Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 55 de 58

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Herejía

Capítulo 53

53

 

Paget llamó a un guardia y sin una palabra más encabezó la marcha por la Galería del Rey hasta la Cámara de Audiencias. La franqueó para hablar un momento con otro guardia. Yo volví a fijarme en el mural de Holbein: el rey en su mejor momento, su arrogante postura, el rostro cuadrado y duro, la fiereza de sus ojos pequeños y su boca. La luz de la vela iluminaba también el rostro de Juana Seymour, recatado, plácido.

—Llévalo con el mozalbete y luego sacas a los dos del palacio —ordenó Paget cuando volvió con el guardia—. Deprisa.

Y a continuación el secretario dio media vuelta y se alejó, sin siquiera mirar atrás, con su larga toga negra susurrando en torno a sus piernas. Había terminado conmigo, y la mente del maestro de prácticas del rey seguramente estaba ocupada de nuevo en sus maquinaciones.

Nicholas estaba acurrucado en el rincón de una pequeña y desnuda estancia, con los brazos en torno a las rodillas dobladas. Cuando se puso en pie, le vi manchas de sangre en el jubón. La sangre de Barak.

—Vamos, Nicholas. Estamos libres, pero tenemos que marcharnos enseguida.

El guardia nos llevó por largos corredores hasta la Cámara de la Guardia y luego de nuevo por las escaleras, a través del Patio de Armas y por fin hasta la puerta. En cuanto salimos a la calle, Nicholas dijo:

—Pensé que estábamos perdidos.

—Sí, yo también. Pero estamos a salvo, siempre que no volvamos nunca por aquí. —Miré hacia la Puerta de Holbein y sus ventanas, preguntándome si el rey nos estaría observando. Aparté la vista; ahora era peligroso incluso mirar en esa dirección.

—¿Stice y sus hombres están…? —me preguntó Nicholas con expresión atormentada.

—Libres como el viento —respondí sombrío—. Pero no me pidas que te diga más. Nunca.

El chico se pasó la mano por el pelo rojizo y lanzó una risita ahogada.

—Antes de venir a Londres me habían contado lo suntuosos que eran los palacios reales, y ya he visto con mis propios ojos que es así. No obstante, aquí se respira miedo y muerte, incluso más que en el resto del mundo.

Sonreí con tristeza.

—Veo que empiezas a aprender.

—Ahí dentro lo he sentido —dijo, tragando saliva—. ¿Y ahora qué? ¿Qué pasa con Jack?

—Tenemos que ir a por él —declaré, aunque me aterraba lo que pudiéramos encontrar.

Llegamos al callejón casi una hora más tarde, cuando los relojes ya habían dado la una. No fue difícil encontrar el lugar. Casi corrí hacia el montón de basura temblando de miedo, y me frené en seco. El cuerpo de Barak había desaparecido.

—¿Dónde está? —preguntó Nicholas estupefacto—. No puede haberse marchado solo, ¿no?

—Alguien se lo ha llevado. —Escudriñé frenético la oscuridad del callejón, pero no había nada.

—Pero ¿adónde?

Intenté concentrarme.

—Si alguien lo encontró, tal vez lo haya llevado a Saint Bartholomew, que no queda lejos. Ven, vamos allí.

Llegamos al hospital diez minutos más tarde. Nicholas no solo no había acompasado su largo paso al mío, sino que había ido casi a la carrera. Las puertas estaban cerradas, pero un portero respondió a nuestra llamada alzando un candil.

—Queremos saber si han traído aquí a un hombre esta noche —le espeté apremiante—. Tenía una herida de espada y… y ha perdido una mano.

El hombre entornó los ojos.

—¿Fuisteis vosotros los que lo dejasteis allí? Un hombre tan gravemente herido, abandonado en un montón de basura…

—No, no fuimos nosotros. Somos sus amigos.

—Lo encontró el viejo Francis Sybrant y lo trajo aquí —informó el portero, todavía mirándonos con suspicacia.

—Por favor —suplicó Nicholas—, decidnos. ¿Sigue vivo?

—Apenas. Pero está muy cerca de la muerte. Ha estado inconsciente desde que llegó.

—¿Han llamado a algún médico? ¿Al doctor Malton?

—No. Aquí solo viene un médico una vez al día.

—Bien, pues llamad ahora mismo al doctor Malton —lo apremió Nicholas—. Es un amigo de mi señor, y también del hombre herido.

Me fijé en el rostro de Nicholas iluminado por el candil. Habría jurado que desde la tarde habían aparecido en él nuevas arrugas. Saqué de mi bolsa dos chelines para el portero.

—Ten. Que alguien vaya a buscar al doctor Malton. Y llévanos con Barak.

El portero miró las monedas en su mano.

—¿Quién es Barak? —preguntó.

—El hombre herido. Por favor, date prisa.

El hombre se alejó, dejándonos en el vestíbulo. Nicholas esbozó una sonrisa irónica.

—Con todo el dinero que vais repartiendo, pronto no os quedará nada.

Su descaro indicaba que iba recuperando la confianza en sí mismo. Eso me hizo pensar en Timothy, y me pregunté si también lo habría perdido a él. Entre la trifulca en aquella casa y mi dura experiencia en Whitehall, lo había olvidado.

El portero volvió con modales súbitamente obsequiosos.

—Os llevaré con vuestro amigo. Sybrant está con él, en una sala que reservamos para los que puedan necesitar los últimos sacramentos.

Barak yacía en la misma sala donde había muerto el anabaptista McKendrick, en la misma cama, con una vela sobre una silla. Le habían quitado la ropa, y las mantas solo le cubrían la parte inferior del cuerpo. Su torso cubierto de cicatrices tenía la palidez de un cadáver. Estaba tumbado de costado, y una venda ensangrentada cubría la herida de la estocada que había recibido en la espalda. Su brazo derecho, con el muñón de la muñeca también vendado, descansaba sobre una almohada. Al verlo me llevé la mano a la boca.

Al cabo de un instante se abrió la puerta y entró un hombre con un candil: el ayudante de Guy, Francis Sybrant, que frunció el entrecejo al verme.

—¿Vos, señor? Ya estuvisteis aquí antes… para ver al otro hombre que fue atacado.

—El portero nos ha dicho que trajiste a Barak. ¿Cómo…?

—Me dirigía al hospital esta tarde, y siempre vengo por los callejones traseros, pues muchas veces encuentro mendigos enfermos, o a veces gente que ha sido herida y abandonada. Pero nunca había visto nada como esto —declaró, mirándonos acusador—. ¿Lo abandonasteis allí?

—¡No! Fuimos hechos prisioneros, no podíamos hacer nada. Por Dios bendito, debiste de encontrarlo justo a tiempo. —Pensé que, después de todo, tal vez mis oraciones habían sido escuchadas—. Por favor, este hombre es un buen amigo. ¿Puedes decirnos si…? —La voz me falló—. ¿Puedes decirnos si vivirá?

Sybrant nos miró suspicaz.

—La herida de la espalda… ¿es una estocada?

—Sí.

—No he visto que afectara ningún órgano vital, pero entre eso y lo de la mano ha perdido mucha sangre. Demasiada para que pueda sobrevivir, me temo.

—Es un hombre fuerte.

Sybrant sacudió la cabeza.

—Debería poseer una fuerza excepcional para sobrevivir a esto. ¿Tiene familia?

Nicholas y yo nos miramos angustiados. Yo había apartado de mi mente el recuerdo de Tamasin.

—Sí —contesté por fin—. Y un hijo. Y su esposa está esperando otro.

—Tal vez sea mejor que no se le diga nada hasta que llegue el médico —sugirió Nicholas.

—Ya han ido a buscar al doctor Malton —dijo Sybrant.

—Tienes razón, Nicholas. Esperaremos a que llegue Guy.

—¿Hay algo que podamos hacer? —le preguntó el muchacho a Sybrant.

El viejo miró el cuerpo macilento sobre la cama.

—Solo rezar, señores. Rezar.

Guy llegó poco después con una pesada bolsa al hombro. Se lo veía demacrado, conmocionado, pues había conocido a Barak y Tamasin casi al mismo tiempo que yo. Nos miró y luego al herido, y ahogó una exclamación.

—¿Qué ha pasado?

—Un combate a espada. Recibió una estocada en la espalda y le cortaron una mano.

—¡Por Dios bendito! —exclamó Guy—. ¿El enfrentamiento fue consecuencia de esa misión tuya?

—Sí —contesté, bajando la vista.

—¿Estabas allí?

—Sí. Pero nos hicieron prisioneros. Acaban de ponernos en libertad.

Guy se acercó a la cama.

—¿Lo sabe Tamasin?

—Pensamos que era mejor aguardar tu llegada.

Guy se agachó junto a Barak para quitarle con cuidado el vendaje de la espalda y examinar la herida. Luego dejó al descubierto el espantoso muñón, que todavía rezumaba sangre, con los huesos blancos asomando entre la carne desgarrada. Cerré los ojos. Al cabo, Guy volvió a poner los vendajes y me miró con la expresión más sombría que le había visto.

—Las heridas no muestran señales de infección… todavía. Hay que limpiarlas enseguida. Pero ha perdido sangre como para matar a cualquier hombre. —Entonces se levantó bruscamente—. Debo administrarle fluidos.

—¿Vivirá?

—Es más probable que muera —respondió sin rodeos.

Me di cuenta de lo difícil que debía de ser para él tener que tratar a un amigo en estado crítico.

—Sabía que sucedería algo así. ¡Lo sabía! ¿Me van a traer a más hombres muertos o tullidos a causa de lo que sea que estás investigando? —me preguntó con rabia.

—No. Se acabó. Esta noche ha concluido todo.

Guy me miró con expresión pétrea.

—¿Y ha valido la pena, Matthew? —preguntó con voz trémula de ira—. ¿Ha valido la pena?

—Creo que ha sido salvada una persona. Una mujer.

—¿Quién? Creo que ya lo adivino. No me digas más —pidió, alzando una mano.

—Mi señor no deseaba que esto acabara así —me defendió Nicholas.

—Eso no lo dudo —replicó Guy con tono más conciliador—. Y ahora, maese Nicholas, ¿querrías ir a casa de la señora Barak para traerla al hospital?

—Pero Tamasin, en sus condiciones… —quise protestar.

—Lo más probable es que Jack muera esta noche —me interrumpió Guy—. ¿Qué crees que diría Tamasin si le negamos la oportunidad de estar con él en sus últimos momentos?

—Entonces deja que sea yo quien se lo diga.

—El muchacho será más rápido. Y prefiero que tú estés aquí. Tal vez necesite tu ayuda si Francis tiene que atender a otro paciente. —Y se volvió hacia Nicholas—. Dile a la señora Barak que ha habido un accidente, nada más. Y dile también que yo estoy con él.

Nicholas asintió sombrío.

—Así lo haré.

—Date prisa. Utiliza mi caballo, que está fuera. Y dile a Francis que venga a ayudarme.

Nicholas me miró, yo asentí con la cabeza y él salió precipitadamente.

—¿Serás capaz de hablar con ella? —me preguntó Guy.

—Es lo que debo hacer.

Guy se inclinó y abrió su bolsa. Barak seguía inmóvil.

Nicholas tardó casi una hora en volver con Tamasin. Guy había pasado todo ese tiempo limpiando las heridas de Barak, con hábiles y precisos movimientos. Yo estaba sentado en la silla junto a la cama, tan exhausto que, a pesar de las espantosas circunstancias, había dado una cabezada y desperté sobresaltado cuando casi me caí de la silla. A la luz del candil que Sybrant sostenía en alto vi que Guy estaba vendando el muñón de Barak con una expresión concentrada que contenía Dios sabe qué emociones. Se detuvo un momento para mirarme.

—Has dormido casi media hora.

Vi que Barak respiraba con dificultad, de manera irregular.

—He intentado que bebiera algo, le vertí algo de zumo de manzana en la boca. Se atragantó y se despertó un instante.

—¿Es buena señal? —pregunté.

—No tragó. Tengo que lograr que tome algo, para que su cuerpo produzca sangre que reemplace la que ha perdido.

En ese momento se oyeron ruidos: los pasos rápidos y pesados de Nicholas, seguidos de otros más ligeros. El muchacho abrió la puerta y dejó entrar a Tamasin, que llegó jadeante, con los ojos muy abiertos. Pensé que al ver a su esposo gritaría o se desmayaría, pero se limitó a mirar a Guy.

—¿Está muerto? —preguntó con voz trémula.

—No, Tamasin, pero está muy grave.

Me levanté para cederle la silla.

—Tamasin, siéntate, por favor.

Ella lo hizo sin mirarme, apartándose unos mechones de pelo rubio que habían escapado de su cofia, con la otra mano en el vientre, como para proteger a su hijo de la imagen de su padre en la cama.

—Nicholas me contó que Jack había resultado gravemente herido —le dijo a Guy —. No me dijo cómo, pero cuando insistí me confesó que había sido en una pelea a espada. Me dijo también que Jack ha perdido una mano. Por Dios bendito, ahora veo que es verdad. —Todavía le temblaba la voz, pero apretaba los puños decidida a no desfallecer.

—Insistió en que se lo contara, doctor Malton… —se disculpó Nicholas.

—Sí, hubo una pelea —confirmó Guy.

Tamasin se volvió hacia mí llena de furia.

—¿Por qué? ¿Por qué le dijisteis a Jack que me mintiera sobre lo que iba a hacer esta noche?

—Necesitaba ayuda —contesté—. Y él me la ofreció, como siempre ha hecho.

Ella sacudió la cabeza.

—Yo pensaba que todo eso era cosa del pasado. Hacía semanas que sospechaba que estaba sucediendo algo, pero suponía que Jack no volvería a ponerse en peligro, que vos ya no lo meteríais en problemas. ¡Pues ahora sí que ha sido la última vez! — exclamó—. Ya no puede hacer más vuestro trabajo sucio, ¿no? Aunque sobreviva. Si lo consigue, no volverá a trabajar para vos, nunca más. ¡Ya me cuidaré yo de ello!

—Tamasin, no sabes cuánto lamento todo esto, más de lo que podría expresar. Y tienes razón, ha sido por mi culpa. Pero cuando se recupere, puede volver a trabajar conmigo en la oficina…

—¿Cómo? —me espetó con ferocidad—. ¿Haciendo qué, si ya ni siquiera podrá escribir?

—Ya dispondré algo… Me aseguraré de que no sufráis pérdidas económicas… Cuidaré de vosotros…

Ella se levantó apretando los puños a los costados.

—¡Sí, ya veo lo bien que habéis cuidado de mi esposo! ¡Dejadnos en paz de una vez! ¡No volváis a acercaros a nosotros! —Nicholas intentó sujetarla, pero ella lo apartó de un manotazo—. ¡Y tú no me toques! ¡Y ahora marchaos! —Volvió a dirigirse a mí—. ¡Fuera! —Y entonces ocultó la cara entre las manos y se sentó sollozando.

—Deberías irte, Matthew —dijo Guy—. Y tú, Nicholas. Marchaos, por favor.

Vacilé un momento antes de encaminarme a la puerta. Justo cuando salíamos, oímos una especie de gemido proveniente de la cama. Tal vez por el bullicio o al oír la voz de su esposa, Barak parecía estar despertando. Miré un momento a Tamasin, que tendía la mano hacia su esposo, y fui a entrar de nuevo en la estancia, pero ella me clavó tal mirada que dejé sin más que Nicholas me sacara de allí.

Me llevó a casa iluminando el camino con un candil que el portero le dio. Se daba cuenta de que me encontraba al límite de mis fuerzas y tuvo la sensatez de no decir nada, limitándose a agarrarme del brazo cuando tropecé un par de veces.

—¿Crees que ahora que ha despertado sobrevivirá? —le pregunté en un momento dado.

—Sí, estoy seguro —contestó, con una seguridad que su tono desmentía.

Me acompañó hasta la puerta. Nos abrió Josephine, la única que quedaba ya en mi casa. Al acercarme a ella vi que sonreía.

—Lo hemos encontrado, Edward y yo —anunció—. En el estanque de Coney Garth, donde a veces iba a pescar. Allí estaba, intentando pescar algo para comer. — Pero entonces se fijó en mi cara y se le abrieron unos ojos como platos—. Señor, ¿qué ha pasado?

Yo pasé de largo hasta llegar a la cocina. Timothy, perdido de mugre, estaba sentado a la mesa con Edward Brown. En cuanto me vio entrar, el muchacho esbozó una nerviosa sonrisa que dejó al descubierto sus dientes mellados.

—Josephine me ha dicho que ya no estáis enfadado, señor —dijo tembloroso.

—No, Timothy. —Se me quebró la voz—. Hice mal en estar enfadado tanto tiempo. Y lo que te dijo Martin Brocket era mentira. Su partida no fue culpa tuya. ¿Estás bien?

—Sí, señor. —Se fijó entonces en mí y en Nicholas, que se había quedado algo atrás, en el umbral—. Pero, señor, ¿os ha sucedido algo?

—No es nada. —Le tomé la mano, pequeña, flaca y sucia, pensando que al menos a él no lo había perdido. De todos aquellos cuyas vidas habían quedado trastornadas por la trampa que habían tendido Paget y el rey, Timothy era el menos importante. Pero solo para ellos, no para mí. No para mí.