Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 36 de 58

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Herejía

Capítulo 34

34

 

Me apresuré a vendar el brazo herido de Leeman con mi pañuelo. Por fortuna, la estocada de Nicholas le había provocado un corte poco profundo, aunque largo. El hombre de Cecil y lord Parr contemplaba la escena, mientras Barak y Nicholas tiraban al Támesis los cadáveres de Curdy y el marinero holandés, ante la horrorizada mirada de los españoles del barco adyacente. Yo mismo di un respingo al oír los cuerpos salpicar el agua. Leeman, junto a mí, seguía inconsciente. Temí que Barak lo hubiera golpeado con demasiada fuerza y que el asunto del manuscrito de la reina se saldara con una muerte más. Lamentación; el título no podía ser más apropiado, pensé con amargura. Barak y Nicholas volvieron con nosotros, el primero con expresión de lúgubre determinación, y Nicholas algo impresionado. En el agua todavía se veía un cuerpo dar vueltas a merced de la corriente, que lo llevaba muy deprisa río abajo; Curdy, pensé, a juzgar por su redondeada forma.

Barak se arrodilló para examinar a Leeman.

—Tenemos que llevárnoslo de aquí, hay que interrogarlo en cuanto recobre la conciencia.

—¿Adónde lo llevamos? —pregunté.

—No a Whitehall —declaró Cecil categórico.

—Mis alojamientos no quedan lejos —ofreció Nicholas—. Y sé que mis compañeros han salido. Es el cumpleaños de un amigo y la fiesta se prolongará hasta tarde. Es posible que no vuelvan en toda la noche.

—¿Dejaste de ir a una fiesta para venir con nosotros? —le dijo Barak—. Es todo un honor.

—Pues sí —afirmé yo muy serio—. Tu ayuda ha sido de gran importancia. Y la tarea no era agradable.

Nicholas lanzó una extraña risa entrecortada.

—Jamás había visto morir a nadie.

—Llevemos a Leeman a casa del muchacho —dispuso Cecil con voz serena, pero con una expresión horrorizada en sus grandes ojos.

—Podríamos llevarlo entre nosotros —sugirió Barak—, como si fuera un amigo borracho, por si nos pregunta alguien.

Cecil se volvió hacia el cadáver del hombre de lord Parr.

—Nos llevaremos a este pobre diablo a Whitehall y despertaremos a lord Parr. ¿Cuál es tu dirección, muchacho? Enviaremos unos hombres más tarde, para recoger a Leeman. La cosa podría llevar unas horas. Y mientras hay que mantenerlo a salvo.

—Debemos ir con cuidado —advertí—. Creo que nos han seguido hasta aquí. Estoy seguro de que oí a alguien tropezar con una piedra en ese callejón.

—A mí también me lo pareció —corroboró Barak—. Nick, muchacho, no apartes la mano de la espada.

Barak y Nicholas alzaron a Leeman y se echaron sus brazos yertos sobre los hombros. Cecil lo contemplaba todo con los ojos muy abiertos.

—No os preocupéis —le dijo Barak con una sonrisa sombría—, se despertará dentro de poco.

Cecil sacudió la cabeza, como preguntándose si todo aquello estaba sucediendo de verdad. Por fin hizo una señal a su hombre para que le ayudara a levantar el cadáver del suelo.

Llegamos sin incidentes a la morada de Nicholas, iluminándonos el camino con el candil de los conspiradores. Yo iba atento a cualquier ruido, por si alguien nos seguía por las oscuras calles, pero no oí nada. Leeman seguía inconsciente. Barak y Nicholas lo tumbaron en la cama, que necesitaba un cambio de sábanas. El polvo de la habitación me hizo toser.

—¿No tienes a nadie que te limpie? —le pregunté.

—Teníamos una mujer, pero Stephen, el vecino, intentó propasarse con ella demasiadas veces. Todavía no hemos encontrado otra.

Advertí que en la estantería, junto con algunos tomos de leyes y un Nuevo Testamento sospechosamente inmaculado, había un par de volúmenes sobre la conducta de un caballero y El libro de la caza.

—Tengo hambre —declaró el muchacho—. Me queda algo de manteca de cerdo y pan. Creo que la manteca todavía estará buena. —Bajo los descoloridos moratones se le veía pálido. Barak también estaba cansado y decaído. De hecho, todos estábamos agotados.

Leeman yacía boca arriba en la cama. Era un hombre joven, alto y fuerte, de pelo oscuro, barba bien cuidada y un rostro apuesto con una orgullosa nariz aguileña. Llevaba un jubón de fustán corriente, nada que ver con las elegantes galas de la corte de la reina. Le toqué con cuidado la nuca: le había salido un buen chichón.

Barak y Nicholas se habían sentado a la mesa y devoraban el pan con manteca que Nicholas había sacado de una alacena.

—Ven —me llamó Barak—, come algo. Es posible que tengamos que quedarnos aquí un buen rato.

Me senté con ellos, pero sin dejar de mirar a Leeman. Por lo menos disponía de algo de tiempo para interrogarlo antes de que llegaran los hombres de lord Parr. Tenía la sensación de que, al igual que Myldmore, este hombre podría estar dispuesto a hablar si lográbamos convencerlo de que trabajábamos para la facción reformista. Valía la pena intentarlo. Recordé lo que le había dicho a Nicholas aquella ocasión en que Elias se dio a la fuga: No hay que espolear a un caballo más de lo que necesita. Estaba desesperado por averiguar lo que Leeman sabía, pero en esta ocasión podría resultar más útil el guante de seda. Recordé la cara de Cecil al comentar que al final hablaría, y por un momento tuve la visión de una tunda de golpes en una habitación oscura.

Al cabo de un rato, Leeman comenzó a agitarse entre gemidos. Barak empapó un trapo en un cubo de agua y se lo escurrió en la cara. Leeman tosió y se incorporó agarrándose la cabeza. Con una mueca de dolor, se miró el brazo vendado.

—Fui yo —le dijo Nicholas—. Es solo una herida superficial.

A Leeman se le nubló el semblante.

—¿Dónde estoy? —Parecía furioso, pero se le notaba cierto miedo en la voz.

Me puse en pie.

—Estás bajo custodia, si no de amigos, Leeman, tampoco de los enemigos que puedes pensar.

Leeman miró en torno asimilando poco a poco aquel desorden de estudiantes.

—Esto no es una prisión —balbuceó desconcertado.

—No. No estás bajo arresto, todavía no. Aunque dentro de un rato vendrán a por ti. Soy Matthew Shardlake, abogado, y sin duda te sería más beneficioso hablar primero conmigo. Tal vez pueda hacer algo para ayudarte, si tú nos ayudas a nosotros.

Leeman se limitó a fulminarme con la mirada.

—Sois los agentes de Bertano, emisario del Anticristo.

—Otra vez ese nombre —dijo Nicholas.

Acerqué un taburete a la cama y me senté cara a cara con Leeman.

—Hemos oído ese nombre muchas veces recientemente, Leeman, pero te juro que no sé quién es ese Bertano. Tal vez tú me lo puedas decir. —Reflexioné un momento —. Cuando dices «el Anticristo», imagino que te refieres al Papa.

—La Bestia de Roma —confirmó Leeman, atento a nuestra reacción.

Sonreí.

—Aquí nadie es amigo del Papa, te lo aseguro.

—Entonces ¿para quién trabajáis?

Saqué el sello de la reina que me habían dado el día de mi nombramiento.

—Para su majestad. En privado. Intento averiguar qué ha sucedido con cierto libro.

Leeman frunció el entrecejo.

—Abogado o cortesano, es lo mismo. Todos robáis el pan de la boca de los pobres.

—Soy abogado del Tribunal de Peticiones, y la mayor parte de mi trabajo lo hago en beneficio de los pobres. —Su rostro al oír esto fue de desdén. Sin duda despreciaba los actos benéficos de los ricos. Pero yo insistí—: Esta noche estamos buscando un manuscrito que creemos que tú y tus amigos intentabais sacar de contrabando. Y también ando buscando a los asesinos de Armistead Greening.

—Que ahora está a salvo en el cielo —dijo Leeman, mirándome con expresión desafiante.

—Y hay otro manuscrito, también desaparecido, obra de la fallecida señora Askew, cruelmente quemada en Smithfield.

—Ya no está aquí —anunció Leeman triunfal—. Lo llevaba encima Vandersteyn. —Guardó silencio un momento, con la cara pálida—. Curdy… vuestros hombres lo mataron. Y vi huir al bueno de McKendrick. ¿También lo habéis matado?

—No; escapó. Y no fuimos nosotros los que matamos a Curdy, sino otros con los que nos hemos visto obligados a colaborar. Quieren encontrar los escritos de Anne Askew, pero eso a nosotros no nos interesa. —Hablé despacio y con cautela, y vi que había llamado su atención—. A mí solo me interesa el otro manuscrito, del que ellos no saben nada. El que le robaron a la reina. —Me incliné hacia él—. Un libro que si llega a ser publicado, podría hacer mucho daño a la causa reformista. Justo cuando la reina parecía haber superado sus problemas y la marea comenzaba a volverse contra el obispo Gardiner, lo robas. ¿Por qué, Leeman?

Él me miró con los ojos entornados, sin contestar, sopesándome. Un ligero rubor había aparecido en sus mejillas blancas. Me pregunté si se estaría acordando de su juramento a la reina, un juramento que había violado.

—Llegué hasta ti a través del guardia Gawger, a quien sobornaste, y del carpintero que te dio la copia de la llave del cofre de la reina.

—Habéis averiguado muchas cosas.

—No las suficientes. ¿Dónde está ahora el libro?

—No lo sé. Lo tenía Greening. Los hombres que lo mataron se lo habrán llevado.

—¿Y quiénes son esos hombres?

Leeman no contestó, pero yo estaba convencido de que sabía algo más. Se me quedó mirando y de pronto me sorprendió diciendo en tono burlón:

—¿Creéis que si se recupera el libro que me llevé, la reina dejará de estar en peligro?

—Eso parece. He estado en la corte últimamente.

—El peligro no ha pasado —repuso él, con un tono en el que se mezclaban el cansancio y el desdén—. ¿Cómo es que conocéis el nombre de Bertano si no sabéis quién es?

—El vecino de Greening, Okedene, os oyó discutir en el taller de impresión poco antes de que asesinaran a Greening. Oyó mencionar el nombre de Bertano, como emisario del Anticristo.

Leeman asintió despacio con la cabeza.

—Sí. La reina puede ser una mujer buena, y tal vez en su corazón reconoce que la eucaristía es una ceremonia blasfema, pero está perdida de cualquier manera, a causa de Bertano. El rey está a punto de recibir a un emisario secreto de Roma. Eso solo puede significar que va a volver a la servidumbre papal. Muchos caerán entonces, y la primera será Catalina Parr.

Me sacudió un escalofrío al comprenderlo todo al fin.

—Bertano es el emisario oficial del Papa —resollé.

—Sea eso cierto o no —terció enfadado Nicholas—, rompiste tu juramento de guardar y proteger a la reina.

—La reina es solo una más en la caterva de nobles y príncipes ociosos, el despojo de la humanidad. —Leeman habló con tal fiereza que volví a pensar que le remordía la conciencia.

Nicholas frunció el entrecejo.

—Por los clavos de Cristo, desde luego que es un anabaptista. Menuda pandilla de cismáticos. Están dispuestos a asesinar a todos los caballeros y entregar sus propiedades a la chusma.

Me volví para clavarle una mirada de advertencia.

—Estoy en vuestras manos —me espetó Leeman—, y sé que pronto me matarán —añadió, tragando saliva. Su tono furioso transmitía el desafío de un mártir, pero en su voz se percibía un ligero temblor. Sí, pensé, tenía miedo. Como cualquier hombre, temía las llamas—. Desde luego, soy lo que vuestro muchacho llama un anabaptista. Entiendo que solo debería permitirse el bautismo una vez que la persona ha alcanzado el verdadero conocimiento de Dios. Y que igual que el Papa es el Anticristo, que seduce los corazones de los hombres mientras él vive con toda pompa y magnificencia, los príncipes de la tierra y sus secuaces son igualmente ladrones y deben ser derrocados si los cristianos quieren vivir como ordena la Biblia — concluyó, alzando la voz—. Con todos los bienes en común, en verdadera caridad, reconociendo que todos estamos hechos de la misma débil arcilla, y que nuestra auténtica lealtad es solo para con nuestro Señor Jesucristo. —Se reclinó jadeando y mirándonos con expresión desafiante.

—Menudo sermón —se burló Barak.

—Así que estarías dispuesto a derrocar al rey, de quien se dice que es, por decreto divino, la cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra —le dije.

—¡Sí! —gritó—. Y sé que con estas palabras acabo de cometer traición y que podrían colgarme, ahogarme y descuartizarme en Tyburn, además de quemarme por hereje por lo que he dicho de la eucaristía. —Hizo una honda y trémula inspiración —. Más me vale soltarlo todo ahora. Solo puedo morir una vez. Esto es lo que creo, y por ello seré recibido en el cielo cuando me matéis.

—Ya te he dicho antes, Leeman, que no somos tus enemigos. Si colaboras para recuperar el manuscrito de la reina, podría ayudarte. —Le clavé la mirada antes de proseguir—: Provienes de las clases gentiles, por fuerza, para haber sido nombrado para un puesto de confianza como el que tenías. Así pues, ¿qué es lo que te llevó hasta tus actuales creencias?

—¿Ahora queréis que incrimine a otros? —Volvió a tomar aliento—. A eso me niego.

—No es menester. El señor Myldmore ya nos lo contó todo sobre vuestro grupo. Lo tenemos a salvo. Conocemos los nombres de los tres que estaban contigo esta noche: Curdy, que resultó muerto; Vandersteyn, que se marchó en el barco, y McKendrick, que escapó. Y maese Greening y el aprendiz Elias, que fueron asesinados.

Una expresión de perplejidad le cruzó el semblante.

—¿Elias también está muerto?

—Sí. Y por la descripción de los métodos de los asesinos, son los mismos que mataron a Greening.

—Pero pensábamos… —Leeman se contuvo y susurró—: Entonces Elias está en el cielo, por la gracia de Dios.

—También sabemos, por Myldmore, cómo llegó a manos de tu grupo el manuscrito de Anne Askew, los Interrogatorios. Y mis investigaciones en la corte me llevaron hasta ti como el hombre que había robado el libro.

Leeman se dejó caer en la cama.

—Myldmore… —murmuró con desesperación—. Sabía que no podía fiarme de él. Ese hombre ha sido seducido por Mammón.

—Y albergaba algunas dudas sobre la Supremacía Real.

—Sí. No podíamos contarle nuestros secretos. Maese Greening se mostró muy firme en eso. Fue Greening quien me hizo ver la verdad, él y los otros. Dios los tenga en su gloria.

—Nos gustaría encontrar a sus asesinos. Por favor, ayúdanos.

Leeman guardó silencio, pensativo. Yo ardía en deseos de saberlo todo, pero estaba seguro de que, igual que con Myldmore, la mejor táctica era la persuasión, aunque el guardia parecía un hombre más duro e inteligente que el carcelero. Por fin retomó la palabra, con tono más apagado.

—Sabéis ya mucho, no creo que perjudique a nadie contándoos el resto. En cuanto a mí, sí, nací y me eduqué como caballero. En Tetbury, en los Cotswolds. Es una zona de ganadería y mi padre poseía muchos rebaños de ovejas. Hizo fortuna con el comercio textil y gracias a sus contactos pudo conseguirme un puesto en la corte como guardia de la reina. —Sonrió con tristeza—. Mi padre, a pesar de ser terrateniente, por lo menos abrazó la nueva fe, como hice yo al ir creciendo. Aunque el propio rey ha ido volviendo poco a poco a los viejos usos. Y ahora está dispuesto a ir más allá.

—¿De vuelta a Roma, piensas? —preguntó Barak, acariciándose pensativo la barba.

—Sí. Mi padre me advirtió que cuando viniera a Londres vería cosas que no me gustarían, pero que para medrar debía contener la lengua y aguardar tiempos mejores. «Concéntrate en ascender, siempre en ascender». —Leeman apretó el puño—. Hacia las riquezas y el poder, no hacia Dios. Eso es todo lo que llena los huecos corazones de la corte. Mi padre no era capaz de verlo —declaró sombrío—, solo veía una parte de lo que Cristo exige de nosotros. Como a través de un cristal, todo velado. — Entonces se volvió hacia mí—. ¿Habéis visto Whitehall, señor Shardlake?

—Sí.

—Es magnífico, ¿verdad? Y todavía en construcción, más grandioso cada día.

—Hay quien dice que el rey desea que sea el mayor palacio de Europa.

Leeman lanzó una hueca carcajada.

—Su propósito es deslumbrar y acobardar a todo el que lo vea. Cada piedra es testimonio del poder y la riqueza del rey, cada piedra grita: «¡Mirad y temed y maravillaos!». Mientras que en el interior —prosiguió con amargura— se practica el juego sucio de las intrigas cortesanas, en el que ningún hombre está a salvo.

—Estoy de acuerdo contigo —le dije—. Desde luego en lo de las intrigas cortesanas.

Leeman me clavó la mirada, sorprendido por mi reacción. Creo que intentaba provocarme para que defendiera al rey y su corte.

—Lo odio —prosiguió—. El gran palacio, cada piedra construida con el sudor de los pobres, el hedor y la miseria justo al otro lado de sus muros. Mi vicario de Tetbury era un hombre que había llegado a ver la mentira de la eucaristía y me puso en contacto con amigos en Londres, hombres de fe. —Se interrumpió y pareció mirar un momento hacia su interior—. Y fue bueno que lo hiciera, porque el servicio real ofrece muchas tentaciones: el desenfreno de la carne, la vanidad en el atuendo y los modales, finas ropas y joyas… Ah, son tentadoras, como la propia reina declara en su libro.

—¿Lo habéis leído?

—Sí, cuando estaba en poder de maese Greening.

Saber que había leído el manuscrito robado me enfureció de pronto, pero hice un esfuerzo por mantener la expresión abierta y amistosa mientras él proseguía con su declaración.

—A través de algunos amigos fui progresando cada vez más hacia Dios y hacia la correcta comprensión de nuestra malvada sociedad. —Volvió a mirarme a los ojos—. Un grupo de discusión me llevó a otro a medida que mi fe se hacía más profunda, y el año pasado me presentaron a maese Greening.

Yo ya imaginaba cómo había ocurrido: un joven sensible, con conciencia e inclinaciones radicales, tentado por la magnificencia de la corte pero consciente del mal que albergaba. Su fe se había hecho más profunda al ir moviéndose en círculos cada vez más radicales, hasta llegar por fin al grupo de Greening.

—De manera que a ti sí te aceptaron en el reducido grupo de Greening, a diferencia de Myldmore, quien también tenía acceso a algunos secretos —añadí significativamente.

Leeman se echó a reír.

—Ya imaginé que habríais llegado a esa conclusión. El señor Vandersteyn también tenía contactos, no aquí, sino en las cortes de Francia y Flandes, hombres que le pasaban información. Fue idea suya la de crear aquí un grupo similar de auténticos creyentes en posición de averiguar secretos capaces de perjudicar tanto a príncipes como a papistas, un grupo que ayudara a agitar la población para que se revelara contra ambos.

—Ya veo. —De manera que Vandersteyn, que ahora se dirigía hacia el mar del Norte, había sido la clave de todo aquello.

—Conoció a maese Greening aquí en Londres, en un viaje de negocios, hace dos años, y así fue como nació nuestro pequeño grupo. McKendrick ya había alcanzado a ver la luz. Luego los papistas fueron a husmearlo y tuvo que huir de Escocia. Había ostentado un puesto de menor rango en la corte escocesa de la niña María, y conocía las intrigas y puñaladas entre los lores rivales.

—¿Y Curdy? No parecía un hombre de contactos.

—No, pero sí era un hombre de fe, con un verdadero instinto para saber en quién podía confiarse y en quién no.

—Bueno —intervino Barak—. Una pequeña célula de espías anabaptistas buscando secretos que divulgar.

Leeman lo miró desafiante.

—Y los encontramos. Incluso Myldmore, a quien habíamos rechazado por no haber alcanzado la verdadera fe, volvió a nosotros cuando Anne Askew le confió sus escritos. Sabíamos que si su relato sobre la tortura ilegal, a manos de dos consejeros de Estado, se publicaba en el extranjero y se introducía de contrabando en Inglaterra, agitaría a la población. Aquí no era seguro hacerlo, pues los impresores ingleses están muy vigilados. Y será publicado —declaró altanero—. El gobierno cuenta con agentes en Flandes, pero los hombres de maese Vandersteyn son duchos en evitarlos.

—Ya veo. —Me detuve para tomar una honda bocanada de aire—. Bueno, os he dicho que nosotros no tenemos ningún interés en los escritos de Anne Askew. Otras personas sí, y nos hemos visto obligados a trabajar con ellas temporalmente.

—¿Richard Rich? —preguntó Leeman—. Un villano en toda regla.

Incliné la cabeza.

—En cuanto a ti, oíste a la reina y al arzobispo Cranmer discutir en voz muy alta una noche, cuando estabas de servicio, y así te enteraste de la existencia de la Lamentación.

Leeman lanzó un gemido y se estremeció con un espasmo de dolor.

—Por mi fe, señor, que sois hombre inteligente.

Tomé de nuevo aliento.

—Y supongo que informaríais a vuestro grupo y se decidió que robaríais la Lamentación, aunque su publicación podría sellar el destino de la reina. Porque creíais que su suerte ya estaba echada, pero el libro mostraría al menos que profesaba la fe protestante. ¿Y pensabais que su suerte estaba echada por culpa de Bertano?

—Sí. Discutí con el grupo que era mejor exponer a Bertano públicamente, que la noticia de su llegada agitaría al pueblo. Pero otros arguyeron en contra, diciendo que no nos creerían y que era demasiado tarde para impedir su llegada.

—¿Quién sostenía esa postura?

—Curdy y el capitán McKendrick.

—¿Y cómo averiguasteis lo de Bertano?

—Ya os he dicho que Vandersteyn tiene informadores en el continente, entre ellos un oficial de rango inferior en la corte francesa. Baste decir que sus responsabilidades incluían el hospedaje de visitantes extranjeros, lo cual le daba la oportunidad, igual que a mí, de oír ciertas conversaciones y enterarse de detalles como la llegada a Francia de Gurone Bertano. Es un embajador papal que vivió en otro tiempo en Inglaterra y al que envían para llegar a un acuerdo entre el Papa y el rey Enrique, por invitación del propio rey.

Barak sacudió la cabeza.

—El rey jamás volvería a rendir su autoridad a Roma.

—Sí —convino Leeman—. El señor Vandersteyn se llevó una buena sorpresa cuando su emisario de Flandes le trajo esta noticia. —Y me miró con expresión dura —. Pero de sus hombres puede uno fiarse siempre. Bertano está ahora en la corte francesa, y llegará aquí dentro de unos días. Todo se ha realizado en secreto, solo un puñado de hombres en la corte saben de esto, y ninguno de ellos alberga simpatías por la Reforma. Desde luego la reina no sabe nada.

Barak seguía acariciándose la barba con el ceño fruncido. Era una historia extraordinaria, disparatada, pero aun así encajaba con lo que lord Parr me había contado: que a pesar de su fracaso para destruir a la reina y su entorno, la facción conservadora no se mostraba abatida, sino que sus miembros se comportaban más bien como si tuvieran otro as en la manga. Si este era el as en cuestión, lo que había en juego era mucho.

—¿Cuándo llegaron las noticias de ese Bertano? —pregunté.

—Justo después de que informara a mi grupo de la discusión que había oído entre la reina y el arzobispo Cranmer sobre la Lamentación. Y todos estuvimos de acuerdo: si el rey decide volver bajo el yugo de Roma, sin duda la consecuencia es que tendrá que sustituir a la reina. El Papa insistiría en ello. Pero si la Lamentación se publicaba, el pueblo vería que el rey había ejecutado a una mujer buena y auténtica.

Tuve que ponerme en pie y acercarme a la ventana. Estaba horrorizado. Si lo que Leeman decía de Bertano era cierto, la reina corría otro peligro mortal y era un peón prescindible en un juego de mucha más envergadura. Resultaba difícil de asimilar. Pero por lo menos parecía que el grupo de Greening había tomado la decisión de no publicar la Lamentación antes de que cayera la reina, sino mantener el manuscrito oculto en el taller de Greening, donde habían supuesto que estaría a salvo.

—Si se hacía público que el rey estaba a punto de recibir a un emisario secreto del Papa, sin duda habría despertado la furia popular, tal vez impidiendo incluso que la visita se produjera.

—Sí —convino Nicholas—. La indignación entre los reformistas sería tremenda.

—Eso es lo que yo decía cuando hablamos de Bertano en el grupo. Estuvimos discutiendo el tema durante días.

Volví a sentarme junto a él.

—Pero Curdy y McKendrick se oponían a ello, ¿no es así? Te lo pregunto, Leeman, porque creo que un miembro de vuestro grupo podría haber sido un espía a sueldo de un tercer bando. No sé quiénes son estos últimos. Y a propósito, estoy bastante seguro de que esta noche alguien nos siguió hasta los muelles y vio todo lo sucedido.

Leeman asintió con la cabeza.

—Eso es también lo que nosotros concluimos, cuando maese Greening fue asesinado y la Lamentación desapareció. Por eso huimos todos. Vandersteyn tenía los escritos de Anne Askew para llevarlos al extranjero, de manera que por lo menos los asesinos no se harían con ellos. Después nos dimos cuenta de que debía de haber un espía entre nosotros, porque nadie más sabía lo que estábamos haciendo. Pero pensamos que sería Elias, puesto que fue el único que se negó a salir del país.

—No se le había dicho nada sobre la Lamentación, era demasiado joven para conocer un secreto de ese calibre, pero podría haber…

—Podría haber oído alguna conversación. Eso fue lo que pensamos después. Y necesitaba dinero, pues tenía que mantener a su familia. —Leeman sacudió la cabeza —. Pobre Elias…

—Si había un espía, no era él. —Me puse a cavilar: eso solo dejaba a Curdy, que estaba muerto, a Vandersteyn, que había desaparecido, y a McKendrick. Y no me imaginaba que fuera Vandersteyn, pues tenía una larga historia como radical y había estado en el centro de la conspiración. De manera que quedaban Curdy y McKendrick, que habían vivido en la misma casa y se habían mostrado contrarios a hacer pública la visita de Bertano antes de que se produjera—. ¿Cuál era el argumento de Curdy y McKendrick en contra de hacer pública la visita de Bertano?

—Curdy sostenía que no teníamos pruebas, y que si dábamos a conocer la historia, sencillamente sería negada y las negociaciones tendrían lugar de cualquier manera. McKendrick estaba de acuerdo con esto, y decía que necesitábamos evidencias más firmes, tal vez más detalles sobre el lugar donde se celebrarían las negociaciones, y con quién. Aseguraba saber, por su experiencia en Escocia, cómo los rumores pueden ser rápidamente acallados si no se sostienen con pruebas. Sugirió que Vandersteyn debería obtener más información del continente, y luego hacer pública la noticia con todo detalle, cuando Bertano estuviera ya aquí. Solo sabíamos que vendría en torno a principios de agosto. Al final acordamos esperar, y Vandersteyn envió cartas codificadas a su gente en el extranjero, para intentar obtener más información.

—¿Recibió alguna respuesta?

—No —suspiró Leeman—. Los agentes de Vandersteyn no pudieron averiguar nada más. Y luego asesinaron a maese Greening. Huimos, nos escondimos en casas de buenos amigos, siempre separados y trasladándonos de un sitio a otro mientras el señor Vandersteyn conseguía un barco que pudiera llevarnos a Flandes. Sabíamos que nos buscaban. Una de las casas que albergó al señor McKendrick fue asaltada por rufianes justo después de que él se hubiera marchado. —Me miró—. ¿Y nada de esto fue organizado por vuestra gente?

—No.

—¿Cómo sabíais que estaríamos en los muelles esta noche?

—No fue difícil concluir que intentaríais salir del país y tal vez sacar ambos manuscritos. Emplazamos espías en los muelles. Pecasteis de un exceso de confianza al acudir a la Casa de Aduanas. Podíais haber subido al barco como polizones.

Leeman se mordió el labio.

—Vamos a dejar las cosas claras —terció Barak—. Vuestro pequeño grupo se componía de anabaptistas, que quieren acabar no solo con la religión establecida, sino con la mismísima sociedad…

—¡Como sucederá algún día! Está claro en la Biblia que…

—Un grupo que formó el holandés Vandersteyn —lo interrumpió Barak—, que forma parte de un grupo similar en el continente, y cuyo objetivo particular era obtener información que pudiera promover una revuelta popular.

—Sí. El pueblo está engañado por las mentiras de príncipes y papas. Pero los auténticos creyentes somos la sal de la tierra. —Leeman hablaba como recitando una oración.

—Pero no os disteis cuenta de que había un espía en vuestro grupo —intervine, furioso ahora—, y ahora alguien que casi con toda seguridad trabaja para algún personaje importante en el bando conservador tiene en su poder el manuscrito de la reina. Y estará dispuesto a entregárselo al rey en cualquier momento con la intención de volverlo a enfurecer contra la reina justo cuando llegue este emisario papal. — Leeman agachó la cabeza y yo proseguí—: Necesitabais dinero para sobornos y materiales para robar y publicar el libro de la reina, unas sumas sustanciales. ¿De dónde sacasteis ese dinero?

—El señor Curdy tiene dinero, de sus negocios. —Una chispa volvió a encenderse en la mirada de Leeman—. Veréis, señor Shardlake, nosotros practicamos lo que predicamos: la puesta en común de todos los bienes.

Me volví con un suspiro hacia Nicholas y Barak.

—Vosotros, tenemos que hablar en privado. Nicholas, ¿puedes traer la vela? Que no se te pase por la cabeza intentar huir —le dije a Leeman—, estaremos cerca. Quédate aquí pensando en lo que has provocado con tu insensatez.

Y nos marchamos, dejándolo en la oscuridad.