Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 19 de 58

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Herejía

Capítulo 17

17

 

Esa tarde, después de la cena, fui a Bucklersbury a ver a Guy. Cuando nos despedimos tres noches atrás, no lo hicimos en los mejores términos, y quería limar asperezas. Esperaba también que me dijera algo del nombre Bertano.

Las nubes se habían disipado durante la tarde y el sol brillaba de nuevo, arrojando largas sombras sobre la hilera de establecimientos de los boticarios. Aunque Guy provenía de España y se había graduado como médico en la gran universidad de Lovaina, su estatus como extranjero —como moro— y antiguo monje le había supuesto una larga batalla por ser aceptado como miembro del Colegio de Médicos. Antes de graduarse había ejercido de boticario y aunque ahora tenía una próspera consulta y la posición de ciudadano inglés y podría haberse mudado a una casa de buen tamaño, había preferido quedarse allí, en parte por su antiguo voto de pobreza y también porque se estaba haciendo viejo y prefería lo familiar.

Mientras desmontaba y ataba a Genesis al poste junto a su casa, pensé que, aparte de Guy, todos mis amigos y contactos eran o bien reformistas o personas que preferían mantenerse apartadas de los conflictos religiosos. Pero sabía que muchos en Londres, y muchos más en el campo, se alegrarían de volver al seno de la Iglesia católica.

Francis Sybrant, un sesentón rechoncho de pelo cano que trabajaba como ayudante general de Guy, me abrió la puerta. Francis me caía bien. Había trabajado para un boticario vecino y cuando el negocio se hundió el año anterior había pasado a trabajar para Guy; estaba agradecido de haber podido encontrar un nuevo empleo a su edad. Era un individuo de naturaleza alegre y servía de contrapeso a la habitual melancolía de Guy.

—Señor Shardlake —me saludó con una reverencia.

—Buenas tardes te dé Dios, Francis. ¿Está el señor Guy en casa?

—En su estudio. Trabajando con sus libros, como suele hacer por las tardes.

Me llevó por el angosto zaguán y llamó con suavidad a la puerta del estudio de Guy. Mi amigo estaba sentado ante su escritorio, leyendo su ejemplar de Vesalius con sus horripilantes diagramas anatómicos, utilizando una vela para comparar lo que veía en la página con un hueso de muslo humano que sostenía. Lo dejó con cuidado y se puso en pie.

—Matthew. Qué sorpresa.

—Espero no interrumpirte.

—No. Se me estaba cansando la vista —dijo, pellizcándose la nariz—. Francis dice que debería ponerme anteojos, pero no soporto la idea.

—Siento haber tenido que dejarte tan bruscamente el viernes. Después de que… —vacilé— discutiéramos.

Él sonrió.

—Esa discusión resuena por toda Inglaterra, ¿no te parece?

—No era yo mismo ese día.

—Lo comprendo. Todavía pareces cansado. ¿Un poco de hipocrás?

—Te lo agradezco. He tenido mucho trabajo.

Guy llamó a Francis, que nos trajo dos jarras de vino especiado y caliente.

—Mi antiguo enemigo, Stephen Bealknap, ha muerto —anuncié, mirando mi bebida—. Tenía un tumor en las tripas.

Guy se santiguó.

—Que Dios le perdone.

Esbocé una sonrisa triste.

—No quería el perdón de Dios. Estuve con él cerca del final y me dijo que no tenía fe. Ha dejado todo su dinero para que se construya un gran monumento a sí mismo en la capilla del Colegio.

—¿No tenía familia?

—Ni amigos. Ni Dios.

—Es muy triste.

—Sí. —Volví a mirar mi vino e hice un esfuerzo por recobrar la compostura.

—Guy, estoy buscando información sobre un nombre extranjero. Yo solo hablo latín y muy poco francés, y con tu experiencia en los idiomas esperaba que pudieras ayudarme.

—Haré cuanto esté en mi mano.

—En estricta confidencialidad.

—Por supuesto.

—El nombre ha surgido en el contexto de un caso en que estoy trabajando. Informaron de él de oídas. Parece un nombre extranjero, y tal vez lo hayan pronunciado mal, pero quizá tú puedas adivinar su origen.

—¿Cuál es el nombre?

—Jurony Bertano. ¿Podría ser español?

Guy sonrió.

—No. Es italiano. El nombre de pila es Gurone, deletreado g-u-r-o-n-e.

—Entonces no andaba tan descaminado.

—¿Será tal vez alguien de la comunidad de mercaderes italianos en Londres?

—Posiblemente. —Lo miré con seriedad—. Pero no puedo hablar del asunto.

—Lo comprendo. Las reglas de la confidencialidad.

Asentí y ambos guardamos silencio un momento.

—¿Sabes? —dije por fin—. Cuando venía de camino pensaba en que ahora tengo muy pocos amigos católicos o tradicionalistas. Estos últimos años casi todo el mundo se ha encerrado en un círculo u otro, ¿no es así? A menudo sin siquiera pensarlo.

—Es triste, sí, pero así es, por seguridad. Yo tengo pocos pacientes entre los radicales o reformistas. Mi consulta comenzó con gente de… no sé si me atrevo a decirlo… de mi bando, que luego me recomendaron a sus amigos, y así se fue corriendo la voz. Probablemente tu caso fue muy parecido.

—Sí. Aunque, por cierto, te he recomendado a alguien que también tiene problemas de espalda. Un bordador de la corte de la reina.

Guy sonrió.

—Entonces será simpatizante de los reformistas.

—No tengo ni idea. ¿Tú nunca tienes dudas, Guy? ¿No te planteas si tu punto de vista sobre Dios será el correcto o no?

—He sido presa de las dudas toda mi vida. Durante un tiempo, como ya te mencioné una vez, dudé hasta de la misma existencia de Dios. Pero creo que si la fe y la duda batallan dentro de un alma humana, esa alma se hace más fuerte y honesta.

—Tal vez. Aunque yo últimamente tengo más dudas que fe. —Titubeé un momento—. ¿Sabes?, siempre he considerado que las personas inamovibles en su fe, de uno u otro bando, son las más peligrosas. Pero hace muy poco me he planteado que tal vez eso no es cierto, que tal vez los peores verdaderamente son los que se pasan de un bando a otro para medrar en sus ambiciones, como hacen algunos de los más insignes de la corte, entre ellos Wriothesley o Rich.

—¿En qué te has metido ahora, Matthew? —me preguntó con voz queda.

—En algo que debo mantener oculto a mis amigos, por su propia seguridad.

Él guardó silencio un momento antes de retomar la palabra.

—Si puedo ayudar, en lo que sea…

—Eres un verdadero amigo. —Y aun así, un amigo al que su conciencia colocaba en el bando opuesto al de Catalina Parr, pensé—. Dime qué intentas aprender de ese hueso viejo —dije, por cambiar de tema—. Sin duda es algo más útil para la humanidad que cualquier cosa que hagan los abogados o los miembros del Consejo Privado.

Al día siguiente salí de casa temprano para ir al Colegio antes de dirigirme al Palacio de Whitehall. Todos estaban ya allí trabajando: Barak, Nicholas y Skelly. Me sentí agradecido. John Skelly siempre había sido un trabajador esforzado y leal, y Nicholas estaba respondiendo muy bien a la confianza recibida, mientras que Barak disfrutaba de estar al mando. Justo cuando yo entraba, le estaba dando a Nicholas un fajo de papeles para que archivara en las estanterías.

—Y esta vez no pierdas ninguna escritura —bromeó alegremente.

Les di las gracias a todos por estar allí temprano.

—Nicholas, hay un trabajo en concreto que me gustaría que hicieras para mí. — Le di la lista que el bordador Gullym me había preparado el día anterior, junto con el retal de seda envuelto en papel. Añadí unos chelines de mi bolsa, en los que ya asomaba el cobre a través de la plata en la nariz del rey—. Quiero que visites a los bordadores de esta lista, a ver si alguno es capaz de identificar el bordado de la manga. Lo más probable es que sea obra de uno de ellos. Diles que he consultado con maese Gullym, que es uno de los miembros más importantes del Gremio de Bordadores. Pero no reveles de qué se trata. ¿Puedes hacerlo? Utiliza tus encantos de caballero.

Barak soltó una risotada.

—¿Encanto, el chaval?

Nicholas no le hizo caso.

—Desde luego, señor Shardlake.

—Esta misma mañana, si no te importa.

—Enseguida. —Cogió la pila de papeles de su mesa y la dejó caer de nuevo en la de Barak—. Me temo que tendré que dejaros esto —le dijo muy sonriente.

Esta vez tomé una gabarra río arriba hasta el embarcadero común del Palacio de Whitehall y me puse la toga con la insignia de la reina cuando nos acercábamos. En los Escalones de los Comunes, los estibadores que descargaban mercancías para el palacio se mezclaban con sirvientes y visitantes. Como siempre, un guardia comprobó mi nombre y me dirigió hacia la Cámara de la Guardia Real. Recorrí un pasillo junto a las Grandes Cocinas. A través de las puertas abiertas se atisbaba a cocineros y pinches preparando comidas para los varios cientos de personas autorizadas para comer en el Gran Salón y los habitáculos. No llevaban insignias, solo ropa barata de lino y, en el calor de julio, algunos trabajaban con el torso desnudo. Atravesé el Gran Salón con su magnífico techo de cercha gótica y salí al Patio de Armas.

Era día de reparto, y los oficiales encargados de las limosnas ofrecían en la puerta principal paquetes de comida a una muchedumbre de mendigos vigilados muy de cerca por los guardias. Los restos de las comidas de palacio, que solían consistir en mucho más de lo que cualquiera podía comer, solían distribuirse diariamente a hospitales y organizaciones benéficas, pero dos veces a la semana se repartían en la puerta del palacio, un símbolo de la generosidad del rey.

Aunque la mayoría en el patio hacía caso omiso de la escena y se centraba en sus negocios como de costumbre, advertí que dos hombres sí prestaban atención. Los reconocí del día de la quema, cuatro días atrás. Uno era el obispo Gardiner, con una sotana de seda y una estola de piel marrón. Visto de cerca, su semblante adusto resultaba formidable: cejas abultadas, gesto ceñudo, nariz bulbosa y boca ancha de gruesos labios. Junto a él se encontraba el secretario del rey, William Paget. Llevaba como siempre un bonete y una toga marrón con un largo cuello de piel nívea con puntos negros, que acariciaba suavemente con los dedos como si se tratase de un animal doméstico.

—Fíjate en la mujer —oí decir a Gardiner— que se abre paso con total desvergüenza entre los hombres a empujones, con esas manos tendidas hacia la comida como si fueran garras. ¿Es que lo de Smithfield no fue suficiente demostración de que las mujeres deben saber cuál es su sitio?

—Podemos volvérselo a demostrar si es menester —replicó Paget.

No hacían ningún intento de bajar la voz, no les importaba que los oyeran. Gardiner siguió mirando ceñudo a la muchedumbre de mendigos. Aquella mueca hosca parecía la manera en que Gardiner contemplaba el mundo. Paget no parecía tan interesado en la escena.

—Thomas Seymour ha vuelto de la guerra —le oí decir.

—Ese hombre engreído y orgulloso —repuso Gardiner con desdén.

Paget sonrió, mostrando una fina hilera de dientes blancos entre la poblada barba.

—Se meterá en problemas antes de que acabe todo.

Seguí caminando, acordándome de que las damas de la Cámara Privada de la Reina habían estado hablando de Thomas Seymour. Era hermano del consejero reformista Edward Seymour, ahora lord Hertford, y Catalina Parr se habría casado con él cuando murió su segundo esposo de no haber intervenido el rey. Yo sabía que se había puesto buen cuidado en que la reina y Seymour se mantuvieran apartados desde entonces, razón por la que Seymour era a menudo enviado a misiones navales o diplomáticas. Yo había tenido tratos con él, no muy agradables. Paget tenía razón: era un hombre insensato y peligroso, una rémora para su ambicioso hermano. Me pregunté qué pensaría la reina de su regreso.

Entré una vez más en la Cámara de la Guardia Real, subí por las escaleras y llegué a la Cámara de Audiencias. El esplendor que por todas partes se veía seguía maravillándome cada vez. La complejidad, los colores y la variedad de la decoración no dejaban de sorprenderme. La vista podía descansar un instante sobre algún cuadro o una columna, atraída por el intrincado detalle de unas enredaderas pintadas, para verse de inmediato distraída por la escena clásica de un tapiz. Era un puro estallido de colores. Volví a fijarme en el retrato del rey y su familia. Allí estaba María, y detrás Jane Fool. Atravesé la estancia sin llamar la atención: un abogado jiboso del Consejo Legal de la Reina, que venía a tratar de algún asunto relacionado con sus tierras.

El guardia me dio paso a la Cámara Privada de la Reina, donde también esta vez había un grupo de damas cosiendo junto a la ventana. La esposa de Edward Seymour, lady Hertford, me miró altanera. El perro de aguas de la duquesa de Suffolk me dedicó un ladrido y la duquesa lo amonestó:

—¡Silencio, estúpido Gardiner! Es solo el pintoresco abogado del otro día.

La puerta interior se abrió y lord Parr me hizo pasar.

La reina estaba sentada en su butaca acolchada con terciopelo rojo, bajo su paño de ras. Hoy llevaba un vestido de púrpura real con el corpiño de corte bajo decorado con diminutas rosas Tudor. Se estaba riendo de las bufonadas de una tercera persona en la estancia: vestida toda de blanco, Jane Fool ejecutaba ante ella una torpe danza, blandiendo una vara blanca también. Intercambié una rápida mirada con lord Parr. Jane nos ignoró y siguió con sus brincos. Me sorprendió que unas personas adultas e inteligentes, y encima las más ilustres del reino, pudieran reírse de tal escena. Pero luego pensé que en medio de la formalidad cortesana, donde había que mantener un cuidado constante con las palabras y los gestos, las payasadas de un bufón debían de suponer un necesario alivio.

La reina hizo un gesto a Jane con la cabeza.

—Ya basta por ahora, querida. Tengo unos asuntos que tratar con mi tío y este caballero.

—Este caballero —la imitó Jane, dedicándome una reverencia exagerada—. Este caballero jorobado me asustó, quería que se llevaran a Patito.

Yo no dije nada. Sabía que la licencia para insultar y burlarse formaba parte del papel de un bufón. No obstante, la reina arrugó el entrecejo.

—Ya está bien, Jane.

—¿No puedo terminar mi baile? —preguntó la bufona con un mohín—. Solo un minuto más, os lo ruego, majestad.

—Muy bien, pero solo un minuto —concedió la soberana con impaciencia.

Jane Fool prosiguió con su danza hasta que de pronto, con una inesperada maestría atlética, apoyó las manos en el suelo y se puso cabeza abajo. Su vestido cayó para dejar al descubierto ropa interior de lino y unas piernecillas regordetas. Fruncí el ceño. Aquello estaba llegando demasiado lejos.

Fui consciente de que alguien más había entrado en la sala por una puerta interior. Me di la vuelta y me encontré frente a lady Isabel, la segunda hija del rey, ataviada con todo esplendor. Lord Parr le hizo una marcada reverencia que yo me apresuré a imitar. Había conocido a Isabel el año anterior, en compañía de la reina, con quien ella mantenía una estrecha relación. Había crecido desde entonces. Ahora tenía casi trece años, era alta y comenzaba a adivinarse bajo el corpiño el perfil de unos pechos incipientes. El vestido era una obra espléndida: en escarlata, bordado con flores, la parte delantera y las mangas en oro y blanco. Una enjoyada caperuza francesa cubría su pelo castaño.

Su rostro alargado e inteligente también había madurado. A pesar del pálido maquillaje, advertí en sus facciones un parecido con su madre, caída en desgracia y fallecida hacía tiempo: Ana Bolena. Isabel, que ya no mostraba la pose desmañada de una niña, había adquirido también un ademán adulto. Ahora observaba las payasadas de Jane con altiva desaprobación.

La reina pareció sorprendida al verla.

—Querida. Pensé que todavía estabas con maese Scrots.

Isabel se volvió hacia su madrastra.

—He tenido que estar en pie e inmóvil durante horas —respondió con petulancia —. Insistí en tomar un descanso. ¿Es que nunca se va a terminar este cuadro? Kat Ashley, que me estaba asistiendo, se quedó dormida.

—Es importante que tengas tu propio retrato, niña —le dijo la reina con suavidad —. Ayuda a establecer tu posición, como ya hemos hablado.

La bufona se sentó en el suelo haciendo pucheros, irritada con lady Isabel por haberle robado la atención de su audiencia. Isabel la miró un instante antes de volverse hacia la reina de nuevo—. ¿Podríais pedirle a Jane Fool que se vaya? No es decoroso que agite su gordo trasero en el aire.

Jane, veloz como el rayo, apeló a la reina con tono de herida inocencia:

—Majestad, ¿vais a permitir que la dama me hable así, a mí, que solo pretendo entreteneros?

A Isabel se le ensombreció el semblante.

—¡Por los clavos de Cristo! —estalló en un súbito arranque de mal genio—. ¡A mí no me entretienes! ¡Fuera de aquí!

—Márchate, Jane —se apresuró a pedir la reina.

Jane pareció alarmarse por un momento, pero luego recogió su vara y se marchó sin decir nada.

La ira desapareció del rostro de lady Isabel, que se volvió sonriente hacia lord Parr.

—Mi buen lord, es un placer veros. —Luego me miró y yo hice una marcada reverencia. Cuando me incorporé vi el estupor en sus ojos, pero solo por un momento —. A este caballero lo conozco también. Sí, señor Shardlake, vos y yo mantuvimos una vez una agradable charla sobre leyes. Reflexioné largo y tendido sobre ella.

—Me complace que os interesara, milady, aunque me sorprende que os acordéis.

—Dios me ha bendecido con una buena memoria. —Isabel sonrió con complacencia. Si su cuerpo era ahora casi el de una mujer, tanto su mente como su conducta eran enteramente los de una adulta. No obstante, sus largos dedos toqueteaban nerviosos la hilera de perlas que llevaba a la cintura—. Me dijisteis que incluso los abogados que representan a clientes maliciosos tienen el deber de buscar la justicia que pueda haber en su caso y llevarla ante el tribunal.

—Así es.

—Y que es una virtuosa labor.

—Sí, milady. —De pronto pensé en el caso Slanning. El peritaje del fresco de la pared se llevaría a cabo al día siguiente. ¿Era virtuoso defender aquel caso?

—Pero a mí me parece —prosiguió lady Isabel— que para que eso fuera así, debería haber al menos algo de virtud en el caso.

—Sí, milady, tenéis razón. —Y en el caso Slanning en realidad no había virtud en ninguna de las partes, solo odio. Tan joven como era, Isabel había dado en el clavo.

—Isabel, ¿querrías volver con maese Scrots? Sabes que el retrato está casi acabado. Y yo debo tratar aquí de ciertos asuntos. Vuelve en una hora.

Isabel asintió y dedicó a su madrastra una afectuosa sonrisa.

—Muy bien. Y lamento haberle gritado a Jane Fool, pero me temo que, a diferencia de vos y mi hermana, yo no le veo la gracia. Señor Shardlake… —Me hizo un breve gesto con la cabeza—. Milord Parr…

Volvimos a inclinarnos mientras ella salía. La reina cerró los ojos un momento.

—Os pido disculpas por esta escena. Parece ser que no puedo controlar siquiera mis propios aposentos privados —dijo, con la tensión marcada en el rostro.

—Ya os conté lo que el señor Shardlake había dicho sobre Jane Fool, sobre el hecho de que estuviera en vuestros aposentos aquella noche, y sobre su cercanía a lady María.

La reina negó con firmeza.

—No. Jane Fool no sabía nada de mi libro, y no habría tenido luces para robarlo.

—Tal vez lady María sí.

—Jamás. María es mi amiga. —La reina arrugó la frente con gesto triste—. O al menos no es mi enemiga. El problema con su madre, Catalina de Aragón, es ya agua pasada.

—Bueno, puede que pronto tengamos algunas respuestas. —Lord Parr me sonrió, frotándose las manos—. El capitán de la Guardia habló con el hombre que tenía que vigilar los aposentos reales la noche que el libro fue robado. Y escuchad bien, no era Zachary Gawger, de cuyo extraño comportamiento nos informó Mary Odell. Era otro hombre, llamado Michael Leeman. Al parecer hubo una sustitución. El capitán ha puesto a Gawger bajo custodia aunque, siguiendo mis instrucciones, todavía no le ha hecho ninguna pregunta. Debía también detener a Leeman cuando viniera a trabajar esta mañana. Eso era a las seis, de manera que ya lo tendrá bajo custodia. —Lord Parr sonrió triunfal mirando a la reina—. Creo que estamos a punto de encontrar respuestas.

—Eso espero —dijo ella, aunque se le notaban ciertas dudas. Lord Parr arrugó la frente, impacientado. La reina se volvió hacia mí—. Primero, señor Shardlake, ¿podríamos tratar de las otras averiguaciones? Mi tío me ha contado algo, pero me gustaría oírlo de vuestros propios labios.

—Abreviando —murmuró lord Parr.

Resumí rápidamente todo lo sucedido desde la última vez que nos habíamos visto: el asesinato de Elias, la desaparición de los tres amigos de Greening, las extrañas últimas palabras de Bealknap, mis sospechas de que Barwic, el cerrajero y carpintero, ocultaba algo. Añadí que el misterioso nombre de Bertano era de origen italiano, y sugerí que tal vez podríamos averiguar si era un nombre conocido entre los mercaderes italianos de la ciudad.

—Yo me encargo de eso —se ofreció lord Parr—. Pero primero veamos qué tienen que decir los guardias. Y si después queda alguna duda sobre el carpintero, yo mismo iré con vos al castillo de Baynard para hablar con él.

—Pero, lord Parr, pensaba que queríais involucraros lo menos posible en las pesquisas.

—Y así es. Pero los que trabajan en el castillo de Baynard son miembros de la Casa Real, responsables ante mí y por tanto temerosos de mí —explicó con una tensa sonrisa—. En cuanto a los muelles, Cecil ha persuadido a uno de los oficiales de la Casa de Aduanas de que nos informe si alguno de los tres amigos de Greening es visto intentando huir en barco. Todas las personas y mercancías que entran o salen del país tienen que pasar por allí. Y Cecil tiene también a un estibador atento a cuanto suceda en el muelle, con la promesa de una buena recompensa si los ladrones de joyas son capturados. —Y volvió a sonreír con ironía.

—Ese pobre aprendiz —suspiró la reina—. No entiendo por qué dijo que había sido asesinado por Anne Askew. Ya puse buen cuidado en que esa mujer y yo no nos encontrásemos nunca. —Miró tristemente a su tío—. Por lo menos en eso sí fui cautelosa.

Lord Parr asintió.

—He hablado con mi viejo amigo sir Edmund Walsingham. Mañana voy a la Torre. He aducido un asunto doméstico para justificar la visita. Vos vendréis también —me dijo—. A ver qué podemos averiguar sobre la filtración de la tortura de Anne Askew. Ahora vayamos a ver al guardia.

La reina no parecía decidida a dejarme marchar.

—Ese hombre, Bealknap… ¿a qué bando religioso pertenecía?

—A ninguno. Pero estaba asociado con Richard Rich.

—Eso que os dijo… ¿sonaba a amenaza o a advertencia?

—A ninguna de las dos cosas, majestad. Era una última jactancia, la esperanza de verme acusado de herejía, y a vos también.

—Sin duda no era más que eso —afirmó muy seguro lord Parr.

—Bealknap no pudo haber estado involucrado en el robo —apunté—. Llevaba muchas semanas enfermo en su habitación.

—Entonces olvidémoslo —sentenció lord Parr. Se volvió hacia la reina y ella tragó saliva, aferrándose a los brazos de su sillón. Su tío le puso la mano sobre la suya—. Y ahora —insistió, mirándome—, el capitán de la Guardia os está esperando con sus prisioneros. Interrogadlos. A solas, por supuesto.