Herejía
Capítulo 4
4
Tenía que sentarme. Fui a mi escritorio y le indiqué a Cecil que se sentara ante él. Había traído una vela que dejé entre nosotros e iluminó el rostro del joven. Las sombras acentuaron el perfil de tres pequeñas verrugas en la mejilla derecha.
Respiré hondo antes de comenzar.
—Veo que sois abogado.
—Sí, del Colegio de Gray.
—¿Trabajáis con Warner, el letrado de la reina?
—A veces. Pero el señor Warner fue uno de los interrogados por conversaciones heréticas. Y ahora… digamos que prefiere mantener la discreción. La reina confía en mí. Ella misma me ha pedido que sea su emisario.
Separé las manos.
—Yo no soy más que un abogado que trabaja ante los tribunales. ¿Cómo puede la reina necesitar mi ayuda urgente?
Cecil sonrió, aunque con cierta tristeza.
—Creo que ambos sabemos, serjeant-at-law Shardlake, que vuestras habilidades van mucho más allá de eso. Lo lamento, pero no puedo daros más detalles. Si consentís en venir, la reina os recibirá en el Palacio de Whitehall mañana a las nueve. Ella misma os contará más.
Pensé de nuevo que las reinas no suplican ni piden a un súbdito que acuda a visitarlas. Las reinas ordenan. Antes de casarse con el rey, Catalina Parr había prometido que, aunque me pasaría algunos casos legales, jamás me involucraría en asuntos de política. Esto, evidentemente, era algo grande, algo peligroso, y al formular así su mensaje me estaba ofreciendo la posibilidad de zafarme. Podía, si así lo deseaba, decirle que no al joven Cecil.
—¿No podéis contarme nada ahora? —insistí.
—No, señor. Solo os pido, tanto si accedéis a venir como si no, que mantengáis esta visita en absoluto secreto.
Casi todo mi ser me pedía rehusar. Pensé en lo que había visto esa mañana, las llamas, los gritos, la sangre. Y luego me acordé de la reina Catalina, de su valor, su nobleza, su dulzura y su sentido del humor. Era la dama más noble y gentil que había conocido nunca, una dama que no me había hecho más que bien. Respiré hondo, muy hondo.
—Iré —decidí. Y me dije, como un idiota, que vería a la reina y que entonces, si quería, todavía podría declinar su petición.
Él asintió con la cabeza. Me dio la sensación de que no estaba demasiado impresionado conmigo. Probablemente no veía más que a un abogado jiboso de mediana edad, profundamente perturbado por la posibilidad de verse situado ante el peligro. Si era así, aquel joven tenía razón.
—Venid por carretera hasta la puerta principal del palacio a las nueve. Yo os estaré aguardando allí. Os llevaré hasta el interior del palacio y luego os conducirán a los aposentos de la reina. Llevad la toga de abogado, pero no la cofia de serjeant-at-law. Es mejor que llaméis la atención lo menos posible. —Se acarició la rala barba mientras me miraba, pensando tal vez que con mi joroba llamaría en cualquier caso la atención.
Me puse en pie.
—Hasta mañana a las nueve, pues, hermano Cecil.
Él se inclinó.
—Hasta las nueve, serjeant Shardlake. Ahora debo volver con la reina. Se alegrará de recibir vuestra respuesta.
Lo acompañé a la salida. Martin apareció con otra vela, abrió la puerta y se inclinó, siempre atento hasta el último detalle de sus tareas de mayordomo. Cecil salió al camino de grava, donde le aguardaba su criado junto a los niños que le iluminarían el camino con antorchas hasta su casa. A continuación, Martin cerró la puerta.
—Me he tomado la libertad de servir el mazapán al doctor Malton —informó.
—Gracias. Dile que me reuniré con él en un momento. Pero primero envía a Timothy a mi estudio.
Volví a mi habitación, mi pequeño refugio, mi remanso de paz, donde guardaba una pequeña colección de libros de leyes, diarios y años de anotaciones. Me pregunté qué pensaría Barak si supiera algo de esto. Diría sin ambages que debería olvidarme de mis fantasías sentimentales con la reina e inventarme una cita urgente mañana en Northumberland.
En cuanto llegó Timothy, le di una nota para que llevara al bufete, en la que pedía a Barak que preparara un sumario de uno de mis casos más importantes, algo que en principio iba a hacer yo al día siguiente.
—¡No, maldita sea! Barak tiene que ir a buscar unos papeles a Six Clerks… — Corregí la nota y pedí a Nicholas que se encargase de la tarea. Aunque el muchacho realizara un embrollo de sumario, sería un punto de partida.
Timothy me miró, sus ojos oscuros muy serios:
—¿Estáis bien, señor?
—Sí, sí —contesté, irritado—. Son apremios del trabajo. No tengo un momento de paz. —Arrepintiéndome de mi brusquedad, le di dos peniques antes de volver al comedor, donde Guy probaba el sabroso mazapán de Agnes.
—Perdona, Guy. Era un asunto urgente.
Él sonrió.
—Sí, a mí también me interrumpen las comidas cuando algún pobre paciente sufre una crisis.
—Y también te pido disculpas si he hablado antes con dureza. Es que lo que vi esta mañana me ha dejado perturbado.
—Lo comprendo. Pero si crees que todos los que se oponen a la reforma, o aquellos de nosotros que querríamos que Inglaterra volviese al seno de la familia romana… si crees, digo, que apoyamos esas barbaridades, cometes una gran injusticia con nosotros.
—Yo lo único que sé es que oigo truenos en torno al trono —dije, parafraseando el poema de Wyatt. Recordé entonces las palabras de Philip Coleswyn en la quema y me estremecí. En los tiempos que corrían, cualquiera de nosotros podía sufrir ese destino.
Al día siguiente, temprano por la mañana, Timothy ensilló a Genesis y cabalgué hasta Chancery Lane. Mi caballo se hacía viejo: se le redondeaba el cuerpo y la cabeza se le tornaba huesuda. Era otro agradable día de julio, caluroso pero con una suave brisa fresca que agitaba las ramas verdes. Atravesé la puerta fortificada del Colegio de Lincoln y seguí por Fleet Street, apartándome a un lado para dejar paso a un rebaño de ovejas que llevaban al matadero de Londres.
En la ciudad ya se veía ajetreo. Los comercios habían abierto y los aprendices de los tenderos voceaban sus mercancías desde las puertas. Los vendedores ambulantes abarrotaban el polvoriento camino, un cazador de ratas con una tosca bata de lana pasó encorvado bajo el peso de dos jaulas colgadas del palo que llevaba sobre los hombros, ambas llenas de lustrosas ratas negras. Una mujer con un cesto en la cabeza gritaba «¡Pastelillos calientes!».
Pegado en la pared, vi un papel con la larga lista de libros prohibidos según la reciente proclamación del rey, que debían ser entregados antes del 9 de agosto. Alguien había garabateado encima: «La palabra de Dios es la gloria de Cristo».
Al llegar al Strand, la carretera se tornó más tranquila. El camino viraba al sur hacia Westminster, siguiendo el meandro del río. A la izquierda se alzaban las opulentas casas de tres y cuatro pisos de los ricos, con sus fachadas decoradas y pintadas de vivos colores, con guardas de librea en los portales. Pasé de largo la gran cruz de piedra de Charing Cross y tomé por la ancha calle de Whitehall. Ya se veían los altos edificios del palacio, con sus torres y almenas, cada pináculo coronado con leones y unicornios y el escudo con las armas reales, tan dorados que llameaban al sol como cientos de espejos cegadores.
El Palacio de Whitehall había sido originariamente la residencia londinense del cardenal Wolsey, York Place. Tras la caída del cardenal, el rey se había apropiado de él y lo había ido expandiendo durante los últimos quince años. Se decía que deseaba convertirlo en el palacio más espléndido e impresionante de Europa. A la izquierda de la ancha Whitehall Road se alzaban los edificios principales, mientras que a la derecha se encontraban los edificios de ocio, las pistas donde el rey en otros tiempos se ejercitaba, el enorme corral de gallos circular y el coto de caza del parque de Saint James. Sobre la calle se alzaba el arco de la Gran Puerta diseñada por Holbein, una inmensa puerta fortificada de cuatro pisos de altura que conectaba las dos partes del palacio y más allá de la cual comenzaba King Street. Como las paredes del propio palacio, estaba alicatada con un diseño de ajedrez y decorada con grandes círculos de terracota que representaban a emperadores romanos. La puerta en sí, a pie de calle, se veía minúscula comparada con el tamaño de la edificación, pero era lo bastante ancha para permitir el paso de las carretas más grandes de dos en dos.
Un poco antes de la Gran Puerta, la línea de los muros del palacio quedaba rota por otra puerta más pequeña, pero también magnífica, que llevaba a los edificios del palacio. En ella montaban guardia soldados de librea verde y blanca. Me uní a una corta fila que aguardaba para entrar. Detrás de mí se detuvo una carreta tirada por cuatro caballos y cargada de postes de andamio, sin duda para los nuevos aposentos que se estaban construyendo para la hija mayor del rey, lady María, junto al río. Otra carreta, que en ese momento estaba siendo inspeccionada, iba cargada de gansos para las cocinas, mientras que delante de mí tres jóvenes montaban caballos con sillas ricamente decoradas, acompañados por un reducido grupo de criados. Llevaban jubones acolchados y acuchillados en los hombros para mostrar un forro de seda violeta, sombreros con plumas de pavo real y capas cortas echadas sobre un hombro según la nueva moda española.
—Ni siquiera sé si Wriothesley estará aquí hoy —oí decir a uno de ellos—, y mucho menos que haya leído la petición de Marmaduke.
—Pero el hombre de Marmaduke nos ha incluido en la lista. Por lo menos así llegaremos hasta la Cámara de Audiencias. Podemos echar una partida de naipes y a saber quién podría pasar por allí una vez que estemos dentro.
Me di cuenta de que eran aspirantes a cortesanos, nobles seguramente, con alguna lejana conexión con alguien al servicio de sir Thomas Wriothesley, alguno de los incontables parásitos que merodeaban por la corte con la esperanza de que les concedieran algún puesto, alguna sinecura. Probablemente se habrían gastado la mitad del salario de un año en esas ropas, con la esperanza de llamar la atención de algún prócer, o al menos de su ayuda de cámara. Recordé el nombre colectivo que se usaba para los que aquí acudían: «amenaza de cortesanos».
Por fin llegó mi turno. El guardia tenía una lista en la mano y una pequeña pluma para ir tachando los nombres. Estaba a punto de darle el mío cuando de pronto apareció el joven Cecil de una alcoba dentro de la puerta. Tuvo unas breves palabras con el guardia, que hizo una marca en el papel y me dio paso libre. Mientras atravesaba el arco de entrada oí que los jóvenes discutían con el soldado. Por lo visto al final no estaban en la lista.
Desmonté cerca de unos establos. Cecil habló con un caballerizo, que tomó las riendas de Genesis.
—Os acompañaré hasta la Cámara de la Guardia —me dijo con tono formal—. Allí os aguarda alguien que os llevará ante la reina. —Cecil llevaba otra toga de abogado, con una placa cosida al pecho que mostraba la cabeza y los hombros de una joven coronada: santa Catalina. Era la insignia personal de la reina.
Asentí con la cabeza mientras miraba en torno al patio de adoquines. Ya había estado allí brevemente con anterioridad, en los tiempos de lord Cromwell. A la derecha estaba el muro de la logia que rodeaba el jardín privado del rey. Los edificios en los otros tres lados eran magníficos, los muros, adornados con un diseño de ajedrez en blanco y negro o con pinturas de magníficas plantas y animales en bajorrelieve para que destacaran más contra las paredes blancas. Más allá del jardín privado, hacia el sur, se veía una larga hilera de edificios de tres pisos que llegaban hasta la puerta principal. Recordé que se trataba de los apartamentos privados del rey. Delante de nosotros se alzaba un edificio ante el que se alzaban unas columnas profusamente ornamentadas. Otros guardias protegían la puerta, adornada con el escudo. Detrás se alzaba el alto techo de la capilla.
El Patio de Armas estaba abarrotado, mayormente de jóvenes caballeros. Algunos iban tan ricamente ataviados como los tres de la puerta, con vistosos jubones, coloridas medias y enormes y exageradas braguetas. Otros vestían las oscuras túnicas de oficiales superiores, con las cadenas de oro de su cargo en torno al cuello, asistidos por secretarios cargados de papeles. Los criados con la librea verde y blanca del rey, y las letras HR bordadas en los jubones, se mezclaban entre la muchedumbre, mientras que otros sirvientes con ropa de diario, de las cocinas o los establos, iban de un lado a otro. Por mi lado pasó una joven acompañada de varias criadas. Llevaba un moderno verdugado. La falda cónica, bordada de flores, se ensanchaba en la parte baja pero se estrechaba hasta una cintura de avispa. Algunos aspirantes a cortesanos se quitaron el sombrero ante ella, queriendo hacerse notar, pero la joven los ignoró. Parecía preocupada.
—Es lady Maud Lane —me informó Cecil—. Prima de la reina y dama principal.
—No parece muy contenta.
—Últimamente tiene mucho de qué preocuparse —comentó él. Luego miró a los cortesanos—. Cazadores de puestos. Oportunistas, incluso embaucadores —sonrió con sarcasmo—. Pero yo al principio también anduve buscando contactos en las altas esferas. Mi padre pertenecía a la Guardia Real, de manera que ya contaba con algún contacto, como es necesario.
—¿Vos también aspiráis a ascender? —pregunté.
—Solo en ciertos términos, según ciertos principios. —Me miró a los ojos—. Ciertas lealtades. —Guardó silencio un momento antes de añadir—: Mirad. El secretario Paget.
Era un hombre de rasgos pesados como losas, barba castaña y una boca fina con las comisuras hacia abajo. Había asistido a la quema, y ahora atravesaba el patio. Lo atendían varios asistentes de túnica negra, uno de los cuales le iba leyendo un papel sin dejar de andar, inclinándose hacia su oreja.
—No lo perdáis de vista, abogado Shardlake —me aconsejó Cecil—. Es ahora la persona más cercana al rey.
—Pensé que ese lugar pertenecía al obispo Gardiner.
El joven esbozó una leve sonrisa.
—Gardiner le susurra al oído, pero William Paget se asegura de que la administración funcione, comenta con el rey las medidas políticas y controla el mecenazgo real.
—Tal como lo decís, parece un nuevo Cromwell.
Negó con la cabeza.
—No, en absoluto. Paget habla de política con el rey, pero no va más allá de lo que el monarca desea. Jamás intenta gobernarlo. Ese fue el error de Cromwell, y el de Ana Bolena. Un error que acabó con ambos. Los grandes del reino han aprendido la lección. —Y añadió con un hondo suspiro—: O deberían.
Dos fornidos individuos ataviados con la librea del rey, cada uno agarrando a un rapaz harapiento, pasaron de largo, fueron hasta la puerta y los echaron a empellones.
—Esos pillos andan siempre colándose, diciendo que son mozos de algún criado de algún joven cortesano. No hay bastantes porteros para echarlos a todos.
—¿No hay aquí seguridad? —me sorprendí.
—En el patio exterior, muy poca. Pero dentro… Bueno, ya veréis que eso es harina de otro costal.
Atravesamos una puerta que exhibía las armas del rey. Dos miembros de la Guardia Real, armados con largas y afiladas alabardas, la protegían con sus distintivos jubones rojos decorados con doradas rosas Tudor. Cecil se acercó a uno de ellos.
—El señor Cecil y abogado, para ver a lord Parr.
El soldado marcó su lista y nos hizo pasar.
Entramos en un gran vestíbulo, donde hacían guardia varios hombres. Su ropa era incluso más espléndida que la de la Guardia Real: capas de seda negra y sombreros con largas plumas negras y ala bordada en oro. Todos llevaban en torno al cuello una cadena con una gran insignia dorada, todos eran altos, todos de fornida complexión y todos portaban afiladas alabardas. Debía de tratarse de la guardia personal del rey: caballeros armados a quienes llamaban los gentlemen pensioners.
Las paredes estaban decoradas con vistosos tapices y junto a ellas se veían arcones pintados. Y entonces me fijé en un cuadro del que había oído hablar. Ocupaba toda una pared y había sido realizado el año anterior por uno de los discípulos del fallecido maese Holbein. Era un retrato del rey y su familia. Representaba una sala interior del palacio. En el centro, el rey, sólido, severo, con su barba rojiza, sentado en un trono bajo un paño de ras de intrincado diseño, con un jubón de anchos hombros en negro y oro. Reposaba una mano sobre el hombro de un niño, el príncipe Eduardo, su único hijo. Al otro lado, la madre de Eduardo, la tercera esposa de Enrique, muerta hacía tiempo, Juana Seymour, sentada con las manos decorosamente enlazadas en su regazo. A sendos lados de la pareja real se encontraban una joven y una niña adolescente: lady María, la hija de Catalina de Aragón, y lady Isabel, hija de Ana Bolena, ambas restituidas a la línea sucesoria dos años atrás. Detrás de cada una de las jóvenes se abría una puerta que daba paso a un jardín. En el umbral, detrás de María, aparecía una mujer pequeña con expresión ausente, mientras que detrás de Isabel había un hombre bajo y jorobado que llevaba un mono con jubón y bonete. Me quedé admirando el cuadro un momento, absorto en su magnificencia, hasta que Cecil me tocó el brazo. Entonces me volví para seguirlo.
La siguiente cámara también albergaba un elevado número de jóvenes ricamente ataviados, de pie o sentados sobre arcones. No parecían tener fin. Uno de ellos discutía con un guardia apostado ante la única puerta interior.
—Habrá problemas, señor —decía acalorado—, si no veo hoy al secretario de lord Lisle. Él mismo desea verme.
El guardia se mostraba impasible.
—Si fuera así, ya nos lo dirán. Hasta entonces, puede dejar de abarrotar la Cámara de la Guardia.
En cuanto nos acercamos, el guardia se volvió hacia nosotros, aliviado.
—Lord Parr nos aguarda —anunció Cecil en voz baja.
—Estoy informado. —El guardia me miró un momento—. ¿No lleváis armas? ¿Ni daga?
—Desde luego que no —contesté. A menudo llevaba una daga, pero sabía que las armas estaban prohibidas dentro de los palacios reales. Sin otra palabra, el hombretón abrió la puerta lo justo para dejarnos pasar.
Ante nosotros ascendía un ancho tramo de escaleras cubiertas de una gruesa alfombra que amortiguó nuestros pasos. Me maravillé ante la decoración de las paredes: todo un estallido de colores e intrincados detalles. Vistosos escudos con las armas Tudor y las bestias heráldicas, hojas entrelazadas pintadas entre ellos y paneles de madera intrincadamente labrada para semejar tela doblada pintada de varios colores. Más caballeros armados hacían guardia a intervalos en las escaleras, todos con la vista al frente e impasible ademán. Sabía que nos acercábamos a los apartamentos reales de la primera planta. Habíamos salido del mundo común.
En lo alto de las escaleras nos aguardaba un hombre solo, de avanzada edad y anchos hombros, empuñando un bastón. Llevaba una túnica negra con la insignia de la reina y una cadena de oro de inusual magnificencia en torno al cuello. El pelo bajo su enjoyado gorro era blanco, igual que su corta barba; su rostro, pálido y arrugado. Cecil se inclinó en una marcada reverencia y yo lo imité.
—Serjeant-at-law Shardlake, le presento al lord canciller de la reina, su tío, lord Parr de Horton.
Lord Parr le hizo un gesto con la cabeza.
—Gracias, William. —A pesar de su edad, su voz era profunda y clara. Cecil se inclinó de nuevo y bajó por las escaleras, una delgada y pequeña figura entre todo aquel esplendor. Un criado corrió en silencio escaleras abajo tras él.
Lord Parr me miró con sus inteligentes ojos azules. Yo sabía que el padre de la reina había muerto muy joven, y que entonces este hombre, su hermano, había supuesto un gran apoyo para su afligida esposa e hijos. Había sido un asociado del rey en su juventud y había ayudado a ascender a la familia Parr en la corte. Ahora debía de andar cerca de los setenta años.
—Bueno —dijo por fin—. De manera que sois el abogado sobre el que mi sobrina se deshace en alabanzas.
—Su majestad es muy amable.
—Conozco el gran servicio que le prestasteis antes de que llegara a ser reina. —Y añadió con gesto serio—: Ahora os pide otro servicio. ¿Puede contar con vuestra completa e incuestionable lealtad?
—Total y enteramente —contesté.
—Os lo advierto, se trata de un asunto serio, secreto y peligroso. —Lord Parr respiró hondo—. Os enteraréis de cosas cuyo conocimiento podría resultar fatal. La reina me ha informado de que preferís vivir de manera privada y discreta, de manera que dejemos las cosas claras ahora. —Me observó un largo momento—. Sabiendo todo esto, ¿todavía estáis dispuesto a ayudarla?
Di mi respuesta de inmediato, sin pensarlo ni dudar:
—Sí.
—¿Por qué? Sé que no sois hombre religioso, aunque lo fuerais en otro tiempo. Sois —y su voz se tornó severa— como muchos otros en estos tiempos, un laodiceo, alguien que se desentiende de los asuntos de fe en pro de la discreción y la seguridad.
Respiré hondo.
—Ayudaré a la reina porque es la dama más buena y honorable que he conocido, y no nos ha hecho sino bien a todos.
—¿Ah, sí? —Lord Parr esbozó una irónica sonrisa. Volvió a observarme y por fin asintió con decisión—. Entonces prosigamos hacia los aposentos de la reina.
Me llevó por un estrecho pasillo, más allá de un magnífico jarrón veneciano sobre una mesa cubierta con un paño rojo.
—Debemos atravesar la Cámara de Audiencias del Rey, y luego la de la reina. Habrá más jóvenes cortesanos aguardando para ver a los grandes del reino —añadió con tono cansado. De pronto se detuvo y alzó una mano. Nos encontrábamos junto a una pequeña y angosta ventana, abierta para refrescar el calor del día. Lord Parr miró rápidamente en derredor para comprobar que no hubiera nadie por allí cerca y luego me puso la mano en el brazo—. Ahora, deprisa —me apremió en un susurro—. Deberéis ver esto para comprender todo lo que ha sucedido. Mirad por la ventana, hacia un lado. A él no le gusta que lo vean así. ¡Rápido!
Miré por la ventana y vi un pequeño patio enlosado. Dos fornidos caballeros armados ataviados de negro ayudaban a caminar, sosteniéndolo por las axilas, a un hombre enorme, vestido con un holgado caftán de seda amarilla con cuello de piel. Advertí, horrorizado, que se trataba del rey. Yo lo había visto de cerca en dos ocasiones: en 1541 durante su Gran Procesión a York, cuando su prestancia era magnífica, y en su entrada en Portsmouth, el año anterior. Ya entonces me sorprendió su deterioro: estaba terriblemente gordo y parecía transido de dolor. Pero el hombre que ahora veía era un auténtico despojo humano. Sus piernas descomunales, agrandadas todavía más por unos vendajes, se despatarraban como las de un niño gigante en cada uno de sus lentos y doloridos pasos. Cada movimiento hacía temblar y estremecerse toda su humanidad bajo el caftán. Su rostro era una masa de grasa entre cuyos pliegues casi se escondían la boca y unos ojos diminutos; la nariz, otrora aguileña, era ahora abultada y bulbosa. Llevaba la cabeza desnuda, casi calva. El poco pelo que le quedaba y su rala barba estaban llenos de canas. Su rostro, no obstante, mostraba el color rojo del ladrillo y estaba cubierto de sudor por el esfuerzo de caminar en torno al pequeño patio. De pronto el rey alzó bruscamente los brazos en un gesto de impaciencia, haciéndome retroceder instintivamente de un respingo. Lord Parr se llevó un dedo a los labios con el ceño fruncido. Volví a asomarme al tiempo que el soberano hablaba con aquella voz extrañamente chillona que yo recordaba haberle oído en York:
—¡Soltadme! ¡Puedo andar solo hasta la puerta, así os pudráis en el infierno! — Los guardias se hicieron a un lado y el rey dio unos torpes pasos hasta que se detuvo, exclamando—: ¡Mi pierna! ¡Mi úlcera! ¡Sostenedme, imbéciles! —El rostro se le había demudado de dolor. Resolló de alivio cuando los hombres volvieron a sujetarlo.
Lord Parr se apartó, indicándome que lo siguiera.
—Ahí está —dijo con una peculiar voz inexpresiva—. El gran Enrique. Jamás pensé que llegaría el día en que le tuviera lástima.
—¿No puede andar sin ayuda? —susurré.
—Tan solo unos pasos. Un poco más los días buenos. Sus piernas son una masa de úlceras y venas hinchadas. Se está pudriendo vivo. A veces tienen que llevarlo por el palacio en una silla con ruedas.
—¿Y qué dicen los médicos? —pregunté nervioso, acordándome que predecir la muerte del rey era traición.
—Ya estaba muy enfermo en marzo y los médicos pensaron que moriría. Sin embargo, ha conseguido sobrevivir. Pero dicen que otro acceso de fiebre, o si se le cierra su mayor úlcera… —Lord Parr volvió a mirar en derredor—. El rey se muere. Sus médicos lo saben, igual que todo el mundo en la corte. Y él también. Aunque, por supuesto, jamás lo admitirá.
—Por Dios bendito.
—Sufre dolores casi constantes y tiene mal los ojos, y se niega a moderar su apetito. Dice que tiene siempre hambre. Comer es el único placer que le queda. —Me miró a los ojos—. El único placer —repitió—. Así ha sido durante algún tiempo. Aparte de montar un poco, algo que cada vez resulta más difícil. —Todavía con voz queda y pendiente de que no hubiera nadie cerca, añadió—: Y el príncipe Eduardo todavía no tiene nueve años. El Consejo solo piensa en una cosa: quién gobernará cuando llegue el momento. Los buitres están al acecho, abogado Shardlake. Eso tenéis que saberlo. Y ahora venid, antes de que nos vea alguien junto a esta ventana.
Doblamos una esquina y llegamos a otra puerta vigilada. Dentro se oía un grave rumor de voces. Detrás de mí, a través de aquella ventana abierta, oí un grito de dolor.