Herejía
Capítulo 46
46
Después de la ceremonia me marché a casa. Estaba exhausto y todavía tenía que atender el lunes otro ceremonial, y otro más el día después. A pesar de su deficiente conducta en la batalla del Solent el año anterior, el almirante Claude D’Annebault había exhibido una impresionante figura desfilando hasta Saint Michael: un hombre alto y atractivo de cincuenta años, sobre un magnífico corcel, acompañado por el conde de Essex. Me alegré de ver al hermano de la reina en posición tan prominente, pues era una señal más de que la familia Parr estaba segura.
Después del discurso de bienvenida, el alcalde ofreció al almirante grandes jarras de plata con hipocrás, así como mazapán y barquillos a modo de refrigerio tras el viaje. A mí me dolía la espalda de estar tanto tiempo en pie, de manera que me escabullí lo antes posible, deseoso de pasar el resto del día tranquilo y a solas. Volví a casa andando, y nada más entrar oí a Josephine y Agnes, que charlaban alegremente en la cocina sobre la boda, fijada ya para enero. Me compadecí de Agnes, que no sabía nada de lo que había hecho su esposo y que pronto tendría que marcharse con él.
Martin salió del salón con una carta en la mano y su habitual actitud respetuosa.
—Ha llegado esto mientras estabais fuera, señor.
—Gracias —le dije, reconociendo la caligrafía de Hugh Curteys.
—Señor, ¿ha habido alguna otra noticia referente a… ese asunto? —me preguntó con voz queda—. ¿Se sabe cuándo tengo que ir a esa casa? —Aunque su rostro permanecía inexpresivo, la boca y los ojos fruncidos traicionaban su tensión.
—No, Martin —contesté con frialdad—. Ya te lo haré saber en cuanto reciba instrucciones.
—¿Será pronto?
—Eso espero, pero no lo sé. Te avisaré en cuanto sepa algo. Esto te lo has buscado tú solo —añadí.
Leí la carta de Hugh en mi habitación. Por lo visto, el emperador Carlos había decidido frenar la independencia en las ciudades de Flandes.
Se han producido detenciones de muchos ciudadanos reformistas, aquí y en otros lugares de Flandes, y lo más probable es que se produzcan quemas y encarcelamientos. Algunos ingleses y otros extranjeros han pasado a Alemania.
Me pregunté si Bale se encontraría entre ellos, con el manuscrito de Anne Askew escondido en su equipaje. Probablemente. Debía de haberse acostumbrado a trasladarse deprisa desde su huida de Inglaterra tras la caída de su protector, Cromwell. Aquello seguramente retrasaría la publicación del manuscrito.
La carta proseguía:
Muchos miembros de la comunidad comerciante de Inglaterra están preocupados, y me temo que si el ambiente de la ciudad empeora, yo también tendré que plantearme marchar a Alemania.
Suspiré. Creía que mi pupilo había encontrado un puerto seguro donde establecerse, pero por lo visto no era así. Recordé que fue justamente durante el caso de la custodia de Hugh cuando tuve mi primer encontronazo con Vincent Dyrick. Y el recuerdo de Dyrick me llevó a pensar en Isabel. ¿Qué le sucedería ahora que había caído sobre ella todo el peso de sus actos, además de la muerte de Edward? Recordé su frenético y enajenado ataque a cuchilladas al mural por el que con tanto empeño había luchado, y cediendo a un impulso me senté, saqué tinta y pluma y escribí una nota para Guy:
No te veo desde que visité a ese pobre hombre en Saint Bartholomew,
pero has estado en mis pensamientos. Una mujer a la que representé en un
caso, un triste asunto de familia, sufre ahora mismo una gran tribulación del
alma. Pertenece a la antigua fe, y yo le he pedido a su abogado que busque a
su sacerdote para que acuda a verla. Pero me preocupa su estado. Si tuvieras
tiempo, tal vez podrías pasar a visitarla. Creo que lograrías confortarla.
Añadí el nombre y la dirección de Isabel, firmé la carta como «tu amigo que te aprecia», y la sellé. Bueno, Guy vería que yo no tenía reparos en que se ofreciera consuelo religioso a quien mantenía las antiguas creencias. Incluso era posible que mi amigo pudiera hacer algo por Isabel, aunque me temía que había perdido la cabeza.
Por la mañana del lunes 23 volví a vestir mis mejores galas y bajé a los establos. Tenía que asistir a la ceremonia de bienvenida de D’Annebault en Hampton Court, que tendría lugar a cinco kilómetros del palacio, junto al río, donde el pequeño príncipe Eduardo recibiría al almirante. Era la primera aparición pública del niño. Los de la ciudad tendríamos que trasladarnos a caballo hasta allí, pero me consolaba en algo saber que por lo menos durante el acto podría seguir montado. Me había afeitado el día anterior y tenía las mejillas tersas. Esta vez Blower no podría hacer comentarios al respecto.
Le había pedido a Martin que ordenara a Timothy tener a Genesis bien cepillado y con las crines trenzadas. Cuando entré en el establo, me complació ver que el chico había hecho un buen trabajo. Colocó el escalón junto al caballo sin mirarme a los ojos, pero cuando metí los pies en los estribos, sí alzó la vista con una sonrisa nerviosa que dejaba al descubierto la mella de sus dos incisivos, arrancados a puñetazos cuando todavía era un golfillo huérfano antes de que yo lo recogiera.
—Señor —comenzó nervioso—, me dijisteis que volveríais a hablar conmigo de… de los libros quemados.
—Sí, Timothy, pero no ahora. Debo acudir a una ceremonia importante.
El chico aferró las riendas.
—Es solo que… que debió de ser Martin el que contara lo de los libros. Yo no lo habría hecho nunca, y sin embargo Martin sigue en su puesto, y anoche fue conmigo tan brusco como siempre. —Se sonrojó y alzó un poco la voz—. Señor, no es justo. Yo no pretendía hacer ningún daño.
Tomé aliento antes de responder:
—Tengo mis razones para conservar a Martin. Pero lo que hizo me duele menos que lo que me has hecho tú. Me has espiado. Confiaba en ti, Timothy, y me has decepcionado. —Al ver que se le saltaban las lágrimas, suavicé mi tono—: Ya hablaremos mañana, Timothy. Mañana.
El lugar escogido para la ceremonia era un amplio páramo junto al río. Cuando llegué, ya estaba casi todo el mundo allí. Cerca de un millar de miembros de la Guardia Real habían sido convocados para la ocasión, ataviados con librea nueva con los colores del rey. De nuevo colocaron a los oficiales de la ciudad y los representantes de los Colegios de Abogados en los puestos que debían ocupar en la primera fila. Un poco apartados, con una escolta de soldados, aguardaban a caballo los grandes del reino. Estaban presentes todos los que yo había visto en el Consejo Privado: la sólida figura de Gardiner sobre un caballo grande; Rich y Wriothesley, lado a lado; Paget, hoy con algo de color en sus flacas mejillas, que se acariciaba la larga barba bifurcada y contemplaba a quienes lo rodeaban con su habitual mirada gélida. El conde de Hertford tenía un aspecto severo y solemne, mientras que a su lado Thomas Seymour, con su barba cobriza bien peinada y sin duda perfumada, mostraba una alegre sonrisa en su atractivo rostro. Estaba también lord Lisle, que había demostrado ser mejor comandante que D’Annebault en Portsmouth el año anterior, y otros lores con sus mejores galas, las plumas de sus sombreros ondeando a la brisa del río. El agua relumbraba azul, reflejando el cielo despejado.
Y ante todos ellos, sobre un caballo más pequeño, estaba el niño que aún no había cumplido nueve años, el heredero del rey Enrique, cuyo control a la muerte del rey era el foco de todas las intrigas y maquinaciones de los hombres que tenía detrás. Con un jubón de anchos hombros y mangas acuchilladas, y un sombrero negro engarzado con diamantes, el príncipe Eduardo constituía una diminuta figura junto a los adultos, por más que fuera un niño alto para su edad. Se sentaba bien erguido sobre su caballo y mostraba una tensa compostura en el rostro. Su seria expresión y su mentón pequeño me recordaron a su madre, fallecida hacía tanto tiempo, Juana Seymour, a quien había visto en el gran mural de Whitehall. Compadecí al chico por la carga que pronto caería sobre sus hombros. Y entonces me acordé de Timothy: había sido demasiado duro con él. No debería uno guardar rencor a los niños. Hablaría con él cuando volviera a casa.
De nuevo me asignaron un lugar junto a Blower. El serjeant me saludó con la cabeza, pero apenas habló. No hacía más que inclinarse hacia el grupo tras el príncipe Eduardo, intentando cruzar la mirada con el lord canciller Wriothesley, que podría otorgarle su ansiado puesto de juez. Wriothesley acabó por verlo, pero en respuesta a su saludo y su sonrisa solo le dedicó una fugaz expresión ceñuda como diciéndole: «aquí no». No pude por menos de recordar el antiguo proverbio holandés: las pulgas grandes siempre tienen pulgas pequeñas.
Por fin vimos aparecer al cortejo de D’Annebault, que se acercaba despacio por la orilla del río. Debían de ser unos trescientos. El almirante se había traído doscientos hombres de Francia. Varios heraldos se destacaron del grupo inglés para hacer sonar las trompetas. El almirante, acompañado de nuevo por el conde de Essex, se acercó al príncipe Eduardo y se inclinó ante el pequeño desde su caballo. El príncipe comenzó a pronunciar, con su aguda voz infantil, un discurso de bienvenida. Hablaba sin pausa, en un francés perfecto. Al final, el caballo del almirante se adelantó y el príncipe y él se dieron un abrazo.
Una vez acabado el discurso, el cortejo francés y el grueso de los lores ingleses se dirigieron hacia Hampton Court, con el príncipe Eduardo y D’Annebault a la cabeza. Un alto soldado llevaba las riendas del príncipe. Los que nos quedamos atrás, como solía suceder en tales ocasiones, nos relajamos. Todos se movieron, respirando hondo, y se detuvieron a charlar con los amigos antes de volver a Londres. Supongo que por una cuestión de mera cortesía debería haber vuelto con el contrariado Blower, pero cuando estaba a punto de hablar con él, alguien me tocó el hombro. Era lord Parr, acompañado de dos sirvientes, uno de los cuales sujetaba su caballo.
—Milord. No os he visto con la comitiva del príncipe.
—No. La Casa de la Reina no está involucrada en esto. Pero he venido y quisiera hablar con vos.
—Por supuesto.
En su nota, lord Parr comentaba que había estado enfermo, y ciertamente tenía un aspecto frágil, apoyado en su bastón. Hizo una señal a sus hombres y uno de ellos me ayudó a desmontar mientras el otro tomaba las riendas de Genesis. Blower miró sorprendido a lord Parr, pues no sabía que yo conociera a un personaje tan importante. Le hizo una reverencia y se alejó, más chasqueado que nunca.
Lord Parr me llevó a un aparte, junto al río.
—¿Recibisteis mi carta?
—Sí. He hablado con mi mayordomo, Brocket, que está dispuesto, aunque de mala gana.
—Sigo intentando averiguar quién introdujo ese tema en la agenda del Consejo, pero no hago ningún progreso, y Paget mantiene la boca bien cerrada.
—Se mostró justo en la sesión del Consejo —observé—. Parecía preocupado por averiguar la verdad o falsedad de las alegaciones.
—Sí, tal vez. Yo estoy ya demasiado cansado para todo esto —suspiró lord Parr —. La semana que viene, cuando se marche el almirante, el rey y la reina realizarán una corta procesión a Guildford, de manera que deberé tirar de estos viejos huesos una vez más. —Miró hacia el río un momento antes de proseguir—. El rey no se lleva a ninguno de los consejeros tradicionalistas, ni Gardiner, ni Wriothesley ni Norfolk. La balanza se está inclinando en nuestro favor —observó, con una chispa de entusiasmo en sus ojos enrojecidos—. El rey no ha vuelto a encontrarse con Bertano, que anda escondido en alguna parte aguardando acontecimientos. Comienzan a correr rumores de que hay aquí un emisario papal. Y si puedo demostrar que Rich ha estado jugando a dos barajas, tal vez incluso pretendiendo hacer daño a la reina a través de vos, será algo que enfurezca al rey y favorezca a la reina. Y a la familia Parr —añadió —. Pero antes de hacer nada con ese hombre, Stice, debo saber más. Doy por sentado que no tenemos noticias de los otros, los asesinos de Greening, ¿es así?
—¿Daniels y Cardmaker? No. El impresor Okedene los vio en la ciudad, pero yo no.
—¿Por encargo de quién se llevaron el manuscrito de la reina? No por orden de Rich, estoy seguro, pues habría utilizado la Lamentación de inmediato.
—¿Todavía podría utilizarse para perjudicar a la reina?
—Pienso que sí. —Lord Parr apretó un huesudo puño y sacudió la cabeza—. Sé que lo que más enfurecerá al rey es que ella le ocultara el libro.
—¿La deslealtad que eso implica, más que la teología de la Lamentación?
—Exacto. Aunque tampoco sería de gran ayuda el énfasis que pone en que la salvación solo es posible mediante la fe. Y la enfermedad del rey lo hace todavía más impredecible. Nunca se sabe cómo puede reaccionar ni en qué dirección. —Lord Parr pareció tambalearse un momento, y yo le tendí la mano, pero se enderezó respirando hondo—. Dadme unos días, señor Shardlake, para intentar obtener alguna información. Y apostaré vigilancia en la casa donde Stice se reúne con vuestro mayordomo.
Y tras esto dio media vuelta y los dos nos dirigimos hacia nuestros caballos.
—Me pondré pronto en contacto con vos —me dijo cuando ya hubimos montado —. Mantened a buen seguro al mayordomo. ¿Está debidamente asustado?
—Eso creo.
—Bien. —Y cuando ya me marchaba, lord Parr añadió—: Casi se me olvidaba: la reina os manda sus mejores deseos.
Volví despacio a la ciudad, pero no había llegado muy lejos cuando se me acercó otro jinete. Comprobé sorprendido que se trataba del joven William Cecil, tan serio como de costumbre.
—Hermano Cecil. No pensé que volvería a veros tan pronto —le dije, permitiéndome una nota de reproche en la voz. El joven había sido de gran ayuda en su momento, pero ahora lord Parr debía de notar enormemente su ausencia.
—Hermano Shardlake —me saludó, apretando un poco los labios ante mi tono.
—¿Cómo va vuestro servicio con lord Hertford?
—Bien, muchas gracias. —Tras vacilar un momento comentó—: Su secretario se jubilará pronto y es posible que yo ocupe su puesto.
Incliné la cabeza.
—Entonces habéis dado un buen paso.
Al ver que detenía su caballo, hice lo propio. El joven abogado clavó en mí sus grandes y penetrantes ojos azules.
—Hermano Shardlake, sentí mucho dejar el servicio de la reina, pero se me presentó una oportunidad de un importante ascenso y no podía dejarla pasar.
—Como haría cualquiera.
—Reconozco también que tras el incidente en el muelle estuve pensando mucho. Sobre lo que soy y no soy capaz de hacer. Lo mío no es el combate, y tengo una joven familia en la que pensar. Mis talentos, que son los que son, resultan más útiles detrás de un escritorio, desde donde puedo servir a la causa de la Reforma —añadió—. Creedme, os estoy siendo sincero, como sincero es mi afecto y mi respeto por la reina.
—Pero ahora vuestra lealtad pertenece en primer lugar a los Seymour —me atreví a observar—, no a los Parr.
—Ambas familias sirven a la Reforma. Y hoy os he seguido, hermano Shardlake, para informaros de algo que creo deberíais saber. A lord Parr le falla la salud. Yo no sabía lo enfermo que estaba cuando me marché, pero mi propósito ahora es deciros que si todavía estáis involucrado en los asuntos de la reina (y sé que habéis comparecido ante el Consejo Privado), debéis confiar en vuestro propio juicio tanto como en el de lord Parr —me advirtió, mirándome muy serio a los ojos.
—Acabo de ver que no se encuentra muy bien —comenté en voz baja.
—Y está sometido a mucha presión, con todo esto… —Cecil señaló con el brazo hacia la cabalgata que desaparecía a sus espaldas—. Tiene mucho que hacer en Hampton Court, pues la reina desempeñará un importante papel en las ceremonias que se celebrarán allí.
—Lo sé. Yo mismo asistiré mañana. Gracias, hermano Cecil. —Lo cierto es que no tenía por qué haberme buscado para contarme aquello.
—Si me entero de algo que pueda seros de utilidad, a vos o a la reina, os informaré.
—¿Qué suponéis que habrá pasado con el manuscrito de la reina?
—Lord Parr opina que ha sido destruido.
—¿Y vos?
—Yo no lo sé. Solo sé que el momento en que los conservadores podían haberlo utilizado para su máximo beneficio ya ha pasado. El viento sopla ahora en la otra dirección. Tal vez quien se lo llevó se dio cuenta de esto y lo destruyó. Pero lo más probable es que nunca lo sepamos.
Nos pusimos en marcha hablando de las ceremonias y la procesión real de otoño, que comenzaría después. Al parecer solo irían a Guildford un par de semanas, a causa de la salud del rey. Nos separamos al final de Chancery Lane.
—Este misterio todavía no está resuelto. Si os enteráis de algo, por favor, informadme —le pedí.
—Lo haré, os lo prometo.
Sí, pensé, me informaréis, pero siempre que ello beneficie a los Seymour tanto como a los Parr.