Herejía
Capítulo 39
39
Tomé una embarcación hasta el Palacio de Whitehall. No tenía más información sobre el manuscrito de la reina, y sabía que ahora que todo el grupo de Greening había desaparecido, su destino podía quedar ignoto.
En el camino, me detuve un momento en el bufete para decirle a Barak que ese día estaría ausente y no sabía por cuánto tiempo. Lo encontré solo, pues Nicholas y Skelly todavía no habían llegado, y hablamos en mi despacho privado.
—¿A Whitehall?
—Sí. Anoche encontré a McKendrick. —Y le conté lo sucedido en el hospital.
—De manera que Curdy era el espía.
—Eso parece —suspiró—. Hemos llegado a un callejón sin salida.
—Entonces deja el asunto a los políticos —me espetó—. Ya has hecho todo lo posible.
—No puedo evitar la sensación de haberle fallado a la reina.
—Has hecho cuanto has podido —repitió impaciente—. Incluso has arriesgado tu vida.
—Lo sé. Y la tuya, y la de Nicholas.
—Pues entonces déjalo ya. Si la reina Catalina cae, será por su propia insensatez.
Entré al palacio una vez más por los Escalones de los Comunes. La chalana tuvo que abrirse paso entre las barcas que traían cisnes frescos para la mesa real y rollos de fina seda. El embarcadero se adentraba en el agua para que pudieran descargarse las embarcaciones incluso con marea baja. Ahora estaba casi en su punto más alto y apenas había comenzado a retirarse. El agua gris y sucia se agitaba en torno a los escalones de piedra más bajos. Me acordé por un momento del pobre Peter Cotterstoke, que había caído al río un frío día de otoño. Por fin bajé a tierra, me envolví bien en mi toga y enderecé mi birrete, mirando río arriba hacia los Escalones Reales. Allí, un estrecho edificio de dos plantas de altura, vistosamente pintado, sobresalía de la larga fachada de ladrillo rojo del palacio y terminaba en una magnífica caseta de piedra para los barcos, construida sobre el agua. Una barcaza se acercaba a ella, los remeros esforzándose contra la corriente. En la popa iba un hombre de túnica y bonete oscuros. Reconocí aquel rostro pétreo de bifurcada barba: el secretario Paget, señor de espías y una de las pocas personas que sabrían si un emisario del Papa llamado Bertano había llegado realmente a Londres.
Me adentré en el laberinto de edificios arracimados en torno a sus pequeños patios de armas. Algunos guardias ya me conocían, aunque, como siempre en los puntos estratégicos, se comprobaba que mi nombre apareciera en las listas. Toda la magnificencia del interior se había convertido ya en algo familiar, casi cotidiano. Me había acostumbrado a pasar sin detenerme ante las grandes obras de arte que encontraba en mi camino, por no demorarme. Dos canteros estaban creando una nueva y elaborada cornisa en un pasillo. Recordé el comentario de Leeman: cada piedra en ese palacio se había levantado con el sudor de gente común. Sabía que los artesanos cobraban un salario muy bajo por aquellas tareas, cosa que se justificaba por el prestigio que suponía trabajar para el rey.
Me admitieron una vez más en la Cámara de Audiencias de la Reina. Un joven, uno de los interminables aspirantes a cortesano, discutía con un guardia que, con su librea negra y dorada, mostraba cara de aburrimiento.
—Pero mi padre envió una nota a lord Parr comunicándole que yo llegaba hoy de Cambridge. Soy licenciado en derecho canónigo, y sé que en el Consejo Legal de la Reina ha quedado un puesto vacante.
—No estáis en la lista —replicó el guardia imperturbable.
¿Quién abandonaba el Consejo Legal?, me pregunté. ¿Sería yo, ahora que mi misión había concluido?
Junto a la ventana que daba al río había varias damas, como de costumbre, con sus labores de bordado en el regazo, contemplando la danza que con sorprendente habilidad realizaba en ese momento Jane Fool. Mary Odell se encontraba entre las damas nobles, a pesar de su inferior rango. La joven y bonita duquesa de Suffolk, con su perro de aguas, Gardiner, en las rodillas, estaba entre ella y la hermana de la reina, lady Anne Herbert, a quien yo había visto en el castillo de Baynard. Tras ellas, un joven alto y delgado, de rostro enjuto y aguileño y barba rala, observaba la escena con expresión altanera.
Jane se detuvo delante del caballero y realizó una reverencia.
—¿Qué, mi señor de Surrey? —le dijo—. ¿No me veis adecuada para ser vuestra pareja en el baile en Hampton Court en honor del almirante?
De manera que se trataba de Surrey, el hijo mayor del duque de Norfolk. Un presunto reformista que, según se decía, era un hábil poeta. El invierno anterior había tenido problemas por encabezar una juerga de borrachos en la ciudad.
—Yo solo bailo con damas de alcurnia —replicó cortante—. Y ahora debéis excusarme. Tengo que ir a ver a mi padre.
—No seáis tan duro con Jane —le reprendió la duquesa de Suffolk, pues la cara de luna de la bufona había enrojecido.
En ese momento, Jane me vio y me señaló con el dedo.
—¡Ahí está la razón de que la reina haya ido a la cámara de lord Parr! ¡El abogado ha vuelto para molestarla con asuntos de trabajo! ¿Veis? ¡Tiene la espalda tan jorobada como Will Somers!
Mary Odell se apresuró a ponerse en pie para acercarse a mí.
—Su majestad y lord Parr os aguardan, señor Shardlake.
Me alegré de alejarme con ella hacia el sanctasanctórum de la reina.
De nuevo la encontré sentada en un trono bajo el rojo paño de ras. Lucía un vistoso vestido verde con bordados de flores, hojas e incluso vainas de arbusto. Bajo la caperuza francesa creí atisbar el brillo de unos mechones blancos en su pelo castaño. Lord Parr se encontraba junto a ella, con su habitual toga negra y la cadena de oro. Al otro lado, el arzobispo Cranmer, con su casulla blanca. Mientras les dedicaba una reverencia, advertí el tablero de ajedrez de la reina dispuesto en una mesa cercana y pensé: una pieza negra y una blanca.
Los tres habían estado contemplando un retrato de tamaño natural dispuesto en un caballete. Los colores recién pintados eran tan vivos que llamaban la atención incluso entre la magnificencia del palacio. Al fondo se veían las cortinas rojo oscuro de una cama con dosel; en primer plano, una Biblia abierta sobre un atril, y junto a ella, lady Isabel, a quien reconocí de inmediato. Llevaba el mismo vestido rojo que el día que la vi, cuando se quejó de tener que posar tanto tiempo y de que la pintaran junto a su cama.
Pero su esfuerzo había valido la pena, pues el retrato guardaba un extraordinario parecido. Los pechos incipientes de Isabel contrastaban con la vulnerabilidad de sus delgados hombros de niña. Sostenía un librito en las manos, y en su expresión serena se leía una atenta autoridad que desmentía su juventud. El significado del cuadro se me hacía claro: mostraba a una niña a punto de convertirse en mujer, estudiosa, seria, regia, y al fondo la cama como recordatorio de que pronto alcanzaría la edad del matrimonio.
La reina, que había estado contemplando el retrato atentamente, se arrellanó en su silla.
—Es excelente —dictaminó.
—Dice todo cuanto hay que decir —convino Cranmer antes de volverse hacia mí —. Ya me he enterado de las últimas noticias, Matthew: que había un espía en ese grupo y que ha muerto. Lo más probable es que trabajase para alguien de alto rango, un consejero privado, aunque no sabemos cuál.
—Así es, milord. Lo lamento —contesté.
—Habéis hecho cuanto estaba en vuestra mano —declaró él, casi repitiendo las palabras de Barak.
La reina se mostraba afligida, todo su cuerpo presa de una ligera rigidez que yo reconocía como inquietud. No dijo nada.
—Por lo menos el grupo de anabaptistas ha desaparecido —dijo lord Parr—. ¡Deberían haber ardido en la hoguera!
—El guardia al que Leeman sobornó en palacio y el carcelero Myldmore deben ser enviados fuera del país —declaró con firmeza Cranmer—. Por la seguridad de todos nosotros.
—¿Los habríais hecho quemar, mi señor arzobispo —gruñó lord Parr—, de no ser menester trasladarlos?
—Solo si las más vehementes prédicas no lograran disuadirlos de su herejía — replicó enojado Cranmer—. No deseo quemar a ningún hombre.
—Nos habéis sido de gran ayuda, Matthew —me dijo la reina—, con la información de Leeman sobre Bertano.
—¿Es cierto, pues? —pregunté.
Lord Parr miró a Cranmer y luego a la reina, que asintió con la cabeza.
—Esto no puede salir de aquí, Shardlake, y os lo vamos a decir únicamente porque fuisteis quien primero nos dio noticia de ese nombre y nos gustaría oír vuestra opinión. Solo nosotros cuatro sabemos de Bertano. Ni siquiera hemos informado al hermano o la hermana de la reina. Y el hombre y el muchacho que trabajan para vos deberán mantener la boca bien cerrada —añadió con tono admonitorio.
—Sabemos que ambos gozan de vuestra plena confianza —terció Cranmer.
—Contádselo, sobrina.
La reina habló, si bien obligada por las circunstancias:
—Hace una semana, su majestad el rey recibió durante el día una visita en sus aposentos privados. Hicieron marchar a todos los sirvientes de la Cámara Privada. Normalmente el rey me avisa cuando viene algún visitante del extranjero, pero la noche anterior a esta visita en concreto me dijo que era algo que solo él podía saber y que yo debía quedarme en mi lado del palacio. —Bajó la vista y su tío la apremió con suavidad:
—¿Y entonces?
—Sé que la reunión no fue bien. Su majestad me mandó llamar luego para que tocara algo de música para él. Estaba de muy mal talante, incluso golpeó a su bufón, Will Somers, y lo echó con cajas destempladas. No estaba de humor para payasadas. Me atreví a mirarlo interrogante, pues el pobre Somers no había hecho nada para merecer el golpe, y el rey me dijo entonces: «Hay quien desea los poderes que Dios me ha otorgado, y se atreve a enviar a un emisario para exigírmelos. Le he dado la respuesta que merece». Y descargó tal puñetazo sobre el brazo de su silla que se le estremeció todo el cuerpo y le provocó un gran dolor en la pierna. —La reina tomó aliento antes de proseguir—. No me hizo jurar que mantendría en secreto sus palabras, de manera que aunque estrictamente violara el respeto debido a mi esposo, a causa de la situación en la que nos hemos visto inmersos se las transmití a mi tío y al arzobispo.
—Y ahora vos también las conocéis —me espetó lord Parr—. ¿Qué opináis de todo esto?
—Que corrobora lo que Vandersteyn averiguó en el continente. Alguien ha exigido al rey los poderes que Dios le ha concedido. Eso solo puede significar el supremo liderazgo de la Iglesia de Inglaterra, y solo el Papa pediría tal cosa.
Lord Parr asintió.
—Eso pensamos nosotros también. Si Bertano era un emisario del Papa, parece que el precio de la reconciliación habría sido que el rey renunciara a ser Cabeza de la Iglesia.
—Y por lo que dijo el rey, envió de vuelta un mensaje al Papa, ¿no es así?
—Creo que el mensaje ya ha salido. Y en ese caso, solo puede haber sido a través de Paget —concluyó Cranmer con una sonrisa sin alegría—. Y ayer Paget informó al Consejo Privado de que después de la visita de D’Annebault, el rey y la reina realizarán una corta procesión, solo hasta Guilford, y anunció qué miembros del Consejo habían sido elegidos para acompañarlos, todos ellos simpatizantes de la Reforma. Gardiner, Norfolk, Rich, todos nuestros enemigos, permanecerán en Londres, aguardando impacientes y ocupándose del gobierno. Los que estarán junto a la persona del rey y gozarán de su atención serán nuestros aliados.
Lord Parr alzó la mano.
—Todas las piezas encajan.
—Pero todavía queda la Lamentación… —objeté.
—Sobre eso ya no podemos hacer nada —replicó brusco lord Parr—. Excepto confiar en que quienquiera que la robara decida, perdonadme, Kate, quemar el manuscrito o tirarlo a la basura, al darse cuenta de que su oportunidad ha pasado, que la causa católica está perdida. El rey no volverá a cambiar su política —sentenció.
Cranmer se mostró en desacuerdo:
—Tratándose del rey, eso jamás puede descartarse del todo. Pero yo también creo que el rastro del manuscrito se ha perdido.
—Creedme, majestad —le dije a la reina—, me habría gustado mucho recuperar el libro. Lo lamento.
—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó lord Parr—. Hicisteis todo lo posible, por más que no fuera suficiente. Y ahora lo único que os queda es guardar silencio.
—Juro que así lo haré, milord.
Me acababan de despachar, de manera que ajusté ligeramente mi postura para inclinarme sin dolor, porque todavía me resentía de cuando Nicholas me había tirado al suelo para salvarme de los disparos. Pero la reina se levantó de su silla.
—Matthew, antes de iros quisiera hablar con vos de nuevo. Venid, ya habéis visto mi Galería Privada, pero no con la luz del día. Mary Odell puede acompañarnos. — Hizo un gesto con la cabeza a Cranmer y lord Parr, que se inclinaron en una reverencia, y se encaminó hacia la puerta entre un frufrú de seda.
Con la luz que entraba por los ventanales y que resaltaba los magníficos colores en todo su esplendor, la Galería Privada era espléndida. Los pájaros brincaban y cantaban en sus jaulas. La reina iba caminando despacio y yo la seguía, manteniendo una respetuosa distancia de dos pasos, mientras que Mary Odell cerraba la comitiva. La expresión de su rollizo rostro era neutra, pero sus ojos permanecían alerta, advertí al volverme a mirarla.
La soberana se detuvo ante una hornacina que albergaba una enjoyada caja sobre un pilar de mármol. Dentro había monedas de oro y plata con las efigies de reyes y emperadores muertos hacía mucho tiempo. Algunas estaban tan desgastadas que casi se habían borrado, mientras que otras relucían como recién acuñadas. Ella las removió con un dedo.
—Las monedas antiguas siempre me han interesado. Nos recuerdan que no somos sino motas de polvo en el transcurso del tiempo. —Tomó con cuidado una de oro—. El emperador Constantino, que llevó el cristianismo al Imperio romano. Fue encontrada cerca de Bristol hace unos años. —Alzó entonces la cabeza para mirar por la ventana, que daba a la orilla del Támesis junto al palacio, despejada ahora que había bajado la marea.
Seguí su mirada y me fijé en un montón de basura del palacio que habían arrojado al lodo: hojas de verduras, huesos, una cabeza de cerdo. Las gaviotas se cernían sobre los despojos, chillando y picoteando. La reina se apartó.
—Vamos a contemplar la vista al otro lado.
Atravesamos la galería. Esta ventana daba a los pequeños patios de césped entre los edificios. Dos hombres paseaban charlando por allí. Uno era el obispo Gardiner, de sólida complexión y rostro enrojecido, ataviado de nuevo con una casulla blanca. El otro era más joven, fornido, de barba oscura y expresión sombría: John Dudley, lord Lisle, quien el año anterior comandaba las fuerzas navales del rey. Su estrategia defensiva había sido capital para rechazar la invasión.
De manera que los consejeros de alto rango que favorecían a los radicales habían vuelto de su misión en el extranjero. Todas las piezas del ajedrez estaban ahora sobre el tablero. Vi que Gardiner hablaba animadamente, por una vez mostrando una expresión anodina en el rostro. Algo en su postura sugería que estaba a la defensiva. Lord Lisle inclinó la cabeza. Así era como se desarrollaba el auténtico juego del poder: conversaciones por las esquinas y los jardines, un gesto, un encogimiento de hombros, una inclinación de la cabeza. Pero nada por escrito.
La reina se unió a mí. Una expresión de disgusto y miedo, que se apresuró a borrar, le cruzó fugazmente el rostro al ver a Gardiner.
—Lord Lisle ha vuelto —observé.
—Sí. Otro aliado. Me pregunto de qué estarán discutiendo —suspiró. Se apartó de la ventana y me miró muy seria—. Quería que supierais, Matthew, cuánta es la gratitud que os profeso por la ayuda que me habéis prestado. Sé que habéis pagado un alto precio. Y mi tío puede ser… poco agradecido. Pero todo cuanto hace es por mi bien.
—Lo sé.
—Parece que mi libro quedará perdido para siempre. Me entristece que pueda yacer en algún montón de basura, por más que allí esté más seguro. Era mi confesión de fe, mi reconocimiento de que soy una pecadora, como todos, pero que a través de la oración y la Biblia he encontrado mi camino en Cristo. —Suspiró de nuevo—. Aunque ni siquiera mi fe me ha protegido de un miedo terrible estos últimos meses. —Se mordió el labio, vacilante—. Tal vez me considerasteis desleal antes, por repetir las palabras que me había dirigido el rey. Pero… necesitábamos saber qué significaba esta visita de un emisario extranjero.
Esbocé una sonrisa.
—Tal vez un giro en la fortuna para vos, majestad, si la reunión no fue bien.
—Tal vez. —Guardó silencio un momento, antes de decir con súbita intensidad —: El rey… no sabéis cómo sufre. Padece un dolor constante, a veces casi le hace caer inconsciente, pero siempre, siempre, debe mantener la fachada intacta.
—Igual que vos, majestad —me atreví a replicar.
—Sí. A pesar de mis miedos —apostilló, tragando saliva.
Recordé lo que me había comentado lord Parr sobre la posible reacción del rey ante una deslealtad. Por más que la reina reverenciara a su esposo, el miedo que había sentido hacia él esos últimos meses debió de ser una carga inimaginable. Sentí el corazón en un puño al pensar que me valoraba tanto como para desahogarse así conmigo.
—No puedo ni imaginar lo difícil que debe de haber sido para vos, majestad.
Ella frunció el entrecejo.
—Y siempre, siempre, hay alguien dispuesto a sembrar cizaña al oído del rey…
Mary Odell, tal vez preocupada de que la reina estuviera hablando demasiado, se nos acercó.
—Majestad, me pedisteis que os recordara que queríais llevarle esto al rey cuando vayáis a verle. Los encontraron en el suelo, junto a una silla en su Cámara Privada. — Se había sacado de entre los pliegues del vestido unos anteojos de montura de madera.
—Ah, sí. Gracias, Mary. —La reina se volvió hacia mí—. El rey necesita ahora lentes para leer, y siempre las está perdiendo. —Guardó los anteojos y echó a andar de nuevo por la galería—. La corte dejará Whitehall la semana que viene —comentó, más animada—. El almirante francés será recibido primero en Greenwich y luego en Hampton Court, de manera que hay que trasladarlo todo. Todo esto —indicó, moviendo la mano— será embalado y transportado por barco para volver a disponerlo en otro sitio. El Consejo Privado se reunirá en otra cámara. Con Lisle y Hertford presentes —añadió con satisfacción.
—La última vez que vine a palacio vi a lord Hertford con su hermano, sir Thomas Seymour.
—Sí, Thomas también ha vuelto. Ya sé que os disgusta —añadió, mirándome a los ojos.
—Temo su carácter impulsivo, majestad.
Ella desechó mis palabras con un gesto.
—No es impulsivo, solo un hombre de sentimientos vehementes.
No dije nada y se produjo un silencio algo violento, hasta que ella cambió de tema.
—Vos sabéis de retratos, Matthew. ¿Qué opináis del retrato de mi hijastra?
—Es muy bueno. Muestra la madura esencia de su carácter.
—Sí. El príncipe Eduardo es también un niño muy adelantado para su edad. Hay en mi familia quien espera que algún día me nombren regente, cuando Eduardo llegue al trono, como lo fui cuando el rey marchó a Francia hace dos años. Si llegara ese caso, intentaría hacer lo mejor para todos.
—Estoy seguro. —Pero yo sabía que los Seymour, así como los tradicionalistas, se opondrían a ella.
—Pronto llegará el almirante francés —dijo Catalina, deteniéndose—, y luego el rey y yo marcharemos en procesión, como habéis oído. Tal vez no tenga ocasión de volver a hablar con vos.
—Un joven cortesano que esperaba fuera comentó que hay una vacante en vuestro Consejo Legal. ¿Deseáis que dimita de mi puesto? —pregunté con voz queda.
—El puesto vacante no es el vuestro, sino el del señor Cecil. Él mismo ha pedido marcharse. Lo que sucedió en los muelles fue demasiado para él. No es que sea un cobarde, pero teme que si le sucede algo, su esposa y su hijo quedarían desamparados. Y lord Hertford le ha pedido que sea uno de sus consejeros. He dado mi consentimiento. Cecil es hombre de gran lealtad y no dirá nada de la Lamentación. En cuanto a vos, Matthew, me pregunto si no sería mejor para todos si también dejarais el Consejo Legal.
—Sí. Al fin y al cabo solo me dieron el puesto para encontrar una joya robada — sonreí—. Y por desdicha parece que será imposible encontrar vuestro manuscrito. Tal vez sería más… diplomático que me marchara ahora.
—Eso piensa mi tío, y yo estoy de acuerdo. —Sonrió entonces, cansada—. Aunque lo cierto es que preferiría contar con vuestro consejo.
—Si en algún momento volvéis a necesitar mis servicios…
—Gracias. —Me miró, dudó un momento y habló con rápida intensidad—: Una cosa más, Matthew. Vuestra falta de fe me sigue inquietando. Os devorará desde dentro, hasta que un día solo quedará una vaina vacía.
¿Acaso el verdadero propósito de nuestra charla había sido intentar devolverme la fe?, me pregunté apesadumbrado. Respondí con sinceridad:
—He deseado llegar a Dios, pero hoy en día no logro encontrarlo en ninguna de las facciones cristianas.
—Rezo para que eso cambie. Pensad en lo que os he dicho, os lo ruego.
—Siempre lo hago, majestad.
Con una triste sonrisa me hizo un gesto con la cabeza y se volvió hacia Mary Odell.
—Deberíamos volver y sentarnos un rato con las damas. Pensarán que las tenemos abandonadas.
Recorrimos de nuevo la galería, y ya cerca de la puerta la reina se detuvo ante una mesa sobre la que un magnífico reloj de oro, de treinta centímetros de altura, emitía un quedo tictac.
—El tiempo —dijo—. Otro recordatorio de que no somos sino granos de arena en la eternidad.
Mary Odell llamó a la puerta por delante de nosotros. Cuando nos abrieron pasamos al vestíbulo lleno de guardias, donde otras puertas daban a los aposentos de la reina, los del rey y los Escalones Reales. En ese mismo momento otro guardia abría las puertas de los aposentos del rey para dar paso a dos hombres. Uno era el lord canciller Wriothesley y el otro el secretario Paget, que llevaba bajo el brazo un portafolios de cuero rebosante de papeles. Probablemente se había entrevistado con Enrique.
Al ver a la reina, ambos se inclinaron en una marcada reverencia. Yo los saludé a mi vez y al incorporarme me percaté de que ambos se habían quedado sorprendidos: un abogado jorobado con la insignia de la reina, que había estado paseando con ella por su galería. Wriothesley me miraba con particular interés, y su expresión solo se suavizó un ápice al ver a Mary Odell junto a la puerta: su presencia indicaba que la reina no había estado paseando a solas con un hombre que no era un pariente.
La reina asumió una expresión de regia compostura: serena, reservada, altiva.
—Este es el serjeant Shardlake, de mi Consejo Legal.
Wriothesley me miró con renovado interés. Paget me clavaba unos grandes ojos castaños que no parpadeaban. Por fin se volvió hacia la reina, bajó la vista y habló tersamente:
—Ah, sí, el hombre nombrado para encontrar la joya que os habían robado.
—¿Os habíais enterado del incidente, señor secretario?
—Por supuesto. Me apenó vuestra pérdida. Tengo entendido que se trataba de un regalo de vuestra difunta hijastra, Margaret Neville, que Dios la tenga en su gloria.
—Así es, en efecto.
—Veo que el nombre de Shardlake ha sido incluido en la lista de los miembros de vuestro Consejo Legal. Y he visto también que el joven William Cecil ha pasado al servicio de lord Hertford. Será una gran pérdida, majestad. Ha destacado como un joven de grandes capacidades.
Sí, pensé, Paget estaría al corriente de todos los cambios de la Casa Real, inspeccionaría todas las listas y se aseguraría de no pasar por alto nada de interés. Lo habría aprendido de Thomas Cromwell, su antiguo señor, y el mío.
—Shardlake abandona también mi Consejo. No ha encontrado mi joya, a pesar de sus mejores esfuerzos. No parece que haya posibilidades de dar con ella ya.
Paget volvió a clavarme aquella pétrea mirada, al tiempo que se pasaba la mano por su larga barba bifurcada.
—Una gran pena que no se pudiera atrapar al ladrón y colgarlo —comentó con una nota de reproche—. Y ahora, si nos disculpáis, majestad —se excusó, dando unas palmaditas a su grueso portafolio de cuero—, el rey acaba de firmar unas cartas importantes que deben enviarse de inmediato.
—Desde luego. —La reina hizo un gesto con la mano.
Wriothesley y Paget le dedicaron una reverencia y atravesaron una pequeña puerta que daba a las laberínticas profundidades del palacio. La reina, Mary Odell y yo nos quedamos con los guardias de rostro impasible. En su presencia la reina mantuvo su expresión regia, sin traicionar lo que hubiera podido sentir al encontrarse así con Wriothesley y Paget. Sabía que al menos Wriothesley de buena gana la habría condenado a la hoguera.
—Adiós, pues, Matthew —se despidió con una sonrisa formal—. Vuelvo a daros las gracias.
Me incliné ante ella y le toqué levemente la mano con los labios, aspirando su aroma a violetas. Cumpliendo con las normas de protocolo, permanecí inclinado hasta que la reina y Mary Odell hubieron vuelto a sus aposentos y la puerta se cerró tras ellas. Luego me enderecé dolorido.
Dejé la toga con la insignia de la reina a uno de los guardias antes de marcharme de Whitehall, con un alivio teñido de tristeza.