El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 68 de 103 · parte 3/3

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El libro negro

Parte 4 Lituania

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Las cincuenta personas seleccionadas fueron subidas inmediatamente a un «cuervo negro». El penúltimo de ellos resultó ser el poeta judío Jaím Semiatitski, autor de los libros Manos gastadas y Gotas de rocío.

Los alemanes colgaron un vistoso aviso sobre las puertas del gueto que avisaba:

«¡Atención! Barrio judío. Peligro de infección. Se prohíbe la entrada a la población no judía».

Resulta imposible enumerar todas y cada una de las órdenes y los decretos que afectaban a los habitantes del gueto. Apenas me limitaré a anotar algunas de ellas a ver si el lector es capaz de encontrarles algún sentido.

Se prohíbe a los judíos asomarse a las ventanas para mirar hacia el exterior del gueto. Todas las ventanas que den al exterior del gueto serán tapiadas o cegadas con alquitrán.

Se prohíbe a los judíos hablar alemán.

Se prohíbe a los judíos hablar de política.

Toda conversación o mera relación con un no judío se castiga con el fusilamiento.

Se prohíbe a los judíos llevar bigotes.

Prohibido comer grasas.

Se prohíbe a las mujeres judías pintarse los labios o el cabello.

Prohibido rezar. Prohibido estudiar.

Todos los judíos mayores de seis años están obligados a llevar una estrella amarilla, tanto en el gueto como fuera de él. La estrella debe estar firmemente cosida a la ropa y aparecer en la parte izquierda del pecho. Todos los judíos están obligados a descubrirse ante cualquier alemán que se presente en el territorio del gueto.

Prohibido llevar flores al gueto.

Se prohíbe parir a las mujeres judías. Toda parturienta será privada de la vida junto a la criatura que dé a luz.

Cuando la Gestapo comunicó oficialmente al director del hospital del gueto la prohibición de dar a luz a niños judíos todo el gueto se vio sacudido por una enorme conmoción. ¿Qué hacer con las mujeres embarazadas? ¿Cómo ocultar a los recién nacidos? Con todo, también aquella orden caníbal consiguió ser sorteada por los habitantes del gueto. Los bebés eran escondidos en lugares seguros a los que sus madres podían acudir a amamantarlos en secreto. En cuanto crecían un poco se les daba de alta clandestinamente en los registros de vecinos del gueto.

Las mujeres judías vindicaban su derecho a la maternidad. Los hijos que daban a luz eran la expresión viva del porvenir y la inmortalidad de nuestro pueblo.

Mirra Bernstein, una célebre pedagoga de Vilnius, no se separaba ni un solo día de sus pupilos.

La escuela que había dirigido durante largos años había sido trasladada al edificio en ruinas de un antiguo oratorio. Al principio tenía unos ciento treinta alumnos que dividió en grupos de acuerdo a la edad y los conocimientos que mostraran. Mientras uno de los grupos tomaba las lecciones, los otros se dedicaban a preparar la comida o a remendar la ropa. Los escolares sentían un enorme apego por sus maestros, pues estos sustituían a los padres que habían perdido. La directora del improvisado colegio contaba cada mañana a sus educandos y constataba cómo su número menguaba sin remedio. Con todo, los niños que aún quedaban con vida continuaban sus estudios.

En octubre de 1941 Mirra Bernstein me invitó a asistir a un espectáculo teatral en el colegio. La casita en ruinas estaba irreconocible. Había plantas colgando de las paredes y tiestos con flores en todas las ventanas. Se veían carteles con citas de autores clásicos judíos por todas partes.

Los niños, que entonces no eran más que cuarenta, resplandecían vestidos con sus trajes de domingo. Llevaban florecillas en los ojales de sus camisas y blusas.

En medio de la función nos llegaron ruidos desde el exterior. El espectáculo no se interrumpió hasta que una bala impactó en una ventana y rompió el cristal. La directora se asomó a la calle. Los alemanes corrían como locos por calles y patios. Detenían a todo el que encontraban a su paso y lo obligaban a subir a los vehículos llegados para la ocasión.

La directora regresó y nos habló desde el escenario:

—¡Niños! Los monstruos que se proponen exterminarnos han entrado al gueto. No gritéis ni os disperséis. Quiero que todos vengan aquí muy despacio y se escondan bajo este escenario. Primero entrarán los más pequeños; los mayores, después.

Mirra pasó toda la noche apostada en la puerta del colegio velando por sus pupilos. Había decidido ofrecerse como víctima propiciatoria si los alemanes entraban al recinto escolar. Confiaba en que los alemanes creerían que estaba sola allí y se contentaran con llevársela.

Pero en aquella ocasión los bárbaros pasaron de largo. Tras detener al número de personas que se habían propuesto, abandonaron el gueto.

Alguna vez pensé que los condenados a muerte deberían abstenerse de crear obras de arte. Sencillamente, creía que no tiene sentido dedicarse a tales menesteres cuando el final está próximo. Pero la vida me convenció de lo contrario, porque fui testigo de que el espíritu de la creación no abandona jamás a los seres humanos.

Dos días después de que mi madre fuera asesinada recibí la visita del director de teatro Viskind. El motivo de su visita era brindarme consuelo. Viskind aprovechó para invitarme a un encuentro con un grupo de actores judíos que se proponían la puesta en marcha de un teatro.

Sus palabras me dejaron estupefacto:

—¿Un teatro aquí? —le pregunté—. ¿En el gueto?

—Así es —me confirmó Viskind—. Tenemos que continuar haciendo aquello de lo que somos capaces y enfrentarnos así a nuestro enemigo y sus armas. No podemos rendirnos ni siquiera por un instante. Crearemos un teatro y daremos alegrías y ánimos a nuestra gente.

Finalmente, acepté su propuesta de hacerme cargo de la dirección artística del proyectado teatro.

¿Qué palabras debíamos utilizar para acercarnos a nuestros espectadores sin profanar o violar el duelo de todo un pueblo? ¿De qué medios nos podríamos servir para ganarnos los corazones de los espectadores del gueto, devolver a sus conciencias la fe en el heroísmo que puebla toda nuestra historia, potenciar sus fuerzas y dirigirlas a la lucha a favor de la vida, a favor del porvenir?

En los primeros días del terror fascista fueron muchos los músicos de Vilnius que sepultaron sus instrumentos bajo tierra.

Más tarde, cuando ya la población judía había sido recluida en el gueto, muchos de ellos consiguieron volver a la ciudad a través de la red de alcantarillado y recuperar lo que habían escondido.

Los acordes de la orquesta sinfónica dirigida por Wolf Durmashkin se escucharon en el gueto. Algunos de los músicos que la componían formaban parte del contingente que hacía trabajos forzados en la ciudad. Ello les permitió traer al gueto un piano que encontraron en un apartamento vacío que había pertenecido a una familia judía. Lo desarmaron en piezas y cada músico se trajo escondido un trozo del enorme instrumento. No costó demasiado encontrar en el gueto a un especialista capaz de armarlo.

La primera actuación de la orquesta sinfónica, integrada inicialmente por diecisiete músicos, tuvo lugar el 15 de marzo de 1942 y constituyó todo un acontecimiento para los habitantes del gueto. El programa incluyó la Suite del Cáucaso, de Ippolitov-Ivánov, Popurrí judío, de Max Geiger, y un movimiento de la sinfonía inconclusa de Franz Schubert.

Para los habitantes del gueto la música de la orquesta sinfónica era lo que el aire de montaña para alguien aquejado de una enfermedad respiratoria. Valía la pena luchar por aquellas manifestaciones de la belleza del arte.

Había también dos coros en el gueto. En los conciertos que ofrecieron se pudieron escuchar las canciones judías que los alemanes intentaban ahogar a sangre y fuego.

El 17 de febrero de 1942 tuvo lugar una reunión de escritores y artistas recluidos en el gueto de Vilnius. Acudieron más de cien personas: escritores, músicos, actores y

pintores. Z. Kalmanóvich presidió el cónclave.[63] La reunión se proponía arrancar a los creadores del gueto de la generalizada atmósfera de opresión que los aherrojaba. Kalmanóvich habló de la pronta e inevitable victoria del Ejército Rojo que traería la libertad al pueblo judío. Sostuvo que valía trabajar por ella y fortalecer el espíritu de la gente.

Los convocados eligieron a un cuerpo directivo y le encargaron compilar las obras de los camaradas que ya no están entre nosotros. Se procedió a conformar un listado de todos los escritores, pintores, músicos y científicos asesinados por los alemanes y a trabajar en la edición de un almanaque que recogiera la obra de los intelectuales del gueto.

Cuando supimos del suicidio de Stefan Zweig gracias a las trasmisiones de radio que captábamos clandestinamente en el gueto organizamos una velada para honrar su memoria. Los músicos interpretaron una marcha de Chopin y los actores leyeron fragmentos del jeremías de Zweig.

También se organizaron veladas dedicadas a la obra de escritores del gueto. Los debates acerca de sus textos solían prolongarse hasta altas horas de la noche. La asociación se encargó igualmente de organizar veladas teatrales en las que se exponían obras de grandes escritores judíos como Mendele Moijer-Sforim, Perets, Sholom-Aleijem o Bialik.

La biblioteca Sociedad para el progreso de la Ilustración ocupaba un edificio de la calle Strashun desde mucho antes de que estallara la guerra. Cuando los judíos fueron encerrados en el gueto se encontraron la biblioteca en un estado calamitoso. Había cientos de volúmenes tirados en las aceras y el patio.

El bibliotecario Herman Kruk, quien llegó a Vilnius evacuado desde Varsovia, se encargó con mimo de la resurrección de la biblioteca. El 10 de septiembre de 1941 la biblioteca reanudó el servicio de préstamo.

Muchas personas que en tiempos normales rara vez utilizaban los servicios de una biblioteca pública se convirtieron de repente en celosos usuarios de la rehabilitada institución. Los libros se convirtieron en amigos y maestros de quienes padecían aquellas penosas y tristes vidas.

Ocultos en refugios, sumidos en la clandestinidad, pegados a magras lumbres que apenas ofrecían un hilillo de luz, los habitantes del gueto leían libros.

Tres mil personas fueron sacadas del gueto de Vilnius el 1 de octubre de 1941. Las llevaban a la muerte. El 2 de octubre el servicio de préstamo de la biblioteca sirvió trescientos noventa libros. Los días 3 y 4 de octubre tuvo lugar una horrible matanza en el segundo gueto, pero el 5 de octubre la biblioteca entregó cuatrocientos veintiún libros en préstamo. En noviembre de 1941 el número de habitantes del gueto había descendido en un 40% y, sin embargo, el número de libros tomados en préstamo ascendió en poco menos de un tercio. Según los registros de la biblioteca, las novelas y la literatura infantil gozaban de la mayor demanda.

En noviembre de 1942, es decir, apenas a un año y poco de la desaparición del gueto, el número de libros tomados en préstamo superó los 100 000 ejemplares. La biblioteca celebró el alcance de esa cifra redonda con una velada en la que se otorgaron regalos al primer y al último usuario del servicio de préstamo.

Los alemanes aniquilaban a los habitantes del gueto sistemáticamente. Los intelectuales de Vilnius caían sin cesar bajo la bárbara guadaña del terror fascista. De los trescientos judíos de la ciudad que se dedicaban a la cultura (pedagogos, escritores, músicos, científicos o artistas) apenas unos pocos consiguieron sobrevivir. De los varios miles de escolares que estudiaban en los colegios del gueto no pasaron de unas pocas docenas los que quedaron con vida. Apenas dos miembros de la asociación de escritores sobrevivieron a la ocupación. Ninguno de los músicos o los abogados quedaron entre los vivos.

LA OFICINA DE ALFRED ROSENBERG

La oficina de Rosenberg en Vilnius (Einsatzab Reichsleiter Rosenberg) complementaba de manera muy particular las actividades que realizaba la Gestapo. El objetivo de su trabajo era la localización y destrucción de todos los bienes culturales judíos. Los alemanes se habían propuesto borrar de la faz de la tierra los cinco siglos de impronta cultural judía en Vilnius.

En enero de 1942 arribó a Vilnius el doctor Poli, director del Museo para el estudio de los pueblos del Este, con sede en Fráncfort. Asiduo colaborador del funesto diario Der Stürmer, Poli llegó con una misión muy precisa y acompañado de toda una corte de «sabios», entre los que se contaban los doctores Miller y Wolff, ambos de Berlín. Más tarde se les unieron Sporket y cierto Gimpel.

Los «científicos» fascistas acudieron sin dilación al gueto para seleccionar a veinte personas que les ayudaran a ubicar los bienes culturales judíos que atesoraba la ciudad. Los elegidos se encargarían de seleccionar los mencionados bienes, así como de embalarlos para su envío a Alemania.

El doctor Miller requirió que al menos cinco de los elegidos fueran personas versadas en lengua hebrea moderna y antigua, de manera que fueran capaces de dictaminar sobre libros y manuscritos antiguos. Hice cuanto pude para ser incluida entre esos cinco, pues me animaba el propósito de salvar todo lo que me fuera posible. Ya sabía muy bien a qué atenerme en cuanto al «amor» de los alemanes por la cultura: me bastaba saber cómo trataban a los seres humanos. Por añadidura, me habían llegado noticias de que en la ciudad se estaban utilizando los fondos de las bibliotecas para alimentar las estufas.

Me presenté en la oficina que tenía Rosenberg en la calle Zigmund. La primera encomienda que recibí del jefe de la oficina, el doctor Miller, consistió en la quema de la rica biblioteca científica que poseía el Hospital universitario.

El doctor Poli nos ordenó agrupar todos los libros judíos en una suerte de gueto. Los cuarenta mil volúmenes de la biblioteca judía Strashun, una colección que gozaba de fama mundial, fue trasladada a la calle Universitétskaya, donde sus fondos se mezclaron con los libros traídos desde centenares de casas de oración repartidas por toda la ciudad.

De aquel largo centenar de miles de libros, Poli envió a Alemania unos veinte mil que fueron previamente embalados en ochenta y cuatro cajas. El resto, todos ellos libros de enorme valor, los vendió a la fábrica de papel de Nuevo Vilnius, a razón de diecinueve marcos la tonelada. Idéntica suerte corrieron manuscritos, grabados y óleos.

Los alemanes convirtieron el edificio del Yidisher Visenshaflikher Institut en un cuartel. Todos los archivos, estanterías y colecciones fueron arrojados a un sótano como si se tratara de basura. El doctor Gotthart, asesor personal de Himmler, corrió a personarse en el Instituto en busca de oro judío. Al descubrir en el sótano un armario a prueba de fuego, mandó a buscar un cerrajero que lo abriera de inmediato. Pero cuando se abrieron las puertas del mueble, Gotthart fue víctima de una gran desilusión: los manuscritos de Sholom-Aleijem y Perets lo miraban burlones desde el fondo del armario… Dominado por la ira, Gotthart los arrojó al suelo y los pisoteó con rabia.

Al mismo edificio fueron trasladados todos los libros, manuscritos, cuadros y esculturas que se guardaban en los museos, bibliotecas o colecciones privadas de la ciudad. El día en que trajeron las esculturas de M. Antokolski desde el museo que llevaba su nombre, el «doctor» Poli rompió la mayoría de ellas arrojándolas al suelo. Las matrices de plomo de la edición íntegra del Talmud que la antigua tipografía Romm había compuesto a lo largo de veinte años de trabajo fueron vendidas a una fundición por orden del doctor a razón de treinta y nueve marcos la tonelada. Poli envió a Berlín seis cajas llenas de antiguos manuscritos y raras ediciones de clásicos judíos. No obstante, uno de sus colaboradores cercanos, el tratante de pieles Sporket, vació las cajas en la estación de ferrocarriles para llenarlas con pellejos de cerdos, una mercancía con la que hacía pingües negocios en Alemania.

Muy poco después el mencionado Sporket fue puesto a cargo de la oficina de Rosenberg. Una de sus primeras actuaciones consistió en la entrega de quinientos rollos de la Tora a una peletería para que los utilizaran en la fabricación de suelas de zapatos. También ordenó reducir a jirones las carátulas que guardaban antiguos pergaminos procedentes de Amsterdam y Venecia. Los monumentos funerarios y las lápidas de mármol del cementerio de Zaréchenski fueron enviados a Alemania por orden suya. Se los destinó a pavimentar calles.

La oficina de Rosenberg en Vilnius cazaba las palabras judías impresas con el mismo celo y la misma perseverancia que mostraba la Gestapo en la cacería de los judíos que intentaban escapar a la represión. El rector de la Universidad de Vilnius me contó que después de sacar de la biblioteca todos los libros impresos en lengua hebrea o escritos por judíos los sabuesos de la Gestapo registraron afanosamente todo el recinto de la casa académica —llegando, incluso, a levantar parte de los suelos—, en busca de impresos relacionados con el judaismo.

De la misma manera que la Gestapo no se contentaba con masacrar a los judíos y aniquilaba también a miles de personas de otras nacionalidades, la oficina de Rosenberg no tenía bastante con destruir las bibliotecas y los museos judíos. También arrasó otras instituciones culturales como el museo polaco Fraternidad de los Aficionados a las Ciencias, la célebre editorial polaca Yosef Zavadski, la biblioteca, también polaca, de Tomasz Zan o la Biblioteca de la Iglesia Evangélica, entre otras.

A lo largo del año y medio de trabajo en la oficina de Rosenberg, nuestro grupo consiguió salvar muchos bienes culturales, emparedándolos o escondiéndolos en sótanos y bodegas, siempre animados por el convencimiento de que estaba pronto el día en que los hombres libres pudieran sacarlos de vuelta a la luz para disfrute de nuestro pueblo y toda la humanidad.

Los manuscritos y los libros más valiosos los escondíamos bajo nuestras ropas para llevarlos al gueto. En una ocasión me las apañé para arrancarle a Sporket la autorización de llevarme al gueto unos papeles viejos para alimentar la estufa. Satisfizo mi petición y escribió una nota autorizándome a hacerlo. Ello me permitía sortear el escrutinio de los gendarmes que vigilaban la entrada al gueto.

Aquel paquete de «papeles viejos» contenía las cartas de Tolstói al filósofo Vladimir Soloviov (las encontré entre la nieve junto a la biblioteca de Strashun), manuscritos de Sholom Aleijem, cartas de Gorky, Romain Rolland y Bialik, raras ediciones de los siglos XV y XVI, un cuadro de Repin, los Diarios del doctor Herzl, el único manuscrito salido de la pluma del Gaon de Vilnius que existe, dibujos de Marc Chagal y otras docenas de piezas igual de valiosas.

Provisto de la autorización de Sporket, podía permitirme cargar con «papeles viejos» a diario. Naturalmente, apenas conseguimos sacar una escasa porción de las maravillas que contenía el edificio. No obstante, pudimos construir un zulo de cemento en los bajos del edificio y allí escondimos cinco mil libros entre los más valiosos que pudimos encontrar en diversos idiomas.

En mayo de 1943 llegaron a Vilnius varias docenas de cajas llenas de manuscritos y cuadros que provenían del museo de Smolensk. Mis camaradas y yo las recibimos en la estación de ferrocarriles y conseguimos enviar tres de las cajas desde allí al Archivo municipal donde las escondimos bajo un montón de legajos. Esas cajas, que abrí posteriormente, contenían los Diarios del criado del zar Pedro I, antiguos manuscritos de los siglos xv y xvi, cuadros de Repin y Levitán, además de otras muchas joyas dignas de los mejores museos. Una parte de aquellos tesoros la pude sacar más tarde del archivo y enterrarla en el gueto. No tenía la certeza de que el archivo fuera un lugar seguro y por eso lo hice. Pensé que aquellas valiosas piezas de museo sobrevivirían en al menos alguno de los dos escondites.

En uno de los museos de Vilnius cuyos bienes estaban siendo transferidos a la oficina de Rosenberg encontré un documento firmado por Tadeusz Kosciuszko, el célebre luchador por la libertad hijo de Polonia. Fue en la primavera de 1943, en medio de la más feroz ordalía del terror fascista. Regalé el documento a una polaca que escondía a veinte judíos. La mujer se prosternó y besó la reliquia cara a todos los polacos. Al día siguiente me buscó para contarme que cuando mostró la firma autógrafa de Kosciuszko a los miembros de la célula clandestina a la que pertenecía se produjo un efecto comparable al de un rayo que cayera sobre un polvorín. Sus camaradas le pidieron comunicarme que tanto ellos como sus hijos y sus nietos recordarían aquel precioso regalo y guardarían ese recuerdo en lo más profundo de sus corazones.

Entre quienes ayudaron a salvar de las garras hitlerianas las joyas de nuestra cultura quiero mencionar especialmente a Z. Kalmanóvich y R. Krinski, como también a la profesora asociada de la Universidad de Vilnius María Abramóvich y al célebre poeta lituano Kazis Boruta.

Los manuscritos más valiosos de Perets, el poeta clásico judío, los entregué en

marzo de 1942 a la periodista lituana Shimaite.[64] Shimaite solía acudir a la oficina alemana en la que yo estaba empleado para cargar recoger los paquetes que le preparaba.

Más tarde encontré una carta que Shimaite escribió a la maestra Nina Gerstein después de asistir a uno de los espectáculos teatrales del gueto. Anoto a continuación un breve fragmento de esa carta pues muestra a las claras la naturaleza de aquella persona maravillosa: «¡Mi querida Nina! Perdóneme la familiaridad con que me dirijo a usted, aunque no nos hayan presentado antes. El magnífico espectáculo al que tuve la dicha de asistir, y en especial la puesta en escena de las canciones populares judías, me encantó e inspiró. Sin dudas se tiene que ser un pueblo bendecido por grandes dones para crear tales manifestaciones artísticas en medio de los horrores del gueto.

»Al igual que nuestros maravillosos jóvenes judíos, creo que el muro acabará cayendo y la hermandad entre los pueblos reinará por siempre en este mundo».

MÁRTIRES DEL GUETO

Tiktín

Durante mi paso por el gueto me dediqué a enseñar literatura a un grupo de jóvenes de ambos sexos, en su mayoría alumnos de secundaria. Nos proponíamos organizar veladas literarias en el gueto.

Zalman Tiktín, un joven de dieciséis años que había perdido a sus padres en las primeras matanzas que conoció el gueto, fue una de las personas involucradas en los preparativos de la velada. Pasaba los días haciendo trabajos forzados en Burbishki — concretamente, acarreando proyectiles de cañón— y desde allá se trajo un ramo de flores que escondió bajo la camisa para evitar ser descubierto por los gendarmes. El castigo por intentar entrar flores al gueto era de veinte latigazos.

Aquellas flores tenían una significación muy especial, pues habían crecido sobre la tumba de los hermanos Gordon, despedazados por el estallido de una bomba en el depósito de municiones donde trabajaban. La explosión destrozó todo el polvorín. El Teniente de primera Wagner, jefe del depósito, concluyó que se había tratado de un desafortunado accidente. Pero Tiktín sabía muy bien que no había habido tal casualidad. Uno de los hermanos muertos le había confiado en secreto que se disponía a volar el polvorín alemán aunque ello le costara la vida.

Tiktín era miembro de una organización clandestina. Aun cuando era el integrante más joven de la célula, demostró ser un verdadero as cuando se trataba de conseguir armas. Con todo, muy pocos conocían que aquel muchachito de dieciséis años se había propuesto hacer saltar por los aires la sede de la Gestapo.

En una ocasión Zalman me hizo partícipe de su plan con todo detalle. Había un grupo de judíos asignados a realizar trabajos forzados en el patio de la Gestapo. No costaría mucho se incluido entre ellos. Y una vez dentro, Tiktín confiaba en involucrar a un conocido suyo que ya trabajaba allí para volar juntos el edificio.

Le aconsejé a Tiktín que no tomara decisiones sin consultarlas antes con la organización a la que pertenecía. Le dije que debía atenerse a la disciplina a la que estábamos obligados todos y consultar sus planes con la dirección de la célula clandestina. Entonces Tiktín admitió que ya había consultado su plan y que éste fue rechazado en forma inapelable, a la vez que le advirtieron que se abstuviera de emprender cualquier acción por su cuenta y riesgo. Pero el joven hervía de entusiasmo guerrero y me resultó evidente que aquello no iba a acabar bien. Le insistí en que necesitaba calmarse, pues cada vez que traía al gueto una granada estaba poniendo en peligro la vida de veinte mil personas.

Al día siguiente Tiktín marchó como de costumbre a cargar proyectiles. Esa mañana se esperaba a un coronel que venía al depósito en viaje de inspección. Wagner quería impresionarlo con su perfecto manejo del polvorín y ordenó repartir los proyectiles por los diversos almacenes de la zona. Unos días más tarde, cuando había finalizado la inspección, mandó traer los proyectiles de vuelta al depósito de Burbishki. Wagner sabía muy bien cómo dorarle la píldora a sus jefes con tal de conseguir su único objetivo: evitar ser enviado al frente de batalla.

Esa tarde, a punto ya de volver al gueto, Tiktín reparó en un vagón de mercancías que acababa de llegar a las instalaciones del polvorín. El hecho de que lo hubieran llevado hasta allí indicaba que traía munición. Tiktín se apartó subrepticiamente del grupo de trabajadores y se aproximó al vagón. Sus puertas estaban selladas con un sello de plomo que Tiktín destrozó con sus dientes para entrar y descubrir que por esta vez no habían traído granadas. Pero había cartuchos y cintas de proyectiles para ametralladoras. «Esto también nos vendrá de maravillas», se dijo el muchacho. Comoquiera que fuese, no estaba dispuesto a salir del vagón con las manos vacías. Los cartuchos vendrían muy bien a los resistentes del gueto. No todo iba a ser arrojar granadas. Armado hasta los dientes, Tiktín salió por fin del vagón, cerró la puerta a duras penas y se alejó de las vías en dirección a un bosquecillo cercano. Pero tuvo la mala suerte de ser descubierto por un guardia, quien abrió fuego hiriéndolo. Una docena de guardias armados se abalanzó sobre el muchacho.

Zalman fue a parar a una celda. Entretanto, Wagner avisó del incidente a la Gestapo y todos sus compañeros de trabajo fueron detenidos. Pero una explosión sacudió de repente la cárcel donde habían recluido al muchacho y se lo vio saltar contra los alemanes a quienes dejó atónitos por su increíble arrojo. Después se perdió en unos arbustos cercanos y desde allí corrió por las vías del tren hasta alcanzar un barranco. Reflejado sobre el verdor de la floresta, el blanco cegador de su camisa era un blanco fácil para sus perseguidores. Con todo, Zalman se las apañó para zigzaguear hasta alcanzar el fondo del barranco. Allí cayó sobre la hierba. Las balas que lo habían alcanzado le impidieron continuar la carrera.

Kittel no tardó en aparecer. En cuanto supo que Tiktín aún vivía lo hizo trasladar al hospital de la cárcel. Y allá acudió a cortejarlo día tras día. Le llevaba dulces y le preguntaba quiénes eran los destinatarios de tantas granadas robadas. Pero el joven no probaba bocado y mucho menos respondía a las preguntas de Kittel. Con la cara vuelta hacia la pared, simulaba que no escuchaba las palabras del alemán. Pero un día Kittel se mostró particularmente incisivo en sus preguntas y entonces recibió por fin una escueta respuesta:

—Robé esas granadas para acabar con vosotros —le dijo Tiktín—. ¿Sabe por qué lo hice? Porque vosotros asesinasteis a mis padres.

Levítskaya

¿Acaso se sabe de algún vecino de Vilnius que no conociera a Liuba Levítskaya? Sus conciertos o sus intervenciones en la radio constituían una fiesta para los oyentes. Levítskaya enseñaba canto en el Conservatorio de la ciudad. Solían invitarla a dar conciertos en Moscú.

Dejé de verla durante algún tiempo, pues unos amigos suyos, músicos como ella, pero no judíos, la tenían escondida fuera de la ciudad. Cuando las redadas adquirieron un carácter masivo, Liuba se trasladó al gueto.

En enero de 1942 me involucré en la organización de un concierto y la invité a interpretar canciones populares judías.

Aquel concierto fue de veras inolvidable.

Cada palabra y cada acorde nos devolvían la imagen de los seres queridos que ya no estaban entre nosotros. Todos los que estábamos allí olvidamos que en cualquier instante nos podían rodear y conducirnos a las zanjas abiertas en Ponary. Naturalmente, se trataba de un concierto ilegal, pues no contaba con la autorización de Murer. Levítskaya ofreció una estupenda interpretación de nuestras canciones populares imbuida de fe y esperanza en el porvenir.

Un año después de aquel concierto a Liuba le correspondía interpretar el rol principal en una sesión de ópera que habíamos organizado en secreto. Liuba no la tenía todas consigo, preocupada por la calidad de su voz. Antes, cuando mimaba sus cuerdas vocales sabía que no podía exponerse a la humedad. Y ahora se ahogaba con el polvo de los barracones en los que vivía. Había pasado una semana escondida en el basurero del gueto para escapar a una de las masacres. El segundo pogromo la obligó a recluirse en un sótano en el que Schweinberger la pisoteó y le pinchó un costado. Se salvó entonces de milagro. Después de aquello pasó largo tiempo en el hospital de gueto escupiendo sangre…

Liuba se hizo cargo de la clase de canto cuando se inauguró la escuela de música en el gueto.

Es la víspera de un espectáculo. Liuba está impaciente porque termine su jornada laboral en el cuartel. Cada espectáculo es motivo de felicidad, pero hoy Liuba tiene un motivo adicional para estar contenta. Una amiga le ha traído un puñado de guisantes para su anciana madre.

Liuba vuelve a casa pisando deprisa el firme de la calle. Lleva el hexágono amarillo cosido a su pecho.

Al llegar a la calle Rudnítskaya atrajo la atención de Murer, quien la recorría en su automóvil. Murer la obligó a detenerse, examinó atentamente la chapa con el número que colgaba del cuello de la cantante, verificó que las seis puntas del distintivo amarillo estuvieran bien cosidas y después la cacheó. Al descubrir la bolsita con los guisantes, le ordenó subir al coche y se la llevó a la prisión de Lukishk.

Liuba pasó un mes encerrada en la cárcel. Cada día despedía a quienes marchaban a ser ejecutados. Liuba fue consciente de que ya no volvería a cantar en libertad. Ni siquiera podría hacerlo algún día en el gueto. Sus días, tal vez sus horas, estaban contados. Y ahora no podía hacer más que cantar en aquella celda para aliviar el dolor de sus hermanas condenadas a muerte.

Weiss, quien por entonces era el jefe del Sonderkommando, fue el encargado de llevarla a Ponary. Él mismo conducía, mientras a su lado viajaba su prometida Helen Degner, una agente de la Gestapo nacida en Hamburgo treinta años atrás.

Cuando hubieron traspasado a pie la cerca de alambre de espino que rodeaba las zanjas, Helen se detuvo de repente y le ordenó a Liuba que se despojara de la ropa. Liuba se mostró renuente a obedecer. Entonces Degner sacó un cuchillo que llevaba a la cintura y la amenazó con sacarle los ojos si no se desvestía inmediatamente. Ya desnuda, avanzó lentamente hasta el borde la zanja. Los cadáveres espolvoreados con cal viva la esperaban en el fondo. Weiss y Murer, provistos de monóculos, observaban la escena. Con una amplia sonrisa dibujada en el rostro, Helen Degner, ex estudiante de la Universidad de Hamburgo, empuñó la ametralladora y disparó una larga ráfaga que segó la vida de Liuba Levítskaya.

Un matemático

El joven Zalkindson era cirujano. Se había granjeado la fama de ser el mejor de su especialidad, pero nada le apasionaba más que las matemáticas.

Zalkindson realizaba complejas operaciones quirúrgicas en el hospital del gueto. Curaba con mimo a los enfermos, mientras los sanos eran masacrados en las calles.

Durante su encierro en el gueto, Zalkindson emprendió la redacción de una gran obra sobre astronomía. Se negó de plano a acudir a realizar trabajos forzados. Sostuvo que prefería morir antes que ayudar a los verdugos con sus propias manos. Renunció también a las magras raciones de pan y cecina de caballo y nunca se dio de alta en el registro habilitado en las oficinas de la administración del gueto. Solía dormir de día y pasar las noches en vela. Zalkindson aprovechaba para escribir en las horas en que el gueto se enfriaba tras los vapores del terror diurno.

Le gustaba tocar el violín cuando asomaban las primeras luces del alba. Era un músico bastante dotado.

Cuando el gueto fue sacudido por los estertores que anunciaban su pronta aniquilación me di a la tarea de buscar la manera de salvar la vida del peculiar matemático. Mi amigo Yulián Yankovski, quien residía fuera del gueto, se proponía dar cobijo a seis judíos en un habitáculo especialmente habilitado para ello. Un amigo de Yankovski que servía en la policía —un hombre de fiar muy involucrado en la ayuda a los partisanos— ocupaba en solitario un apartamento provisto de un gran cuarto de baño. El plan consistía en desmontar la puerta del cuarto de baño y cerrar la abertura con una pared que sería cuidadosamente pintada. Después abrirían un pequeño acceso desde el otro extremo del cuarto de baño que permitiera la entrada a los seis judíos.

Cuando el escondite estuvo listo acudí a visitar a Zalkindson y me presenté. Tras explicarle de qué se trataba, le anuncié que él era una de las seis personas que aprovecharían el escondite.

—Jamás me he escondido en toda mi vida —me respondió sin inmutarse—. Mientras continúe enfrascado en mi trabajo, la muerte es impotente. Y cuando lo termine ya no tendré ningún motivo para estar en este mundo.

Tras pronunciar esas palabras Zalkindson extrajo un arrugado envoltorio de papel que guardaba en un bolsillo de su chaleco.

—Es cianuro de potasio —me dijo. Y añadió tras permanecer unos instantes en silencio—: Si de vera le importo tanto, hágame el favor de llevar estos cuadernos a mi profesor de matemáticas. Quiero que él sea el depositario de mi manuscrito.

Me guardé como pude los gruesos cuadernos de Zalkindson, escritos de cabo a rabo, y los entregué al profesor Rudnitski.

Una semana más tarde el profesor apareció de repente en el patio del Yidisher Visenshaflikher Institut, donde yo realizaba trabajos forzados, y me hizo una señal para que nos apartáramos a un rincón.

—El día en que usted me trajo los manuscritos de Zalkindson quedará para siempre en mi memoria como el más feliz de toda mi vida —me dijo—. Siento un gran orgullo por mi discípulo. Dígale que le mando un fuerte abrazo y que cuando esta guerra acabe y el mundo conozca su trabajo recibirá todos los honores que merece.

El suelo del gueto temblaba una y otra vez. La muerte era una visitante cotidiana. Los jóvenes huían hacia los bosques. Los mayores cavaban escondrijos para buscar el sosiego de la clandestinidad. Pero las paredes de las casas se derrumbaban con frecuencia sepultando bajo montañas de ladrillos a quienes se ocultaban en las «malinas». Un día Kittel rodeó el gueto con ametralladoras y ordenó disparar sin ton ni son.

El joven Zalkindson fue una de las víctimas que cayeron aquel día.