Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 34 de 58

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Herejía

Capítulo 32

32

 

Solo me quedé un rato más. A la lluvia, que seguía cayendo incesante, se le añadieron los truenos. La marcha de Guy había sido advertida. Lo excusé ante Tamasin alegando que no se encontraba bien, y yo mismo me marché poco después. La tormenta había amainado, y en el trayecto a mi casa el aire olía a humedad y traía una extraña frescura, aunque un desagradable lodo de inmundicias y aguas fecales chapaleaba bajo mis pies.

Cuando llegué a casa, oí un llanto de mujer en la cocina. Edward Brown, el pretendiente de Josephine, estaba en el vestíbulo, retorciendo la gorra entre las manos con aire avergonzado.

—¿Qué está pasando aquí? —le espeté. Lo tenía por un joven decente. Si le había hecho algo a Josephine…

—Es la señora Brocket, señor —se apresuró a contestar—. Cuando Josephine y yo volvimos a casa nos la encontramos muy disgustada. Perdonadme por esperar en vuestro vestíbulo, señor, pero Josephine me ha echado de la cocina.

—Está bien.

Fui a reunirme con las mujeres. Josephine se encontraba sentada a la mesa junto a Agnes, que se había quitado la cofia y se sujetaba la cabeza entre las manos. Alzó la vista al oírme entrar y unas guedejas de pelo castaño cayeron sobre su rostro.

—¿Qué sucede? —quise saber.

—La señora Brocket ha recibido malas noticias de su familia, señor —me contestó Josephine—. Me la encontré llorando cuando volví a casa con Edward. Se pondrá bien, yo la cuidaré.

—Perdonadme —se disculpó la señora Brocket—, soy una tonta…

—¿Dónde está Martin?

—Ha ido a la ciudad, señor. —Agnes hizo un esfuerzo por recuperar la compostura. Sacó un pañuelo y se enjugó los ojos—. No estaba satisfecho con el pan que ha traído maese Dove y ha ido a quejarse. Por favor, no le digáis que me habéis visto así, señor Shardlake.

—Me gustaría saber qué es lo que pasa, Agnes.

Ella respiró hondo y se volvió hacia Josephine, que parecía insegura. Por fin me contestó con voz queda:

—Se trata de nuestro hijo, señor. John tiene graves problemas. Un negocio le salió mal y ahora se encuentra en la prisión de deudores de Leicester.

—Lamento oír eso.

Ella meneó la cabeza.

—Era un muchacho tan guapo, tan encantador… Tenía grandes planes para progresar en este mundo.

—Eso no tiene nada de malo —le aseguré, sentándome frente a ella.

Por primera vez desde que la conocía, Agnes frunció el ceño.

—Martin no opina igual. Cree que todo el mundo debería mantenerse en su lugar dentro del orden social. Siempre ha sido muy severo con John; yo creo que por eso el muchacho se marchó tan pronto de casa. —La mujer alzó la cabeza bruscamente—. Pero no quiero hablar mal de mi esposo, señor. A pesar de su severidad, siempre ha querido mucho a nuestro hijo.

—¿Cómo es que ha acabado en prisión, Agnes? Tal vez, como abogado, pueda ayudarte.

—Es demasiado tarde para eso, señor —repuso ella con tristeza—. John se las arregló para convencer a unos inversores de Leicester de que le prestaran dinero para comprar unas tierras que pertenecían a los antiguos monasterios. Pensaba mantenerlas hasta que subieran los precios.

—¿Le prestaron dinero sin avales? —me sorprendí.

Agnes esbozó una sonrisa amarga.

—John tiene un encanto con el que es capaz de convencer a cualquiera, cuando quiere. —Entonces se puso seria—. Pero el precio de las tierras siguió bajando, lo denunciaron por deudor y durante el último año ha estado preso en la cárcel de Leicester, donde permanecerá hasta que se pague la deuda. Martin y yo le enviamos dinero, pues en ese espantoso lugar si no puedes costearte la ropa y la comida, te dejan morir de hambre. Y él intenta ir pagando poco a poco lo que debe. Pero son veinte libras. Y ahora John nos escribe diciendo que lo que envía no cubre ni los intereses, y que sus acreedores dicen que ahora debe más que nunca. Me temo — añadió con un gesto de fatalidad— que morirá en prisión. El invierno pasado sufrió una congestión pulmonar, y otro invierno allí… —Se interrumpió un momento—. Por favor, no le digáis a mi esposo que he hablado con vos, señor. Es una vergüenza, y Martin es muy orgulloso y no le gusta que nadie sepa de nuestros problemas…

Alcé una mano.

—Si así lo quieres, Agnes, no diré nada. Pero tal vez pueda hacer algo…

—No, señor, por favor. Ya hemos consultado con un abogado y nos ha dicho que no hay nada que hacer. No se lo digáis a Martin —insistió angustiada—. Se disgustaría mucho.

—Muy bien. Pero piensa lo que te he dicho. Si puedo, estoy dispuesto a ayudaros.

—Gracias, señor. —Pero por su tono advertí que no le diría nada a su esposo.

Al día siguiente quise acudir temprano al bufete, pues el trabajo se iba acumulando. El tiempo era de nuevo cálido y soleado. Martin me atendió como siempre por la mañana, sin que se le notara en el semblante nada fuera de lo habitual, y supuse que Agnes no le había mencionado siquiera nuestra conversación.

Cuando me marchaba, Josephine solicitó hablar conmigo y la llevé al salón.

—Agnes me ha pedido que os dé las gracias por vuestra amabilidad ayer. Ha querido que hable yo por ella porque se siente… bueno, avergonzada.

—La vergüenza no es suya.

—Ella piensa que sí. Y Martin se enfadaría mucho si alguien se enterase. Se sentiría herido en su orgullo —añadió, con una nota de desdén.

—Ahora he caído en la cuenta de que los Brocket apenas salen, excepto a pasear.

—Y Agnes nunca compra ropa.

—Deben de enviarle todo el dinero a su hijo. Josephine, esto me ha hecho recordar la vez que descubriste a Martin registrando mi escritorio. Me pregunto si, en un momento de desesperación, no habrá considerado recurrir al robo.

—Eso mismo me pregunté yo ayer, señor.

—Sería una explicación. Pero no he echado nada de menos, y tú no crees que haya vuelto a hacer algo así, ¿no?

—No, señor, no lo creo. Lo he estado vigilando. —Y añadió con una sonrisita—: Creo que él lo sabe, y por eso me tiene ojeriza.

—Bueno, si fue un momento de enajenación, aquí no ha pasado nada. Pero no debe volver a suceder. Sigue manteniendo los ojos abiertos, ¿quieres? Yo tengo ahora mismo otras cosas en la cabeza, pero cuando disponga de tiempo, tendré que decidir qué es mejor hacer con respecto a él.

Josephine sonrió, complacida con esa nueva responsabilidad.

—Podéis confiar en mí, señor.

En el bufete me encontré a todo el mundo trabajando: Barak y Skelly en sus escritorios y Nicholas archivando papeles, que buena falta hacía. Aparte de las miradas de desaprobación que Skelly dirigía al rostro tumefacto del muchacho, fue un día normal que pasé trabajando con mis ayudantes en los casos pendientes para el nuevo trimestre judicial, que comenzaba en septiembre.

No obstante, la quietud no duró mucho. A mediodía Barak entró muy serio en mi despacho y cerró la puerta.

—Se ha presentado Stice.

Dejé la pluma.

—¿Aquí?

—Sí. Dice que tiene noticias. ¿Lo hago pasar?

—Sí. Que venga Nicholas también.

Stice entró con paso seguro. Iba bien vestido, como siempre, y llevaba la espada al cinto, todo un joven caballero. No lo invité a sentarse, y él nos contempló a los tres con su sonrisa cínica.

—Todos juntos otra vez, ¿eh? Tienes ahí un par de buenos moratones —le dijo a Nicholas.

—Ya se están yendo. En unos días mi cara tendrá un aspecto normal, cosa que no puede decirse de la tuya.

Stice se echó a reír, llevándose la mano a la oreja.

—Bueno, vengo a mantener mi parte del trato —declaró mirándome—. Hay noticias de la Casa de Aduanas. Creo que ciertos pájaros pueden estar a punto de caer en nuestra trampa.

—¿Los hombres desaparecidos? —No pude disimular la ansiedad en mi voz.

—Cuatro de ellos, por lo menos.

Intercambié una mirada con Barak. Solo eran cuatro los supervivientes del grupo de Greening, pero Stice no lo sabía.

—Ayer llegó un barco de Amberes con una carga de sedas para las celebraciones de paz, con tripulación holandesa. Ahora están cargando una remesa de lana que se llevarán mañana. Pasarán la noche amarrados en el muelle de Somers Key. Mientras tanto, mi agente en la Casa de Aduanas me ha informado de que esta mañana se presentaron allí cuatro hombres que alegaron tener negocios en Amberes y obtuvieron pasajes para ese barco: un holandés, un escocés y dos ingleses que respondían a las descripciones de Vandersteyn, McKendrick, Curdy y Leeman. — Stice hablaba con el rostro encendido por la excitación—. Aunque dieron falsos nombres, por supuesto. No ha habido señales de Myldmore ni del aprendiz. A los otros cuatro les han dicho que pueden embarcar a las diez esta noche. —Y añadió sonriendo—: De manera que hemos dado con la presa antes que vuestro asociado Cecil.

—Esto no es una competición —repuse con calma—. Si la llegada de esos cuatro ha quedado registrada en la Casa de Aduanas, no me cabe duda de que la noticia llegará hasta nuestra gente hoy mismo.

—¿No es esa una hora poco habitual para embarcar, las diez de la noche? — observó Nicholas.

Stice se veía muy satisfecho de sí mismo.

—Dejé instrucciones a mi hombre en Aduanas para que dijera que no se terminarían de registrar los papeles hasta las diez. Entonces habrá caído ya la noche y será más fácil atraparlos. Todo lo que tenemos que hacer es aguardar en el muelle de Somers Key esta noche. Estará tranquilo, pues el trabajo del día habrá terminado. Con algo de suerte, los capturaremos a todos. Y es de esperar que el escrito de Anne Askew esté en su equipaje, o más probablemente que uno de ellos lo lleve encima.

Y la Lamentación también, pensé, con el corazón acelerado.

—¿Por qué nos lo cuentas? —le preguntó Barak—. Podríais haberlos capturado vosotros solos.

—Porque sir Richard es hombre de palabra, amigo —sonrió Stice, antes de encogerse de hombros—. Y como habéis dicho, vuestra gente probablemente se habría enterado de ello hoy mismo, en cualquier caso. Además, si los prendemos en el muelle podría haber problemas. Les he dicho a los hombres de Aduanas que no se metan, que son asuntos privados de sir Richard, pero la tripulación del barco holandés tal vez no vea con buenos ojos que capturemos a sus pasajeros, sobre todo si son herejes.

—La tripulación estará emborrachándose en la ciudad —dijo Barak.

—Dejarán a bordo al menos un par de hombres —repuso Stice—. Para mantener la vigilancia y ayudar a que los pasajeros embarquen. Y esos cuatro también podrían contar con su propia protección, por supuesto.

Me mostré de acuerdo.

—Sí, todavía queda la cuestión de los dos hombres que asesinaron al impresor.

—Si estalla una riña en el muelle, ¿no atraerá a más gente? —preguntó Nicholas.

—Podría ser —convino Barak—. Pero si salen a relucir las espadas y hay un buen número de hombres metidos en la refriega, es poco probable que alguien más intervenga.

—Pienso lo mismo —dijo Stice—. Yo puedo traer a otros dos hombres esta noche, además de Gower. ¿Podéis venir los tres?

Nicholas y Barak asintieron, Nicholas mirando a Stice a los ojos.

—Y yo enviaré una nota a Cecil —dije—, a ver si puede enviar a alguien también.

Stice se quedó pensativo un momento, tal vez calculando que si Cecil traía más hombres y surgía algún problema entre nosotros, su propio grupo quedaría en minoría. Al cabo volvió a sonreír.

—Llevad ropas oscuras. Creo que nos espera una velada movidita.

—Tengo instrucciones de capturar a esos hombres con vida —declaré. Se me acababa de ocurrir que tal vez Rich querría eliminar a cualquier persona que supiera de los escritos de Anne Askew.

—Por descontado. Sir Richard y vuestro amigo Cecil querrán sin duda interrogarlos a todos. A menos que decidan hacerse los héroes y defenderse. Recordad que son fanáticos —sentenció Stice muy serio—. A las nueve, pues, en el muelle de Somers Key. Ya he estado allí y le he pagado al encargado del muelle para que haya una gran pila de barriles vacíos frente al barco holandés. Aguardaremos ocultos tras ellos, para tomarlos por sorpresa. Nos encontraremos antes en Needlepin Lane, a las ocho, llegaremos al muelle a las nueve y nos esconderemos. La noche será oscura, pues no habrá luna. Cuando aparezcan, no sabrán lo que les ha caído encima.

—Lo has organizado todo muy bien —admití de mala gana.

Stice me dedicó una exagerada reverencia y volvió a mirarnos a los tres. Barak le sostuvo la mirada con rostro pétreo, Nicholas con ceño.

—Vamos, muchachos —les dijo Stice burlón—. Sin rencores, como ya le dije al señor Shardlake. Supiste defenderte bien, para ser un rapaz recién llegado del campo.

—En una lucha justa, señor Stice, uno contra uno, podría hacerlo incluso mejor.

—Quién sabe. Pero ahora estamos en el mismo bando.

—De momento —replicó Nicholas.

Esa tarde, Barak y yo nos reunimos con Nicholas en sus alojamientos y fuimos al centro de la ciudad. Era una tarde muy hermosa. El sol se ponía despacio y las nubes blancas destacaban en un cielo azul oscuro. Una brisa fresca soplaba del oeste. Me fijé en mis compañeros: Barak se mantenía alerta y avizor, Nicholas mostraba una fría determinación.

—Esta noche nada de bravuconerías —le susurré—. No dejes que Stice te provoque y no corras ningún riesgo innecesario.

—No os decepcionaré, señor. —Y tras una pausa, añadió—: Ya sé lo peligroso que es esto. Y que debemos vigilar a nuestros aliados tanto como a nuestros enemigos.

—Si es que son enemigos. Ni siquiera estamos seguros de que tengan la Lamentación. Pero debemos averiguarlo.

—Esta noche lo sabremos.

Asentí. Contar con la compañía de Barak y Nicholas me alegraba más de lo que podía expresar. No me habría gustado encontrarme a solas entre un grupo de fanáticos religiosos y un puñado de hombres de Rich. Cecil me había contestado diciendo que se reuniría con nosotros en casa de Stice, con dos hombres fuertes de la casa de lord Parr. Imaginé que Cecil sería tan inútil en una refriega como yo mismo, de manera que el grupo de Stice y el nuestro contaría con cuatro grandullones cada uno.

Entramos en Needlepin Lane, pasamos de largo la taberna donde de nuevo los parroquianos se agrupaban en la puerta, y llamamos a la casa de Stice. Nos abrió él mismo. Gower estaba sentado a la mesa, junto con otros dos hombres, unos jóvenes fornidos armados con espadas. Como Barak habría dicho, parecían útiles.

Stice se mostraba alegre y animado. Nos presentó a sus dos últimas adquisiciones con una burlona reverencia:

—Aquí el serjeant Shardlake, que representa a cierto personaje a quien también interesa que los garabatos de la señora Askew sean destruidos. Y sus hombres, Barak y el señor Overton. Este y Gower tuvieron un enfrentamiento hace unos días, como podéis ver por la cara que nos trae aquí el joven Overton.

Nicholas se lo quedó mirando fríamente.

—Vuestras burlas me aburren, señor. No es momento de tonterías.

—Estoy de acuerdo —tercié.

Stice se encogió de hombros.

—Era solo una broma.

Llamaron a la puerta, y Stice dejó pasar a William Cecil, seguido de dos hombretones, algo mayores que los que había traído Stice. Como todos, vestían con ropas oscuras. Cecil respiró hondo, mirando a los congregados con la fría expresión que podía haber dedicado a una asamblea de colegas abogados. Stice le sonrió.

—¡El joven señor Cecil! Hace tiempo ya me indicaron que erais un hombre prometedor al servicio de cierta persona.

La réplica de Cecil fue fría y clara:

—Supongo que eres Stice, el hombre de sir Richard. Ya me dijeron que tu aspecto era… inconfundible.

Stice frunció el ceño pero asintió con la cabeza.

—¿Vamos a ir todos al muelle de Somers Key? —preguntó Cecil.

—Sí. —Stice miró por la ventana—. Ya está bastante oscuro. Llegaremos a las nueve y aguardaremos ocultos detrás de unos barriles. Cuando salgan, nos abalanzamos sobre ellos y los traemos aquí, junto con su equipaje, aunque lo más probable es que los escritos que buscamos los lleven encima. Tengo otro hombre esperando cerca del muelle con un caballo y una carreta grande cubierta con una lona. La utilizaremos para traerlos discretamente, atados y amordazados. Los noquearemos si es menester.

—Tendremos que actuar deprisa y todos juntos —advirtió Barak.

—Así es. Y si algún vigilante nos pregunta qué estamos haciendo, tengo el sello de sir Richard. —Stice miró a Cecil—. Pero si los hombres se resisten y alguien muere, no será nuestra culpa. Y si llegan también los asesinos de Greening y resultan muertos, estaréis de acuerdo en que eso no supone ninguna pérdida.

—Estoy de acuerdo —respondió gélido Cecil. Luego señaló la chimenea vacía—. Y cualquier escrito que encontremos, lo quemamos ahí de inmediato, ¿estamos también de acuerdo?

Stice vaciló, pero Cecil prosiguió sin inmutarse:

—Creo que tu señor preferirá que nadie pueda echar un vistazo a lo que encontremos. Por si lo incrimina. —Y miró a Stice a los ojos.

Yo no pude sino admirar su buen criterio. Rich no querría que ni siquiera sus propios hombres supieran que él y Wriothesley habían torturado a Anne Askew. Sin duda a Rich le habría gustado encontrar entre sus escritos algo que perjudicara a la reina, pero tal como me había dicho, eso no era ahora su prioridad. Cecil esperaba sin duda que pudiéramos quemar rápidamente todos los escritos que encontrásemos, incluida la Lamentación si al final resultaba estar en poder de los supervivientes del grupo de Greening. Y puesto que Greening había arrancado la primera página del manuscrito cuando lo atacaron, yo confiaba en que si dábamos con él, no constara en ninguna parte quién era su autora.

—¿Preparados? —preguntó Barak.

—Sí —contestó Stice.

—Pues vamos.