Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 53 de 58

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Herejía

Capítulo 51

51

 

 

Avanzamos por la calle detrás de los establos, Nicholas y yo maniatados sobre uno de los caballos, con Nicholas delante. Aunque era noche de luna, en el estrecho callejón entre las cercas de los jardines apenas se veía nada. Giramos por una calle que corría por detrás de otra hilera de viviendas. A medio camino había un solar cuadrado donde no habían erigido ningún edificio. Como Cardmaker había dicho, era un vertedero de basura; pude distinguir una cama vieja, varios taburetes rotos, desechos de todo tipo y un montón de hierba cortada de los jardines que se había descompuesto para formar una blanda materia verde. Irradiaba un hedor espantoso.

Allí nos detuvimos. Los hombres de Stice desmontaron, cogieron a Barak y lo arrojaron de cabeza a la hierba podrida. Yo apenas rezaba ya, pues incluso si Dios existía sin duda estaba sordo, pero en aquel momento recé de todo corazón para que mi amigo viviera.

Volvimos a la calle principal. Me costaba incluso mantener el equilibrio. Me dolía el codazo que había recibido en la cara. Los compinches de Stice caminaban uno a cada lado de nuestro caballo. Stice, tirando de la montura que llevaba a Barak, encabezaba la marcha, todavía enjugándose la cara con el pañuelo. Salimos a Smithfield y pasamos por la puerta del hospital. Me pregunté si Guy estaría trabajando dentro.

Nos detuvo un alguacil en Newgate. Al alzar el candil y ver nuestras manos atadas y el rostro ensangrentado de Stice, le preguntó bruscamente qué era todo aquello. Pero Stice sacó un sello que le plantó en las narices:

—Asunto oficial —le espetó—. Dos traidores que llevamos a Whitehall para ser interrogados. Como verás por mi rostro, se han resistido.

Los alguaciles de Londres conocían los sellos de todos los grandes hombres, pues formaba parte de su oficio. El hombre no solo se retiró, sino que lo hizo con una reverencia.

Recorrimos las calles desiertas, dejando atrás Charing Cross en dirección a Whitehall. Yo no sabía por qué nos llevaban allí y no a Hampton Court. Sin duda, aparte de los guardias, solo quedarían unos cuantos sirvientes para mantener el palacio. Pero aquellas consideraciones apenas importaban en comparación con lo que le había sucedido a Barak. Yo iba atado sobre el caballo, con la cara magullada y un dolor insoportable en la espalda. Me asaltó una oleada de agotamiento y dejé caer la cabeza contra la espalda de Nicholas. El muchacho aguantó el peso, diciéndome sobre su hombro:

—No os durmáis, señor, si no queréis caer del caballo.

—Necesito descansar un momento así. —Y entonces añadí—: Lo siento, lo siento.

Nicholas no contestó. Fuera lo que fuese lo que nos aguardaba, debía intentar salvarlo a él al menos.

Tal como esperaba, el Palacio de Whitehall estaba oscuro y desierto, solo se veían unas pocas luces tenues en el interior. Pero era evidente que el guardia de la puerta esperaba a Stice, porque se adelantó en cuanto nos vio. Stice se inclinó para hablar con él. Murmuraron unas palabras y luego el guardia dijo:

—Os espera en la Cámara del Consejo Privado. Llegó de las celebraciones de Hampton Court hace media hora.

Otros dos guardias salieron. Stice desmontó y escribió una breve nota con la que el primer guardia corrió al palacio. Sin duda sería para informar a su amo de que no volvía con Brocket, sino conmigo.

Los otros dos guardias nos acompañaron por el Patio de Armas, en cuyos adoquines resonaban los cascos de los caballos. Por fin llegamos ante las anchas puertas de la Cámara de la Guardia del Rey. Stice desmontó y cortó nuestras ligaduras. Nicholas me ayudó a bajar del caballo. Me quedé temblando junto a los escalones, mientras Stice, con el pañuelo ensangrentado todavía pegado al rostro, se volvió hacia Daniels y Cardmaker.

—Gracias por vuestro trabajo estos dos últimos meses. Vuestro dinero está en la puerta fortificada, pero buscaos en otra ciudad tabernas y burdeles donde gastarlo. Abandonad Londres una temporada. Pero seguid en contacto, por si se os vuelve a necesitar.

Los dos matones hicieron una reverencia y se volvieron sin mirarnos siquiera. Yo los miré: los asesinos de Greening y Elias y los otros. Mercenarios que se dirigían alegremente a cobrar su recompensa. Luego me volví hacia Stice, que me miraba ceñudo.

—Aquí os dejo, señor Shardlake. Necesito que me atiendan el rasguño que me habéis dejado en la cara. Dudo que salgáis vivo de aquí, lo cual es un consuelo. Pero si lo hacéis, andaos con ojo, porque no estaré lejos. —Y siguió a sus compinches hacia la caseta de los guardias.

Nicholas y yo nos quedamos con los otros dos. Uno inclinó su alabarda hacia la puerta de la Cámara de la Guardia.

—¡Adentro! —espetó.

Miré a Nicholas, que tragó saliva. Y ambos comenzamos a subir por los escalones, con un guardia delante y otro detrás.

La magnífica escalinata que llevaba a la Cámara de la Guardia del Rey estaba tranquila y apenas iluminada. Solo dos hombres se apostaban en la parte superior. Las antorchas en sus nichos iluminaban los huecos en la pared donde las pinturas se habían descolgado para ser trasladadas a Hampton Court. Un guardia dijo que tenían que llevarnos a la Cámara del Consejo Privado, donde yo ya había pasado un mal trago la semana anterior.

—Todavía no está listo. Pueden esperar en la Cámara Privada, que está vacía puesto que el rey ahora mismo no reside aquí.

Nos llevaron a través de una serie de estancias en penumbra hasta una gran cámara. Las paredes también estaban casi desnudas; casi todo se lo habían llevado a la Cámara Privada de Hampton Court. Nos ordenaron aguardar allí, vigilados por un guardia. La pared opuesta estaba cubierta del techo al suelo por un magnífico mural que no habían podido llevarse, pues estaba pintado directamente en el yeso, como el retrato de la familia Cotterstoke. Yo ya había oído hablar del gran mural de Holbein, y ahora, bajo la oscilante luz de las velas, pude contemplarlo. El otro gran mural que había visto en Whitehall mostraba al rey con su familia, pero este era una suntuosa exhibición del poder dinástico. La pieza central era un monumento cuadrado de piedra, cubierto de palabras en latín que no pude distinguir desde mi posición. El viejo rey, Enrique VII, se alzaba sobre un pedestal, con un delgado brazo apoyado sobre el monumento, su afilado rostro de zorro mirando al frente. Al otro lado había una mujer rolliza con los brazos cruzados, sin duda la madre del rey. Un escalón más abajo se veía a la reina Juana Seymour. Volví a ser consciente de cómo se parecía el príncipe Eduardo a su madre. Pero era el rey actual, debajo de su padre en el mural, el que dominaba la escena, tal como era tal vez hacía diez o doce años: ancho de hombros, robusto pero no gordo, con la mano en la cadera y sus piernas de toro firmemente plantadas en el suelo, con una exagerada bragueta sobresaliendo de las faldas de su jubón.

La imagen del rey había sido reproducida muchas veces y colgaba en incontables edificios oficiales y salones privados, pero el original emanaba una vida y un poder que ningún copista podría imitar. Eran sus duros y encendidos ojillos azules los que dominaban toda la pintura, con un fondo de oscuros colores. Tal vez ese era el propósito del mural: hacer que los que aguardaban para ver al rey sintieran que ya los estaba observando y juzgando.

Nicholas se había quedado mirando la pintura boquiabierto.

—Es como si estuvieran vivos —murmuró al fin.

Otro guardia entró en la cámara, le dijo algo al primero y nos sacaron de allí bruscamente, cogiéndonos por el brazo, para atravesar una segunda y luego una tercera estancia antes de que llegáramos a un corredor que sí reconocí: la Cámara del Consejo Privado. El guardia apostado a la puerta advirtió:

—El chico no. Dice que lo llevéis a alguna parte hasta que sepa si debe ser interrogado.

—Vamos, tú. —El primer guardia tiró del brazo de Nicholas para llevárselo de allí.

—¡Valor, señor Shardlake! —me gritó el muchacho.

Entonces el otro guardia llamó a la puerta y oímos una voz brusca que reconocí:

—¡Adelante!

El guardia me hizo entrar y cerró la puerta a mis espaldas. Solo había un hombre en la enorme estancia, sentado en una silla en el centro de una mesa, con un candelabro a su lado. Me miró con unos ojos duros en un rostro pétreo de bifurcada barba. El secretario Paget.

—Señor Shardlake —suspiró cansado—. Cuánto trabajo y esfuerzos me habéis obligado a realizar —dijo meneando la cabeza—. Cuando hay tantas otras cosas que hacer.

Me lo quedé mirando.

—De manera que vos estabais detrás de todo esto. —La voz me sonaba densa y apagada. La cara se me estaba hinchando por el golpe recibido.

Él no mudó la expresión.

—¿Detrás de qué?

Temerario, sin atisbo ya de deferencia alguna, respondí:

—Del asesinato de los anabaptistas, del robo del… del manuscrito, de haberme espiado durante el último año, todavía no sé por qué. Ni me importa. —Tragué saliva y se me rompió la voz al volver a ver en mi mente a Barak arrojado a aquel montón de basura.

Paget seguía mirándome. Tenía el don de permanecer inmóvil y concentrado, como un felino contemplando a su presa.

—¿Asesinato? —dijo con tono admonitorio, acusador—. Esos hombres eran herejes, y traidores, que me habrían asesinado a mí, o al rey, o incluso a vos, puestos a ello, en pro de sus perversas ideas. Tuvieron muertes más benévolas de las que merecían. Deberían haber ardido en la hoguera. Pero eran estúpidos. Cuando mis espías entre los radicales me advirtieron de que había un nido de anabaptistas en Londres, mi hombre, Curdy, se infiltró entre ellos sin dificultades. Ese sí que era un buen sirviente, y fue asesinado —apostilló Paget, arrugando el entrecejo.

—Murió en una pelea.

—Sí, a manos de uno de los hombres de Richard Rich —replicó, haciendo un desdeñoso gesto con la mano—. Rich andaba detrás de lo que Anne Askew escribió antes de morir en la hoguera. Eso ya lo sé. Creo que ahora ese manuscrito lo tiene John Bale. —Y de pronto se echó a reír, mostrando unos dientes sorprendentemente blancos entre la castaña aspereza de su barba—. Todavía podría llegar a perjudicar a sir Richard.

—Vos sobornasteis al hombre de Rich.

Paget se movió un poco, buscando una postura más cómoda en la silla.

—No pierdo de vista a los que trabajan para los grandes hombres del reino, y a veces encuentro entre ellos individuos de tal ambición que pueden ser persuadidos de que trabajen para mí y obtengan dos salarios. Aunque organizar una vigilancia sobre vos, Shardlake, ha sido un engorro, un desperdicio de los talentos de Stice. Y no había nada que descubrir. Hasta… —Se inclinó ceñudo— hasta el mes pasado. —Su voz se tornó amenazadora. Hizo una pausa y habló despacio—: Hace un momento habéis mencionado un manuscrito.

No dije nada. No debería haberlo mencionado. Tenía que mantener el dominio de mí mismo. Esperé a que Paget me siguiera interrogando, pero él se limitó a sonreír con ironía.

—La Lamentación de una pecadora —dijo por fin—, escrito por su majestad, la reina Catalina.

Me quedé boquiabierto.

—Sí, señor Shardlake —prosiguió—, fui yo el que dispuse que le arrebataran ese manuscrito al impresor hereje, Greening, en cuanto Curdy me contó que ese maldito guardia se lo había llevado a su grupo.

Cerré los ojos un momento. Al cabo, viendo que no tenía nada que perder, hablé:

—Sin duda os lo llevasteis para favorecer vuestros propios intereses en la lucha de poder. ¿Habéis mantenido la Lamentación en reserva, esperando a ver, igual que Rich, hacia dónde soplaba el viento, si la reina caía y la misión de Bertano concluía con éxito? Tened cuidado, señor secretario, de que el rey no averigüe que se lo habéis estado ocultando.

—Cuidad vuestras palabras, señor abogado —espetó Paget, pues lo cierto es que yo había hablado con toda temeridad, peligrosamente—. Recordad quién soy y dónde os encontráis. —Lo miré, respirando pesadamente. Él ladeó la cabeza—. Estáis en lo cierto en una cosa: el rey tuvo la gentileza de recibir a un emisario del obispo de Roma, pero parece ser que como condición para la paz, su santidad, como le gusta hacerse llamar, exige que el rey renuncie a ser Cabeza de la Iglesia de Inglaterra, un puesto que le ha asignado el propio Dios. Bertano sigue aquí, pero creo que ya es hora de que vuelva con su amo. ¿Cómo os llegó noticia de su presencia? —me preguntó sin más.

—Alguien oyó a los anabaptistas. Sois un canalla. Habéis desatado una brutal ola de asesinatos entre la gente del pueblo para servir a vuestra propia ambición.

—Mi propia ambición, ¿eh? —repitió él fríamente.

—Sí.

Y entonces, para mi sorpresa, Paget se puso en pie con una risita sombría.

—Creo que es hora de que veáis lo que jamás habríais imaginado, señor listillo. Ni siquiera Stice sabía nada de esto. —Cogió el candelabro y se dirigió hacia la puerta—. Seguidme —me ordenó con un gesto imperioso, abriendo la puerta de par en par.

Me levanté despacio.

Paget pidió al guardia que nos acompañara, y el hombre se apostó a mi lado mientras el secretario abría otra puerta. Me encontré en una oscura galería llena de agradables aromas, como la Galería de la Reina, solo que más ancha y dos veces más larga. Las alfombras amortiguaban nuestros pasos y las velas del candelabro iluminaban atisbos de tapices y pinturas más suntuosas que las que yo había visto en el palacio. Pasamos por unas columnas de mármol y unas hornacinas donde descansaban enormes jarrones, hermosas maquetas de barcos, cofres enjoyados con sabe Dios qué contenidos. Debía de ser la Galería Privada del Rey. Me pregunté por qué no se habrían llevado esos objetos a Hampton Court. Pasamos junto a un alto estandarte militar decorado con la flor de lis. Sin duda sería un estandarte francés capturado cuando Enrique tomó Boulogne. Estaba cubierto de manchas oscuras. Sangre. Aquello me recordó la mano cercenada de Barak volando por los aires. Di un respingo al ver algo pequeño que correteaba por el friso. Una rata. Paget frunció el ceño.

—¡Que se encarguen de eso! —le espetó brusco al guardia—. ¡Que venga un cazador de ratas de Hampton Court!

Por fin llegamos al fondo de la galería, donde otros dos soldados guardaban una gran doble puerta. Eché un vistazo por una ventana y comprobé que estábamos encima del muro del palacio, al otro lado del cual se veía la amplia King Street. Un grupo de jóvenes caballeros pasaba por allí, precedidos por unos niños con antorchas.

—Señor secretario. —Uno de los guardias de la puerta se inclinó ante Paget antes de abrirla.

Tuve que parpadear por la luz que nos inundó al otro lado. Era una amplia cámara, hermosamente amueblada y profusamente iluminada por numerosas velas gruesas de manteca en candelabros de plata. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles con preciosos libros antiguos. En los espacios entre las estanterías, colgaban espléndidas pinturas, casi todas de escenas clásicas. Una ventana daba a la calle. Debíamos de estar dentro de la Puerta de Holbein. Bajo la ventana había un amplio escritorio repleto de papeles y una fuente de confites junto a una jarra de oro llena de vino. Sobre los papeles, unos anteojos de oro relucían a la luz de las velas.

El bufón del rey, el pequeño jorobado Will Somers, se encontraba junto a la mesa, con su mono encaramado en el hombro de su jubón multicolor. Y sentado junto a él, en una silla gigantesca y mirándome con unos ojos azules tan duros y salvajes como los del retrato de Holbein, por más que ahora fueran dos diminutas rendijas en un rostro pálido y seboso, estaba el rey.