Herejía
Capítulo 38
38
Ese mismo día acudí a ver al tesorero Rowland, pero me dijeron que se encontraba en una reunión. El lunes volví a su oficina, y esta vez su escribano declaró que había salido, aunque cuando pasé junto a su ventana al llegar estaba seguro de haber atisbado, a través de los postigos entreabiertos, su figura de larga y negra túnica inclinada sobre el escritorio. Cuando salí, los postigos estaban cerrados. Me pregunté inquieto si Rowland me estaría evitando.
Ese día comí en el refectorio con otro abogado al que conocía poco. Tenía planeado alquilar una chalana al día siguiente para llevarse a su familia de excursión más allá de Greenwich. Tal como Rowland me había contado el mes anterior, prácticamente todos los barcos del rey, unos cincuenta más o menos, estaban llegando al Támesis para formar una línea desde Gravesend hasta Deptford, ante la cual pasarían los buques del almirante.
—Dicen que el Great Harry ya está atracado en Deptford —comentaba mi colega —. Estarán todos los barcos que se hallaban en Portsmouth el año pasado y vieron retirarse a los franceses.
—El Mary Rose no estará.
—Bajas de guerra, hermano Shardlake —repuso él con grandilocuencia—. Bajas de guerra.
El martes, día 10, al final de la jornada invité a Barak y Nicholas a tomar una cerveza conmigo en el despacho. Skelly ya se había marchado. Seguía pensando en el manuscrito perdido de la reina, y supuse que si charlaba con ellos lograría cierta perspectiva. Barak me preguntó si había recibido alguna noticia del palacio.
—No, desde hace más de una semana.
Él sacudió la cabeza.
—Alguien tiene ese libro, pero ¿quién? ¿Y por qué no se lo han mostrado al rey, si desean perjudicar a los reformistas?
—Ojalá lo supiera.
—Y este Bertano… —terció Nicholas—. Debe de estar aquí ya, si lo que Leeman dijo era cierto. Ya andamos bien metidos en agosto —comentó con un suspiro. Pareció reflexionar un momento.
Los hombres que lord Parr envió para que me llevaran al palacio la noche del tiroteo, dispusieron también del cuerpo de Leeman. Por fortuna, los estudiantes no volvieron a la casa hasta la mañana siguiente. Estaba seguro de que, al igual que yo, Nicholas jamás olvidaría el rostro de Leeman, destrozado de pronto delante de nuestras narices.
—Ahora sabemos que el libro estaba en poder de los anabaptistas. Y Leeman tenía razón: uno de ellos era un espía. Nadie más conocía la existencia de la Lamentación. El espía tenía que ser o bien Curdy, que está muerto, o McKendrick, que escapó. O ambos. Y quienquiera que fuera, trabajaba para alguien de la corte, no cabe otra alternativa.
—Alguno de los grandes hombres —convino Barak—. Pero queda por resolver la cuestión de su identidad. ¿Y por qué todavía no han mostrado sus cartas? —Me miró inquisitivo—. ¿Sigues descartando a Rich?
—Jamás descartaría del todo a Rich, pero sea quien sea, lo cierto es que para ellos es peligroso esperar. Quienquiera que tomara posesión de ese manuscrito, tenía el deber de llevarlo de inmediato ante el rey. Y si quien lo robó pretende enfurecer a Enrique y así contribuir al éxito de las negociaciones con Bertano, el mejor plan habría sido entregárselo lo antes posible.
—Si es que Bertano existe —apuntó Barak—. Ni siquiera estamos seguros de eso. Y si existe, sigo convencido de que el rey jamás renunciaría a la Supremacía Real.
—Lord Parr piensa que la llegada de alguien como Bertano explicaría el comportamiento de ciertos consejeros últimamente. Y sabemos que hay una casa reservada para diplomáticos en Charing Cross que al parecer ahora está guardada por los hombres del rey.
—En ese caso —terció Nicholas—, el mejor momento para revelar el libro sin duda ha pasado ya, como decís. Y me han dicho que la reina va a desempeñar un papel preeminente en las ceremonias de bienvenida al francés. Eso podría ser señal de que vuelve a gozar del favor del rey.
Barak lanzó un gruñido.
—Thomas Cromwell estaba en la cúspide de su poder cuando cayó. Fue nombrado conde de Essex y unas semanas más tarde se lo llevaron a la Torre y lo ejecutaron.
Nicholas sacudió la cabeza.
—Pero ¿qué clase de mente es la del rey? —Lo preguntó en voz baja, a pesar de encontrarnos todos en mi oficina.
—Una buena pregunta —dije—. Lord Parr y yo también nos lo hemos planteado. Es un hombre impresionable y suspicaz, inclemente e implacable con quienes considera sus enemigos. Un hombre convencido de tener siempre razón, y que cree lo que desea creer. Con toda seguridad considerará una traición el hecho de que la reina ocultara el manuscrito y mantuviera en secreto su robo. Y aun así… todavía la ama y nunca ha querido perderla. Cuando los hombres de Gardiner la acusaron de herejía sin tener pruebas de ello, el rey se lo hizo pagar caro.
—Nada de eso nos ayuda a averiguar quién tiene el manuscrito en su poder — declaró Barak.
—No; es cierto.
—¿Y mi idea del agente doble? —preguntó Nicholas—. Alguien que informara a sus señores de la existencia del libro pero luego, antes de que pudieran hacerse con él, se lo agenció y mató a Greening…
—¿Con qué fin? —planteó Barak.
—Tal vez para sacarlo del país de contrabando.
—En ese caso, el único que podría tenerlo ahora es McKendrick, dondequiera que esté.
Una llamada a la puerta nos hizo dar un brinco. El alivio fue palpable cuando vimos entrar a Tamasin.
Todos nos pusimos en pie y, tras las reverencias y cortesías de rigor, ella nos sonrió.
—De manera que así es como desentrañáis los secretos de las leyes.
Barak y yo reímos, pero Nicholas arrugó un poco la frente viendo las libertades que Tamasin se tomaba. Lo cierto es que ella y yo éramos viejos amigos y Tamasin nunca había sido tímida ni retraída.
—Solemos relajarnos un poco después de una dura jornada —replicó Barak con fingida severidad—. Siempre que las mujeres no vengan a recriminárnoslo.
—Tal vez no esté de más. En serio, Jack, si habéis terminado, me gustaría que me acompañaras al mercado de Eastcheap para ver si quedan manzanas.
—Es muy tarde. Y sabes que las manzanas todavía no han madurado. Solo quedarán las sobras de la pobre cosecha del año pasado, carísimas por más que estén encogidas y arrugadas.
—Es que tengo mucho antojo —repuso ella, mirando avergonzada a Nicholas—. Puede que hayan traído algunas de Francia, ahora que ha vuelto a abrirse el comercio.
—¡Que Dios proteja mi bolsa! —exclamó Barak, pero dejó su cerveza.
—Yo también debería marcharme —dije—. Tengo que ir a mi despacho por unos documentos. Esperadme aquí y luego cerramos.
—Gracias. —Tamasin se volvió hacia mi pupilo—. ¿Y vos cómo estáis, señor Nicholas?
—Muy bien, señora Barak.
—Jack me cuenta que ya no perdéis documentos ni vais tirando cosas como hacíais antes —dijo ella con picardía.
—Eso no lo he hecho nunca —replicó Nicholas, algo envarado—. Por lo menos no mucho.
Recogí los papeles que necesitaba de mi despacho y cuando abrí la puerta vi que Nicholas se había marchado y Tamasin se había sentado a la mesa de Barak, que en ese momento retorcía con ternura en torno al dedo un mechón de pelo rubio que había escapado de su cofia.
—Iremos al mercado. Pero el antojo no tardará en desaparecer, como pasó la otra vez —estaba diciendo.
Tosí para anunciar mi presencia, y nos marchamos. Mientras ellos se alejaban en la tarde de verano, charlando amistosamente como de costumbre, aquel momento de intimidad en que los había sorprendido de alguna manera me estrujó el corazón. Era tristemente consciente de que mi vida carecía de nada similar, excepto por mis fantasías sobre la reina de Inglaterra, como si fuera el más inmaduro de los jóvenes cortesanos de Whitehall.
Cené tranquilamente a solas, buenos alimentos cocinados por Agnes y Josephine y servidos por Martin con su habitual y callada eficiencia. ¿Qué habría estado haciendo, reflexioné, aquel día que Josephine lo vio registrar mis cajones? Pensé que los pasos de Josephine eran firmes y, por tanto, a Martin no le resultaría difícil asegurarse de que no se encontraba cerca antes de volver a embarcarse en alguna actividad ilícita. Pero luego me dije que lo más probable era que hubiera sucumbido a la momentánea tentación de buscar algún dinero para su hijo. Una tentación a la que, en cualquier caso, no había cedido, pues yo había repasado con atención todas mis cuentas y no había echado nada de menos.
Más tarde, puesto que todavía había algo de luz me llevé los documentos que había sacado del despacho a mi pequeño pabellón en el jardín. Concernían a un caso del Tribunal de Peticiones para el otoño, una disputa entre el propietario de una casa de campo y su inquilino, por el derecho de este último a tomar fruta de ciertos árboles. Como sucedía con todos estos casos, el propietario era rico y el inquilino pobre, siendo el Tribunal de Peticiones su único recurso. Alcé la vista y vi que Martin se acercaba, sus pasos amortiguados por el césped, con un papel en la mano.
—Acaba de llegar esto para vos, señor. Lo ha traído un niño.
Me tendió el papel, doblado pero sin sellar.
—Gracias, Martin.
Al ver mi nombre escrito en mayúsculas, me acordé con inquietud de la nota que me había avisado del secuestro de Nicholas.
—¿Queréis que os traiga cerveza, señor?
—Ahora no —respondí cortante.
Aguardé hasta que me dio la espalda. Luego abrí la nota, y sentí tanta sorpresa como alivio al encontrar la pequeña y puntiaguda caligrafía de Guy.
Matthew:
Escribo a toda prisa desde el hospital de Saint Bartholomew, donde presto
servicios voluntarios. Hace dos días trajeron a un escocés aquejado de graves
heridas de arma blanca que probablemente muera. El hombre delira y ha
dicho cosas muy extrañas. Entre ellas, ha mencionado tu nombre. ¿Podrías
venir en cuanto recibas esta nota?
GUY
Tenía que tratarse de McKendrick, el único del grupo anabaptista que había logrado escapar de la trifulca en los muelles. Debió de ser atacado tras su huida, y muy recientemente al parecer. Me levanté de inmediato y, mientras me dirigía al establo, me di cuenta de que Guy se había limitado a firmar con su nombre, sin anteponer la habitual despedida amistosa: «Tu querido amigo».
Monté en Genesis hasta Smithfield. No había estado allí desde la quema de Anne Askew, tres semanas atrás. Recordé haber advertido entonces que lo que quedaba del viejo recinto monástico de Saint Bartholomew quedaba oculto tras las nuevas casas construidas por Rich.
Había sido día de mercado, y ya se estaban llevando los ganados. Unos niños barrían con escobas el estiércol de vaca de la plaza. En las puertas de las tabernas, granjeros y mercaderes disfrutaban de la brisa vespertina. Y por la plaza deambulaba la turba de chiquillos astrosos y harapientos que siempre acudía al mercado queriendo ganarse algún que otro penique. La espantosa escena de la que había sido testigo el mes anterior había tenido lugar allí mismo, y cualquiera habría esperado que permaneciera de ella algún eco, el atisbo de una llamarada en el aire, el fantasma de un grito de agonía. Pero, por supuesto, no quedaba nada.
Jamás había estado en el hospital, que daba directamente al terreno abierto de Smithfield. Até a Genesis al poste en el exterior, le di un penique a uno de los golfillos descalzos para que lo vigilara, y entré. El enorme y viejo edificio estaba casi en ruinas, con la pintura y el yeso desportillados: habían pasado ya siete años desde la disolución del hospital monástico. Le pregunté a un individuo que había perdido media pierna y ensayaba a andar con muletas dónde podría encontrar al doctor Malton. Me dirigió al pabellón principal, una gran estancia con unas veinte camas, todas ocupadas, dispuestas en dos largas hileras. Me acerqué al otro extremo, donde Guy, con su bata de médico, atendía a un paciente. Junto a él estaba su ayudante, el viejo y rechoncho Francis Sybrant.
Ambos alzaron la vista al oírme. La paciente de la cama era una niña de unos quince años que gemía mientras Guy le vendaba la pantorrilla al tiempo que Francis le sujetaba la pierna. Ya le habían colocado dos tablillas de madera.
—Gracias por venir, Matthew —dijo Guy—. En un momento estoy contigo.
Cuando terminó el vendaje, Francis depositó despacio la pierna sobre la cama.
—Ya está —le dijo Guy a la niña—. Ahora no te puedes mover.
—Me duele, señor.
—Ya lo sé, Susan, pero para que el hueso suelde, debes mantener la pierna inmóvil. Mañana vendré a verte otra vez.
—Gracias, señor. ¿Puedo tener mi rosario, para pasar el tiempo…? —De pronto se interrumpió, mirándome nerviosa.
—El señor Francis te lo traerá. —Guy se volvió hacia su ayudante—. Dale más tarde otra dosis de la pócima que le he recetado. Le aliviará los dolores.
—Muy bien, doctor Malton.
Guy se apartó entonces.
—He puesto al hombre del que te he hablado en una habitación privada.
—¿Qué le ha pasado a la chica? —pregunté mientras lo seguía por el pabellón.
—Ayuda en el mercado de ganado por unos peniques. Una vaca asustada la aplastó contra un corral y le fracturó la pierna.
—¿Se pondrá bien?
—Podría ser, si tiene cuidado. El hueso no atravesó la piel, de manera que la pierna no se gangrenará. Te agradecería que olvidaras que ha pedido un rosario. Hay quien piensa que este hospital todavía apesta a la vieja religión. Francis fue otrora un monje aquí, por cierto. Y sigue ayudando, por caridad cristiana.
Miré sorprendido a mi amigo. Pero no había razón alguna por la que su asistente no pudiera haber sido monje: ahora había miles de exmonjes en Inglaterra.
Contesté arrugando el ceño:
—Sabes que jamás mencionaría a nadie algo así.
—No hace ningún daño recordarte que, en estos tiempos, no son solo los radicales los que deben tener cuidado con lo que hacen y dicen.
—No lo olvido.
Me miró con expresión severa.
—Yo, por mi parte, no hago caso de las palabras de los pacientes que suenan a impío radicalismo. Como no tardarás en comprobar.
Tuve que respirar hondo. Mi amigo no hacía concesión alguna últimamente.
Me llevó a un pabellón lateral que, al igual que el principal, estaba muy pobremente equipado. No era más que una pequeña estancia con una ventanita, que albergaba una cama con ruedas con una manta fina y vieja, y un taburete. La ventana estaba abierta para que corriera aire, y a través de ella se oía el murmullo de voces en Smithfield.
Reconocí al hombre de inmediato: sí, era McKendrick, a quien había visto por última vez huyendo de los muelles. Era un hombre de muy robusta constitución y había demostrado ser un oponente formidable, pero ahora parecía muy cambiado. Su rostro cuadrado estaba empapado en sudor, pálido como la cera y con las mejillas hundidas. Se agitaba intranquilo en la cama, haciéndola crujir, y sus labios se movían farfullando delirios. Guy cerró la puerta y habló en voz baja:
—Lo trajeron anteayer. Es una historia muy extraña: un grupo de aprendices se arremolinaba a la puerta de una taberna cerca de Cripplegate, en torno a la hora del toque de queda, cuando de pronto un hombre salió de un callejón y cayó entre ellos. Estaba ensangrentado, y los muchachos atisbaron a dos hombres que lo perseguían. Fueran quienes fuesen, dieron media vuelta al ver a la multitud. Los chicos lo trajeron aquí. Es un milagro que siga vivo: lo habían apuñalado tres veces. Debió de defenderse de sus perseguidores y logró huir. Pero las heridas se han envenenado. No vivirá mucho más. Creo que morirá esta misma noche. —Guy levantó con suavidad la manta para dejar ver, bajo el camisón del hombre, tres grandes heridas en su pecho y abdomen. A pesar de estar cosidas, en torno a dos de ellas la piel aparecía hinchada y enrojecida, y la tercera tenía una tonalidad amarillenta.
—Dios bendito.
Guy volvió a taparlo con delicadeza, pero el movimiento perturbó a McKendrick, que comenzó a mascullar.
—Bertano… Anticristo… íncubo del Papa…
Guy me miró severo.
—Cuando oí las cosas que decía, lo metí aquí. Es más seguro para él, y tal vez para otros.
—¿Y dices que ha mencionado mi nombre?
—Así es. Entre otros. Incluido, como acabas de oír, el nombre de Bertano sobre el que me consultaste. Lo que dice en su delirio son necedades en su mayor parte, pero le he oído nombrar a la mismísima reina Catalina. Es una palabrería inconexa sobre espías y traidores y la corte de Inglaterra. En general no tiene ningún sentido y además me cuesta comprender su acento escocés. Pero he entendido lo suficiente para darme cuenta de que posee información peligrosa y que es un radical religioso. En una ocasión maldijo la eucaristía, diciendo que no era más que balidos de vaca. Otra vez habló de derrocar a los gobernantes. —Vaciló antes de añadir—: Ya veo que lo conoces.
—Solo lo había visto una vez, aunque llevo semanas buscándolo.
—¿Quién es?
—No puedo decírtelo —contesté, mirándolo a los ojos—. Es por tu seguridad. Te suplico que sigas manteniéndolo apartado de los otros pacientes. Sabe cosas peligrosas. ¿Llevaba algo encima cuando lo trajeron? —pregunté apremiante—. ¿Tal vez un… libro?
—Llevaba una copia del Nuevo Testamento de Tyndale, que está prohibido, con su nombre escrito, y una bolsa con unas monedas.
—¿Nada más?
—Nada.
Me quedé mirando a McKendrick, que ahora guardaba silencio y respiraba con dificultad.
—De haber estado en mi mano, habría evitado esto, Guy. Espero que me creas.
—Sí, eso lo creo. Pero sigues involucrado en algo muy peligroso, ¿no es así?
—Sí. ¿Puedo interrogarlo?
—Tiene la mente febril casi todo el tiempo.
—¿Me dejarías al menos intentarlo? Te pediría que salieras, por la única razón de que podrías oír algo que pondría en peligro tu seguridad personal, y me niego a arrastrarte también a ti a esta ciénaga.
Guy vaciló, pero acabó accediendo.
—Te dejo un momento con él. Pero no lo canses demasiado. —Salió y cerró la puerta con cuidado.
Acerqué un taburete a la cama. Estaba oscureciendo y el ruido de voces se iba acallando a medida que Smithfield quedaba desierta. Sacudí suavemente a McKendrick, que abrió unos ojos desenfocados y febriles.
—¿Maese McKendrick?
—Dominie McKendrick —susurró él—. Soy Dominie. Profesor, predicador…
—Dominie, ¿quién te ha hecho esto? —No sabía si oía mi pregunta, pero al cabo contestó cerrando con fuerza los ojos:
—Eran dos. Dos. Me tomaron por sorpresa, aunque suelo ir con cuidado. Surgieron de un portal y me apuñalaron. Dos. Alcancé a uno de ellos en el hombro, conseguí huir. —Sonrió—. Escapé por los callejones. Estos últimos años he llegado a conocer bien las callejas de Londres. Las mismas que en Stirling. Siempre huyendo, huyendo de los lacayos de papas y príncipes. Pero estaba débil, había perdido mucha sangre. Huir —repitió con un suspiro—. Siempre huir.
Acerqué la cabeza.
—¿Conocías a tus asaltantes, Dominie?
Él negó débilmente con la cabeza.
—¿Eran dos jóvenes altos, uno rubio con una verruga en la cara y el otro casi calvo?
—Sí. Eran ellos. —Me miró, enfocando la vista por primera vez—. ¿Quién eres?
—Alguien que podría castigar a los que te atacaron. —Daniels y Cardmaker habían subestimado la fuerza y velocidad de aquel exsoldado, que había conseguido escabullirse entre la multitud de aprendices. Pero al parecer demasiado tarde para salvar la vida.
McKendrick sacó la mano de debajo de la manta para aferrar la mía. Era una mano dura, encallecida, la mano de un hombre que había trabajado y guerreado, ahora caliente y sudorosa.
—¿Mataron ellos a maese Greening? —me preguntó.
—Sí. Y a su aprendiz Elias.
Me agarró con más fuerza, redondeando sus claros ojos azules.
—¿Elias? Pensábamos que era el traidor.
—No, no era él. —Ni tú, pensé.
Me soltó la mano y volvió a recostarse con un gruñido sobre la cama.
—Entonces solo puede haber sido Curdy. William Curdy, a quien todos creíamos de alma honesta. —Sí, pensé, y Curdy estaba muerto, incapaz de decirnos para quién trabajaba, muerto a manos de uno de los hombres de Richard Rich.
—¿Eres uno de los nuestros? —me preguntó McKendrick.
—¿Uno de quién?
—Los hermanos, los creyentes en un nuevo cielo y una nueva tierra. Esos a quienes nuestros enemigos llaman anabaptistas.
—No, no lo soy.
El moribundo me miró con fiereza.
—Yo lo veo, entre los sueños que aquí tengo. La visión más amplia, una futura comunidad en la que todos compartimos por igual el fruto de la naturaleza y adoramos en paz a Cristo. Sin gobernantes, sin guerras, todos los hombres viviendo en armonía. ¿Qué crees, es un sueño o estoy viendo el cielo?
—Creo que es un sueño, Dominie —contesté con tristeza—. Pero no lo sé seguro.
Unos minutos después, McKendrick volvía a caer inconsciente. Me puse en pie con un crujido de las rodillas. Ya sabía cuanto necesitaba saber. Volví despacio a la sala principal, donde Guy escribía unas notas ante un escritorio al fondo del pabellón.
—Está inconsciente de nuevo —suspiré—. O tal vez dormido entre sueños portentosos. ¿No se puede hacer nada por él?
—No. Los médicos reconocemos las señales de la muerte inminente.
—Ya. —Recordaba que Cecil me había comentado que los médicos del rey afirmaban que ya no le quedaba mucho tiempo de vida—. Gracias por llamarme, Guy. Una cosa más… Cuando… cuando muera, sería más seguro para este hospital que se le enterrara bajo otro nombre. Se le busca en relación con un posible delito de traición.
Guy me miró un momento antes de replicar con un susurro vehemente:
—Rezo todas las noches para que ese asunto terrible en el que estás metido concluya pronto.
—Gracias.
En cuanto llegué a casa envié una nota a lord Parr en la que informaba de que había sido encontrado el escocés y que no era el espía. A la mañana siguiente, muy temprano, Brocket me despertó con dos notas que habían llegado al alba: una en un papel caro con el sello de la reina en lacre rojo, el otro un papel doblado, de Guy. El primer mensaje era para requerir mi presencia en Whitehall esa mañana; el segundo me informaba de que McKendrick había muerto durante la noche. Una vez más, Guy se había limitado a firmar solo con su nombre.