Herejía
Capítulo 52
52
Me incliné al instante todo cuanto pude. Después de lo que le había sucedido a Barak, no había mostrado ante Paget la deferencia que se le debía, pero frente al rey me rebajé de manera instintiva. Solo me dio tiempo a ver que llevaba un largo caftán, como el día que lo vi desde la ventana con lord Parr, y destocada la cabeza de ralo pelo cano.
Se produjo un momento de silencio. La sangre se me agolpó en la cabeza y tuve la impresión de que me iba a desmayar. Pero nadie tenía permitido erguirse y mirar al rey a la cara a menos que este se dirigiera a él. Lo oí reírse, una risa fatigosa y cascada, curiosamente parecida a la del tesorero Rowland. Y entonces me habló, con la misma inesperada voz de pito que recordaba de mi breve encuentro con él en York, aunque esta vez más ronca y quebrada.
—Así que Paget, mi maestro de prácticas, os ha encontrado. Alguien os ha dado un puñetazo en la cara. —De nuevo se oyó la chirriante risa.
—Creo que estalló una pelea, majestad, antes de que Stice lo capturase —explicó Paget.
—¿Le habéis dicho algo?
—Nada, majestad. Comentasteis que queríais hacerlo vos mismo.
El rey prosiguió con el mismo tono sereno, aunque en él se discernía ahora cierta amenaza.
—Muy bien, serjeant Matthew Shardlake, incorporaos.
Por fin me enderecé, palpitándome la cara, y elevé la vista despacio hacia el rey. Su rostro pálido e hinchado estaba arrugado y en él se leía el dolor y el agotamiento. Su barba gris, al igual que su pelo, era fina y rala. Su corpachón enorme se estrujaba entre los brazos de satén de su butaca, y las piernas sobresalían cubiertas de gruesos vendajes. Pero por más grotesco e incluso patético que fuera su aspecto, el rey Enrique seguía resultando aterrador. En el retrato de Holbein lo más escalofriante eran sus ojos, pero en el hombre de carne y hueso lo que más impresionaba era su boca pequeña y tensa, recta y dura como una hoja entre las gruesas mandíbulas, una boca cruel, inclemente. Por un momento me dio vueltas la cabeza. Era como si nada de aquello fuera real y me encontrara inmerso en una pesadilla. Estaba mareado, y me invadió una extraña sensación de desconexión. De nuevo creí que perdería el sentido, pero entonces volví a ver la mano de Barak volando por los aires entre una rociada de sangre, y me agité convulsivamente.
El rey mantuvo la mirada un momento más, hasta que por fin se volvió para hacer una seña a Somers y el guardia.
—Will, llena mi copa y luego llévate al guardia. Con un jorobado en la estancia ya es suficiente.
Somers sirvió el vino de la jarra, el mono aferrado con experta facilidad a su hombro. El rey se llevó la copa a la boca y yo atisbé un instante sus dientes grises.
—Por los clavos de Cristo —murmuró—, esta sed que no cesa.
Somers y el guardia se marcharon, cerrando la puerta sin hacer ruido. Eché un rápido vistazo a Paget, que seguía mostrando su expresión plana y vacua. El rey, que volvió a clavarme la mirada, habló con una voz cargada de amenaza:
—Bueno, señor Shardlake, me dicen que habéis pasado un tiempo con mi esposa.
—¡No, majestad, no! —exclamé, oyendo el pánico en mi propia voz—. Solo la he ayudado a buscar…
—¿Esto? —Con dificultad, el rey tendió el brazo hacia el escritorio que tenía detrás y sus dedos, sorprendentemente delicados, cogieron un fajo de papeles. Lo alzó y alcancé a distinguir la caligrafía de la reina en la mitad de la primera página que Greening había rasgado al morir. Lamentación de una pecadora.
La tierra volvió a temblar bajo mis pies y esta vez sí estuve a punto de desmayarme. Tuve que respirar hondo varias veces. El rey se había quedado mirándome, aguardando una respuesta, la boca ya muy tensa. Y entonces, a mi lado, oí la voz de Paget:
—Naturalmente, señor Shardlake, cuando me enteré por mi espía de que esos anabaptistas habían robado un libro escrito por la reina, informé de inmediato a su majestad, que ordenó que el manuscrito fuera llevado a su presencia y la secta, exterminada. Ha estado en su posesión todo este tiempo.
Me quedé mirando como un idiota el manuscrito. Después de todo, de todas las semanas de ansiedad y miedo, del espanto de lo que le había sucedido a Barak esa noche… después de todo eso, la Lamentación siempre había estado en posesión de Enrique. Debería haberme enfurecido, pero en presencia del rey no cabía más emoción que el miedo.
Ahora me señalaba con el dedo.
—El año pasado, señor Shardlake —dijo con voz ronca de rabia—, cuando la reina y yo estábamos en Portsmouth, os vi delante de la muchedumbre cuando entré en la ciudad. —Alcé la vista sorprendido—. Sí, y os recordaba, como recuerdo a todos aquellos que me han dado motivos de disgusto. Ya fracasasteis una vez en la misión de descubrir un manuscrito robado. En York, hace cinco años. ¿No es así?
Tragué saliva. El rey me había insultado en público en aquella ocasión. Pero me habría hecho algo mucho peor de haber sabido que en realidad sí logré encontrar aquellos papeles y los destruí a causa de sus incendiarios contenidos. Volví a mirarlo, con el temor irracional de que aquellos ojos penetrantes pudieran leerme la mente, que pudiera ver lo que de verdad había hecho en York, e incluso conocer mis traicioneros pensamientos esa misma tarde sobre el credo anabaptista.
—¡Por las barbas de Cristo, responded a vuestro rey, botarate! —estalló furioso.
—Yo… lamenté mucho haberos disgustado, majestad. —Soné cobarde, patético.
—Hacéis bien en lamentaros. Y al veros el año pasado en Portsmouth, cuando no teníais razón alguna para estar allí, encargué a Paget hacer averiguaciones y me enteré de que habíais visitado a mi esposa en el castillo de Portchester. Y que realizasteis para ella trabajos de abogado. Fue algo que permití, señor Shardlake, porque sé que en una ocasión, antes de nuestro matrimonio, le salvasteis la vida. —El rey asintió lentamente—. Sí, Cranmer me lo contó, más tarde.
Su voz se suavizó por un momento, y supe que, efectivamente, todavía amaba a Catalina Parr. Y aun así la había utilizado como una herramienta en sus maquinaciones políticas durante todos estos meses, permitiéndole vivir con temor por su vida.
—No me gusta que mi esposa reciba visitas que yo no he autorizado, de manera que cuando volví de Portsmouth hice que os tuvieran vigilado. —Y lanzó una risa jadeante—. No es que sospechara que mi Catalina pudiera tener algún devaneo con una criatura fea y jorobada como vos, pero estos días vigilo a todos los que pudieran mostrar demasiado interés en aquellos a los que amo. Ya he sido traicionado antes por las mujeres —añadió con amargura—. Mi esposa no sabe que vigilo a ciertos asociados suyos. A Paget se le da bien contratar hombres discretos que observen y espíen, ¿eh, sir William? —Se volvió ligeramente para darle un golpe en el brazo a Paget, que se tambaleó un poco, pero su única reacción fue un parpadeo. En el rey, por el contrario, el movimiento provocó que su vasto cuerpo, libre de corsé bajo el caftán, temblara y se estremeciera entero.
Tragué saliva.
—Majestad, yo profeso una alta estima a la reina, pero solo como su sirviente y como súbdito que admira su bondad, su cultivada…
—¿Y su religión? —me espetó de pronto el rey.
Tuve que respirar hondo.
—No es un asunto que haya discutido mucho con su majestad la reina. —Pero sí recordaba aquellas conversaciones en la galería. Estaba mintiendo, pura y simplemente, porque por muy terrorífico que resultara el rey, revelar la verdad podría poner en peligro a Catalina. El corazón me martilleaba en el pecho, y me costaba evitar que la voz me temblase—. Cuando he hablado con ella, en Londres y en Portsmouth, siempre había alguien presente, una de sus damas, Mary Odell o cualquier otra… —Ahora casi tartamudeaba, y mis palabras se atropellaban unas a otras.
Paget me miró con desdén.
—Los espías de Stice, el abogado Bealknap y luego el mayordomo Brocket, no informaron de que hubiera asunto alguno entre vos y la reina o su corte durante un año. Y entonces, el mes pasado, de pronto sois admitido en el Consejo Legal de la Reina. Con la misión, supuestamente, de encontrar una joya robada. Pero en realidad, como os oyó el mayordomo Brocket decirle a Cecil, el hombre de lord Parr, lo que en realidad buscabais era la Lamentación de una pecadora. Una misión que os llevó a uniros a Richard Rich en su búsqueda de los desvaríos de Anne Askew.
Recordé que Cecil había venido a verme después de que mataran a Elias. En aquella ocasión mencionamos la Lamentación, y el canalla de Brocket debía de haber estado escuchando detrás de la puerta. Si sabían todo aquello, pensé, no tenía sentido mentirles sobre la joya robada. Me di cuenta horrorizado de la gravedad de mi situación, y noté un espasmo en mi rostro magullado.
—Anne Askew —dijo el rey con una voz curiosamente serena—. Yo no pretendía que fuera torturada. Solo di permiso a Wriothesley para que utilizara medidas firmes. —Se agitó ligeramente en su butaca—. La responsabilidad es únicamente de Wriothesley —añadió—. Y de Rich. Que sufran si llega a publicarse ese manuscrito. —Entonces volvió a mirarme para hablar con cruel frialdad—. Pero la reina debería haberme hablado de la existencia de este manuscrito, y debería haberme dicho que había sido robado, en lugar de organizar una búsqueda tras una cortina de mentiras sobre una joya robada. ¿Qué tenéis que decir a eso, abogado?
Volví a tragar saliva. Y decidí entonces que cualquier cosa que dijera debía estar calculada para proteger a la reina, para desviar de ella cualquier posible sospecha de deslealtad, pues de lo contrario todo habría sido por nada.
—Cuando lord Parr me consultó, justo después de que el manuscrito fuera robado, la reina estaba muy turbada, y asustada tras los… los recientes acontecimientos. —Sabía que con mis siguientes palabras podría estar firmando mi propia sentencia de muerte—. Fui yo quien le pedí que me dejara intentar encontrar el libro en secreto, a cubierto tras la historia de la joya robada.
—Mañana interrogaré a lord Parr —me interrumpió Paget.
Me sentí aliviado al oírlo, pues sabía que el tío de la reina, por muchos que fueran sus defectos, también haría todo lo posible por desviar la responsabilidad de la reina hacia él mismo. Y para asegurarme de que nuestras historias coincidían añadí:
—Lord Parr convino en que deberíamos buscar el libro en secreto.
—¿Quién más estaba al corriente? —preguntó el rey.
—Solo el arzobispo Cranmer. La reina sabía que el libro podría considerarse demasiado radical, de manera que le pidió su opinión, y el arzobispo declaró que no debería ser publicado. Pero antes de que pudieran destruirlo, desapareció. Lo robó el guardia aquel —me atreví a puntualizar—. De manera que la reina no os engañó, majestad, tenía pensado destruir el manuscrito de inmediato, por si con él os provocaba enojo.
El rey guardó silencio, el ceño fruncido. Movió las piernas con un respingo de dolor. Cuando volvió a mirarme, su expresión había cambiado.
—¿La reina tenía miedo? —preguntó con voz queda.
—Sí, majestad. Cuando descubrió la desaparición del manuscrito se quedó estupefacta, desconcertada…
—No es de extrañar. Después de que Gardiner y sus esbirros intentaran durante tantos meses volverme en su contra… —Su voz se alzó entonces, pero por el momento ya no era yo el objeto de su furia—. Gardiner insistía en que era una hereje que negaba la eucaristía. ¡Estaban dispuestos a romperme de nuevo el corazón! —Se reclinó en su butaca—. Pero yo sabía de sus maniobras, sabía que mi Kate me era fiel, la única que lo ha sido desde Juana. De manera que les dije que no haría nada sin pruebas irrefutables. Y no me trajeron ninguna. ¡Ninguna! —exclamó, con el rostro sudoroso y congestionado—. ¡Esos canallas, dispuestos a volverme en contra de Kate y someterme al yugo de Roma! Pero he sabido ver sus intenciones, y lo pagarán…
La diatriba concluyó en un ataque de tos que tornó morado su rostro. La Lamentación, que tenía sobre el regazo, comenzó a deslizarse hacia el suelo. Me incliné de manera instintiva, pero Paget, fulminándome con la mirada, le devolvió el libro al rey antes de tomar su copa para llenarla de nuevo. Enrique bebió un largo trago y se arrellanó resollando en su butaca.
—Majestad —murmuró el secretario—, tal vez no debería decirse demasiado delante de este hombre…
—No, esto debe saberlo. Cuando me trajeron el manuscrito —me contó—, temí su contenido. Pero lo he estudiado bien. —Y de manera inesperada esbozó una remilgada sonrisita—. Sus sentimientos son un tanto irreflexivos, pero la reina es tan solo una mujer —argumentó con un gesto de desdén—, y por tanto una criatura emocional. Aquí no se dice nada en contra de la eucaristía. El libro no es herético. — Su tono era ahora pomposo, moralista, el tono de alguien a quien el mismísimo Dios ha autorizado a decidir sobre tales asuntos, cosa de la que él estaba convencido—. Kate tiene demasiados miedos —concluyó.
Con qué rapidez mudaban sus emociones, pensé, unas emociones muy a flor de piel, al menos cuando así lo decidía. Durante los últimos meses también había demostrado hasta qué punto podía ser frío y taimado. Pero sus últimas palabras me daban esperanzas para la reina.
—Tal vez ahora es el momento de contarle a la reina que lo tenéis —sugirió Paget vacilante.
—No —contestó brusco el rey, de nuevo con tono ominoso—. Estos días, cuantas más cosas mantenga a salvo en mis propias manos, mejor. —Me di cuenta de que había mantenido oculto el manuscrito porque mientras no fracasara la misión de Bertano, existía al menos la posibilidad de decidirse aún contra la facción reformista, y en ese caso una reina protestante habría sido un lastre. En esa situación, la Lamentación todavía podría utilizarse como un arma. El rey amaba a su esposa, sí, pero en último término, al igual que todos los súbditos del reino, Catalina no era sino un peón en su tablero de ajedrez. La habría matado de haber pensado que tenía que hacerlo, por muy poco que lo deseara. Y, por supuesto, todo habría sido por culpa de algún otro.
El rey volvió a mirarme con atención.
—¿De manera que fuisteis vos quien convenció a la reina de que mantuviera el robo en secreto?
Lord Parr me había comentado lo sugestionable que era el rey, cómo creía lo que deseaba creer, y que para él la deslealtad era el más grave de los pecados. Ahora estaba seguro de que deseaba creer que la reina Catalina no había tomado la iniciativa de ocultarle el robo de la Lamentación. Enrique prefería que la culpa recayera en mí, alguien a quien despreciaba y que políticamente no contaba en absoluto. Tal vez ya me había escogido como cabeza de turco, tal vez por eso me había contado tanto. Pero después de lo que había sucedido esa noche, a mí ya no me importaba nada.
—Sí, majestad —contesté, tal vez firmando por segunda vez mi sentencia de muerte.
Él caviló un momento antes de decir con petulancia:
—Aun así, Kate me engañó…
Respiré hondo, y por alguna razón recuperé la fluidez del discurso, como en el clímax de una vista ante un tribunal.
—No, majestad. Fui yo el que busqué la Lamentación a vuestras espaldas.
Con gran esfuerzo, el rey logró erguirse algo más en su butaca. Guardó silencio un instante, intentando calibrar cuál había sido el papel de su esposa en todo aquello. Hasta que por fin pareció llegar a una conclusión. Se inclinó entonces con una mueca inclemente en los ojos y la boca.
—Sois un insolente plebeyo, un jorobado patán —dijo con voz queda, pero con evidente furia—. Los hombres como vos son la maldición de este reino. Hombres que se atreven a decir que solo responden ante ellos mismos en cuestiones de religión y seguridad del reino, ¡cuando su única lealtad debería ser hacia mi persona! — concluyó, ahora alzando la voz—. ¡Yo, su rey! ¡Es una traición! ¡Traición! —Y me miró con tal rencor que yo retrocedí involuntariamente medio paso.
—¡No os atreváis a moveros sin mi permiso! —bramó.
—Perdonadme, majestad.
Al ver mi abyecto miedo, su humor volvió a cambiar. Se volvió hacia Paget y habló con asco:
—¿Cómo he podido pensar que esta despreciable criatura podría suponer para mí amenaza alguna, eh?
—No creo que lo sea —opinó el secretario.
El rey se quedó pensativo un momento.
—Decís que uno de los dos hombres que trabajaban para Shardlake está muerto.
—A estas alturas, sí —contestó Paget con indiferencia.
—¿Y el otro, el que han traído aquí con él?
—Es poco más que un muchacho. —Paget esbozó una sonrisa—. Un joven alto, pelirrojo como era vuestra majestad en su juventud, aunque creo que no tiene ni mucho menos vuestra apostura.
El rey sonrió ante el halago. Me di cuenta de que Paget intentaba contener la ira del rey, y me pregunté por qué lo haría. Se produjo un silencio mientras Enrique reflexionaba de nuevo. Hasta que por fin sacudió la cabeza.
—Este hombre convenció a la reina para que tuviera secretos conmigo. Eso es traición. —Volvió a mirarme con aquellos ojillos azules entornados entre arrugas pero aún duros e inmisericordes—. Y pienso acabar con él. No es más que una engorrosa rata.
Agaché la cabeza. Tenía frío y mi corazón acelerado latía ya más despacio. Traición, pensé. Me arrastrarían atado a un caballo hasta Tyburn, donde me colgarían hasta que casi hubiera muerto, luego me descuartizarían y el verdugo me sacaría las entrañas. Y desnudo, pensé curiosamente, desnudo por completo. Y por fin me decapitarían. ¿Podría soportarlo?, me pregunté. ¿Mostraría el valor que había visto en otros? Y cuando estuviera muerto, ¿iría al infierno? ¿Ardería por mi falta de fe, como creía Philip Coleswyn? Me quedé inmóvil allí en el estudio del rey. Me vino de nuevo a la mente la imagen de Barak, arrojado a aquel montón de basura.
Paget, junto a mí, tomó aliento y habló despacio:
—Majestad, un juicio por traición ante un jurado haría públicos los recientes problemas concernientes a la reina, así como la muerte de esos anabaptistas. No sería conveniente que eso saliera a la luz pública, no en estos momentos.
—Podría ser condenado por el Parlamento, sin dar lugar a un juicio.
—Eso todavía lo haría más público.
Enrique hizo un gesto con la mano, como si aquello fuera una nimiedad, pero se le notaba en la expresión que sabía que no lo era. Paget volvió a respirar hondo antes de insistir:
—Incluso si Shardlake desapareciera de la manera más discreta, el hecho se conocería y algunos lo considerarían un acto en contra del bando protestante. El nuevo equilibrio político es todavía muy delicado y no convendría alterarlo de manera innecesaria.
El rey lo miró ceñudo. Me encontraba ante una escena que imaginaba que Enrique habría interpretado con ansiosos consejeros repetidamente durante los últimos treinta y siete años: el rey furioso exigiendo feroces medidas, sus consejeros intentando advertirle de las posibles consecuencias adversas.
Tras deliberar un rato, el rey lanzó por fin un gruñido de frustración, un ruido extraño que más parecía el chillido de un cerdo.
—Pero sin duda podríamos matarlo sin llamar la atención —declaró, clavándome una mirada asesina.
—No albergo ningún afecto por este hombre, majestad, creedme. Pero sigo pensando que no sería un paso prudente. Los Parr en concreto se preocuparían si desapareciera.
El rey suspiró.
—Siempre me has dado buen consejo, Paget, incluso cuando me disgusta oírlo.
—Gracias, majestad.
—Y sabes muy bien de quién es la mano que te da de comer, ¿eh? Siempre actúas para hacer cumplir mi voluntad, sin emprender tu propio camino, no como Wolsey y Cromwell…
Paget realizó una marcada reverencia.
—Mi único propósito es hacer cumplir las políticas escogidas por vuestra majestad.
—A pesar de todo, me libraré de este hombre —repitió el rey, mirándome sin pestañear, con ojos de serpiente.
Supe que mi vida y la de Nicholas estaban en juego. Se me antojó una eternidad antes de que el rey hablara de nuevo.
—Paget tiene razón. Sois un serjeant-at-law y es sabido que habéis trabajado para la reina. Vuestra desaparición causaría algún revuelo. —Hizo una pausa para tomar aliento—. Os voy a dejar marchar, señor Shardlake, a vos y a vuestro muchacho. Únicamente por razones políticas. Pero tomad buena nota —añadió, inclinándose y alzando de nuevo la voz—: Nunca, nunca jamás volveréis a acercaros a la reina ni a ningún palacio real, ni haréis cosa alguna que pudiera, siquiera remotamente, llamar mi atención. ¿Lo habéis comprendido? No deseo volver a saber nada de vos, y mucho menos veros. Y si os vuelvo a ver, no será vuestra espalda la que estará torcida, ¡sino vuestra cabeza! —Enfatizó sus palabras descargando un golpe en los brazos de su silla. Por fin se reclinó jadeando—. Y ahora, Paget, llévatelo de aquí. Y mándame a Will Somers. Necesito distracción.
El secretario hizo una reverencia y retrocedió hacia la puerta haciéndome señas de que lo siguiera. Estaba prohibido darle la espalda al rey. Obedecí, temiendo oír que Enrique me llamaba otra vez. Paget llamó a la puerta, que abrió un guardia, y por fin salimos andando hacia atrás. Will Somers, con el mono todavía encaramado en su hombro, aguardaba allí fuera. Paget señaló la puerta con la cabeza y tanto el bufón como el guardia que había acompañado antes al rey volvieron a entrar. El ruido de la puerta al cerrarse me produjo una arrolladora sensación de alivio.
Mientras recorría con Paget el pasillo, el suelo osciló bajo mis pies una vez más y tuve que apoyarme jadeante contra la pared.
—A fe mía que os habéis librado por los pelos —comentó el secretario, mirándome inexpresivo—. Habéis tenido suerte, señor Shardlake.
Ya comenzaba a recobrarme.
—¿Creéis que… podría llamarme otra vez?
—No. Ya ha tomado una decisión. Habéis hablado muy bien, teniendo en cuenta la situación —añadió de mala gana—. ¿Era cierto que fuisteis vos quien persuadisteis a la reina de que os dejara buscar el manuscrito? —preguntó ladeando la cabeza.
Al ver que no contestaba, Paget esbozó una sonrisa.
—Bueno, eso ya no importa.
Me sentí agradecido hacia él, muy a mi pesar. Teniendo en cuenta todo lo que había sucedido, era una extraña paradoja que fuera Paget quien al final me salvara, porque sabía que sin su intervención yo ya estaría de camino a la Torre, igual que Nicholas, que no sería el primer inocente atrapado en las redes del rey.
—¿El rey ha venido desde Hampton Court para esto? —pregunté.
Paget lanzó una risa burlona.
—No os halaguéis tanto, abogado. No. El rey y el almirante D’Annebault saldrán a cazar mañana por el parque de Saint James. Ha venido de manera extraoficial para pasar la tarde en paz. Está cansado, hoy ha debido permanecer de pie mucho tiempo y quería pasar unas horas apartado de todo eso. —Paget miró por la ventana hacia King Street, desierta a esas horas—. Su estudio siempre está listo para recibirlo. Aquí puede descansar, trabajar y contemplar los quehaceres de sus súbditos desde la ventana. No es fácil ser rey —añadió quedamente.
No me atreví a contestar.
—¿Sabéis? —prosiguió Paget con un extraño tono inexpresivo—. Creo que vuestra búsqueda de la Lamentación estas últimas semanas tal vez haya salvado a la reina.
—¿Cómo? —me sorprendí.
Él se acarició la larga barba bifurcada.
—Cuando le llevé al rey el manuscrito, Bertano todavía no había llegado. Es cierto que el rey no encontró pruebas de herejía en la Lamentación… Se acerca mucho en algunos pasajes, pero tal como el rey dijo, no niega la eucaristía. Pero la reina le había ocultado su existencia, y eso le irritaba seriamente.
—Deslealtad —murmuré.
—Exacto. La reina podría haber tenido serios problemas en ese momento. El rey estuvo pensando varios días en arrestarla. Pero entonces vuestra búsqueda del libro, y la búsqueda emprendida por Rich de los escritos de Anne Askew, llamaron su atención y me ordenó dejar que el asunto siguiera su curso, aunque por supuesto aquellos anabaptistas tenían que morir.
—Curdy era vuestro espía.
—Sí. Y cuando llegaron ante mí las acusaciones de la señora Slanning, decidí que debíais comparecer ante el Consejo Privado para poder ver por mí mismo si cabía la posibilidad de que, efectivamente, fuerais un hereje.
—De manera que todos fuimos manejados como marionetas —concluí con amargura.
—Y podéis estar agradecido por ello. Eso dio tiempo a que fracasara la misión de Bertano y a que el rey se decidiera por fin y de manera definitiva contra los conservadores.
Miré su rostro pétreo y pensé: «Tú disfrutas con todo esto. Estarías dispuesto a unirte a radicales o conservadores con tal de mantener tu puesto». Otro de los grandes hombres que se inclinaban a un lado u otro según soplara el viento.
—Olvidaréis, naturalmente, cuanto aquí se ha dicho —me conminó Paget con severidad—, en especial que el rey autorizó medidas drásticas contra Anne Askew.
Respiré hondo.
—Por supuesto, señor secretario.
Él entornó los ojos.
—Y ya habéis oído al rey: aseguraos de no volver a causar problemas. Y no volváis tampoco a molestarme a mí. Y ahora coged a vuestro muchacho y salid de aquí. Y, tal como os han dicho, no volváis nunca.