Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 42 de 58

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Herejía

Capítulo 40

40

 

Al día siguiente desayuné temprano, leyendo de mal humor una circular de la oficina de Paget que me había enviado el ayudante de Rowland. En ella se detallaban los deberes de aquellos que debían aguardar en las calles para dar la bienvenida al almirante D’Annebault cuando desfilara con sus hombres por Londres. Los representantes de los Colegios de Abogados tenían que tomar posiciones con los dignatarios de la ciudad junto a la catedral de San Pablo y vitorear cuando pasara el grupo francés. Estaríamos también presentes en la recepción ofrecida por el príncipe Eduardo cerca de Hampton Court, dos días más tarde, y en el gran banquete programado para el día después. A mí no me hacía gracia nada de todo aquello y todavía me encontraba de sombrío humor tras haber dejado a la reina sin haber logrado cumplir mi misión. Me había mostrado algo brusco con Martin cuando me sirvió esa mañana, malhumorado porque la mantequilla estaba rancia. Él, como de costumbre, reaccionó con una respetuosa inexpresividad, se disculpó y fue a por más mantequilla.

Cuando volvió, le pedí disculpas:

—Lamento haber sido tan brusco, Martin.

—Teníais razón, señor —replicó él—, debería haber comprobado el estado de la mantequilla. Aunque la preparó Josephine. —Fruncí el entrecejo al oír esto. Martin no podía resistirse a la menor ocasión de criticarla—. Ha venido una visita, señor — añadió—. El señor Coleswyn, del Colegio de Gray.

—¿Philip? Dile que espere un momento, que enseguida estoy con él.

Martin se marchó con una reverencia. Me pregunté si Philip se habría pensado mejor lo de investigar la historia del padrastro de Edward e Isabel. Me limpié los labios con la servilleta y acudí al salón. Philip, con expresión pensativa, miraba por la ventana hacia el jardín, radiante al sol de agosto. Se volvió hacia mí y me saludó con una reverencia.

—Matthew, perdonad que os visite tan temprano. Buenos días os dé Dios.

—Y a vos. Me alegro de veros.

—Tenéis un hermoso jardín.

—Sí. La esposa de mi mayordomo ha hecho mucho para mejorarlo. ¿Cómo está vuestra familia?

—Muy bien. Muy aliviada ahora que las cuestiones de Estado se han… asentado.

Lo invité a sentarse y él unió las palmas para hablar muy serio.

—Desde nuestra charla la semana pasada no he dejado de debatir con mi conciencia lo que debo hacer con Edward Cotterstoke. He considerado cuál es mi deber para con Dios.

—¿Y? —lo animé.

—He decidido que no puedo dejar así el asunto. Si existe la mínima sospecha de que mi cliente estuvo involucrado en la muerte de su padrastro, sería un crimen contra Dios y contra los hombres. No solo no podría ya representarlo, sino que me vería obligado al menos a informar a nuestro vicario, que está al cuidado tanto de su alma como de la mía. El domingo pasado, después del servicio en la iglesia, hablé con Edward. Le expliqué que me habían contado la historia de la muerte de su padrastro, y le pregunté si ese trágico evento tendría alguna relación con sus sentimientos hacia su hermana Isabel.

—¿Y cómo reaccionó?

—Se puso hecho una fiera. Dijo que el viejo abogado con quien había hablado no tenía ningún derecho a divulgar información sobre asuntos que había tratado con mi madre, por muchas décadas que hubieran pasado, y que yo no debería prestar oídos a tales chismorreos.

—Estrictamente, tiene razón.

Philip se inclinó con gesto apremiante.

—Sí. Pero esa reacción tan iracunda… deberíais haberlo visto. Edward estaba furioso, pero también perturbado. Está ocultando algo, Matthew, algo muy serio.

—Eso mismo llegué yo a pensar cuando Isabel era mi cliente. —Hice una pausa antes de preguntar—: Bueno, ¿y ahora qué?

—Ahora creo que debería hablar con el viejo sirviente, Vowell. Hacerlo sin seguir instrucciones de Edward implicará violar las reglas, pero creo que es mi deber. Iré hoy mismo —afirmó, apretando los labios.

—¿Puedo acompañaros?

Él dudó un momento antes de acceder. Por fin me dedicó una sonrisa torcida.

—Sí. Lo cierto es que agradecería vuestra presencia. Y si voy a violar las reglas, también puedo llevarme a mi ex oponente conmigo. Ya puestos, de perdidos al río. — Respiró hondo—. Vamos ahora mismo. Podemos ir a caballo. He traído el mío.

Mandé a Timothy ensillar a Genesis y luego lo envié a mi bufete con una nota en la que anunciaba que llegaría tarde.

Todavía era temprano y la ciudad comenzaba a despertar cuando llegamos a la casa de los Cotterstoke, en Dowgate. Yo iba mirando atrás de vez en cuando, una costumbre adquirida desde la aciaga noche en los muelles. Pero si todavía me seguían, cosa que dudaba, se trataba de alguien muy diestro. Y tal vez ahora que habían muerto todos los del grupo de Greening, salvo el huido Vandersteyn, ya no era menester que me vigilaran.

Pasamos junto a una harapienta anciana que iba de casa en casa gritando: «¿Algo de la cocina, mozas?». Era una de esas que recolectaban desperdicios de las cocinas para vender por unos peniques como abono para los huertos en torno a Londres. La mujer era ya anciana para una tarea tan sucia y pesada. Su rostro ennegrecido me recordó que Barak se había encontrado a su madre por las calles. Podría tratarse incluso de aquella vieja. Las disputas familiares eran muy mal asunto.

En el Gran Conducto en Eastcheap las mujeres hacían cola para recoger agua. Algunos mendigos que siempre merodeaban por el conducto de agua dejaron de atosigar a las mujeres para correr hacia nosotros. Uno de ellos casi se metió bajo el hocico del caballo de Philip, asustando al animal.

—¡Cuidado, hombre! —le gritó Coleswyn, debatiéndose por recuperar el control de su montura—. ¡Te va a pegar una coz como no tengas cuidado! —De nuevo en camino, me comentó—: Por todos los santos, cómo apestaba ese individuo. ¿No podría asearse un poco, ya que anda rondando por el conducto de agua?

—Es difícil andar aseado cuando estás mendigando en verano.

Él asintió.

—Tenéis razón. Debemos mostrar caridad hacia aquellos que han sufrido la mala fortuna. Es lo más cristiano.

—Por supuesto. Pero tal vez tampoco deberíamos ponerlos a cargo del reino — añadí medio en broma—, como desearían los anabaptistas.

—Ya sabéis que no comulgo con las ideas de los herejes —replicó—. Es normal que los papistas acusen a los protestantes de ser anabaptistas —añadió con un suspiro —, pero me sorprende que vos deis crédito a tales paparruchas.

—No, no les doy crédito. Perdonadme.

—Los anabaptistas no son los elegidos —declaró él con tono severo.

—¿Creéis que los hombres se dividen entre elegidos y condenados? —le pregunté, muy serio a mi vez.

—Sí —contestó categórico—. Algunos están predestinados por Dios para la salvación, mientras que los que no tienen fe arderán por toda la eternidad. Leed a san Pablo.

—Siempre he pensado que era una doctrina muy severa.

—La justicia de Dios puede escapar a nuestra comprensión, pero es inviolable. Abrazar la fe podría asegurar vuestro sitio en el cielo, Matthew.

—Y mostrarnos el camino de la vida recta. Como intentar descubrir si un cliente es un asesino.

Coleswyn me clavó la mirada.

—Ambos estamos contando con esa posibilidad.

—Así es. Vamos a averiguar si es cierta.

La casa de los Cotterstoke no había cambiado desde el día del peritaje, cerrada y silenciosa. En los establos, vacíos y desnudos aquella bochornosa mañana, costaba creer que nos encontrábamos en el centro de una gran ciudad. La vieja señora Cotterstoke, pensé, vivió allí durante más de cincuenta años. Atamos los caballos y en cuanto salimos al sol, Philip, siempre el abogado práctico, comentó:

—Deberían vender la casa cuanto antes, pues el valor del dinero no hace más que caer, pero ninguno de ellos dará ni un paso hasta que se resuelva esta disputa.

Salimos a la calle bajo el arco del establo y llamamos a la puerta. Oímos dentro unos pasos arrastrados. Nos abrió el viejo Vowell, cuyos ojos húmedos se abrieron sorprendidos al vernos allí con nuestras togas. Se apresuró a inclinarse.

—Señores, no sabía que vendrían, no he recibido ninguna instrucción. ¿Se va a realizar alguna otra gestión?

Por sus palabras supe que ignoraba que yo ya no representaba a Isabel.

—No —contestó Philip, afable—, pero hay algunas cuestiones en las que tal vez nos podrías ayudar.

Vowell negó con la cabeza, con evidente reticencia.

—No sé cómo podría. Fui criado de la difunta señora Cotterstoke durante toda su vida, pero no sabía nada de sus asuntos. Mi único deber es mantener segura la casa.

—A ambos nos gustaría ver si hay algún modo de resolver esta disputa antes de que llegue a los tribunales —tercié.

—Una posibilidad más que remota —replicó el criado—. Pero pasad, señores.

Nos llevó al salón. Advertí que el bordado a medio terminar de la anciana señora Cotterstoke seguía sobre su silla, frente al mural, y me pregunté si se habría movido alguna cosa desde su fallecimiento.

—Es una obra muy buena —comenté mirando la pintura—. ¿Estabas aquí cuando se realizó?

—Sí, señor. Era entonces poco más que un niño, pero recuerdo haber pensado que era de lo más realista. El ama, su primer esposo y los dos hijos pequeños, todos tal como eran entonces. Me entristece verlo ahora, con mi señora muerta y los hijos tan enfrentados. —Nos miró con cierto recelo.

—He oído contar algo sobre la muerte de su padrastro —comenzó Philip—. Una historia muy triste. —Y procedió a contarla tal como la había relatado el viejo abogado.

Al viejo criado se le hundieron los hombros y se le humedecieron los ojos. Al final pidió:

—¿Podría tomar asiento, señores?

—Por supuesto.

Vowell se sentó en un taburete.

—De manera que os habéis enterado de aquella vieja historia. Ya me imaginaba que con esta nueva disputa acabaría por salir a la luz tarde o temprano. —Apretó los puños mirando la alfombra un momento, hasta que pareció tomar una decisión.

—El señor Edward tenía entonces once años y la señora Isabel, doce. Ya de niños no se llevaban demasiado bien. Ambos eran orgullosos, querían salirse siempre con la suya y a menudo peleaban. Su madre también se mostraba muchas veces brusca con ellos, debo decir. Aunque era un ama bastante buena, y me tuvo en cuenta en su testamento…

—Primero hay que legalizar el testamento —advertí. Vowel no recibiría su legado hasta entonces.

El viejo asintió con la cabeza y prosiguió:

—Los niños adoraban a su padre. Cuando murió se pusieron muy tristes. Recuerdo que una vez me los encontré llorando abrazados. Fue la única vez que los vi así. —Nos miró—. Desde que murió mi señora y comenzó esta disputa por el mural, no he sabido qué hacer ni qué decir. Ha sido una carga, señores…

—Entonces déjanos ayudarte —dijo Philip.

Vowell lanzó un hondo suspiro.

—La señora Johnson, que tal era su nombre entonces, volvió a casarse demasiado pronto tal vez, solo un año después de la muerte del señor Johnson. Pero le resultaba muy duro llevar el negocio adelante ella sola, pues hay gente a la que no le gusta comerciar con una mujer, y los niños eran demasiado pequeños para ayudarla. Pero su nuevo esposo, el señor Cotterstoke, era un buen hombre, y mi ama lo sabía. Los niños, sin embargo…

—Tal vez lo consideraron una traición… —aventuré, acordándome de Barak y su madre.

El criado alzó la vista.

—Sí. No era… agradable verlos entonces. Andaban por los rincones cuchicheando y riendo entre dientes, diciendo y haciendo… —vaciló— cosas malas.

—¿Qué clase de cosas? —preguntó Philip.

—El señor Cotterstoke tenía un buen libro de poemas latinos, hermosamente escrito e ilustrado, todo hecho a mano, como lo eran casi todos los libros en aquel entonces, y no estas cosas de letras de imprenta que tenemos ahora. Pues bien, el libro desapareció. Los criados se esmeraron en buscarlo, pero nadie lo encontró. Y recuerdo que los niños nos miraban cuando lo buscábamos, sonriéndose el uno al otro. Y también desaparecían otras cosas del señor. Yo creo que los responsables eran los niños. Pero el señor Cotterstoke, y sobre todo la señora, creían que éramos los criados. Siempre nos echan la culpa de todo —se quejó con amargura.

»La señora y el señor Cotterstoke estaban en aquel entonces muy pendientes el uno del otro, pues la señora se había quedado embarazada, y apenas hacían caso a los niños. Eso todavía los ponía más furiosos. Creo que Edward e Isabel tenían una relación mucho más cercana, unidos en su rabia. Una vez los oí hablar en las escaleras. El señor Edward decía que iban a ser desheredados, que todo iría a parar al nuevo hijo, que su madre ya casi ni los miraba… Y entonces…

—¿Entonces qué? —lo apremié.

—A veces el señor Cotterstoke trabajaba en casa por las tardes, repasando sus cuentas. Le gustaba tomar un plato de potaje a media tarde. La cocinera se lo preparaba y se lo subía. Un día, después de comérselo, se puso muy enfermo y estuvo muy malo durante varios días. El médico pensó que había comido algo en malas condiciones. El señor se recuperó, pero una de mis tareas era controlar las plagas, y le habíamos comprado a un buhonero una bolsa de veneno para matar ratones. Recuerdo que cuando el señor Cotterstoke se puso enfermo, saqué la bolsa del cobertizo para poner veneno en los establos, y advertí que faltaba un poco, pues antes estaba casi llena.

—¿Estás diciendo que los niños intentaron envenenarlo? —Se horrorizó Philip.

—Eso no lo sé. No lo sé. Pero cuando hablé con la cocinera, me contó que los niños habían estado por la cocina ese día.

—Deberías haber dicho algo —lo recriminó Coleswyn.

Vowell nos miraba muy inquieto.

—No tenía ninguna prueba, señor. Los niños solían rondar a menudo por la cocina. El señor Cotterstoke se recuperó, y yo no era más que un pobre criado. Una acusación como esa podría haberme costado el puesto.

—¿Cómo reaccionaron los niños ante la indisposición del señor Cotterstoke? — quise saber.

—Guardaron silencio. Recuerdo que después de eso la madre los miraba de otra forma, como si ella también sospechase algo. Y pensé que si mi señora sospechaba, pues que cuidaría de su esposo y no tenía sentido que yo dijera nada. Pero mi silencio me remordía la conciencia —confesó apesadumbrado—. Sobre todo con… con lo que pasó después.

—¿Cuando se ahogó el señor Cotterstoke?

—El forense dictaminó que había sido un accidente.

—Pero tú lo dudabas, ¿no? —dijo Philip.

Vowell alzó la vista.

—El fiscal lo investigó todo, y un criado no es quién para contradecirlo. —Ahora se captaba cierto enojo en su voz—. Ya había suficientes criados sin trabajo incluso entonces.

—No hemos venido a criticarte —quise calmarlo—, solo para intentar averiguar cuál es la causa de la enemistad. Tenemos entendido que el señor Cotterstoke bajó a los muelles ese día por trabajo, y que tú y otro criado lo acompañasteis con los niños, y que al cabo de un rato los niños volvieron diciendo que su padre les había ordenado esperar con vosotros junto a la Casa de Aduanas hasta que él volviera.

—Sí, eso es lo que sucedió, como ya le dije al fiscal.

—¿Cómo estaban los niños cuando volvieron?

—Un poco callados. Dijeron que su padrastro quería ver las mercancías de un barco que acababa de llegar.

Volví a pensar que solo contábamos con la palabra de los niños. Cualquier cosa pudo suceder cuando estaban a solas con Cotterstoke. Bien podían haber empujado a su padrastro al agua. Por aquel entonces tenían trece y catorce años.

—¿Era el señor Cotterstoke un hombre corpulento?

—No; era delgado y de baja estatura. Un hombre menudo y de rápido ingenio. No como mi primer amo. —Miró el mural, desde donde el padre de Isabel y Edward, con sus ropas elegantes y su sombrero alto, nos miraba con su porte noble y seguro.

—¿Cómo fueron las cosas en la familia después de aquella muerte? —preguntó Philip.

—Las cosas cambiaron. Supongo que les informarían de las disposiciones del señor Cotterstoke, que había dejado todo su patrimonio a su esposa y a todos sus hijos por igual si ella moría antes. En cualquier caso, Edward e Isabel parecieron cambiar. Mientras el señor Cotterstoke estuvo en la casa, tenían una relación muy cercana. Luego, aunque ya no volvieron a pelear como antaño, se evitaban el uno al otro. La actitud de la señora Cotterstoke hacia ellos también mudó, incluso antes de que perdiera el hijo que esperaba. Anteriormente se había mostrado brusca con ellos, pero ahora casi los ignoraba. Vendió el negocio y dispuso que Edward comenzara a trabajar en el Ayuntamiento, lo cual significaba que tenía que irse a vivir fuera. Eso fue solo unos meses más tarde.

—De manera que al final no heredó el negocio.

—No. Y aunque Isabel solo tenía quince años, su madre parecía ansiosa por casarla y siempre estaba invitando a la casa a posibles pretendientes. Pero la señora Isabel, como siempre, se negaba a hacer nada que fuera contra su voluntad. —Vowell sonrió con tristeza y meneó su cana cabeza—. Había un ambiente espantoso en la casa. Hasta que al final Isabel accedió a casarse con el señor Slanning y se marchó. Después la señora Cotterstoke pareció… no sé… tornarse introvertida. Casi nunca salía. —Miró la silla vacía—. Pasaba gran parte de su tiempo ahí sentada, cosiendo, siempre cosiendo. Mantenía en la casa un orden muy estricto, y nos tenía a los criados siempre alerta. —Lanzó un suspiro y nos miró—. Es extraño, ¿no os parece?, con la de cosas tristes que han sucedido aquí, que la señora nunca se mudara, ni siquiera cuando se quedó sola en una casa que era demasiado grande para ella.

—Tal vez recordaba que había sido feliz aquí —aventuré, mirando la pintura—. Ya he visto que su silla está de frente al mural.

—Sí. Ahí estaba sentada cuando le dio el ataque. Isabel y Edward apenas la visitaban, y nunca venían juntos. Y la señora tampoco se lo pedía. Me entristeció ver cómo se comportaban el uno con el otro cuando vinieron para el peritaje. Y ese extraño testamento… Tal vez no os debería haber contado nada de esto, ¿qué bien puede hacer? Sucedió hace muchos años. Y pasara lo que pasase, no puede ser enmendado.

Philip se puso en pie, acariciándose la barba con gesto pensativo. Vowell lanzó una risita algo desesperada.

—¿Qué va a suceder ahora, señor? ¿Seguiré cuidando de esta casa vacía hasta que me muera? No me gusta estar aquí solo —se apresuró a añadir—. Por las noches, a veces, cuando cruje la madera…

Lo cierto es que sentí lástima del viejo.

—Creo que ya hemos averiguado cuanto necesitábamos, hermano Coleswyn.

—Sí, es cierto. Deberías haber hablado antes —le recriminó a Vowell.

—Tiene razón en una cosa —lo defendí yo—: ahora no puede hacer ningún bien remover todo esto, tratándose de un posible asesinato, habiendo sucedido hace décadas y sin pruebas para reabrir el caso.

Philip seguía meditabundo.

—¿Qué vais a hacer, señor? —preguntó Vowell con voz trémula.

Coleswyn meneó la cabeza.

—No lo sé.

—Es posible que los niños, o uno de ellos, empujara a Cotterstoke al agua — comenté, ya en los establos—. Es evidente que Vowell lo piensa.

—Y su madre. Ahora me resulta todo muy claro: formuló ese testamento para dar comienzo a una nueva disputa. Fue una venganza.

—Pero seguimos sin tener nuevas evidencias que contradigan el veredicto del forense.

—Aun así, creo que eso fue lo que sucedió.

—Yo también. Dos niños que sufren la muerte de su padre y piensan que el nuevo esposo de su madre los desheredará…

—Estaban muy equivocados.

—Pero no lo sabían. Tal vez empezaron con pequeñas travesuras y se fueron azuzando mutuamente, y a base de hablar una y otra vez del rechazo y la traición que ambos sentían, se empujaron el uno al otro a… a una especie de locura.

—¿Y quién arrojó al padrastro al agua?

—No lo sé —contesté.

—Quienquiera que fuese, cometió un asesinato.

—No son más que especulaciones —enfaticé—. Nuestra teoría es probable, pero nada segura. La muerte del señor Cotterstoke bien pudo ser un accidente. Y el viejo tiene razón: ¿quién podría beneficiarse de que todo esto saliera a la luz, después de cuarenta años? Y recordad que tenéis un deber de confidencialidad para con vuestro cliente, una confidencialidad que solo podéis violar si pensáis que está a punto de cometer un crimen, y no es ese el caso.

Philip hizo una mueca.

—Es una cuestión de justicia. Voy a preguntárselo a Edward directamente. Y si no satisface mis dudas, cesaré de actuar en su nombre e informaré de las circunstancias a nuestro vicario. Tenéis razón sobre la falta de pruebas, pero si estamos en lo cierto, al menos habría que obligarle a contemplar el estado de su alma. ¿Cómo puede un hombre que ha hecho algo así ser uno de los elegidos? Nuestro vicario debe de saberlo.

—¿E Isabel? No tiene sentido ir con esta historia a Dyrick, porque no le importaría. Lo conozco.

—¿Pretendéis que deje las cosas tal como están?

Me lo pensé un momento antes de contestar.

—Eso creo. Al menos en este caso.

—No —declaró rotundo—. El asesinato no puede quedar impune.