Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 50 de 58

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Herejía

Capítulo 48

48

 

Josephine fue en busca de su prometido, el joven Brown, que se ofreció de inmediato a ayudarnos. Ellos se fueron por un lado y yo por otro para buscar por todas las calles circundantes, incluso más allá de Newgate. Pero aunque Timothy no había estado ausente más de una hora, no encontramos ni rastro de él. Solo cuando oscureció abandoné la búsqueda para volver a una casa desierta. Encendí una vela y miré desolado la mesa de la cocina. Volví a maldecir a Brocket, que deliberadamente había humillado al chico. Me di cuenta de que había llegado a apreciar a Timothy casi como si fuera mi propio hijo, al igual que pensaba en Josephine, en cierto modo, como si fuera una hija. Tal vez por eso me había dolido tanto lo que hizo el chico, al que yo también había herido al dar rienda suelta a mi furia. Estúpido, estúpido. Habría sido mejor para todos que los hubiera considerado simples criados.

Mientras aguardaba allí sentado, esperando que Josephine y Brown volvieran con Timothy, recordé de pronto las últimas palabras que me había dirigido Bealknap: «¿Qué va a pasar con vos?». Casi parecía que hubiera sabido de antemano los desastres que sobrevendrían.

Respiré hondo. Recordé de nuevo el otoño anterior, cuando Bealknap había hecho aquellos inusuales intentos de acercamiento a mí. Durante un tiempo pareció estar siempre rondando cerca, como deseando hablar conmigo. Y luego cayó gravemente enfermo… debió de ser en los primeros meses del año, justo cuando Martin vino a trabajar para mí. Había pensado que Martin me vigilaba por cuestiones relacionadas con la caza de herejes. Pero ¿y si Bealknap también había intentado espiarme? Tal vez Stice lo había reclutado primero a él, pero al ver que no lograba ganarse mi confianza y que luego además caía enfermo, había buscado otro espía y averiguado que mi mayordomo tenía problemas económicos.

Me pasé una mano trémula por el pelo. Si Bealknap me había estado espiando, eso explicaría sus palabras en su lecho de muerte. Pero ¿quién podía tener interés en mí el otoño pasado? La caza de herejes todavía no había dado comienzo y yo ni siquiera trabajaba entonces para la reina.

El ruido de una llave en la cerradura de la cocina interrumpió el hilo de mis pensamientos. Eran Josephine y Brown, que venían agotados. Brown negó con la cabeza mientras Josephine se dejaba caer en la silla al otro lado de la mesa.

—No lo encontramos, señor —dijo él—. Hemos preguntado a la gente, nos metimos en todos los comercios antes de que cerrasen…

—Timothy tiene buena ropa —comentó Josephine—, y sin duda cualquiera que le viera los dientes mellados se acordaría de él.

El joven le puso la mano en el hombro.

—Hay muchos niños sin dientes por las calles.

—No con la sonrisa de Timothy. —Josephine estalló en llanto.

Me puse en pie.

—Gracias por vuestra ayuda. Me voy a casa de Jack Barak. Tal vez se le ocurra algo.

Estaba seguro de que tendría alguna idea, pues él mismo había sido un niño de la calle en su día.

—Con el permiso de tu amo, Brown, reanudaremos la búsqueda mañana con la primera luz.

—Ofrece una recompensa.

Esa fue la primera sugerencia de Barak. Me encontraba con él y Tamasin en su salón, ante una jarra de cerveza. Como siempre, era una acogedora escena doméstica: el bebé George acostado arriba, Barak arreglando una muñeca de madera que el niño había roto, mientras Tamasin cosía calladamente a la luz de la luna. El vientre comenzaba a hinchársele con el hijo que esperaba.

—Eso haré, cuando salgamos mañana. Ofreceré cinco libras.

Barak enarcó las cejas.

—¡Cinco libras! Van a llevar a tu puerta a todos los golfillos perdidos de Londres.

—Me da igual.

—¿Cuál es el nombre de pila del prometido de Josephine? —quiso saber Tamasin —. Siempre os referís a él sencillamente como «Brown».

—Edward, se llama Edward. Aunque yo siempre pienso en él como el joven Brown.

Tamasin sonrió.

—Tal vez porque os está arrebatando a Josephine.

—No, no, es un buen muchacho. —Pensé en su disposición para ayudarnos esa noche, sin quejarse, en su evidente amor por Josephine. La joven no podía haber elegido mejor. Aunque tal vez había algo de verdad en las palabras de Tamasin.

—Saldré mañana con Marris. Iré a vuestra casa por la mañana y podemos dividir la ciudad en sectores.

—No, de ninguna manera —terció Barak—. No vas a andar arriba y abajo por las calles y los apestosos callejones. Ni hablar —insistió, dejando la muñeca—. Ya hablaré yo con alguna gente. No faltarán voluntarios para buscar al muchacho por cinco libras. —Todavía se le veía asombrado ante la enorme suma que estaba yo dispuesto a entregar—. ¿Has pagado el último plazo de los impuestos? —me preguntó.

—Todavía no. Pero recuerda que recibí cuatro libras de Stephen Bealknap. — Fruncí el ceño al acordarme otra vez de sus palabras en el lecho de muerte.

—Asegúrate de que lo encuentras —le dijo Tamasin a su esposo—, o si no saldré yo a buscarlo al día siguiente. ¿No es mañana cuando teníais que ir a Hampton Court? —me preguntó.

—Sí, pero he de estar allí a las cinco de la tarde. Estaré buscando a Timothy hasta que tenga que marcharme.

Al día siguiente, mientras Barak se ocupaba en reunir gente para la búsqueda, Josephine, Brown y yo volvimos a salir. Ellos tomaron el camino hacia el este, para ver si el muchacho había salido de Londres. Aunque en ese caso sería imposible dar con él. No obstante, Timothy se había pasado toda su vida en la ciudad y seguramente seguiría aquí.

En Fleet Street se había congregado una pequeña multitud, porque era un día de ahorcamientos y la gente siempre acudía a ver pasar la carreta con los condenados rumbo al gran cadalso de Tyburn, con las sogas ya al cuello. Algunos les gritaban insultos, otros los animaban a morir con valor. Yo me estremecí como siempre ante aquel espectáculo, pero igual me detuve para preguntar si alguien había visto a Timothy. Nada.

Recorrí Cheapside entrando en todos los establecimientos. Me había puesto la toga y la cofia para impresionar a los tenderos, pero tal vez algunos me tomaron por loco cuando los interrogaba con una especie de cántico:

—Estoy buscando a un mozo de cuadras… Se escapó ayer por la tarde… Trece años, altura media, pelo castaño desgreñado, le faltan los dos incisivos… Sí, cinco libras… No, no ha robado nada… Sí, ya sé que podría contratar a otro…

Pregunté entre los mendigos en el Gran Conducto de Cheapside. Al ver a un rico caballero todos se agolparon a mi alrededor, emitiendo un hedor insoportable. Había niños entre ellos, sucios, algunos cubiertos de pústulas, con los ojos fieros de un gato. También había mujeres, demasiado maltrechas o locas para ser prostitutas, vestidas con harapos; y hombres con miembros amputados en algún accidente o en la guerra. Todos mostraban ampollas y quemaduras del sol y tenían los labios agrietados y el pelo seco y sucio.

Más de uno sostuvo haber visto a Timothy al tiempo que tendía la mano para recibir la recompensa. Les di a cada uno un cuarto de penique para tentarlos y les prometí la extraordinaria suma de cinco libras si me conducían hasta el muchacho. Un niño de unos doce años se ofreció en lugar de Timothy, y desnudó su huesudo culo para explicar a qué se refería. Una de las mujeres que aguardaban para coger agua del conducto gritó:

—¡Qué vergüenza!

Pero a mí no me importaba lo que pensasen si encontrábamos a Timothy.

Había un recurso más del que no había echado mano. Guy había visto a Timothy varias veces en mi casa, y al muchacho le caía bien. Aún más, si algo le sucediera, podría aparecer en el hospital de Saint Bartholomew. A pesar de la distancia que se había abierto entre nosotros, necesitaba la ayuda de Guy.

Me abrió la puerta su ayudante, Francis Sybrant, que confirmó que su señor estaba en casa. Me miró con curiosidad, pues venía manchado del polvo de las calles. Aguardé en la consulta de Guy, con su agradable aroma a sándalo y lavanda y sus extraños gráficos del cuerpo humano con los nombres de sus partes. Cuando llegó, advertí que comenzaba a caminar con la pesadez de un anciano, pero la expresión en su erudito rostro moreno bajo los ralos rizos canosos era de bienvenida.

—Matthew. Iba a escribirte hoy, sobre la señora Slanning. Me alegro de que me hablaras de ella.

—¿Cómo se encuentra?

—No muy bien. Ha hablado con su sacerdote. Le contó lo que hizo junto con su hermano y le permitió que me lo contara a mí a su vez. Pero luego volvió a sufrir una grave crisis. Le he recetado una poción para dormir. Tiene un buen mayordomo que evitará que haga lo mismo que Edward, en la medida de lo posible, claro está. Tal vez dentro de poco haga una confesión completa y reciba la absolución.

—¿Crees que la confesión le dará tranquilidad?

Guy negó tristemente con la cabeza.

—Creo que esa mujer no volverá a descansar tranquila. Pero sí le serviría de alivio.

—Guy, necesito tu consejo en otro asunto, nada que ver con los grandes del reino —me apresuré a añadir, al ver el recelo en su rostro. En cuanto le conté la desaparición de Timothy se ofreció a buscarlo en el hospital.

—Pero hay miles de niños sin hogar en Londres —añadió con tristeza—. Y el número crece cada semana: huérfanos, o niños a los que han echado de sus casas, o que vienen del campo. No suelen sobrevivir mucho tiempo.

—Lo sé. Pero Timothy… en parte es culpa mía.

—No pienses eso. Estoy seguro de que tienes razón, de que sigue en la ciudad, y con la recompensa ofrecida tal vez logres encontrarlo —quiso tranquilizarme, poniéndome la mano en el hombro.

Volví a casa poco antes de la hora de comer. Barak ya estaba allí. Tenía a media docena de personas buscando y les había pedido que reclutaran a otros, con la promesa de que cada uno recibiría una parte de la recompensa si encontraban al chico.

—Lo que se llama subcontratar el trabajo —sonrió—. También tengo a Nick en ello, pues estamos más que al día con el trabajo en el bufete.

—Gracias —le dije, complacido como siempre por su sentido práctico.

—Tú deberías quedarte aquí, para dar la recompensa si alguien lo encuentra. ¿A qué hora tienes que estar en el banquete?

—A las cinco. Debo salir a las tres.

—Pues a esa hora me quedaré yo al mando. —Se acarició la barba, tan cuidada como siempre. Tamasin la mantenía bien recortada—. ¿Buscarás a lord Parr?

—Me aseguraré de encontrarlo —declaré sombrío.

—Recuerda que Nick y yo estamos libres esta noche si nos necesitas.

—Tamasin…

—Tamasin estará bien. Sería una locura que fueras allí tú solo.

—Ya. Espero que lord Parr pueda suministrar algunos hombres, pero tráete a Nicholas cuando termine la búsqueda de Timothy y esperadme aquí. Por si acaso. Y gracias —añadí, quedándome muy corto.