Herejía
Capítulo 41
41
Al día siguiente volví a ver al tesorero Rowland, para pedirle una copia de su carta a Isabel Slanning y para saber si ella había contestado. Había estado cavilando en lo que nos había contado el viejo Vowell. Parecía muy probable que, cuarenta años atrás, Isabel o Edward o ambos hubieran matado a su padrastro. Una vez más recordé las palabras de Isabel, hacía ya semanas, sobre su hermano: «Si supierais las cosas terribles que ha hecho». Pero ¿qué podía lograrse confrontándolos ahora, sin contar con nuevas evidencias? Sabía que Philip hablaría con Edward, tal vez ya lo había hecho. Tenía la aciaga sensación de que aquella antigua tragedia podía traer nuevas consecuencias.
Mi inquietud no hizo más que aumentar cuando el asistente de Rowland me comunicó que el tesorero no estaría disponible para nadie hasta el lunes. Me dio la impresión de que había algo furtivo en la actitud de aquel hombre. Pedí cita pues para el mismo lunes. Todavía faltaban tres días, pero al menos era un compromiso en firme.
Esa misma mañana estaba trabajando en el bufete, buscando precedentes en un anuario para tenerlo todo preparado cuando comenzara el nuevo trimestre judicial, el mes siguiente. Llamaron a la puerta y entró John Skelly, con una mirada de reproche tras sus gruesas gafas, como venía sucediendo a menudo durante el último mes. No solo me había ausentado con frecuencia de la oficina, dejando que el trabajo se amontonara, sino que además Barak, Nicholas y yo compartíamos un secreto del que él no sabía nada. Era mejor así, y más seguro, siendo un hombre casado y con tres hijos. Pero debía de sentirse excluido. Tenía que hablar con él y agradecerle el trabajo extra que había realizado, darle alguna bonificación.
—¿Qué pasa, John? —pregunté sonriente.
—Ha venido alguien a veros. Maese Okedene, el impresor que vino anteriormente.
Dejé el libro sobre la mesa.
—¿Qué quiere? —pregunté con cierta aprensión, recordando que su última visita nos había llevado a la taberna y al altercado con Daniels y Cardmaker.
—Dice que viene a despedirse.
Le pedí que lo hiciera pasar. Okedene parecía más viejo y más delgado, como si la preocupación estuviera consumiendo su robusto cuerpo. Lo invité a tomar asiento.
—Mi escribano dice que venís a despediros.
—Sí, señor —dijo apesadumbrado—. He vendido el negocio y nos vamos a la granja de mi hermano en East Anglia.
—Será un gran cambio en vuestra vida.
—Pues sí. Pero mi familia no ha estado tranquila desde el asesinato de Greening y la desaparición de Elias. Me cuentan que no se sabe nada del aprendiz, ni de los que solían reunirse con maese Greening.
Vacilé antes de contestar:
—No. Es cierto.
Me clavó la mirada, suponiendo que le estaba ocultando algo. Me pregunté qué rumores circularían entre los radicales. Okedene se sentó, frotándose la frente con una fuerte mano cuadrada.
—No le he mencionado a mi familia el encontronazo que tuvimos con los asesinos de Armistead en aquella taberna, pero sabiendo que esa gente sigue por ahí suelta, cada día temo más por nuestra seguridad. Debemos pensar en nuestros hijos. Lo recuerdo cada vez que veo la ruina del taller de maese Greening, y a mi esposa le sucede lo mismo.
—¿Ruina? ¿Qué queréis decir? —pregunté incorporándome.
—¿No lo sabéis, señor? El taller se incendió hace dos semanas, por la noche. Una joven pareja de mendigos se había instalado allí, y uno de ellos tiró una vela. Ya recordaréis que la caseta era de madera, así que ardió rápidamente. La prensa del pobre Armistead, que era lo único de valor que poseía, quedó destruida. Sus bandejas de tipos no son ahora más que inútiles pedazos de plomo. De no haber salido nosotros y los vecinos con agua para extinguir las llamas, el fuego podría haberse propagado hasta mi casa y las de los otros.
Okedene ya había mencionado antes el miedo al fuego que angustiaba a los impresores. Yo sabía lo rápido que un incendio puede extenderse por la ciudad en verano. Los londinenses tenían cuidado con las velas en una estación tan seca y cálida.
—Y esos dos asesinos siguen en Londres —prosiguió Okedene—. El rubio y el moreno.
—¿Daniels y Cardmaker? ¿Los habéis visto?
—Sí. Esperaba que se hubieran marchado de la ciudad, pero los vi en una taberna cerca de Cripplegate la semana pasada. Yo iba de paso, era un día muy ajetreado de mercado y no me vieron. Pero jamás olvidaré sus caras. Pensé en acudir a vos, pero después de lo sucedido la última vez, supuse que era mejor no volver a inmiscuirme.
—Lo comprendo. Yo no había vuelto a saber nada de ellos desde el día de la riña. —Volví a acordarme de la sensación de que alguien me seguía en los muelles, el ruido de un tropezón con una piedra…
—Todo está decidido —dijo Okedene, categórico—. Nos vamos la semana que viene. Ya se lo he vendido todo a otro impresor. Pero he querido deciros que vi a esos dos hombres. Y también preguntaros si ha habido algún progreso en la búsqueda de los asesinos de Greening. Esos dos matones estaban a sueldo de otro, ¿no es así? — preguntó, mirándome a los ojos—. Alguien importante. Alguien que, tal vez, todavía los protege, porque ¿cómo si no iban a pasearse por las tabernas a cara descubierta?
Me mordí el labio. Había averiguado muchas cosas desde mi primera reunión con Okedene: quién era Bertano, cómo habían robado el manuscrito de la reina, qué había sucedido con los miembros del grupo de Greening… Pero no había dado con la respuesta a la cuestión más importante, la que el impresor acababa de plantear. ¿Quién estaba detrás de todo aquello?
—Tenéis razón —contesté por fin—. Creo que Daniels y Cardmaker estaban a sueldo de alguien importante, pero quienquiera que sea ha sabido ocultar bien sus pasos.
—¿Y ese libro, el llamado Lamentación de una pecadora?
—No ha sido encontrado, aunque… aunque por lo menos no ha sido utilizado para perjudicar a la reina.
Okedene sacudió la cabeza.
—Es un asunto terrible, terrible.
Me remordió la conciencia porque apenas me había acordado de Okedene últimamente: un hombre corriente al que todo este asunto le había trastornado la vida.
—Me temo que nos aguardan tiempos agitados —añadió—, por más que haya acabado la caza de herejes. La gente dice que el rey no durará mucho más, y quién sabe lo que sucederá entonces.
Enarqué las cejas.
—Estos días hay que tener cuidado con lo que se dice. Predecir la muerte del rey constituye traición.
—¿Y qué no es traición hoy en día? —exclamó Okedene con súbita rabia—. No, mi familia estará mejor en el campo. Los beneficios que obtendremos con nuestras cosechas serán parcos, ahora que el dinero cada día tiene menos valor, pero por lo menos podremos alimentarnos.
—Lamento que mis investigaciones os hayan causado tantos problemas —quise disculparme.
Okedene negó con la cabeza.
—No, la culpa es de los que asesinaron a mi pobre amigo. —Se puso en pie y me dedicó una reverencia—. Gracias, señor, y adiós. —Pero en la puerta, se volvió hacia mí—. Pensé que recibiría algún mensaje, tal vez algún agradecimiento, de lord Parr, por haber ido a contarle en privado lo que sucedió aquella noche.
—No es hombre conocido por su gratitud —me afligí.
Más tarde volvieron a interrumpir mi trabajo inesperadamente. Oí al otro lado de mi puerta un grito de Nicholas, seguido de un tintineo.
—¡No!
Salí y me encontré a Barak y Skelly pasmados. Nicholas miraba, con el rostro enrojecido y el cuerpo tembloroso, una carta que sostenía en la mano.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—Que acaban de traerle una carta —me explicó Skelly.
Nicholas tragó saliva, arrugando la carta en un puño. Skelly salió de detrás de su escritorio y comenzó a recorrer la sala recogiendo las monedas desperdigadas.
—Déjalas, por favor, John —le pidió Nicholas con tono gélido—. O mételas en el cepillo para los pobres de la capilla del Colegio. Yo no las quiero.
—Nicholas, ven a mi despacho —le pedí.
El chico pareció pensárselo, pero me siguió con movimientos rígidos y envarados. Le señalé una silla y tomó asiento, al tiempo que me colocaba en mi lado del escritorio. Nicholas me miraba como sin ver. Su rostro, anteriormente encarnado, se iba poniendo blanco. Era como si hubiera sufrido una conmoción.
—¿Qué ha pasado?
Por fin pareció enfocar la vista.
—Se acabó. Me han desheredado. —Volvió a mirar la carta que todavía sostenía en la mano. Hizo una mueca y pensé que iba a echarse a llorar, pero respiró hondo y adoptó una tensa y dura expresión.
Tendí la mano hacia la carta, pero él no hizo sino aferrarla con más fuerza.
—¿Qué ha sucedido? —repetí—. ¿Por qué has tirado esas monedas?
—Lamento mi estallido —se disculpó fríamente—. No volverá a ocurrir.
—Nicholas, no me trates así. Sabes que te ayudaré si puedo.
Sus facciones volvieron a moverse.
—Sí. Lo lamento. —Se quedó en silencio mirando por la ventana, hasta que, todavía sin mirarme, continuó—: Ya os dije que mis padres habían amenazado con desheredarme en favor de mi primo, porque me negaba a casarme con una mujer a la que no amo.
—Es una situación muy dura.
—Mis padres son muy duros. Y al ver que… que no podían doblegarme a su voluntad, han buscado a alguien más sumiso —declaró, esbozando una sonrisa torcida—. El duelo fue la gota que desbordó el vaso. No os había hablado de eso. — Me miró entonces a la cara con una expresión entre fiera y desesperada.
—¿Qué duelo?
—Cuando mi padre intentaba casarme con esa pobre chica en contra de la voluntad de ambos, cometí el error de sincerarme con un amigo que vivía por allí cerca. O al menos eso pensaba, que era un amigo, y desde luego un caballero. — Pronunció esta palabra, que tanto significaba para él, con súbita amargura—. Pero lo cierto es que el hombre había estado derrochando el dinero y su familia ya no lo mantenía. Me pidió dos soberanos si no quería que fuera a contarle a mi padre que no tenía intenciones de casarme.
—¿Y qué hiciste?
—Retar a duelo a ese gañán, por supuesto —declaró con una especie de sombrío orgullo—. Nos batimos a espada y le produje un corte en el brazo. —Volvió a estrujar la carta—. Ojalá le hubiera dejado con media oreja, como ese ruin Stice. En cuanto sus padres se enteraron, fueron a quejarse a los míos. Cuando me interrogaron, les conté el motivo de la pelea y admití que no pensaba casarme. —Respiró hondo y se pasó la mano por la cara—. Fue entonces cuando decidieron enviarme a estudiar leyes y amenazaron con desheredarme. No pensé que fueran a cumplir su amenaza, pero así ha sido.
—¿Qué dice la carta? ¿Puedo verla?
—No. Me la pienso quedar como recordatorio de lo que pueden ser unos padres. Mi padre me acusa de ser incontrolable y no cumplir con mi deber. El duelo y la negativa a aceptar la esposa que ellos habían elegido han socavado su posición en la comunidad, según afirma. Ni él ni mi madre quieren volver a verme. Me han enviado la carta por mensajero especial, con cinco libras. Dice que me enviará la misma cantidad todos los años. —Se interrumpió un momento, y al cabo sentenció—: Creo que es una injusticia y una crueldad. —Y entonces preguntó con gesto fiero—: ¿Quién pensáis que ha cometido aquí el mayor mal?
—Ellos —contesté sin dudarlo—. Cuando me hablaste por primera vez de esa muchacha, yo también pensé que llegaría a pasárseles el enojo. Pero parece que no ha sido así.
A Nicholas le habría gustado gritar y desahogarse, pero no perdió el dominio de sí mismo. Respiró hondo varias veces y me alegró ver que recuperaba el color en el semblante.
—Apenas tengo suficiente para pagar mi pupilaje con vos, señor —confesó apesadumbrado—. Creo que debo marcharme.
—No. Has aprendido ya casi lo suficiente como para ganarte tu mantenimiento aquí. —Noté en su expresión que sabía que no era cierto: todavía estaba aprendiendo, y al menos durante una temporada yo tendría que emplear tanto tiempo en enseñarle y corregirle que no me beneficiaría de su trabajo—. O al menos pronto será así — añadí—, si sigues trabajando con tesón como durante estas últimas y difíciles semanas. Y me has ayudado —sonreí— en aspectos más importantes.
—No pienso ser una carga —estalló furioso—. De ahora en adelante, dependeré solo de mis propios recursos.
—La Biblia nos dice que el orgullo precede a la caída, y la arrogancia a la destrucción. No me dejes, no nos dejes, a causa del orgullo. No cometas ese error.
Nicholas miró la carta arrugada, y yo tuve la incómoda sensación de que si cedía a su orgullo y su ira, acabaría mal, porque había en su naturaleza una vena autodestructiva. Reinó el silencio durante unos segundos, hasta que se oyó un golpe en la puerta y esta se abrió. Entró Barak, no con sus habituales alardes, sino de manera discreta. Él también traía algo en la mano. Se acercó al escritorio y dejó encima una pila de medios soberanos. Nicholas se lo quedó mirando.
—Así que al final lo han hecho, ¿eh? —dijo con tono áspero—. Tus padres…
—Sí —se apresuró a contestar Nicholas con expresión colérica.
—Ya me lo temía. Los padres pueden cometer muy malos actos. —Al ver que Nicholas no contestaba, Barak prosiguió—: Lo sé muy bien. Pero también sé otra cosa. El dinero es dinero, venga de donde venga. Aquí hay lo que cinco desgraciados ganarían en un año. Tómalo, gástatelo. Y manda a tus padres al diablo.
Nicholas lo miró a los ojos, y al cabo asintió con la cabeza y tendió la mano hacia el dinero.
—¿Te quedarás? —le pregunté.
—Por ahora, señor, mientras me lo pienso.
Barak le dio un palmetazo en el hombro.
—Estupendo, muchacho. Vamos, pues, hay trabajo que hacer. —Le dedicó una sonrisa cansada y cómplice que al cabo de un momento el chico le devolvió.
El sábado recibí la primera buena noticia en mucho tiempo, aunque no carecía de cierto cariz agridulce. Me encontraba en el salón, planteándome si invitar a Guy a cenar la semana siguiente, animado por los pequeños pasos hacia la reconciliación que habíamos dado en el hospital, aunque todavía receloso de que pudiera negarse. Llamaron a la puerta y entró Agnes, intentando contener su alegría. Pensé que tal vez había recibido mejores noticias de su hijo, pero no era así.
—Señor, ha venido Brown, el pretendiente de Josephine, y pide hablar con vos.
Dejé mi pluma.
—¿Sabes de qué quiere hablar?
Ella se acercó un paso, entrelazando las manos.
—Señor, tal vez no debería decíroslo, pero pienso que es mejor que las cosas importantes no cojan a nadie por sorpresa. De manera que… en confianza, desea pedir vuestra aprobación para casarse con Josephine.
Me la quedé mirando sin decir nada. Lo cierto es que me gustaba Brown, me alegraba que Josephine hubiera encontrado un pretendiente, pues eso la hacía más feliz y más segura de sí misma. Pero la noticia era inesperada.
—Esto es muy repentino. ¿Josephine no estará…?
Agnes se sonrojó avergonzada.
—No, no, señor, no es nada de eso.
—Pero no llevan saliendo juntos mucho tiempo, ¿no?
—Casi cuatro meses ya, señor.
—¿Tanto? Lo había olvidado.
—No tienen planes de casarse con prisas —añadió Agnes con cierto reproche—. Pero creo que están enamorados de verdad y desean estar prometidos.
—Entonces —sonreí—, que pase el señor Brown.
El joven estaba nervioso, pero me aseguró que pensaba prolongar el compromiso seis meses. Decía que su amo se alegraría de aceptar a Josephine en su casa, pues de momento no tenía ninguna criada. Pero entonces añadió:
—Se va a jubilar a finales de año, señor, y trasladará su hacienda a su propiedad familiar en Norwich. Y le gustaría que fuéramos con él.
—Ya veo. —De manera que después de las Navidades ya no volvería a ver a Josephine. La echaría de menos.
—Siempre me has parecido un joven serio y cabal, y sé que Josephine te tiene mucho aprecio.
—Y yo a ella.
Lo miré entonces solemne.
—¿Conoces su historia?
Él me sostuvo la mirada.
—Sí. Cuando le pedí que se casara conmigo, me lo contó todo. Yo sabía que su padre era un bruto y un matón, pero no que la hubiera raptado de su familia durante una de las invasiones del rey a Francia.
—Era un hombre duro y brutal.
—Josephine os está muy agradecida por haberla librado de él y haberle proporcionado un hogar.
—Josephine necesita afecto y cariño, maese Brown, eso sobre todo. Creo que lo va a necesitar siempre.
—Lo sé, señor. Y al igual que vos habéis sido un buen amo para ella este último año, yo seré un buen esposo —declaró con sinceridad.
—Sí, eso creo. —Me levanté y le tendí la mano—. Te doy mi consentimiento. — Y cuando me estrechó la mano sentí una mezcla de placer, al saber que el futuro de Josephine quedaba asegurado, y tristeza al pensar que se marcharía pronto. Recordé cuánto me habían irritado sus nervios y su torpeza cuando llegó a mi casa. Pero aun así alcancé a ver que era una joven atormentada, reconocí la bondad de su naturaleza y me hice el propósito de ser bondadoso con ella.
El joven Brown se sonrojó de satisfacción.
—¿Puedo ir a decírselo, señor? Está esperando en la cocina.
—Sí, ve a darle la buena nueva.
Más tarde me reuní con ellos en la cocina, junto con los Brocket y Timothy, para brindar por su salud. Timothy parecía estupefacto y también algo angustiado. Cuánto odiaba los cambios ese muchacho. Era algo que me preocupaba. Agnes, que hacía las veces de anfitriona, servía el vino que yo le había dicho que sacara de la bodega para la ocasión. Incluso Martin se relajó hasta el punto de besar a Josephine en la mejilla, aunque creo que advirtió, como yo, que ella daba un pequeño respingo, y mientras el resto de nosotros conversábamos alegremente, él se mantuvo un poco aparte. Josephine se echó a llorar y, cuando el joven Brown la estrechó pasándole el brazo por los hombros, se enjugó los ojos con una sonrisa:
—Intentaré no ser una de esas esposas sensibleras que lloran por todo.
—Sé que serás la mejor y más obediente de las esposas —dijo su prometido—. Y yo intentaré ser el mejor de los maridos.
Esbocé una sonrisa. Josephine no se parecía en nada a Tamasin, cuya fuerte personalidad exigía una relación de igual a igual con su esposo, a veces para desaprobación de otros. Josephine había sido educada solo para obedecer, y yo sospechaba que cualquier otro papel en la vida le daría miedo.
Por fin alcé la copa:
—Que vuestra unión sea feliz y bendecida con hijos.
Mientras todos brindaban por la pareja, Josephine me dirigió una mirada de felicidad y gratitud, y yo decidí en ese momento que sí escribiría a Guy.
Vinieron a por mí al amanecer, como suele ocurrir. Yo seguía en la cama, pero me despertó un fuerte estrépito en la puerta. Me levanté y salí todavía con mi camisa de dormir. No estaba asustado, sino furioso: ¿cómo se atrevía nadie a llamar con tal jaleo a mi puerta? Al llegar al rellano vi que Martin ya estaba allí, en camisón igual que yo, abriendo los cerrojos.
—Ya voy —exclamaba irritado—. Dejad de dar golpes, vais a despertar a toda la casa…
Al abrir la puerta, se encontró con Henry Leach, el alguacil, un robusto individuo que rondaba los cuarenta años. Dos ayudantes armados con porras se perfilaban contra el alba a su lado. Mi cólera se tornó entonces miedo, y comenzaron a temblarme las piernas. El alguacil traía un papel en la mano. Leach siempre había mostrado hacia mí la adecuada deferencia, inclinándose cuando nos cruzábamos por la calle, pero ahora me miraba ceñudo y solemne mientras alzaba el papel ante mí. Llevaba un vistoso sello rojo, pero no era el de la reina. Esta vez era el sello del rey.
—Señor Matthew Shardlake —entonó Leach, como si no me conociera.
—¿Qué sucede? —Fui vagamente consciente de que Agnes y Josephine estaban detrás de mí, también recién levantadas, y luego Timothy apareció por un lado de la casa. Probablemente estaba levantado, atendiendo a los caballos. El chico se frenó en seco cuando uno de los hombres del alguacil le clavó una ominosa mirada. Yo respiré hondo el aire fresco y límpido de la mañana estival.
—Tengo órdenes del Consejo Privado de deteneros bajo la acusación de herejía. Debéis presentaros ante ellos mañana; hasta entonces, seréis puesto bajo custodia en la Torre.