Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 37 de 58

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Herejía

Capítulo 35

35

 

 

Bajamos al polvoriento zaguán y dejé la vela en su candelero de la pared. Desde la calle nos llegaban ruidos apagados. Había perdido la noción del tiempo, pero debía de ser bien pasada la medianoche. Me pregunté cuándo llegarían los hombres de lord Parr.

—Bueno, ¿qué opinas? —le pregunté a Barak—. Primero, de la historia de ese Bertano.

Él se acarició la barba.

—Si la historia es cierta y se difundiera la noticia, entonces Leeman tiene razón: habría revueltas en las calles. No quiero decir una revolución, pero agitaciones sin duda. Eso hay que reconocérselo: su táctica de emplazar espías en lugares clave dio sus resultados. Pero si quieres tener un grupo bien controlado, con información secreta, has de estar seguro de que todos sus miembros son de absoluta confianza, y a los radicales más fanáticos… en fin, es fácil engañarlos. Siempre que la persona en cuestión ande repitiendo como un tonto las frases adecuadas, me imagino que estarán más que dispuestos a creer en su autenticidad.

—Sí —convine—, pero creo que has cuestionado la veracidad de lo de Bertano.

Barak lanzó un gruñido.

—Recuerda que llevo fuera de la política seis años. Pero no olvido que después de que ejecutaran a Ana Bolena ya no existía impedimento alguno para que el rey volviera con Roma, y sin embargo no lo hizo. Disfruta demasiado de su poder como Cabeza de la Iglesia —declaró con una risita cínica—, por no mencionar el dinero que ha obtenido de los monasterios. Pero hay algo más. —Arrugó la frente, creando en su rostro sombras a la tenue luz de la vela—. Sé que lord Cromwell pensaba que la clave para comprender al rey era recordar que Enrique cree verdaderamente que Dios lo ha elegido como Cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Por eso cada vez que cambia de opinión en materia de doctrina, el país tiene que seguirlo… o sufrir las consecuencias. —Sacudió la cabeza—. No creo que esté muy dispuesto a devolver todo ese poder al Papa, y menos cuando está convencido de que el propio Dios lo ha elegido a él para ejercerlo.

—¿Y cuando Enrique muera? —preguntó Nicholas con voz queda.

Recordé entonces el devastado cuerpo que había visto en el palacio de Whitehall, la gimiente figura regia que habían tenido que izar con cuerdas.

—La posición de Cabeza de la Iglesia pasará a su hijo.

Barak se mostró de acuerdo.

—Enrique no renunciaría por nada a su derecho, o su deber como él lo considera, de legar la dirección suprema de la Iglesia de Inglaterra al príncipe Eduardo.

—Pero ¿cómo un niño que no ha alcanzado la edad de la razón puede decidir el camino correcto en materia de religión? —dudó Nicholas.

—Habrá un regente, o un Consejo de Regencia, hasta que Eduardo cumpla la mayoría de edad —contesté—. Probablemente el rey decidirá en su testamento quién debe gobernar. —Y no serán los Parr, pensé, si la reina ha caído—. El Consejo decidirá en cuestiones de religión en nombre de Eduardo, supongo, hasta que cumpla los dieciocho. Es un absurdo teológico, por supuesto, pero eso es lo que harán. No, Barak tiene razón: si es cierto que el tal Bertano va a venir, no se marchará con la renuncia de Enrique en el bolsillo —reflexioné—. Pero he oído que en Europa está pasando de todo. Se dice que el Papa intenta dialogar con algunos protestantes mediante su nuevo Concilio de Trento. Tal vez el rey piense que pueda alcanzarse alguna clase de compromiso.

—¿Qué clase de compromiso? —Se impacientó Barak—. El liderazgo de la Iglesia pertenecerá al rey o al Papa, no es algo que se pueda compartir, pues si hubiera manera de llegar a algún término medio, ya lo habría propuesto alguien hace años.

—Pero es posible que el rey piense que puede alcanzar un acuerdo sin llegar a someterse de nuevo al Papa. Tal vez hayan enviado a Bertano para explorar ese camino —sugirió Nicholas—. Al fin y al cabo, este año el rey estaba muy empeñado en alcanzar la paz en todas partes…

Sí, pensé, porque sabe que se está muriendo.

—Puede que tengas razón, Nicholas —concedí—. Bien pensado.

—Eso no va a pasar nunca —desdeñó la idea Barak.

—Pero ¿quién era el espía dentro del grupo? —pregunté—. ¿Y para quién trabajaba?

—Desde luego no era Leeman. Es un verdadero creyente donde los haya. Ni Myldmore, que no sabía nada de Bertano ni del libro de la reina. Greening y Elias han sido asesinados. Vandersteyn… dudo que fuera él, pues ha atravesado el Canal con el manuscrito de Anne Askew. Así pues, queda Curdy, a quien ya no podemos interrogar, y el escocés, McKendrick, que todavía anda por ahí.

—Y McKendrick se alojaba con Curdy. —Nicholas arrugó la frente—. Tiene que ser uno de ellos, o tal vez ambos.

—Si es McKendrick, en este momento debe de ir corriendo a ver a su señor en la corte, quienquiera que sea.

—Alguien que trabaja con la facción conservadora —dije—. Pero ¿quién? El secretario Paget está a cargo de la red oficial de espías, pero cada cortesano cuenta con su propia red: tanto el duque de Norfolk como Rich y Wriothesley, que se han subido al carro de Gardiner.

—¿Creéis que Rich podría haber estado involucrado en el robo de la Lamentación? —preguntó Nicholas.

Suspiré.

—Rich andaba tras los escritos de Anne Askew y no parecía saber nada de la Lamentación. Pero uno nunca puede fiarse de esa víbora.

—Quienquiera que tenga ahora el manuscrito puede estar listo para mostrárselo al rey en cuanto llegue Bertano —opinó Barak—. Para provocar el máximo impacto. Eso explicaría por qué todavía no se ha hecho público.

Negué con la cabeza.

—Estoy seguro de que esos hombres lo habrían hecho ya, para poner al rey todavía más en contra de los reformistas e incitarlo a llegar a un acuerdo con Bertano. Lo habrían utilizado para inclinar la balanza contra los reformistas lo antes posible.

—¿Entonces dónde está? —preguntó Barak—. ¿Quién lo tiene?

—¡Por los clavos de Cristo, no lo sé! —exclamé, pasándome la mano por la frente.

—¿Podría estar en poder de McKendrick? —reflexionó Nicholas—. Si el escocés era el espía y los ladrones le dieron el manuscrito, tal vez no haya tenido tiempo de entregarlo a la persona para la que trabaja, al haber tenido que darse a la fuga con los otros.

—Pero ha pasado casi un mes —objetó Barak.

—Es poco probable, pero cualquier cosa es posible —declaré—. Tendré que hablar todo esto con lord Parr.

—O… —comenzó Nicholas.

—¿Qué?

—¿Y si el espía jugaba a dos barajas? ¿Y si McKendrick, suponiendo que sea él, trabajaba en efecto para alguien de la corte, pero mantenía al mismo tiempo sus propias creencias y no ha querido que la Lamentación cayera en malas manos? Tal vez sea el responsable del robo, pero se ha quedado el manuscrito.

—Es algo rebuscado, pero también posible. Gracias, Nicholas. —El muchacho se mostró muy complacido—. Bueno, Jack, es muy tarde. Nicholas y yo esperaremos aquí, pero tú debes volver con Tamasin. ¿Dónde le has dicho que ibas esta noche?

—Solo le he dicho que había quedado para beber algo con unos amigos.

—Pero las tabernas hace horas que cerraron. Estará preocupada. Y en el camino de vuelta, recuerda que los asesinos siguen por ahí sueltos —le advertí—, y que esta noche nos vigilaban. Ten cuidado. Nicholas, ¿te quedas aquí conmigo para vigilar a Leeman hasta que lleguen los hombres de lord Parr?

—Por supuesto. Leeman no es más que un rufián y un villano.

Suspiré.

—Hacía lo que creía correcto.

—¿Y eso justifica todo lo que ha hecho? —se indignó Nicholas—. La traición, el soborno, este… caos, la amenaza que supone para la reina el robo de su manuscrito…

Barak se volvió hacia él.

—El señor Shardlake es un blando, Nick —le dijo con indulgencia—, es su naturaleza. —Alzó la mirada hacia la parte superior de las escaleras—. Pero es mejor tener al auténtico representante de Dios atado y amordazado, por si le da por gritar si vuelven los estudiantes. Te ayudo.

—Ese holandés, Vandersteyn —comentó Nicholas con reticente admiración—, ya tiene espías en el continente que dieron con la información sobre Bertano. Y, mientras tanto, él aquí anda reclutando fanáticos capaces de espiar a los altos cargos de Londres.

—Sabía que aquí el ambiente era un hervidero de conspiraciones y descontento religioso. Sin duda decidió venir para promover su revolución en Inglaterra.

—Y encontró a Leeman y Myldmore, hombres con acceso a dos manuscritos que podían provocar una gran agitación. Realmente debía de pensar que Dios actuaba a través de él.

Barak lanzó un resoplido.

—Más bien tuvo suerte. Dos veces. Aunque tampoco tanta suerte: parece que lo que Anne Askew escribió solo podría dañar a Wriothesley y Rich, que no son figuras principales. Y publicar la Lamentación supondría para la causa radical más perjuicio que beneficio. Pero algunos miembros de su grupo eran demasiado botarates para verlo. Suerte de verdad habría sido encontrar pruebas de que Gardiner se había acostado con un monaguillo, por ejemplo.

—Vandersteyn seguramente lleva años poniendo en marcha conspiraciones como esta en el continente. Fue muy hábil para encontrar entre los radicales aquellos que podían servirle.

—Aunque no tan hábil como para advertir que tenía un espía en su seno —replicó Barak.

No pude por menos de estar de acuerdo.

Leeman, sentado a un lado de la cama, parpadeó ante la luz.

—¿Han venido ya a por mí? —preguntó en voz baja, con un ligero temblor. Allí a solas en la oscuridad, su miedo había tenido tiempo de crecer.

—No —contesté.

—¿Qué harán conmigo?

—De momento te llevarán a un lugar seguro. Les diré que nos has prestado toda tu cooperación.

Me miró con intensidad.

—¿Sabéis, abogado?, creo que tal vez seáis hombre capaz de ver la luz.

—¿Ah, sí?

—Tal vez. Al igual que a mí, os educaron en la mentira, y creo que eso lo veis. Leed el Nuevo Testamento, leed las Revelaciones. Estos son los últimos días antes de la nueva venida de Cristo. Está escrito.

—El Libro de las Revelaciones, ¿eh? ¿Acaso tú y tu gente habéis encontrado la clave de ese texto? —barboté—. Deberías saber, Leeman, que una vez descubrí a un asesino que había matado a varias personas inocentes y se creía inspirado en el Libro de las Revelaciones. Ojalá hubieras visto el rastro de sangre y tortura que dejó.

Leeman no contestó, pero al cabo preguntó:

—¿Les hablaréis de Bertano a los oficiales de la reina?

—Sí.

—Entonces al menos estarán advertidos.

—Sin duda querrán interrogarte con más profundidad.

Él tragó saliva.

—Me torturarán y luego me matarán. Supongo que debo estar preparado.

—Violaste un juramento a la reina. No obstante, suplicaré ante ella por tu lamentable vida. Ni siquiera sé muy bien por qué.

—De momento te dejamos aquí a Nick para que te vigile, amigo —terció Barak —. Te voy a atar las manos, así que tiéndelas. No busques problemas si no quieres que lo hagamos por la fuerza.

Leeman tendió los brazos y Barak lo maniató fuertemente con tiras desgarradas de la propia camisa de Leeman.

—Tengo que amordazarte también, amigo, aunque ya sé lo mucho que te gusta parlotear. En algún momento pueden volver los compañeros de Nicholas.

—¿Podría ir primero a la letrina? —pidió él con el rostro enrojecido de vergüenza —. Me incomodan las tripas.

Barak me miró.

—Más vale que vaya —dije. Barak enarcó las cejas y yo le espeté—: No queremos que deje esto hecho un asco. ¿Dónde tienes las letrinas, Nicholas?

—Atrás, en el patio. Pero más vale que no sea una artimaña. No quiero ni un ruido, o te vuelvo a noquear.

—Iremos todos, lo traeremos de vuelta y luego Jack se irá a su casa mientras que tú y yo… —Respiré hondo antes de proseguir— tú y yo esperaremos a la gente de lord Parr.

Bajamos los cuatro, Barak y Nicholas sujetando a Leeman entre los dos. El joven era casi tan alto como Nicholas, y más ancho de hombros, con la constitución de un guardia real. Pero no nos dio problemas. Mientras bajábamos, el reloj de alguna iglesia dio la una.

—No hay señales de tus amigos —le dije aliviado a Nicholas.

—Probablemente ya no volverán. Habrán caído borrachos en cualquier esquina.

—Recuerdo aquellas fiestas de cumpleaños de estudiantes. Demasiado alboroto para mí.

—Pues vaya sorpresa —terció Barak.

Una puerta se abrió con un crujido a un pequeño patio, donde se alzaba un destartalado cobertizo de madera en un rincón del abandonado jardín, contra un muro de piedra que daba al jardín de al lado. A juzgar por el olor, la fosa séptica estaba pidiendo a gritos que la vaciaran. Nicholas abrió la puerta y todos dimos un paso atrás ante la pestilencia.

—Adelante, pues —instó Barak a Leeman.

El hombre vaciló en la puerta, tal era la fetidez.

Aquella vacilación lo mató. Se produjo un fuerte estruendo en el jardín vecino y un breve destello de luz, y un segundo antes de que Leeman cayera al suelo vi, al resplandor del candil, que había perdido la mitad de la cabeza. Nos quedamos petrificados unos segundos, hasta que Nicholas me tiró al suelo, justo cuando se producía un segundo destello y otra detonación, seguidos del olor de la pólvora y el humo. Barak, que también se había tirado al suelo, dio una patada al candil para apagarlo y nos dejó en una oscuridad casi total.

—¡Deprisa! —susurró Barak—. Adentro, antes de que tenga tiempo de recargar. ¡Nick, tú conoces el camino a oscuras!

Nicholas se levantó y, con su largo cuerpo encorvado, se encaminó hacia la parte trasera del edificio, que solo se percibía como una mancha negra en la oscuridad. Barak lo siguió, y luego yo, mordiéndome el labio al notar un tirón en la espalda. Otro estampido, otro destello, y algo golpeó la pared delante de nosotros. Luego oí el crujido de la puerta y Nicholas me metió dentro de un empujón sin miramientos. Barak entró el último y cerró de una patada. Fuera los perros habían empezado a ladrar y algún vecino, despertado por el ruido, gritó:

—¡Eh! ¿Qué sucede?

Por fin llegamos a la parte delantera de la casa y al refugio de las escaleras y nos quedamos jadeando en las tinieblas.

—Pero ¿qué demonios…? —Comencé.

—Un arma. Un arcabuz. Los he visto utilizar para la caza. Son mortales, pero se tarda una eternidad en cargarlos. ¿Leeman…?

—Muerto —respondió Barak—. Le han dado en la cabeza. De manera que nos han seguido hasta aquí, y alguien armado con un arcabuz. Una idea inteligente, apostar al asesino en el jardín de al lado. En algún momento iríamos a las letrinas. Una manera estupenda de matar a alguien de lejos. Podría haber más de ellos en la parte delantera. —Se acercó con cautela a la puerta y miró por el ojo de la cerradura —. No veo a nadie. Supongo que era a Leeman a quien buscaban, para impedir que hablara con nosotros.

—Al menos en eso han fracasado —declaró Nicholas desafiante.

—Venga, volvamos arriba. Gracias a Dios que no hemos abierto la ventana de tu habitación.

—Señor —me dijo Nicholas en cuanto llegamos a su cuarto—, sería peligroso que Jack saliera ahora. Podría haber más emboscados esperando en la calle.

Barak negó con la cabeza.

—Ya habrán huido, ahora que estamos aquí dentro y a salvo. Pero tienes razón. Deberíamos esperar todos aquí hasta que lleguen de Whitehall los hombres de lord Parr.

—Pero ¿por qué los asesinos no entraron tras nosotros cuando llegamos? —me preguntó Nicholas.

—Tal vez porque pensaron que la casa podía estar llena de estudiantes y se organizaría entonces un buen jaleo.

—Tamasin estará fuera de sí —comentó Barak—, pero qué se le va a hacer… — Se interrumpió mirándome fijamente el cuello.

Me llevé allí la mano y se me mancharon los dedos de una pegajosa sustancia roja y gris. Al principio pensé que también a mí me habían dado, pero luego me di cuenta de lo que era: los sesos de Leeman.