Herejía
Capítulo 37
37
Más tarde acudí de nuevo a informar a lord Parr. Cecil se encontraba con él en su estudio. El joven abogado parecía agotado y tenía marcadas ojeras tras la horrible experiencia de la noche anterior en el muelle. Les narré mi entrevista con Rich y les manifesté que, aunque dudaba que conociera la existencia de la Lamentación, tampoco podía estar del todo seguro. Lord Parr informó de que había enviado varios hombres a buscar a McKendrick por las calles de Londres. A estas alturas podía haberse visto reducido a mendigar, pero también cabía que hubiera huido de la ciudad. En cuanto a la historia de Bertano, lord Parr solo había averiguado que algunos miembros de la Guardia del Rey habían sido apostados a la puerta de una casa, cerca de Charing Cross, que se reservaba para visitantes diplomáticos. Era una ominosa señal, pero no podíamos hacer otra cosa que aguardar.
Julio dio paso a agosto, con dos días de lluvia antes de que volviera el calor, y la primera semana del mes transcurrió sin noticias de Whitehall. Yo temía cada día oír que se había alcanzado algún nuevo acuerdo con el Papa y que la reina y sus seguidores reformistas habían sido arrestados. No obstante, hice un esfuerzo por concentrarme en mi trabajo. Los moratones de Nicholas desaparecieron. Se le veía algo inquieto, pero se adaptaba bien al trabajo. Hablaba con ilusión de las inminentes ceremonias de bienvenida al almirante francés. Por lo visto, se estaban llevando a la Torre cañones adicionales para lanzar una gran salva de bienvenida cuando llegara D’Annebault. Yo le había contado a Nicholas que participaría en las ceremonias, y el muchacho me envidiaba, por más que yo insistiera en que de buena gana eludiría esa obligación. Mientras tanto, la mano de Barak había sanado por completo y tuve la impresión de que no lamentaba retornar a una vida de normalidad.
En casa yo seguía pendiente de Brocket, pero el hombre no había cometido otro desliz y Josephine no tenía nada nuevo que informarme. Brocket y Agnes se mostraban más alegres, a tal punto que pensé que habrían recibido mejores noticias de su hijo, si bien no pregunté nada. Josephine también parecía contenta. Salía regularmente con su pretendiente y mostraba una nueva confianza en sí misma; a veces incluso iba cantando por la casa. Yo sonreía al oírla. Era bueno pensar, entre todas mis tribulaciones, que le había proporcionado a Josephine un hogar y un futuro. Timothy, por otra parte, parecía evitar entablar conversación conmigo, tal vez temeroso de que volviera a sacar el tema de su aprendizaje.
Me aseguré de tener las galas adecuadas para la visita del almirante, comprándome un jubón nuevo y una camisa con elaborados bordados en el cuello y los puños. No incurriría, sin embargo, en el gasto de una cadena de oro: mi bolsa había sufrido ya bastante por los impuestos requeridos para costear la guerra.
El 5 de agosto recibí carta de Hugh. En su mayor parte hablaba solo de los temas habituales de ocios y negocios en Amberes. Mencionaba, además, que un pequeño carguero acababa de llegar de Inglaterra, y que cierto inglés había acudido al muelle para dar la bienvenida a su propietario, un comerciante de Amberes. Miré de nuevo la fecha: estaba seguro de que se trataba del Antwerpen, con Vandersteyn a bordo. Y el inglés que lo había recibido sería sin duda John Bale. De manera que ahora tendría en su poder los escritos de Anne Askew, listos para ser impresos. Bueno, peor para Rich.
El viernes 6, pasé toda la mañana ocupado con el papeleo —ya casi me había puesto al día, por fin— y, tras almorzar a solas en un refectorio casi desierto en mitad de las vacaciones de verano, decidí salir a tomar un aire fresco que me hacía mucha falta. Tenía entre manos un caso para el siguiente trimestre judicial que concernía a los límites de unas propiedades en Gloucestershire. El abogado de la parte contraria, un miembro del Colegio de Gray, tenía el mapa coloreado que acompañaba siempre a las escrituras. Según la costumbre, a mí se me permitía hacerle una copia. Por lo general, aquella era una tarea para los subalternos, pero a Barak y Nicholas no se les daba bien el dibujo; a mí sí, y además lo disfrutaba. De manera que decidí realizar la copia yo mismo, aunque solo pudiera cobrar por ella la tarifa de un subalterno.
Al pensar en el Colegio de Gray me acordé de Philip Coleswyn. No había vuelto a verlo desde que le advertí de la queja de Isabel, sobre la cual, por cierto, no había recibido noticia del tesorero Rowland. Recorrí la corta distancia hasta mi casa para montar a Genesis, pensando que también él necesitaba algo de aire fresco. El joven Timothy estaba con él en el establo, leyendo algo que, al verme entrar, escondió apresuradamente bajo la camisa, poniéndose encarnado como la grana. Sería algún panfleto de rimas lascivas, sin duda. Las maravillas que nos había traído la palabra impresa, pensé con sarcasmo, mientras ordenaba al muchacho que ensillara mi caballo.
Fue un paseo tranquilo por los caminos, entre los setos donde zumbaban las abejas y los campos en que se veía el ganado gordo y lustroso. Era uno de esos calurosos días de agosto en que el campo parece casi drogado con el calor, las ovejas pastan perezosamente y un débil centelleo se alza de los polvorientos caminos. Tenía ganas de comenzar a dibujar el mapa. Mientras había estado escogiendo los pequeños tinteros de tinta de colores que necesitaría, recordé aquellos tiempos en los que solía pintar. ¿Por qué había abandonado aquel sereno pasatiempo?
Dejé a Genesis con el portero del Colegio de Gray y atravesé el patio central. Los árboles tenían un aspecto polvoriento. Todavía iba pensando en mis tiempos de pintor cuando, al volver una esquina, me tropecé de bruces con las últimas personas a las que hubiera deseado ver: Vincent Dyrick, con toga y birrete, su hermoso rostro aquilino algo enrojecido por el sol, e Isabel Slanning, con un vestido de verano azul oscuro y una caperuza en punta, sus enjutas facciones tan adustas y su expresión tan amargada como siempre. Dyrick fruncía el entrecejo, y yo pensé que, por mucha experiencia que el hombre tuviera con clientes difíciles, tal vez Isabel era demasiado incluso para él.
Nos quedamos todos petrificados un momento, hasta que me quité el sombrero y me incliné en una reverencia.
—Buenas tardes os dé Dios, hermano Dyrick. Señora Slanning.
Dyrick me devolvió la reverencia y me habló con inesperada urbanidad:
—Y a vos, señor Shardlake.
Fui entonces a pasar de largo, pero Isabel me bloqueó rígida el paso, clavándome sus acerados ojos.
—Señor Shardlake, ¿habéis estado visitando al señor Coleswyn para hablar de mi queja, o tal vez para conspirar con él contra otro honrado creyente que se adhiere al milagro de la eucaristía? —preguntó con voz chillona, recordándome la noche en que me había abordado a la salida de la casa de Coleswyn.
Para mi sorpresa, Dyrick la tomó del brazo.
—Venid, señora —le dijo quedamente—. Os acompaño hasta la puerta.
Ella se zafó, sin apartar de mí sus acerados ojos, y me señaló con un dedo huesudo.
—Recordad, señor Shardlake, que lo sé todo sobre vuestra conspiración: vos, mi hermano y ese Coleswyn. Todos pagaréis el más alto precio. Ya lo veréis. —Enseñó entonces los dientes, unos buenos dientes para una mujer de su edad, en una sonrisa de malicia concentrada—. El señor Dyrick está dispuesto a perdonaros, pero yo no — concluyó triunfal, señalando con la cabeza a Dyrick, que se mostraba ya incómodo.
Y tras esas palabras dio media vuelta y permitió que Dyrick se la llevara. Me los quedé mirando. El comportamiento de Isabel era absurdo, casi propio de una desequilibrada. Pero Dyrick parecía preocupado, y no pude evitar preguntarme de qué iría todo aquello.
Pasé una hora copiando el mapa en el bufete de mi oponente en el caso. Pero me resultaba difícil concentrarme, pues el extraño encuentro con Isabel no dejaba de rondarme la cabeza. Decidí ir a ver si Coleswyn se encontraba en sus dependencias.
Su ayudante me confirmó su presencia, y entré una vez más en su limpio y ordenado despacho. Coleswyn me tendió la mano cordialmente. Se le veía relajado, sereno y afable.
—Matthew, ¿qué tal os van las cosas?
—Un verano ajetreado. ¿Y a vos, Philip?
—Mi esposa y yo estamos más tranquilos, ahora que ha concluido la caza de herejes. Ayer entregué algunos libros —admitió con aire triste—, amparado en la amnistía, buenos libros escritos por hombres de fe que, sin embargo, ahora están prohibidos. Lo había estado demorando, pues les tenía mucho apego, pero la amnistía expira este lunes.
—Yo también tenía algunos, pero los quemé. Prefería que mi nombre no apareciera en ninguna lista.
—La amnistía es pública y mucha gente ha entregado libros. Tal vez incluso algunos residentes de Whitehall. Si se ponen a perseguir a quienes se hayan acogido a la amnistía —comentó con una risita incómoda—, sería un gran abuso de confianza, además de una acción ilegal. —Sonrió entonces con tristeza, mirando la plaza por la ventana—. Mis libros han supuesto una gran pérdida para mí, pero nuestro vicario dice que debemos esperar, porque tal vez se avecinen mejores tiempos.
Me alegré de que no supiera nada de Bertano.
—He venido al Colegio de Gray por otro asunto, pero acabo de tener un extraño encontronazo con Isabel Slanning y el hermano Dyrick. Pensé que debía advertiros.
Coleswyn se puso serio.
—¿Ahora qué pasa? Dyrick me ha estado incordiando con lo referente a las declaraciones y otros aspectos del caso, intentando amedrentarme como tiene por costumbre. Pero no me había vuelto a mencionar esta necedad de la conspiración. Yo esperaba que hubiera disuadido a Isabel de seguir por ese camino. Es lo que yo haría, de estar en su lugar. A los jueces no les hará ninguna gracia.
—Creo que lo está intentando. Cuando me los he encontrado, Dyrick mostró por una vez bastante urbanidad e intentó llevarse a Isabel. Pero ella volvió a decirme que sabe perfectamente que vos, su hermano y yo estamos conspirando, y que todos pagaremos, en sus propias palabras, el más alto precio.
—¿Y Dyrick no la apoyó?
—Antes bien al contrario, lo cual no es habitual en él. Comienzo a pensar que Isabel está seriamente enajenada. Pero Dyrick parecía preocupado, y no puedo sino preguntarme qué andará tramando la buena señora.
Philip había perdido su buen humor.
—¿Habéis oído algo más sobre su queja presentada en el Colegio de Lincoln? — preguntó nervioso.
—Nada. Pero el tesorero Rowland iba a escribirle una firme misiva. Yo esperaba recibir una copia, pero todavía no sé nada. Iré a verlo.
Coleswyn se quedó pensativo un momento.
—He averiguado otra cosa —dijo al cabo, respirando hondo—. Hace unos días estaba cenando en el comedor cuando vi a un amigo mío de otro bufete, alguien que sabe que llevo el caso Cotterstoke, pues los casos de Dyrick son siempre motivo de cuchicheos en el Colegio. Me presentó a un abogado de más de setenta años y ya jubilado, pero gozaba de buena memoria. Cuando era joven, esto es, hace más de cuarenta años, representó a la madre de Edward e Isabel.
Alcé la vista con interés.
—¿Ah, sí?
—Estrictamente, aunque la vieja Deborah Cotterstoke está muerta, la confidencialidad entre cliente y abogado sigue en vigor, pero ya sabéis cómo gustan los ancianos de un buen cotilleo. Y yo no puedo evitar sentir curiosidad por cualquier cosa que concierna a esa familia —confesó con el ceño fruncido—. Aunque supongo que no debería contaros nada de esto.
Sonreí. La integridad de Coleswyn era una de las cualidades que más admiraba en él.
—Ya no represento a Isabel. Y os prometo que esto no saldrá de aquí. —Ladeé la cabeza—. Y si un antiguo cliente amenaza a un abogado, como ha hecho Isabel esta misma tarde, creo que ese abogado tiene derecho a recabar cualquier información que pueda arrojar alguna luz sobre las circunstancias. Y asumo que la historia de ese anciano arrojará alguna, ¿no es así, Philip?
Él asintió con un gruñido.
—No directamente, pero vos y yo nos hemos preguntado de dónde vendría ese odio que se profesan Edward e Isabel, que incluso parecen temerse mutuamente.
—Sí. Desde luego es algo fuera de lo común.
—Sabemos, por el viejo mercader con quien hablé anteriormente, que el padre de ambos murió joven y que su madre volvió a casarse, pero su segundo esposo falleció también. Y el mercader comentó que la enemistad entre la madre y ambos hijos surgió después de eso. —Coleswyn se inclinó hacia delante en su silla—. Pues bien, la señora Deborah Johnson, como era entonces su nombre, en 1507, allá por los tiempos del antiguo rey, consultó con el viejo abogado con el que hablé. En aquel entonces, ella era una atractiva viuda de treinta y tantos años, con dos hijos.
—Isabel y Edward.
—Así es. El primer esposo de la señora Deborah, maese John, acababa de morir de unas fiebres, si recordáis, que asolaban la ciudad ese verano.
Recordaba el aspecto confiado de aquel joven padre en el mural, con su sombrero alto, su guapa esposa y sus dos hijos. Con qué facilidad podía quedar truncado el ascenso de un hombre prometedor.
—La madre de Isabel y Edward había heredado el negocio, y era pues bastante adinerada. Hacía poco había tenido lugar un caso en el Tribunal de la Cancillería sobre el derecho de una mujer a heredar y gestionar un negocio y ser miembro de un gremio. El viejo abogado le aseguró que sí podría. La recordaba como una mujer formidable.
—Recuerdo su rostro en el retrato. Un rostro hermoso, pero con cierta dureza y brusquedad en las facciones. Como su hija.
—Sí. Pues bien, un año más tarde, la señora Johnson volvió a consultar al abogado. Tenía intenciones de volver a casarse, con un hombre que se dedicaba al mismo negocio que ella. Se trataba de Peter Cotterstoke. Pero le preocupaba que sus derechos en el negocio pasaran, con el matrimonio, a su nuevo esposo.
—Como sería el caso, de manera automática.
Philip asintió.
—Y eso fue lo que le dijo el abogado. Ella comentó que a sus hijos, que rondaban entonces los once y doce años, les preocupaba perder su herencia. No obstante, ella estaba más que decidida a casarse con el señor Cotterstoke. Y eso hizo. Pero Cotterstoke resultó un hombre honorable. Deborah Cotterstoke, que tal era su nuevo nombre, volvió por tercera vez a ver al abogado, unos meses más tarde, junto con su esposo, y el señor Cotterstoke redactó un testamento en el que establecía que si fallecía antes que Deborah, ambos negocios (el suyo y el del finado maese Johnson) pasarían a ser propiedad de ella. Y zanjó el asunto adoptando formalmente a Isabel y Edward, de manera que aunque Deborah falleciese antes, los hijos seguirían recibiendo su herencia. Ella, por lo visto, estaba visiblemente embarazada en ese entonces, y la pareja pensó que sería mejor formalizar los documentos.
Me rasqué la mejilla.
—De manera que Cottestoke fue un buen padrastro para los niños. Y ellos mantuvieron su apellido, algo que sin duda no habrían hecho de no existir una buena relación. ¿Tenía noticias el abogado de alguna disputa familiar?
—Ninguna —contestó Coleswyn—. Solo añadió que poco después el pobre Cotterstoke se ahogó. Eso ya lo sabíamos, pero aun así decidí echar un vistazo al informe del forense. —Al oír esto me incorporé en mi asiento—. Por lo visto, un domingo poco después de firmar el testamento y adoptar a los niños, el señor Cotterstoke salió de su casa, justo al otro lado de Aldgate, recorrió la ciudad y bajó a los muelles, donde acababa de llegar un barco con mercancías que él había comprado en el extranjero. Se había llevado a los dos niños, así como un par de sirvientes, algo normal en un caballero. Uno de ellos era Patrick Vowell, que es el viejo que ahora está al cuidado de la casa.
—¿Ah, sí? —dije, cada vez más interesado.
—Ambos sirvientes declararon que el señor Cotterstoke parecía de lo más contento ese día, igual que los niños. Aguardaba ilusionado la llegada de su nuevo hijo. Los sirvientes lo dejaron en la Casa de Aduanas, pues Cotterstoke comentó que no sabía cuánto iba a tardar y les indicó que le esperasen fuera. Los niños salieron a los muelles con él.
—Todo estaba muy tranquilo, siendo domingo. Poco después, un trabajador oyó unos gritos en el agua. Al principio pensó que serían gaviotas, pero al oírlo de nuevo se dio cuenta de que eran gritos humanos. Se acercó corriendo y vio allí a un hombre flotando. La marea estaba alta y cualquiera que cayera del embarcadero se hundiría en aquellas aguas profundas. Llamó a sus compañeros para que lo ayudaran a sacar el cuerpo, pero ya era demasiado tarde. Era el señor Cotterstoke y tenía los pulmones inundados. Ciertamente se había ahogado. Y al parecer era un día brumoso de otoño. Cualquiera que caminara cerca del borde del muelle podría tropezar y caer.
—Cierto.
—Ambos niños declararon en la investigación. Dijeron que su padrastro había visitado el barco y que luego los mandó ir con los sirvientes, pues quería dar un paseo para ver qué mercancías traían otros barcos recién fondeados. No era algo inusual para un comerciante en domingo, aunque al parecer ese día no había gran actividad en el puerto.
—¿Estuvo nuestro abogado implicado en las investigaciones?
—No. Pero volvió a ver una vez más a Deborah Cotterstoke, cuando acudió a su casa para ayudarla a formalizar la legalización del testamento después del funeral. Por lo visto, la encontró sumida en el dolor, lo cual no era sorprendente teniendo en cuenta que había perdido dos esposos en poco más de dos años. Los niños también estaban aturdidos y horrorizados.
—¿Volvió ella a visitar al abogado?
Coleswyn negó con la cabeza.
—Él le escribió preguntándole si deseaba redactar otro testamento, pero ella no respondió. Algo más tarde el abogado se enteró de que había perdido el niño que esperaba, cosa que tampoco era de extrañar, dadas sus tristes circunstancias. —Philip suspiró—. Recordaba haberse cruzado con ella y los niños de vez en cuando por la calle. Luego ella vendió el negocio, y su hijo, mi cliente Edward, decidió dedicarse a otro oficio.
—¿Y la viuda Cotterstoke no volvió a casarse?
—No. Al parecer, juró guardar luto el resto de su vida.
—¿Estáis diciendo —reflexioné— que tal vez pudo haber alguien implicado en la muerte de Cotterstoke? ¿Tal vez incluso alguno de los niños? —aventuré, conteniendo el aliento—. El forense solo contaba con su palabra para certificar que el hombre estaba vivo cuando los niños volvieron con los sirvientes. O tal vez —seguí barruntando, con el ceño fruncido— la señora Cotterstoke los culpaba a ambos de la muerte de su esposo. Todas las evidencias indican que la mujer llegó a aborrecer a sus dos hijos. Ya habíamos comentado que la redacción del testamento parece obedecer al propósito de crear discordia. —Alcé la vista hacia Philip—. Son pensamientos terribles.
—Es cierto. Pero teniendo en cuenta el testamento del padrastro, ni Deborah ni los niños tenían motivos para desconfiar de él. —Coleswyn me miró muy serio—. Pero lo cierto es que ando debatiendo con mi conciencia si debería o no ir a hablar con el viejo criado, Vowell. No cuento con el permiso expreso de mi cliente, pero…
—Llegaríais a la raíz de esta locura —sonreí con tristeza.
—Me pregunto si la muerte de su padrastro tendrá algo que ver con este odio que los hermanos se profesan. Y ambos sostienen que podrían causar un gran perjuicio al otro…
—Y recuerdo lo turbado que se mostró Vowell cuando Edward e Isabel comenzaron a discutir el día del peritaje. Era evidente que aquel comportamiento lo perturbaba.
—Pero no me veo con derecho de ir a interrogarlo.
—Habéis visto el informe del forense. Y si el comportamiento de Isabel entraña ahora alguna posible amenaza para vos y para mí… —Enarqué las cejas.
—Las bravuconadas de una loca —suspiró—. Dejadme que me lo piense un poco más, Matthew. Rezaré pidiendo iluminación.
—Cuando os decidáis, hacédmelo saber. Y me gustaría que nos mantuviéramos informados el uno al otro de cualquier novedad concerniente a este caso que podría afectarnos… personalmente.
Él alzó la cabeza para mirarme con sus claros ojos azules.
—Sí, os lo prometo.