Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 49 de 58

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Herejía

Capítulo 47

47

 

Llegué a mi casa muy consciente del sudor que perlaba mi frente bajo la cofia y me dirigí hacia el establo. Era el momento de hablar con Timothy. Pero el chico no estaba. Martin o Agnes debían de haberle encargado alguna tarea. Desmonté agotado, me quité el bonete y la cofia y entré en la casa.

Oí de inmediato un llanto de mujer en la cocina, unos desgarradores y desesperados sollozos, y me di cuenta de que era Agnes. Josephine murmuró algo y luego oí la voz alta y furiosa de Martin:

—Maldición, niña, ¡déjanos en paz! ¡Y no me mires con esa cara de pasmo, estúpida criatura! ¡Largo de aquí!

Josephine salió al vestíbulo con las mejillas encendidas.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunté.

—Ay, señor, el señor y la señora Brocket… —Pero se interrumpió cuando Martin salió al haber oído mi voz.

El mayordomo mostraba una expresión iracunda, pero se dominó para pedirme:

—¿Podría hablar con vos, señor?

—Sí, vamos al salón. —En cuanto se cerró la puerta, le interrogué—: ¿Qué pasa, Martin? No le habrás contado a Agnes que me has estado espiando…

—¡No, no! —Negó, moviendo la cabeza—. Se trata de nuestro hijo.

—¿John?

—Hemos recibido una carta del carcelero en Leicester. John ha sufrido otra enfermedad de los pulmones, una congestión. Han llamado al médico y este ha dicho que lo más probable es que muera. Señor, debemos ir con él. Agnes insiste en que nos marchemos hoy.

Por la desesperación en sus ojos, supe que, fueran cuales fuesen las consecuencias, Agnes iría a ver a su hijo. Y Martin, que a pesar de todos sus defectos amaba a su esposa, iría con ella.

—¿Cuándo enviaron esa carta?

—Hace tres días —contestó desesperado—. Puede que ya sea demasiado tarde. Eso acabaría con Agnes. —Al ver que no contestaba, me espetó súbitamente desafiante—: No nos podéis detener, señor. Haced lo que os guste: dadme malas referencias, contad por todo Londres lo que hice, informad a los hombres de la reina. Me da igual, nos marchamos hoy.

—Siento que te haya pasado esto.

Martin no contestó, se limitó a seguir mirándome con aquella expresión desesperada.

—Voy a hacer un trato contigo, Martin Brocket —dije tras pensar un momento—. Lleva un mensaje más a esa taberna, ahora mismo, diciendo que tienes noticias importantes y que estarás en la casa de Smithfield a las nueve de la noche, mañana.

Él respiró hondo.

—Nos vamos hoy —repitió desafiante.

—No espero que acudas a esa cita. Serán otros los que irán. Pero para poner las ruedas en marcha, debes entregar el mensaje, escrito con tu propia letra y en persona.

—¿Y a cambio? —se atrevió a pedir.

—A cambio te daré referencias en las que alabaré tus habilidades y tu diligencia en la casa. Pero no diré que eres hombre digno de confianza, porque no es así.

—He sido honesto toda mi vida —replicó él con voz trémula—, hasta que las acciones de John me han llevado a esto. —Y añadió con despecho—: Ni siquiera habría accedido a espiaros de no ser por que jamás os respeté, señor jorobado… —Se interrumpió, dándose cuenta de que estaba a punto de llegar demasiado lejos.

—Ni te he respetado yo a ti, Martin, con tu orgullo y tu estrechez de miras. Y con una esposa demasiado buena para ti.

Él apretó los puños.

—Por lo menos yo tengo una esposa.

En el subsiguiente silencio volví a oír los desconsolados sollozos de Agnes. Martin dio un respingo.

—Ven a mi estudio —le dije—. Escribe la nota y entrégala. Mientras estás fuera, redactaré una carta de referencia que te daré cuando vuelvas. Entonces podrás marcharte.

Ya en el estudio, me puse a cavilar. ¿Con qué podría atraer a Stice y Rich a esa casa? Por fin le dicté a Martin:

—Tengo noticias urgentes concernientes a la visita de un caballero italiano.

Eso serviría: lord Parr me había contado que los rumores de la presencia de Bertano comenzaban a extenderse. Rich estaría de lo más interesado.

—Por favor —le seguí dictando—, aseguraos de que estamos solos. Es información sumamente confidencial.

Una vez escrita y repasada la nota, Martin se encaminó a la taberna y yo me quedé redactándole una carta de recomendación con muy mala conciencia. Cabía la posibilidad de que Martin rompiera la nota y no la entregara, pero antes de que se marchara le advertí de nuevo que había personas de mucha altura involucradas en esto. Además, curiosamente, presentía que su orgullo le conminaría a cumplir con su última promesa.

Josephine se llevó a Agnes arriba para hacer las maletas y yo me quedé junto a la ventana del salón, mirando el soleado jardín, presa de tristes pensamientos. Una esposa. Yo habría deseado a la reina por esposa. Me pregunté si no estaría un poco loco, como la pobre Isabel.

Llamaron a la puerta y entró Agnes, con el rostro surcado de lágrimas.

—¿Os ha contado Martin la noticia, señor?

—¿Sobre John? Sí. Lo lamento.

—Gracias por dejarnos marchar. Volveremos en cuanto podamos. Martin ha salido para hacer un último recado —añadió con una lánguida sonrisa.

De manera que Martin no le había dicho a su esposa que no volverían. Sin duda se inventaría alguna historia más tarde. Pobre Agnes, tan honesta y trabajadora, con tan buena voluntad. Su hijo estaba en prisión y su esposo le ocultaba sus mentiras.

—Me estaba fijando en el jardín —le dije—. Has hecho en él un gran trabajo, y en la casa también.

—Gracias, señor. —Agnes respiró hondo—. Ya sé que mi esposo no siempre es un hombre fácil, pero he sido yo la que ha insistido en ir a ver a John hoy mismo. Toda la culpa es mía.

—No te reprocho que quieras ver a tu hijo. —Cogí mi bolsa, que había dejado sobre el escritorio—. Toma algo de dinero, lo necesitarás para el viaje. —Le ofrecí medio soberano que ella aferró en el puño con la cabeza gacha.

—Cuidad de que Timothy y Josephine no se metan en líos, señor —me dijo, haciendo un esfuerzo por mostrar su alegría de siempre.

Aguardé a que Martin volviera y me confirmase que había entregado la nota, y le di sus referencias. No quería verlos marchar, de manera que volví a salir de casa para ir andando hasta el Colegio. Necesitaba hablar con Barak y Nicholas y oír sus opiniones.

Ya en mi despacho, les conté lo que había sucedido.

—Esto significa que hay que lidiar con Stice mañana —apostillé.

—¿Con qué cargos se le puede detener? —preguntó Barak—. No ha cometido ningún delito, y a Rich no le hará ninguna gracia.

—Eso ya es cosa de lord Parr. Intentaré hablar con él mañana, en el gran banquete en Hampton Court. El último deber que me ha asignado el tesorero Rowland. Por lo que he podido deducir de las instrucciones recibidas, lo que tengo que hacer es rondar por allí con otros cientos de personas —comenté con amargura—, para mostrar a D’Annebault que son muchos los ingleses prósperos con cadenas de oro. Aunque la mayoría apenas puede pagar los impuestos de la guerra, y muchos otros miles, a los que el almirante no verá, apenas pueden subsistir.

Barak enarcó las cejas.

—Hablas como uno de esos radicales extremistas.

—Ya —repliqué, encogiéndome de hombros—. Bueno, el caso es que seguramente veré allí a lord Parr.

—¿Y si no das con él, entre tanto gentío?

—Daré con él. —Y entonces estalló toda la furia que había ido acumulando los últimos días, y descargué tal puñetazo sobre la mesa que el tintero se volcó derramando la tinta—. Pienso averiguar qué han estado tramando Rich y Stice. ¡Malditos sean! Me han estado espiando durante meses, raptaron a Nicholas, me embaucaron para que trabajara para ellos… ¡Estoy más que harto! ¡Estoy hasta las barbas de que me utilicen una y otra y otra vez!

Barak y Nicholas se miraron el uno al otro. Era algo insólito que yo perdiera los nervios.

—¿Y no sería mejor dejar las cosas tal como están, señor? —aventuró Nicholas —. Vuestro mayordomo traidor ya se ha ido. El escrito de Anne Askew ha salido al extranjero, el manuscrito de la reina se ha desvanecido… y se lo llevaron otros hombres, no Stice. No queda ni rastro de los asesinos de Greening ni de los miembros de su grupo…

—Y no hay prueba alguna de que estuvieran relacionados con Rich —apuntó Barak—. Antes bien, al contrario.

—Siempre ha habido una… una tercera pieza en este asunto, alguien que empleó a esos dos asesinos —repliqué—. Y no hemos sido capaces de averiguar quién es. Sean cuales sean las razones de Rich y Stice para espiarme, y me han estado espiando desde mucho antes de que el manuscrito fuera robado, tal vez no tengan nada que ver con la Lamentación, pero sí tienen que ver con la reina. Brocket dijo que le habían indicado que estuviera atento a cualquier contacto entre la reina y yo. Tengo que resolver este asunto, por ella. ¡Y, sí, por mí también!

Nicholas me miró muy serio.

—¿Queréis que vaya a la casa mañana?

Barak asintió con la cabeza.

—No hay garantías de que Stice vaya solo.

—Lord Parr ha apostado a un hombre para que vigile la casa, y sabrá quién viene y quién va.

—Aun así deberíais llevar a alguien con vos, señor —insistió Nicholas, con una expresión sincera en su rostro pecoso. Su juvenil gusto por la aventura había despertado de nuevo.

—Bueno, pues si Nicholas va, más vale que vaya yo también, para cuidar de los dos —declaró Barak.

Me lo pensé un momento.

—No, ambos habéis hecho ya suficiente. Podré convencer a lord Parr de que envíe algunos hombres.

—Pero si no puedes… —Barak enarcó las cejas.

La verdad, desde que envié a Martin con el mensaje había deseado que los dos se ofrecieran a acompañarme. Y ambos lo habían hecho principalmente por su lealtad hacia mí. De pronto sentí un nudo en la garganta.

—Ya veremos.

Nicholas sacudió la cabeza.

—Ojalá hubiéramos descubierto quién estaba detrás de los hombres que robaron el manuscrito de la reina.

Barak se echó a reír.

—Mucho deseas tú, jovencito. No parece que fuera Rich, pero tampoco es imposible. O podría ser Wriothesley, o cualquiera de ellos actuando a las órdenes del obispo Gardiner.

—Sí —convine—, pero no lo sabemos. Incluso podría estar involucrada lady María, con la bufona Jane, aunque lo dudo, la verdad. O incluso los Seymour, actuando en contra de los Parr.

Barak alzó una copa imaginaria en un brindis:

—Por el rey y toda su familia, y todos sus grandes consejeros, y el gran almirante D’Annebault. Por toda la puñetera pandilla.

Volví a casa cansado y con mala conciencia. Había perdido los nervios por la sensación de haber sido utilizado, pero ¿qué estaba haciendo yo mismo, sino utilizar a Barak y Nicholas?

La casa estaba tranquila, el sol de la tarde relucía en las ventanas. La mía era la casa de un rico. Lo cierto es que en muchos aspectos era un hombre afortunado. Pensé en Martin Brocket y en la pobre Agnes, que en ese momento cabalgarían a toda prisa hacia el norte, con pañuelos en torno a la boca para protegerse del polvo. Por lo menos, el dinero que le había dado a Agnes les habría proporcionado buenas monturas. Tendría que depender de Josephine y Timothy hasta que pudiera encontrar un nuevo mayordomo.

Josephine se encontraba en la cocina, preparando la cena.

—¿Ya se han ido? —inquirí.

—Sí, señor. —Se notaba que había estado llorando—. Señor —comenzó, algo vacilante—, antes de irse, el señor Brocket fue al establo para despedirse de Timothy.

Fruncí el ceño. Martin jamás le había prestado la mínima atención al muchacho, convencido además, como estaba, de que yo era demasiado blando con él.

—No sé lo que le dijo —prosiguió Josephine—, pero vi a Timothy muy disgustado, llorando. Cuando le pregunté, no me quiso decir qué le pasaba y se marchó al establo. Tal vez esté triste por la marcha de Agnes. Últimamente no ha sido el mismo…

—Lo cierto es que he tenido… en fin, razones para no estar contento con Timothy. Quería hablar con él hoy. Voy ahora mismo.

Josephine se mostró aliviada.

—Creo que es una buena idea, señor… si se me permite decirlo —se apresuró a añadir.

Sonreí.

—Se te permite, Josephine. Ahora estás tú a cargo de la casa.

La muchacha abrió unos ojos como platos, con una mezcla de satisfacción y aprensión.

Al acercarme al establo oí a Genesis moverse dentro. Respiré hondo y abrí la puerta.

—Timothy —llamé—, creo que deberíamos hablar ahora…

Pero allí no había nadie, solo mi caballo. Y entonces vi en el cubo volcado sobre el que solía sentarse el chico una nota dirigida al «señor Shardlake». La desdoblé con un mal presentimiento.

Lamento lo que hice, haberos espiado aquel día. Estuvo muy mal hecho. Jamás tuve la intención de perjudicaros, lo juro por Nuestro Señor Jesucristo. El señor Brocket dice que él y la señora Brocket se marchan, y que es por mi culpa, por lo que hice. No merezco quedarme en vuestra casa, de manera que me marcho, con la lamentación de un pecador.

La lamentación de un pecador. Di un respingo al leer la palabra. Pero lo cierto es que ahora era de uso común, en una tierra donde cada vez más personas creían haber cometido grandes pecados de los que lamentarse ante Dios. De manera que mi severidad con el muchacho había causado más daño del que imaginaba. Martin había entregado la nota en la taberna, de eso estaba seguro, pero luego descargó su rabia y su amargura sobre un niño. El muy infame.

Arrugué la nota en el puño y corrí hacia la casa.

—¡Se ha ido! —le grité a Josephine—. Timothy se ha ido. ¡Tenemos que encontrarlo!