Corría el rumor de que guardaba allí su gran cofre de oro y que por las noches acariciaba las monedas.
A la llamada del conserje abrió la puerta una mujer entrada en años y ataviada con un delantal limpio y una corta cofia sobre su pelo cano.
—Soy el serjeant Matthew Shardlake.
Ella hizo una reverencia.
—Yo soy la señora Warren. El señor Bealknap me ha contratado para que lo atienda. Recibió vuestra nota. Tiene un gran tumor en el estómago —prosiguió, en el mismo tono frío y desapegado—, y el médico dice que le queda muy poco tiempo. El final le llegará en uno o dos días.
—¿No tiene familia a quien se pueda llamar?
—Nadie con quien haya deseado contactar. Creo que se enemistaron hace muchos años. Cuando le pregunté, me dijo que no veía a su familia desde los tiempos del anterior rey.
Eso significaba casi cuarenta años, calculé. Bealknap no debía de haber cumplido los veinte años por aquel entonces. Otra antigua rencilla familiar, tal vez, como la que acababa de estar comentando.
La anciana me miró con curiosidad.
—Vos sois el único al que ha pedido ver. Aparte del médico y el constructor, nadie ha venido a visitarlo. —¿El constructor?, me sorprendí—. Con excepción del sacerdote —añadió la mujer—. El señor Bealknap recibió los últimos sacramentos esta mañana. —Así pues, su muerte estaba verdaderamente cerca—. Os acompaño.
La señora Warren me llevó por un polvoriento pasillo.
—No quiere que se abran las ventanas —me informó en un susurro—. No sé por qué. Pero os lo advierto: su estancia huele mal.
No mentía. Cuando abrió la puerta de una cámara medio a oscuras, un olor rancio a carne enferma y sin asear y a aliento fétido me golpeó como una bofetada. La estancia estaba pobremente amueblada, con un baúl para la ropa, un par de sillas de madera, una cama y una mesa atestada de frascos y pociones. La cama, por lo menos, era grande y de aspecto cómodo.
Bealknap siempre había sido delgado, pero la figura que había entre las sábanas era esquelética. La piel se estiraba sobre su cráneo, las orejas y la nariz se veían prominentes, las manos sobre la sábana parecían garras blancas.
—Creo que está dormido —susurró la señora Warren, inclinándose sobre el moribundo—. Sí, dormido. Cada vez pienso que me lo voy a encontrar muerto, pero todavía respira.
Por primera vez oí una nota de humana simpatía en su voz. Tocó con suavidad el hombro de Bealknap, que abrió los ojos, aquellos inquietos ojos azules que jamás se fijaban en los tuyos. Pero esta vez sí me miró directamente y sonrió con esfuerzo, mostrando sus dientes amarillentos.
—Hermano Shardlake —saludó con un hilo de voz—. Ah, sabía que si os enviaba el oro, acudiríais.
Acerqué una silla a la cama.
—Vete, Mary —le dijo bruscamente a la enfermera. Ella se marchó con una reverencia.
—¿Hay algo que pueda traeros? —me ofrecí.
Él movió la cabeza, exhausto.
—No. Solo quería veros una última vez.
—Lamento encontraros en estas condiciones.
—No. Hablemos con sinceridad. Vos siempre me habéis odiado, y yo a vos.
No repliqué. Su respiración resonaba rasposa en su pecho.
—¿Qué va a pasar ahora? —susurró. Su aliento era apestoso.
—Nadie puede saberlo con certeza, hermano Bealknap —contesté incómodo—. Todos debemos confiar en que Dios tenga piedad de nuestra alma.
Sus ojos permanecían fijos en los míos.
—Vos y yo sabemos que no es así. Creo que es lo único en lo que estamos de acuerdo. Ambos sabemos que el hombre no tiene alma, no más que los gatos o los perros. No hay nada más allá, nada. Solo oscuridad y silencio.
Negué con la cabeza.
—No estoy tan seguro como vos. No hay forma de saberlo con certeza. No sé qué ni quién es Dios, pero… tal vez exista.
—No —suspiró Bealknap—. Me han dado la extremaunción, pero solo porque era necesario para que se cumpla mi legado. Todo mi dinero, todo mi oro, debe dedicarse a la construcción de un gran mausoleo de mármol en la iglesia del Colegio, pintado y ornamentado con pan de oro, con una estatua mía de piedra, con mi toga sobre la tumba, cubierta de oro para que las futuras generaciones de abogados del Colegio de Lincoln recuerden al hermano Stephen Bealknap. He estado arreglando los detalles con el hombre que la construirá. —Soltó una débil risita—. Costó mucho convencer al tesorero Rowland, pero el oro ganó la discusión, como lo gana todo.
No se me ocurrió qué decir. Bealknap debía de saber lo mucho que era aborrecido. ¿Era el encargo de este monumento un último desafío? Los ahorros de toda una vida, pensé tristemente, destinados a tal fin. Pero algo me tenía perplejo.
—Decís estar seguro de que no existe la vida eterna, y, sin embargo, me preguntáis qué pasará ahora.
Otra vez su risa ronca y dificultosa.
—No me refería a qué me pasará a mí, Matthew Shardlake. Lo que quería decir es ¿qué os va a pasar a vos?
—No os comprendo.
—Yo quería vivir para ver qué os pasaba. —Tomó aliento y dio un respingo de dolor—. A vos y a vuestra buena amiga, la reina.
Abría unos ojos como platos. Todo el Colegio sabía que yo no trabajaba para la reina desde hacía un año. ¿Qué podía saber Bealknap? Me dedicó una mirada de satisfacción antes de cerrar los ojos. Furioso, dándome cuenta de que Bealknap estaba dispuesto a jugar a las intrigas hasta el final, lo sacudí, pero había vuelto a dormirse y no se movió. Me lo quedé mirando, hasta que me fue imposible seguir soportando el pestilente aire viciado. Se me estaba revolviendo el estómago. Me acerqué a la ventana y abrí los postigos de par en par. El cuerpo en la cama, ahora a la luz del sol, se veía blanco y exangüe.
La enfermera entró en ese momento. Se acercó a Bealknap para comprobar su respiración y luego se acercó a mí con expresión enfadada.
—Señor, ¿qué estáis haciendo? El enfermo quiere la ventana cerrada. Si se entera de que la habéis abierto, se pondrá hecho una furia. Por favor.
Dejé que cerrase de nuevo los postigos.
—Debéis marcharos ya, señor. Cualquier esfuerzo lo deja agotado.
—Necesito preguntarle algo.
—Entonces volved más tarde, después del almuerzo. Os lo suplico, caballero.
Me agarró del brazo y dejé que me llevara hasta la puerta. En la cama se oyó un gruñido, luego otro. Bealknap estaba soñando y, a juzgar por aquellos sonidos, no era un sueño agradable.
Estaba en mi habitación del Colegio, tomando una jarra de cerveza suave. Llevaba allí sentado más de una hora, intentando dar sentido a lo que Bealknap había dicho. ¿Podía estar involucrado en todo esto? Pero cómo. Sabía que yo una vez había trabajado para la reina y debía de haber oído los rumores de que su majestad tenía problemas. Pero era bien sabido que había dejado de trabajar para ella hacía un año. No, pensé, era solo que Bealknap sabía que yo había trabajado para Catalina Parr y que ahora tenía problemas, como tantos otros, y esperaba que yo cayese con ella. Pasé la vista por el patio bañado por el sol hasta fijarme en la habitación en que yacía Bealknap. Tendría que volver más tarde para intentar sonsacarle más información. Meneé la cabeza. Malvado hasta el final. Pensé en el gran monumento que tenía planeado y que sin duda se convertiría en una burla, una chanza en el Colegio de Lincoln, algo que él no era capaz de anticipar. Siempre había estado ciego en muchos aspectos.
Oí abrirse y cerrarse la puerta del bufete, que yo había cerrado con llave. Debía de ser Barak, que habría olvidado algo. Me levanté a comprobarlo y me sorprendí al ver a Nicholas, que estaba recogiendo unos papeles de su escritorio. Su pecoso rostro mostraba cansancio, y tenía la toga manchada de cerveza. Se quedó mirándome.
—¿Nicholas? ¿Qué haces aquí en domingo?
El joven parecía avergonzado.
—Ayer llegaron notas de algunos casos del Tribunal de Peticiones, asuntos para el primer trimestre judicial. Sabiendo que estáis ocupado, Barak me ha pedido que haga los sumarios. Como asistí al servicio de la iglesia del Colegio, se me ocurrió pasarme un rato a trabajar.
Me divirtió ver que le daba apuro que lo hubieran sorprendido haciendo horas extras. No encajaba con la imagen que procuraba mostrar.
—Nicholas, fui un poco brusco contigo ayer. Lo cierto es que le planteaste a Elias, el aprendiz, aquella pregunta en muy mal momento. Tienes que aprender a juzgar con más cuidado. Pero… debería haber tenido en cuenta tu juventud y tu inexperiencia. Así que te pido disculpas.
Él me miró sorprendido.
—No se merecen, señor.
—¿Empieza a gustarte esto del derecho?
—Reconozco que al principio me resultó… bueno, aburrido. Pero ya no me lo parece. Hay algunas cosas interesantes.
—Sobre todo cuando se trata de dar con un asesino, ¿eh?
Nicholas sonrió.
—¿Acaso no añade eso un poco de sal al asunto?
—Es una manera de decirlo. La jurisprudencia rara vez es tan emocionante, como bien sabes. Pero es necesario que aprendas todos sus aspectos si quieres volver a Lincolnshire y ayudar a gestionar las tierras de tu padre.
Se le demudó el semblante. Era la primera vez que lo veía triste.
—Dudo que vaya a volver, señor.
Me di cuenta entonces de lo poco que sabía de Nicholas. Apenas revelaba nada de sí mismo.
—¿Y eso? —pregunté.
—Me mandaron al Colegio de Abogados porque mi padre desaprobaba algo que hice —me contó—. Tenía que ver con una proposición de matrimonio —añadió tras cierta vacilación.
Asentí comprensivo.
—¿Deseabas casarte con alguien por debajo de tu posición? —Sabía que tales casos no eran poco comunes.
Nicholas negó con vehemencia.
—No, señor. Soy mayor de edad y puedo casarme con quien quiera —replicó, adelantando el mentón con una súbita chispa de rabia en los ojos.
—Por supuesto.
—Siendo hijo único, mi matrimonio es importante. Nuestra hacienda ha sufrido la depreciación de la moneda, como tantas otras, el valor de nuestras rentas ha caído y los arrendatarios no pueden pagar más. El matrimonio con la adinerada hija de una hacienda vecina habría supuesto una valiosa dote.
—Sé que esos acuerdos pueden resultar… difíciles. ¿Cómo es eso que dicen de los nobles? Cásate primero que el amor ya vendrá después.
El muchacho pareció animarse un poco.
—Veo que lo comprendéis, señor. Bueno, pues han planeado para mí el matrimonio con la hija de una gran hacienda cerca de nuestra mansión en Codsall.
—¿Y a ti no te gusta la joven, o tú no le gustas a ella? Ninguna de las opciones es sencilla.
Él endureció las facciones.
—No, si nos gustamos mucho. Pero no nos amamos. Yo no es que valga gran cosa físicamente, y lo cierto es que ella tampoco, de manera que pensaron que seríamos tal para cual —comentó con amargura—. Así pues, mis padres me lo plantearon. Pero Anys y yo deseamos ambos, cuando llegue el momento, casarnos por amor. Ya hemos visto demasiados matrimonios de conveniencia para saber que acaban en discordia. De manera que hicimos un pacto, durante uno de los paseos que nos animaban a dar por el jardín de mi padre mientras ellos nos observaban desde las ventanas. Convinimos decirles que no nos casaríamos. Mi padre se puso hecho una furia. Ya estaba descontento conmigo porque pasaba demasiado tiempo dedicado a la caza y la cetrería en lugar de ayudar con la hacienda, de manera que me envió aquí, a modo de castigo, creo, aunque yo me alegré de dejar el campo y conocer Londres. Anys y yo todavía nos escribimos, como amigos —añadió sonriendo—. Bueno, señor, ahora ya sabéis que soy un individuo verdaderamente desobediente.
—Parece que Anys y tú podríais haberos llevado de maravilla de haberos casado.
—Eso no es suficiente.
—No. Muchos dirían lo contrario, pero yo pienso como tú.
—Los pobres lo tienen más fácil —comentó con amargura—. Pueden casarse por amor.
—Solo si se lo pueden permitir, cosa que suele suceder más tarde de lo que desearían. En cuanto a los efectos de la guerra, los impuestos y la ruina de nuestra moneda… bueno, tu padre todavía tiene su mansión, pero a sus pobres inquilinos les costará trabajo pagar la renta y comer.
Nicholas sacudió la cabeza.
—Ahora que la guerra ha terminado, sin duda volverá la prosperidad. Y la seguridad de todo el mundo depende de que la gente se mantenga dentro del estamento en que nació. En caso contrario tendríamos la anarquía de los anabaptistas.
De nuevo el miedo al monstruo.
—Cuanto más conozco a la humanidad, más me convenzo de que estamos hechos todos de la misma materia.
Él se quedó pensando un momento.
—Mi familia pertenece a la clase alta desde hace siglos. Desde antes de la Conquista, dice mi padre, desde que los escandinavos se asentaron en Lincolnshire. Nuestro legado es gobernar.
—Se convirtieron en clase alta por derecho de conquista únicamente. Los escandinavos arrebataron mucho a los ingleses, como hicieron los normandos. Así es como la mayoría de las familias amasaron su fortuna. Lo sé porque me dedico a los patrimonios y he pasado mucho tiempo examinando escrituras antiguas de propiedad.
—Las tierras pueden tomarse con honor en la guerra, señor.
—Como sin duda los normandos se las arrebataron a tus antecesores escandinavos. Es posible que antaño tuvierais más tierras.
—Ya es demasiado tarde para luchar por ellas, supongo. Una lástima —añadió sonriendo.
Comenzaba a gustarme Nicholas. Mostraba señales de inteligencia y, a pesar de haberse criado en el conformismo de las clases altas, había decidido desafiar las convenciones.
—Bueno, ya tendremos ocasión de hablar de tierras y sus legítimos propietarios a medida que se aproxime el nuevo trimestre judicial. Pero ahora debo ir a casa a almorzar.
—¿Ha habido algún progreso en el caso del asesinato del impresor?
—No. Y recuerda que no podemos hablar de ello —le advertí alzando un dedo.
—Tenéis mi promesa de caballero.
—Bien. —Volví a mirar la ventana de Bealknap. Después del almuerzo me tumbaría una hora o dos. Necesitaba descansar. Pero luego regresaría a sus dependencias.
Mientras subía por el camino de mi casa, Josephine apareció en el umbral con su vestido nuevo, acompañada por un joven con un sobrio jubón. Agnes Brocket sostenía la puerta abierta sonriéndoles, y Timothy se encontraba en la esquina de la casa, mirando entrometido la escena. El acompañante de Josephine rondaba los veinte años, era esbelto, de pelo oscuro y moderadamente apuesto. Debía de ser el joven con que iba a salir a pasear. Josephine se sonrojó al verme y el muchacho se quitó el sombrero y se inclinó ante mí.
—Soy Edward Brown, señor. Sirviente de vuestro hermano en leyes, el señor Peter Henning.
—Ah, sí. Un buen hombre. Sentí enterarme de la muerte de su esposa. Sucedió hace unos meses, ¿no es así?
—En diciembre. Mi señor quedó muy afectado. Está pensando en jubilarse y volver a su casa, en Norfolk.
—Espero que no lo haga —terció Josephine.
—Os agradezco que me permitáis sacar a Josephine de paseo.
Miré sonriendo a Josephine.
—Me alegro de ver que sale un poco. Tengo entendido que iréis a Lincoln’s Inn Fields. Será un paseo muy agradable.
—Cuídala bien —lo conminó Agnes desde la puerta.
—Lo haré.
Me volví hacia Timothy.
—¿Querías hablar conmigo, muchacho?
—Eh… solo quería deciros que Genesis necesitará más heno.
—Pues ve a por heno mañana —le espetó Agnes—. Y ahora lárgate.
Timothy se escabulló. Josephine y el joven Brown se miraron sonrientes. Timothy tenía mi permiso para comprar heno cuando fuera necesario. Era evidente que había venido solo para echarle un vistazo a Brown.
Me quedé con Agnes viendo cómo la pareja se alejaba por el sendero de grava. Luego oí un ruido que provenía de la carretera del Colegio de Lincoln: el lento repicar de una campana. Un escalofrío me recorrió la espalda. Era la campana de difuntos, que doblaba cuando fallecía un miembro del Colegio. Solo podía tratarse de Bealknap. Ya no tendría ocasión de hacerle ninguna pregunta. Incluso en la muerte me había burlado.
—Me alegro de ver a Josephine tan contenta —comentó Agnes.
—Sí —sonreí—, yo también.
Ella vaciló antes de añadir:
—Me ha contado algo de su pasado. Os debe mucho, señor.
En ese momento apareció Martin, que salía de la casa sin hacer el mínimo ruido, como de costumbre. Miró con cara de desaprobación hacia el sendero, donde Josephine y Brown estaban ya girando hacia la carretera. De manera que el sentimiento entre Martin y Josephine era mutuo, pensé, preguntándome a qué se debería.
—Olvídate de ellos —le espetó a su esposa—. ¿Le has hablado al señor Shardlake de la visita que ha recibido?
Agnes se llevó la mano a la boca.
—¡Huy, lo siento…!
Su esposo la interrumpió para dirigirse a mí:
—El joven caballero abogado que vino hace dos noches volvió a presentarse. Sigue sin querer decir su nombre. —Martin frunció el ceño ante aquella falta de etiqueta—. Le dije que volveríais pronto para el almuerzo. Os está esperando en el estudio.
—Gracias.
Entré deprisa y me encontré en el estudio a William Cecil, sentado en una silla con expresión pensativa y preocupada. Nada más verme, se levantó y me hizo una reverencia.
—Lamento molestaros en el Día del Señor —se apresuró a decir—, pero se ha producido un grave giro de los acontecimientos.
—¿Fuisteis a ver a los amigos de Greening? Lord Parr me informó de que lo haríais.
—Fui, pero todos han huido de sus casas. Han desaparecido los tres, nadie sabe dónde están. —Soltó un suspiro—. Pero de lo que tenemos que hablar es de Elias, el aprendiz.
—¿Lo habéis localizado?
Cecil respiró hondo de nuevo y clavó en mí sus ojos saltones.
—Lo que queda de él. Su madre lo encontró anoche en el callejón junto a su casa, con la cabeza destrozada y revolcado en su propia sangre. —Un espasmo cruzó su rostro.
—¡Dios mío!
—Antes de morir logró decirle algo a su madre: el nombre de una mujer.
—¿Quién? —Temí oír el nombre de la reina, pero lo que Cecil contestó fue otra cosa.
—Anne Askew. El chico logró decir «Me han matado por Anne Askew».