Herejía
Capítulo 12
12
Los abogados y sus esposas salían de la capilla del Colegio de Lincoln despacio y con sobriedad, como siempre después del servicio; los hombres con sus togas y birretes negros, las mujeres con sus mejores sedas de verano. Salí al día soleado de julio, más fresco esa mañana gracias a la tormenta que había caído por la noche y me había despertado de un sueño intranquilo. Un poco de lluvia iría bien para las cosechas. Y ahora tenía que mantener mi promesa de visitar a Stephen Bealknap. Mientras caminaba junto al lateral de la capilla, se me acercó el tesorero Rowland con una tensa sonrisa en su rostro enjuto.
—Buenos días, abogado Shardlake —me saludó jovialmente—. Un espléndido servicio.
—Sí, señor tesorero. Desde luego que sí.
Aunque de hecho no me había enterado de nada, a pesar de que al día siguiente sería el aniversario del hundimiento del Mary Rose. Debería haber rezado por las almas de mis amigos y los otros cientos de personas que sucumbieron en el naufragio, por más que ya no estuviera muy seguro de que existiera ningún Dios que escuchara mis plegarias. Pero ni siquiera en una fecha tan señalada era capaz de evitar pensar en la Lamentación.
Rowland ladeó la cabeza como un cuervo curioso.
—Me pareció veros un poco tenso durante el servicio. Espero que no sea una secuela de vuestra asistencia a la quema.
—Tengo muchos asuntos que atender en este momento —respondí bruscamente.
—Bueno, el Colegio os agradece que nos representarais el viernes. Y es posible que seáis llamado a representarnos de nuevo el mes que viene en otro evento público.
—Desde luego —contesté con aprensión.
—Aunque en este caso se tratará de una celebración, no una ejecución —aclaró Rowland sonriendo—. Todavía es un asunto confidencial. Pero será algo maravilloso de contemplar. —Y tras decir esto, saludó con la cabeza y se alejó.
Me lo quedé mirando. El mes siguiente. En esos momentos no podía pensar más allá del día siguiente, de manera que deseché sus palabras.
Atravesé con paso lento el patio, reflexionando. Por más que el día anterior hubiera encontrado algunas pistas, no eran más que unos pocos hilos de una enmarañada madeja. ¿Por qué había intentado el hombre de la media oreja allanar el taller del pobre Greening antes de que fuera robado el manuscrito de la reina? ¿Cómo habían logrado abrir ese cofre sin dejar marcas, cuando la única llave la llevaba la reina al cuello? ¿Podría el cerrajero haber hecho una segunda llave? Me pregunté asimismo quién sería ese tal Bertano que tanto asustaba a Elias, el aprendiz. El nombre parecía español o italiano. No sabía si atreverme a preguntarle a Guy.
Casi tropecé con un adoquín desprendido de la calle y que aparté de una patada. Me planteé si habría hecho bien al involucrarme en un asunto que fácilmente podía resultar mortal. Las imágenes se sucedían en mi mente: el paje lloroso, Garet Lynley hablando del hombre de la oreja cortada que quería reclutarlo como espía, Jane Fool tirando de la correa de su pato, el severo rostro de María Tudor… Sabía que si la Lamentación aparecía en público, yo mismo podía correr peligro, así como la reina y lord Parr. Y que ese peligro se extendería a quienes trabajaban conmigo, como Nicholas. Lo había visto durante el servicio al otro extremo de la capilla, junto con otros oficiales, una cabeza más alto que la mayoría de ellos, con aspecto un tanto desmejorado, como casi todos los domingos.
La mejor protección que podía ofrecer a mis subalternos era asegurarme de que supieran lo menos posible del asunto. Pero no podía desobedecer una orden directa de lord Parr. Así pues, antes del servicio esa mañana, había ido a casa de Jack y Tamasin.
Cuando llegué, me abrió la puerta Jane Marris, que luego subió a despertar a los dueños de casa, que se habían quedado en cama hasta tarde. Tuve que aguardar incómodamente sentado en el salón, oyéndolos trastear mientras se vestían entre irritados murmullos. Jane trajo a George, que lloriqueaba y me miró tristemente con el rostro surcado de lágrimas antes de que se lo llevaran a la cocina, donde oí que la mujer comenzaba a preparar el desayuno.
Por fin bajaron Barak y Tamasin, y yo me puse en pie.
—Siento molestaros tan temprano.
Tamasin sonrió.
—Ya era hora de que nos levantáramos. ¿Tomaréis el desayuno con nosotros?
—Gracias, pero ya he comido. ¿Cómo te encuentras, Tamasin?
—Las náuseas parece que han remitido, gracias al Señor.
—Bien. No me quedaré mucho tiempo. Tengo que volver al Colegio de Lincoln para asistir a la iglesia.
—Nosotros no nos molestamos en acudir más de lo estrictamente necesario — dijo Barak. Yo sabía que ambos estaban más que hartos de la religión.
—Sí, pero si paso demasiado tiempo sin ir, lo advierten enseguida. Además, he prometido visitar a Bealknap.
—Deberías dejar que se pudriera, después de todo el daño que te ha hecho — sentenció Barak—. Eres demasiado blando.
Tamasin asintió.
—Bealknap es el peor de los hombres.
—Bueno, reconozco que me pica la curiosidad. A ver qué tiene que decirme.
—La curiosidad mató al gato, señor —insistió Tamasin.
Sonreí con tristeza.
—Los gatos tienen siete vidas, y tal vez yo no haya agotado todavía las mías. Jack, me gustaría hablar un momento contigo. Es referente a… un asunto de trabajo.
Barak y Tamasin intercambiaron una significativa mirada. Posiblemente, al igual Rowland, vieran la tensión en mi rostro.
—Iré a ver a George —se disculpó Tamasin—. Le están saliendo los dientes y deberíamos darle un hueso de pollo para que mordiera.
Barak me miró con perspicacia en cuanto ella salió.
—El joven Nicholas estaba muy apagado ayer por la tarde. No quiso decir dónde habíais estado. Sostenía que se lo habías prohibido. Me dio la impresión de que se había llevado alguna reprimenda. Claro que no es que no la necesite a veces…
—Siento tener que dejarte tantas cargas.
—Estaremos bien. He puesto a Nicholas a trabajar duro. Como ya he dicho, parece algo apagado. No es el bullicioso Nicholas de siempre. —Enarcó una ceja. Había imaginado que algo serio estaba sucediendo.
Respiré hondo.
—Jack, me temo que me he dejado involucrar en un asunto… delicado. Estoy trabajando para lord Parr, el chambelán de la reina.
Él frunció el ceño, y cuando habló lo hizo tan sorprendido como enfadado:
—¿Qué te atrae allí una y otra vez? Con todos los rumores que han corrido sobre la reina estos últimos meses, sabes perfectamente que deberías mantenerte alejado de ella.
—Demasiado tarde. El asunto concierne a una joya robada. —Bueno, ya había soltado la mentira.
Barak guardó silencio un momento.
—¿Y quieres mi ayuda? —preguntó al cabo—. En otros tiempos, te la ofrecería sin dudarlo, pero… —Señaló con la cabeza hacia la puerta.
Sí, pensé: Tamasin, George, el niño que estaba en camino… Me mordí el labio.
—Hay un pequeño detalle en que tu experiencia podría sernos de ayuda. No fui yo quien lo sugirió. La idea vino del propio lord Parr. Lo lamento.
—¿Así que todavía tengo una reputación en ciertos círculos? —repuso con tono sorprendido, y también percibí algo de satisfacción.
—Eso parece. Hay un cofre en el Palacio de Whitehall del que fue robado un valioso anillo. Pero solo hay una llave, que la dueña llevaba constantemente en torno al cuello, y no hay señales de que forzaran la cerradura.
—¿Has visto ese cofre?
—Sí. Ayer pasé gran parte del día en el palacio.
—¿De quién es, de la reina?
—No puedo decirlo. Lo van a llevar al Guardarropa de la Reina en el castillo de Baynard para que lo examinemos mañana a las nueve. ¿Podrías venir a echarle un vistazo y dar tu opinión?
Barak me clavó una dura mirada.
—¿Eso es todo lo que se requiere de mí?
—Sí.
—A mí no me importa. Pero si Tamasin llega a pensar que de nuevo me estoy poniendo en peligro —sacudió la cabeza—, se pondría hecha una fiera. Y con razón —suspiró—. Pero siendo una orden del chambelán de la reina…
—Lo es. Y te prometo que te mantendré al margen de cualquier otra cosa.
—En cuanto bajé te noté en la cara que había problemas. Y Tamasin también. Has mencionado que los gatos tienen siete vidas. Pues bien, tú ya debes de andar por la última. Y yo también, si vamos al caso.
—Tengo una obligación ineludible con la reina.
—¿Y todo por una joya robada? —replicó, mirándome de soslayo—. Si tú lo dices… De todas formas, iré. No le diré nada a Tamasin, aunque no me gusta engañarla.
—No. Esto debe mantenerse en estricta confidencialidad.
Asintió y volvió a clavarme una dura mirada.
—Pero recuerda: solo siete vidas.
Mentiras, mentiras, pensé mientras me acercaba a las dependencias de Bealknap, que estaban más o menos delante de las mías. Al oír una voz que me llamaba a mi espalda, me volví. Para mi sorpresa, me encontré con Philip Coleswyn, el abogado que representaba al hermano de Isabel Slanning y a quien había visto en la quema. Me quité el sombrero.
—Hermano Coleswyn, buenos días os dé Dios. ¿No habéis asistido al servicio en el Colegio de Gray?
—Yo asisto a mi iglesia local —replicó, algo envarado. Una iglesia con un vicario inclinado hacia el radicalismo, sin duda, pensé—. He venido después del servicio porque deseaba hablar con vos.
—Muy bien. ¿Vamos a mis dependencias? Están aquí al lado. Aunque tengo otra cita… —Alcé la vista hacia la ventana cerrada de Bealknap—. No puedo demorarme mucho.
—Solo será un momento.
Nos dirigimos hacia allí, abrí la puerta y llevé a Coleswyn hasta mi oficina, donde me quité la toga y lo invité a tomar asiento. Él guardó silencio unos instantes, mirándome con sus claros ojos azules, hasta que comenzó vacilante:
—De vez en cuando, Shardlake, aparece un caso en el que resulta… útil que los representantes hablen entre ellos, en confianza. —Volvió a mostrarse algo indeciso—. Siempre que, al igual que yo, el otro representante desee evitar un grado innecesario de conflicto.
—¿El caso del testamento Cotterstoke?
—Sí. Cuando nos encontramos hace dos días en aquel atroz evento en Smithfield —parpadeó un par de veces—, me dije: «He aquí un hombre probo».
—Os doy las gracias, hermano. Pero estrictamente, la probidad significa que cada uno debe representar los intereses de su cliente, por muy conflictivos que sean. Sus deseos deben ser lo primero.
—Lo sé. Pero ¿no es acaso cristiano intentar resolver los conflictos siempre que uno pueda?
—Siempre que sea posible. —Recordé las palabras de Guy cuando aseguró que algunos conflictos nunca pueden ser resueltos. Me acordé también de lo que Isabel había dicho: «Si supierais las cosas terribles que ha hecho mi hermano…»—. Estoy dispuesto a escucharos. Y os prometo que no saldrá de aquí —añadí.
—Gracias. El miércoles estamos citados para el peritaje del mural de la casa. Vuestro perito, por supuesto, tendrá instrucciones de buscar cualquier medio por el que la pintura pueda extraerse sin sufrir daños.
—Mientras que el vuestro —apunté— dirá que no puede hacerse.
—Mi experto es un hombre honrado —aseguró Coleswyn.
—También el mío.
—No lo dudo.
Sonreí.
—Y aun así ambos trabajan según instrucciones, por dinero. Me temo que el resultado más probable será un empate.
—Así es —convino Coleswyn—. Y las facturas de los peritos se añadirán al resto de los gastos, y tanto la deuda como el papeleo aumentarán.
—Ya lo dice el refrán —repliqué con sarcasmo—: Mucho escrito y poco asunto.
—Ya. —Coleswyn soltó una risita.
No creo que fuera queriendo, sino más bien un modo de aliviar la tensión. La risa confería a su rostro, tan serio hasta ahora, un aspecto infantil. Yo mismo me encontré riendo también, hasta que los dos paramos al mismo tiempo, mirándonos con aire culpable.
—No podemos impedir que los dos hermanos riñan —dije—. Aunque nada me alegraría más que librarme del asunto. Decidme, en confianza, ¿odia el señor Cotterstoke a la señora Slanning tanto como ella a él?
Coleswyn asintió tristemente.
—Edward Cotterstoke nunca es tan feliz como cuando me cuenta lo malvada, retorcida y malintencionada que es su hermana. Ah, y añade también que es una traidora, una católica papista que mantiene en secreto la vieja liturgia. Me fue presentado a través de la congregación de mi iglesia. Ahora mismo vengo de verlo. —Enarcó las cejas—. Por más que yo apele a la caridad cristiana, no me hace ni caso.
Asentí, comprensivo.
—Y la señora Slanning me dice que su hermano es un hereje al que quisiera ver arder en la hoguera. —Hice una pausa antes de añadir—: Y me temo que a vos también.
Frunció el ceño.
—Ambos deberían tener cuidado con sus palabras en los tiempos que corren. — Respiró hondo y me miró—. Edward Cotterstoke no atiende a razones. Sé que su esposa y sus hijos han intentado disuadirlo de esta batalla con su hermana. Sin éxito alguno, por supuesto.
—Isabel es una viuda sin hijos, pero si tuviera familia dudo que pudiera convencerla. Decidme, hermano Coleswyn, ¿tenéis idea de por qué se odian tanto?
—No —contestó, acariciándose la corta barba—. Edward solo dice que su hermana ha sido un mal bicho desde que eran pequeños. Y aun así, aunque disfruta insultándola, y ambos hemos visto en los juzgados con qué hostilidad se miran, me da la sensación de que Edward le tiene miedo… Parecéis sorprendido, hermano.
—Solo porque la señora Slanning me dijo algo que también me produjo la impresión de que es ella la que tiene miedo de su hermano. Qué extraño. —Aunque, estrictamente, aquello era una violación del secreto entre abogado y cliente, ahora estaba seguro de la honestidad de Coleswyn, de manera que decidí contarle lo que Isabel había dicho de su hermano: «Las cosas que ha hecho…».
Cuando terminé, él sacudió la cabeza.
—No se me ocurre qué habrá querido decir. El señor Cotterstoke es un ciudadano de lo más respetable.
—Igual que la señora Slanning. Por cierto, ¿no os parecen muy extrañas las palabras con que se redactó el testamento de la madre? La referencia específica a los murales…
—Sí. Es casi como si la vieja señora Cotterstoke deseara provocar una pelea entre sus hijos, reírse de ellos desde la tumba —comentó estremeciéndose.
—Debía de saber que se odiaban. Tal vez no eran solo dos miembros de la familia los que se odiaban por sabe Dios qué antiguas rencillas, sino que había un tercero: la madre —concluí apesadumbrado.
—Posiblemente. Pero yo no sé nada de su pasado. Solo que su padre, un tal señor Johnson, que aparece en la pintura, murió no mucho después de la realización del mural. Y que su madre no tardó en volver a casarse, con Cotterstoke, que se hizo cargo del negocio de la familia. Pero él también murió al poco tiempo, dejándoselo todo a su viuda. No había más hijos, y Edward e Isabel tomaron el apellido de su padrastro.
—Eso coincide con lo que sé. No parece que el hombre responda a la figura del padrastro malvado.
—No. —Coleswyn volvió a acariciarse la barba—. Si pudiera averiguar qué ha provocado este odio…
—Pues no sé cómo. ¿Habéis advertido que aunque ambos se insultan con saña, siempre es en términos generales? Nunca especifican nada.
—Ya.
En ese momento el reloj del Colegio dio las doce.
—Hermano, debo acudir a mi cita. Pero me alegro de que hayáis venido. Vamos a considerar qué podemos hacer. —Me levanté y le tendí la mano—. Gracias por hablar conmigo. Muchos abogados estarían más que dispuestos a llevar este disparatado asunto hasta el Tribunal de la Cancillería, por los beneficios que obtendrían. — Bealknap lo habría hecho, pensé, pero no habría tenido la paciencia de lidiar con las constantes quejas y críticas de Isabel. Él habría preferido algún fraudulento trato de tierras cerrado en la sombra.
Coleswyn sonrió con timidez.
—Y para sellar nuestro pequeño acuerdo, tal vez quisierais hacerme el honor de cenar con mi esposa y conmigo. ¿Quizás el miércoles, después del peritaje?
Las reglas impedían que los abogados de partes contrarias hablaran de sus clientes a sus espaldas, pero no estaba prohibido que cenasen juntos, pues en ese caso, ¿qué sería de nuestra vida social?
—Estaré encantado. Aunque tengo otro asunto entre manos que ahora mismo me ocupa mucho tiempo. ¿Puedo tomarme la libertad de aceptar sabiendo que existe la posibilidad de que tenga que cancelarlo en el último momento?
—Desde luego.
—Comparado con este otro asunto —suspiré—, el caso Cotterstoke parece trivial.
—Es trivial.
Sonreí apesadumbrado.
—Sí, aunque no para nuestros clientes, por desdicha.
Lo acompañé a la salida y me quedé mirando por la ventana su esbelta y larguirucha figura que se alejaba hacia la puerta. Luego desvié la mirada a las dependencias cerradas de Bealknap y tomé aliento.