Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 18 de 58

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Herejía

Capítulo 16

16

 

A la mañana siguiente, lunes, Barak llegó temprano a mi casa. Mientras recorríamos Fleet Street bajo la muralla de la ciudad, advertí que Sukey, su yegua negra, se hacía ya mayor, igual que Genesis. El cielo había adoptado el blanco lechoso que puede presagiar una lluvia de verano.

—Bealknap murió ayer —anuncié.

—Uno que ha ido derecho al infierno.

—Me dijo que no creía en la vida eterna. Y fue desagradable hasta el final.

—Te lo dije.

—Sí, es verdad.

—En cuanto al asunto que nos atañe, lo del cofre. ¿De qué se trata?

Vi que la curiosidad se había apoderado de él. Vacilé un momento, pero tendría que darle algo que mitigara su intriga.

—Robaron un valioso anillo que contenía. Es mejor que no sepas más.

Acabábamos de pasar bajo el Puente de Londres y los caballos se asustaron un poco ante una batahola de cazuelas y sartenes. Una mujer de mediana edad, vestida solo con un camisón, iba sentada hacia atrás en un caballo, de cara a la cola del animal, con un gorro puntiagudo con la letra S. Llevaba la cabeza gacha e iba llorando. Un hombre de expresión severa guiaba el caballo y un grupo de chiquillos corría a su lado, golpeando ollas y sartenes con palos.

—Una desobediente a la que llevan a los cepos —comentó Barak.

—Sí. Los tribunales del obispo Bonner no toleran que las mujeres se salgan del sitio que les corresponde.

—No. Y estos serán sus vecinos. Qué poca excusa necesitan las personas para volverse unas contra otras.

Llegamos a Thames Street, donde se alzaba el castillo de Baynard junto al río. Era un antiguo edificio, renovado y ampliado por Enrique, como todas las propiedades reales. Yo lo había visto desde el río muchas veces: sus altas torres de cuatro plantas alzándose desde el Támesis. Desde los tiempos de Catalina de Aragón era la residencia oficial de la reina, haciendo también las veces de su guardarropa, donde se cuidaban y reparaban sus vestimentas y las de toda su corte. La hermana de Catalina Parr, Anne, residía ahora allí con su esposo, sir William Herbert, un oficial de rango superior en la Casa del Rey. Todos los Parr habían sabido medrar en los últimos años. El hermano de la reina, llamado William igual que su tío, estaba en el Consejo Privado.

Al castillo de Baynard se accedía desde la calle por una puerta grande, bien guardada por hombres con la librea de la reina, pues dentro había muchas cosas de valor. Desmontamos, comprobaron que nuestros nombres se encontraban en las habituales listas y se llevaron los caballos a los establos. El Patio de Armas del castillo de Baynard parecía un lugar de negocios, todavía más que el de Whitehall. Dos mercaderes discutían a voces por un rollo de tela que sostenían entre los dos, mientras otros hombres descargaban pesados arcones de una carreta.

El patio quedó en silencio cuando un grupo de jinetes entró con gran barullo: dos hombres y una mujer ricamente ataviados, acompañados de un séquito de seis hombres. Se dirigieron hacia un arco que llevaba a un patio interior. Advertí que la mujer guardaba una enorme semejanza con la reina y supe que se trataba de Anne Herbert. El hombre que montaba a su lado, de unos cuarenta años, barba oscura y porte militar, debía de ser sir William. El segundo acompañante era alto y delgado, de rostro enjuto, mejillas hundidas y recortada barba castaña. Su parecido con la reina me permitió reconocerlo como William Parr, conde de Essex. Miraban con expresión altanera a los que ocupábamos el patio, que nos habíamos quitado gorros y sombreros al verlos pasar. De los tres se sabía que eran radicales religiosos, y por tanto caerían si caía la reina.

Se abrió una puerta en el Patio de Armas por la que salió lord Parr. Llevaba su oscura toga de seda, el bonete y la cadena de oro propia de su cargo. Anne Herbert lo saludó desde el caballo. El pequeño séquito se detuvo mientras lord Parr se acercaba a ellos con paso lento, apoyado en un bastón. Intercambió unas palabras con sus sobrinos, y yo aproveché la oportunidad para abrir mi bolsa y sacar mi toga con la insignia de la reina. Barak me susurró:

—¿De manera que ahora perteneces oficialmente a la Casa de la Reina?

—Solo mientras dure esta investigación.

Lord Parr se alejó de sus parientes, que entraron en el patio interior, y se acercó a nosotros.

—No tiene muy buen aspecto —comentó Barak en un murmullo.

—No. Anda cerca de los setenta años y la tensión del trabajo empieza a pasarle factura, creo.

—Y todo esto por la cosa esa robada, lo que quiera que sea —repuso Barak con escepticismo.

No contesté. Los dos dedicamos una marcada reverencia a lord Parr.

—Shardlake, llegáis a tiempo —aprobó—. Y este debe de ser Barak, que sabe de llaves y cerraduras.

—Ayudaré en todo cuanto me sea posible, milord. —Barak sabía cuándo debía mostrar deferencia.

—Bien. El cofre está dentro. Lo he hecho traer con la excusa de que necesitaba una reparación. Pero primero, señor Shardlake, unas palabras en privado. —Me rodeó los hombros con el brazo y me llevó a un aparte, dejando a Barak con una expresión desairada.

—William Cecil me ha contado lo sucedido con el joven aprendiz —comenzó lord Parr, acariciándose la barba muy serio.

—Pensaba que Cecil estaría aquí hoy.

—No. Es conveniente que no se vea a mucha gente investigando este asunto. Oficialmente, yo he venido para comer con mis sobrinos. Decidme, ¿qué pensáis de la muerte de ese muchacho?

Resumí mis reflexiones en el jardín:

—Greening, Elias y los otros tres tenían razones para temer un peligro. Pero no sé si alguno de ellos, aparte de Greening, guardaba alguna relación con la Lamentación. Me pregunto, milord, si la señora Askew podría haber tenido algún contacto con la reina y sabido de la existencia del manuscrito, si de hecho no la habrían torturado para sonsacarle esa información.

Lord Parr negó con la cabeza.

—La reina y Anne Askew jamás se encontraron. La señora Askew tenía contactos con algunas personas aledañas a la corte, sí, y le habría encantado predicarle a la reina. Pero mi sobrina y yo somos demasiado cautelosos para permitir tal cosa. Yo mismo me aseguré de que Anne Askew jamás se acercara a la Casa de la Reina.

—Pero debieron de torturarla por alguna razón. A propósito, esa información tuvo que filtrarla alguien de dentro de la Torre. ¿Hay alguna posibilidad de averiguar quién fue?

Lord Parr reflexionó.

—Cuando se hizo evidente en la quema que los rumores sobre la tortura de Anne Askew eran ciertos, pensé que en la Torre estallaría un clamor para que se identificara a quien hubiese dado rienda a tales rumores. Como decís, debió de ser alguien de dentro. Pero no me he enterado de nada —concluyó, frunciendo el entrecejo—. El alguacil de la Torre, sir Edmund Walsingham, fue mi predecesor como chambelán de la reina, y es un amigo. Haré algunas averiguaciones. Mientras tanto, quiero que vengáis mañana a palacio para interrogar al guardia que estaba de servicio la noche que robaron el manuscrito, y que según Mary Odell mostró un extraño comportamiento. Vuelve a estar de servicio por la mañana.

—Muy bien, milord. En cuanto a los tres fugitivos, Curdy, McKendrick y el holandés, sería crucial hablar con ellos. Pienso que tal vez se llevaran el libro de la reina siguiendo algún descabellado plan. Tal vez incluso llegaron a pelear por él, hasta que uno de ellos mató a Greening y huyó con el manuscrito.

Lord Parr endureció su expresión.

—Entonces nos enfrentamos a unos locos salvajes y no a un enemigo dentro de la corte. —Meneó la cabeza—. Pero ¿cómo podría esa gente haber tenido acceso al libro?

—No lo sé.

—De cualquier manera, hay que localizarlos.

—Sí —asentí—. Por cierto, estaba pensando en Okedene, el impresor. Cabe la posibilidad de que vayan ahora a por él.

—Ya nos ha contado todo lo que sabe.

—Aun así, su seguridad…

—No cuento con una ilimitada reserva de hombres que emplear en este asunto — replicó irritado—. Y no hay ninguno en quien pueda confiar plenamente, con excepción de Cecil. No tengo una red de espías como vuestro antiguo señor, Cromwell, o el secretario Paget —añadió cáustico—. Le he pedido a Cecil que tenga los ojos y oídos bien abiertos, cosa que hará. Y puedo mandarlo a sobornar a alguien de la Casa de Aduanas. Lo sugirió el propio Cecil, con objeto de ver si alguien que respondiera a la descripción de esos tres hombres ha comprado pasaje en algún barco. Tal vez pueda sobornar a algún estibador para que esté atento.

Aquello me hizo pensar en la carta de Hugh.

—Muchos reformistas se van del país estos días.

Lord Parr lanzó un gruñido.

—Siempre que sean personas de poca importancia, las autoridades hacen la vista gorda, satisfechas de librarse de esa gente.

—Entonces ya podrían haber salido. Pero si son vistos, ¿sería posible detenerlos? Tal vez bajo sospecha de estar involucrados en el robo de una joya…

—Sí, podría ser. Hablaré con Cecil. —Alzó un dedo en gesto admonitorio—. Pero recordad, señor Shardlake, mis poderes son limitados. Y la reina tiene que seguir de cerca cada paso. En cuanto a mí —añadió con un suspiro—, solo desearía volver al campo. Han pasado casi dos semanas desde que desapareció la Lamentación, y no hemos sabido nada.

—Y han asesinado a dos hombres.

—Os imaginaréis que no lo olvido. Y tampoco he oído nada de ese hombre con media oreja cortada, que supuestamente trabaja para alguien de la corte. —Y de pronto, bajo todas sus galas, vi a un anciano desconcertado y temeroso—. Estamos metidos en un asunto muy turbio. Sin duda los dos asaltos al taller de Greening están relacionados. Pero la Lamentación no había sido robada cuando se produjo el primero. ¡Maldita sea! —exclamó con tono quejumbroso, golpeando con el bastón en los adoquines. Pero al momento se recompuso y se volvió hacia Barak—. ¿Actuará como vuestra mano derecha en este asunto? —me preguntó.

—No, milord. Lo siento, pero me temo que sus compromisos familiares…

Lord Parr emitió un gruñido impaciente.

—No es bueno que los hombres que trabajan para uno sean demasiado blandos. Entorpece los negocios. No obstante, estoy disponiendo que se envíe algo de dinero a la madre del aprendiz cuando se lleven su cadáver. Junto con el consejo de marcharse de Londres.

—Gracias, milord.

Otro gruñido.

—Me buscaría problemas con la reina si no ayudase a esa mujer. Y mi sobrina está más segura si se mantiene al margen. ¿Habéis traído el retal bordado que encontró vuestro muchacho?

—Está en mi bolsa.

—Bien. Os llevarán al bordador cuando hayáis visto a maese Barwic, carpintero y cerrajero. También podéis contarle al bordador la historia de la joya robada. Se llama Hal Gullym.

—¿Lleva mucho tiempo con la reina?

—No es un antiguo miembro de la Casa, como Barwic. Entró a trabajar en la corte hace tres años, cuando se organizó la Casa de la Reina. Como todo el mundo en el castillo de Baynard, forma parte de la domus providenciae, es un sirviente, un artesano. Y tiene motivos para mostrar lealtad y obediencia. Trabajar para la corte significa llegar a lo más alto de un oficio. Todos los gremialistas de Londres desean trabajar aquí —comentó con un tono que se me antojó condescendiente: un aristócrata hablando despectivamente de los hombres que trabajaban con las manos —. De manera que Hal Gullym estará más que dispuesto a colaborar. Y ahora… —Se sacó de la toga la llave de la reina, todavía con su cadenita de oro—. Tened mucho cuidado con ella —me conminó.

—Descuidad.

—El guardia de la barba rubia que veis en esa puerta sabe que venís a investigar el robo de una joya. Él os guiará y aguardará mientras examináis el cofre. Dadle después a él la llave para que me la devuelva. Es de confianza. Luego os llevará a ver a Barwic y después a Gullym. Si averiguáis algo de importancia, enviad mensaje a Whitehall. De no ser así, reuníos conmigo mañana a las diez de la mañana. —Se volvió hacia Barak—. Venid aquí, vuestro señor ya tiene instrucciones. —Y se alejó cojeando hacia el patio interior para reunirse con los miembros de su familia.

El interior del edificio al que nos llevó el guardia no se parecía en nada a Whitehall, a pesar de los finos tapices que adornaban las paredes. Aquella parte del castillo de Baynard era una empresa textil: bordadores y sastres trabajando sobre mesas en una sala bien iluminada. Por todas partes se veía el centelleo de la seda, y el aire estaba cargado de las deliciosas fragancias de las ropas. Me acordé de lo que me había dicho la reina: que las más suntuosas de aquellas vestimentas pasaban de reina a reina.

Barak meneó la cabeza ante todo aquello.

—¿Todas estas personas trabajan en la ropa de la Casa de la Reina?

—Cuenta con un personal de cientos de artesanos. Ropa, sábanas, decoraciones, todo tiene que ser de la máxima calidad y mantenerse en perfecto estado.

Hice una señal con la cabeza al guardia, que tras una reverencia nos llevó a una de las muchas puertas laterales. Recorrimos un pasillo hasta una estancia amplia donde se veían varias prensas de ropa que planchaban corpiños y faldas. El cofre de la reina estaba sobre una mesa: reconocí al instante la distintiva tela roja y dorada que cubría la tapa. Era de roble, con sólidos refuerzos de hierro en cada esquina. Barak caminó en torno a él, tocó la madera, observó la cerradura y luego abrió la tapa para ver el interior. Se trataba de una sencilla caja de madera, vacía excepto por los compartimentos en un lado para guardar pequeños objetos de valor.

—Es una pieza buena y fuerte. Haría falta un hacha para romperla. El cofre es antiguo, pero la cerradura es nueva. —Golpeó los lados y el fondo—. No tiene compartimentos secretos.

—Es una antigua reliquia familiar.

Barak se volvió hacia mí.

—¿De la reina?

—Sí. En primavera le hizo instalar una cerradura nueva, pues la otra estaba… vieja.

Se inclinó para examinar de cerca la cerradura, por dentro y por fuera.

—Es mejor que vea la llave —declaró—. Vi que lord Parr te la daba.

—No se te pasa nada por alto, ¿eh?

—En caso contrario no seguiría vivo.

Le tendí la llave. Hubiera preferido que no preguntase por la reina. Pero si solo requería su ayuda para examinar el cofre, sin duda estaría a salvo. Barak inspeccionó a conciencia los complicados dientes de la llave y a continuación la insertó en la cerradura y abrió y cerró el cofre dos veces, con gran cuidado. Por fin sacó de la bolsa un fino instrumento de metal, lo metió en la cerradura y lo torció a un lado y otro, inclinándose para oír los ruidos que producía. Al cabo se incorporó.

—No soy el mayor experto de Inglaterra, pero juraría que esta cerradura solo ha sido abierta con una llave. Si alguien hubiera intentado forzarla utilizando una herramienta como la mía, dudo que lo hubiera logrado, pues la cerradura es más fuerte de lo que parece, y habría dejado marcas, arañazos.

—La reina sostiene que llevaba esta llave siempre colgada al cuello. De manera que nadie habría tenido ocasión de hacer una impresión en cera para realizar una copia. Tiene que haber otra llave.

—Y la única persona que podría haberla hecho es el cerrajero, ¿no es así? —dijo Barak, enarcando las cejas.

—Eso parece.

Barak se frotó las manos, mostrando su antiguo entusiasmo por la caza de una presa.

—Bien, pues vamos a verlo. —Y sonrió al guardia, que nos miraba impasible.

El taller del carpintero se encontraba detrás de la sala, una estancia amplia y bien equipada que olía a resina y serrín. Un hombre bajo de fornida constitución y facciones regulares, solo visibles a medias a través de una abundante mata de pelo y barbas rojizas, serraba un tablón, mientras que su joven aprendiz —que al igual que su amo llevaba un mandil blanco con la insignia de la reina— alisaba otra tabla en una mesa adyacente. Ambos dejaron de trabajar para hacernos una reverencia cuando entramos. Al fondo del taller había una serie de herramientas de cerrajero sobre un banco.

—¿Maese Barwic? —pregunté.

—El mismo —contestó, mirando con lo que me pareció cierto resquemor mi toga de abogado, también con la insignia de la reina. Seguramente estaba informado del robo y sabría que podía estar bajo sospecha.

—Soy Matthew Shardlake, abogado. Estoy investigando, por orden de lord Parr, el robo de una joya perteneciente a la reina y a la que ella otorga un gran valor. —Me volví al aprendiz, un muchacho menudo y delgado, el total opuesto de Elias—. ¿Te ayuda este chico con las cerraduras?

—No, señor —contestó él, mirando con mala cara al aprendiz—. Ya tengo bastantes problemas enseñándole el oficio de carpintero.

—Puedes dejarnos —le indiqué al chico.

Barwic, con las manos en los bolsillos, frunció el entrecejo mientras el muchacho salía de la habitación.

—Ya me había enterado de la pérdida de la joya, señor. Creo que alguien debe de haber robado la llave.

—Imposible. La reina la llevaba en todo momento en torno al cuello. —Al cerrajero se le redondearon los ojos. Era un dato que ignoraba—. Ven, me gustaría que vieras el cofre.

—¿Está aquí?

—En una sala aquí al lado.

Llevamos a Barwic a la cámara, donde examinó con atención el cofre.

—Sí, yo mismo hice esta cerradura y la ajusté. En primavera. —Le di la llave y también la examinó—. Sí, es esta.

—¿Y no hiciste copias? —preguntó Barak.

Barwic arrugó la frente, obviamente molesto al verse interrogado por alguien más joven que él.

—No; por instrucciones de la reina —contestó—. Era algo inusual, pero esas fueron las órdenes. Trajeron el cofre a mi taller. La cerradura era tan vieja como el cofre, aunque todavía funcionaba. Hice la nueva cerradura y la llave, las probé, y yo mismo llevé el cofre y la llave a Whitehall, también según las instrucciones que había recibido. Entregué la llave a lord Parr en persona.

—Normalmente sí habríais hecho una copia de la llave, por si la original se perdía, ¿no es así?

—Sí, y habría enviado las dos llaves al chambelán. —Aquí el hombre perdió la calma y alzó la voz—. Hice lo que me ordenaron, señor, nada más.

—Tengo que interrogar a todos cuantos hayan tenido relación con este cofre — expliqué.

—Soy un artesano de rango superior —se irritó Barwic—. Fui presidente del Gremio de Carpinteros el año pasado, responsable de su participación en todas las procesiones y ceremonias, y de reclutar tropas para la guerra.

Asentí lentamente.

—Una honorable tarea. ¿Sabías lo que se guardaba en este cofre?

—Según me dijeron, joyas y objetos personales. Señor, si me estáis acusando…

—No te estoy acusando de nada, maese Barwic.

—Sí, bueno, es que no estoy acostumbrado a que me interroguen así —se disculpó, abriendo las manos—. Tal vez alguien pudo hacer una impresión de la llave de la reina. En ese caso podrían haber abierto la cerradura, si el duplicado se hizo con esmero. Tal vez la reina no la llevaba al cuello siempre. Yo soy un hombre de honesta reputación —añadió—. Preguntadle a todo el que me conoce. Un sencillo carpintero en su taller.

—Igual que Nuestro Señor —apostilló Barak, con cara muy seria.

Barak me acompañó de vuelta al Patio de Armas, mientras el guardia que nos habían asignado nos seguía unos pasos más atrás.

—¡Por Cristo bendito! —exclamó mi amigo—. Todo esto para vestir a unas cuantas mujeres.

—Más de unas cuantas, creo. Las damas reciben las telas, pero pagan ellas mismas el trabajo.

Barak se balanceó sobre los talones.

—El carpintero parecía preocupado.

—Sí. Y fue presidente de su gremio el año pasado. Es un puesto muy caro, como él mismo ha dicho.

—Le pagarían bien en ese puesto.

—Aun así, supondría un gasto enorme. Y con la depreciación de la moneda y la cantidad de impuestos para la guerra que habrá que pagar este año, todo el mundo debe ser precavido. El hombre podría haber estado necesitado de dinero —reflexioné —. ¿Es posible que hiciera una segunda llave para otra persona? No sabía que la reina la llevaba constantemente al cuello. Creo que vamos a dejarle sudar un poco.

—Es muy peligroso robar a la reina. Si lo atrapan, lo colgarán.

—Los dos sabemos lo que la gente es capaz de arriesgar por dinero. Sobre todo los que han logrado cierta posición y desean mantenerla.

Barak me miró de soslayo.

—Has dicho que le dejaremos sudar un poco. ¿Nosotros?

—Lo he dicho sin pensar, lo lamento. Ya te dije que solo requería tu ayuda para el cofre y la cerradura.

Barak miró en torno al Patio de Armas, donde en ese momento estaban descargando otra carreta.

—Por Cristo bendito —repitió—, todo esto para poner finas ropas en las espaldas de grandes damas. Menos mal que no hemos traído a Tamasin, porque no habría quien la sacara de aquí.

—Recuerda que no sabe que has venido. Y que no le gustaría enterarse.

—No lo olvidaré. ¿Para qué querías ver al bordador?

Suspiré. Barak estaba interesado y no soltaría la presa.

—Solo estoy siguiendo el rastro de un jirón de manga de buena seda que encontró Nicholas y podría estar relacionado con el caso. El bordador podría ayudarme, tal vez sugerir quién podría ser su artesano.

—Si te da un nombre, podrías necesitar a alguien para hacerle una visita.

—Creo que sería una tarea para Nicholas. Al fin y al cabo, fue él quien encontró el retal.

Barak pareció decepcionado, pero asintió con la cabeza.

—Tienes razón. Es tarea para un joven.

—Y ahora tengo una cita con el bordador.

Él se toqueteó la barba, reticente a marcharse, pero yo enarqué las cejas.

—Está bien —cedió, encogiéndose de hombros. Y se alejó con paso ligero hacia la puerta.

Hice un gesto al guardia, que me llevó de vuelta al vestíbulo y llamó a otra puerta lateral. Dentro trabajaba un hombre ante una mesa cerca de la ventana para recibir la mejor luz. Estaba bordando flores en una tela, tan diminutas que necesitaba la ayuda de una enorme lupa montada en un soporte. Me sorprendí al ver que se trataba de un individuo grandullón de barba negra, aunque sus dedos eran largos y delicados. Se levantó cuando entré, dando un pequeño respingo de dolor. Para un hombre de su altura, pasar la vida continuamente encorvado era garantía de dolor de espalda.

—¿Maese Gullym, el bordador de la reina? —pregunté.

—Soy yo —contestó con acento de Gales.

—Soy Matthew Shardlake. Estoy investigando el robo de una joya de la reina.

—He oído algo sobre un anillo desaparecido.

Parecía curioso, pero, a diferencia de Gullym, nada preocupado. Aunque, naturalmente, él estaba libre de toda sospecha. Dejé sobre su mesa el retal de seda.

—Pensamos que esto podría pertenecer al ladrón. ¿Hay alguna manera de identificar a su artífice?

Gullym cogió la tela y arrugó el rostro, porque a esas alturas estaba un poco sucia.

—Parece diseño inglés. Muy fino y caro. Lo hizo alguien perteneciente al Gremio de Bordadores, eso puedo asegurarlo. —Sacó con cuidado de debajo de la lupa la delicada seda en que estaba trabajando para poner el retal de manga—. Sí, desde luego, muy buen trabajo.

—Si el artífice de esta pieza pudiera decirme quién se la encargó, sería de gran ayuda. Y ganaría el favor de la reina —añadí.

Gullym asintió.

—Os puedo escribir una lista de nombres. Tal vez una docena de bordadores de Londres podrían haber hecho esto. Y fue realizado recientemente, yo diría, pues ese diseño de pequeñas enredaderas solo se ha hecho popular este año.

—Gracias.

Se acercó con paso lento a una mesa, de nuevo haciendo un gesto de dolor al moverse. Tomó papel y pluma y escribió una lista de nombres y direcciones que luego me tendió.

—Creo que son todas las personas que podrían ayudaros —dijo con una sonrisa complaciente—. Pertenezco al gremio desde que llegué a Londres, hace treinta años, y conozco a todo el mundo.

Eché un vistazo a lo que había anotado. Alguien tendría que visitar todos esos talleres.

—Gracias, maese Gullym. A propósito, veo que tienes problemas de espalda.

—Gajes del oficio, señor.

—Yo también los tengo, como puedes imaginar.

El hombre asintió con tacto.

—Hay un médico que me ha ayudado mucho. Tiene la consulta en Bucklersbury. El doctor Guy Malton.

—He estado pensando en ver a alguien. Por las tardes se me pone muy mal.

—Te puedo recomendar al doctor Malton. Dile que vas de mi parte.