Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 1 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 1

Bernard von Brentano

 

Franziska Scheler

 

ePub r1.0

Titivillus 27-08-2023

Título original: Franziska Scheler

Bernard von Brentano, 1945

Traducción: Jorge Seca

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Capítulo 1

 

Se despliega el abanico de la gran ciudad, y de una de sus varillas surge un personaje sorprendente.

 

1

 

Karl Chindler se había mudado de domicilio, y Leopold decidió ir a ver a su hermano. Quería echar un vistazo al piso nuevo y llevar unas flores a su cuñada. En su cuaderno de notas había apuntado: K. Ch, calle de Budapest 154, y por detrás, entre paréntesis: «enfrente del lugar en el que se eleva el Puente de Cornelius sobre el canal». Leopold se bajó del autobús en la parada de Puente de Hércules y tomó por la calle Lützowufer, a lo largo del canal. Por delante de él caminaba una señora que llevaba un traje de chaqueta de color gris y un gorro negro sobre el cabello rubio. Mantenía la cabeza inclinada hacia delante, con la vista puesta en el suelo, y su mano izquierda jugueteaba con un paraguas rojo cuya punta hacía golpear su portadora en el adoquinado a ciertos intervalos. Se trataba de Gertrud Spalding, la esposa del pintor Spalding, y Leopold aminoró su paso porque no quería adelantar a Gertrud. No le apetecía darle los buenos días, la animada locuacidad de Gertrud era capaz de enredar a cualquiera en una conversación interminable. Leopold no tenía ningún interés en tal cosa.

Esto sucedía a principios de mayo de 1929. Los castaños estaban completamente cubiertos de hojas y las copas de los imponentes árboles se reflejaban en las aguas inmóviles del canal. Leopold contempló el verde lechoso de las hojas sin perder de vista a Gertrud. En la esquina con la calle Keith, Gertrud se detuvo y comprobó el número de la casa. A continuación dobló a la izquierda, y Leopold aceleró su paso.

Karl Chindler parecía haberse hecho el nido en un buen sitio. La casa n.º 154 era la última de la calle de Budapest, la que hacía esquina con la calle Lützowufer. La puerta principal poseía las dimensiones del portón de un granero, y el vestíbulo estaba cubierto de gruesas alfombras mullidas. La esposa del portero, una rubia guapa con los ojos llorosos, salió de mala gana y avergonzada por la puerta de cristal de su vivienda y abrió la puerta del ascensor. Al iniciar la marcha, dio la espalda a Leopold, y este se puso a contemplar el ascensor. Era una cabina elegante que entretenía a sus ocupantes con bancos tapizados y espejos enmarcados en oro mientras ascendía con rapidez a las alturas. Incluso la barandilla de madera maciza que se enroscaba por la caja del ascensor como el tronco cepillado de una glicinia ofrecía una impresión de riqueza, y justo en los pequeños detalles, como por ejemplo en los destellos y en el brillo de las varillas de latón que mantenían sujeta la alfombra contra los peldaños de la escalera, se percibía que en esa casa vivía gente pudiente. Karl Chindler vivía en la tercera planta. Leopold tocó el timbre y pasó un buen rato hasta que por fin se acercó alguien. Se descorrió un pestillo, la cadena de seguridad sonó al golpear la madera, y un criado (a quien Leopold no había visto todavía) abrió la puerta. Era un muchacho guapo, pero sus modales eran un tanto bruscos.

—¿Qué desea?

—Soy Leopold Chindler. ¿Está mi hermano en casa?

El criado asintió y se colocó a un lado al tiempo que abría la puerta por completo. Se quedó con el sombrero y el abrigo de la visita, que colocó sobre una silla, y condujo a Leopold a un salón donde le rogó que esperara.

—¿Cómo se llama usted?, —preguntó Leopold.

—Valentin.

—Gracias —dijo Leopold, y el criado cerró la puerta.

Aquel cuarto era más del doble de alto que dos hombres altos y muy alargado. Una mitad estaba provista de muebles blancos, y la otra mitad, de muebles azules. En el voladizo había una planta de cáñamo africano, y de un soporte de latón pulido colgaba una jaula con un canario dentro.

Tener que esperar resulta aburrido, y Leopold se puso a contemplar al animalito que lo miraba con sus diminutos e inconcebibles ojitos. Theodor Chindler, el padre de Leopold, crio durante algunos años familias enteras de pájaros, y Karl Chindler parecía haber heredado esa afición paterna. El pájaro era muy bonito, el amarillo puro de su plumaje le recordó a Leopold un

cuadro de Van Gogh que estaba expuesto en el Palacio del Príncipe[1].

Se abrió la puerta corredera que daba a la habitación contigua, y entró Karl. Tenía la costumbre de llevar calzado con suela de goma y caminaba sin hacer ruido; sin embargo, lo que llamó la atención de Leopold esta vez en ese hombre siempre sorprendente fue que Karl apareció con una camisa sin cuello, y sin corbata.

—Me he cortado al afeitarme —dijo, y se llevó un dedo con cuidado a una pequeña herida en el cuello torciendo la cabeza hacia arriba y desfigurando un poco la boca—: Disculpa mi atuendo por esa causa.

Estrechó la mano de su hermano y le tendió la mejilla para un beso.

—Quería ver vuestra nueva vivienda —dijo Leopold—, y entregarle algunas flores a tu esposa.

—Muy amable por tu parte… pero voy a pedirte, si te parece bien, que vengas conmigo al comedor. He estado hasta más allá del mediodía en el Reichstag y hace un momentito que he llegado a casa. Anna y los niños ya comieron y se han retirado a sus habitaciones, pero yo estoy almorzando todavía.

Leopold siguió a su hermano. El comedor era también muy amplio. La mesa alargada colocada en el centro estaba cubierta de platos rebañados y de fuentes (lo cual genera siempre una impresión de desorden), y lo único ordenado en toda la mesa eran los pequeños sonajeros de los niños con sus aros plateados bien colocados al lado de sus platitos. Karl se sentó en la butaca situada en el extremo de la mesa, y Leopold tomó asiento a su lado.

—¿Ya has almorzado?, —preguntó Karl.

—Sí, gracias.

—Me apresuraré para que podamos tomar enseguida el café.

Había milanesas, patatas asadas y zanahorias. Karl alzó la tapa de una fuente y se puso dos milanesas en el plato. A continuación cortó una en dos partes y se llevó la más grande a la boca. Siempre le habían gustado los bocados contundentes, y Leopold comprobó que seguía siendo el mismo.

—Tienes buena cara —dijo Karl masticando y contemplando las mejillas de Leopold—. ¿Qué tal en el periódico?

—Un montón de disgustos.

—Tus artículos no son muy regulares, pero el último o el penúltimo, ya no me acuerdo bien del todo, era muy bueno.

Karl tocó la campanilla. El criado entró, retiró las fuentes y dejó los postres.

—Deme otra vez la fuente grande, la redonda, por favor —dijo Karl señalando el centro de la mesa.

El criado alcanzó a Karl la fuente de la ensalada, y Karl la vació entera sobre su plato. Era remolacha, por la que él tenía una especial predilección. Después esperó unos instantes a que el criado se retirara, agarró la fuente con las dos manos, se la llevó a la boca y sorbió el jugo.

—Probablemente no resulta muy bonito de ver lo que acabo de hacer — dijo Karl, que pidió a Leopold que volviera a colocar la fuente en su sitio—, pero el jugo de estas deliciosas remolachas, un obsequio muy noble de la naturaleza, es bueno para mis riñones. Ya no soy tan joven, y a mi edad hay que comenzar a cuidarse si quieres hacerte viejo de una manera soportable. Las personas vanidosas, o las cobardes que esconden la cabeza como el avestruz, comienzan demasiado tarde con tales cuidados y luego tienen que cargar con las consecuencias. Ahora bien, tú no los necesitas todavía. Dime, ¿cuántos años tienes?

—Veintinueve —dijo Leopold, que calculó que Karl debía de tener treinta y nueve, así que todavía era un hombre joven en sus mejores años. Sin embargo, nunca había sido joven, Leopold lo había tenido siempre por un señor serio y formal.

Karl se comió el pudin, y los hermanos estaban encendiéndose uno de los famosos puros de Karl cuando Anna Chindler entró en la sala. Pareció sorprendida de ver a su cuñado, y Leopold percibió que se sentía incluso azorada.

—¡Vaya sorpresa!, —dijo ella—. No me habían anunciado que estabas en casa.

Al hablar miró a Leopold con sus ojos hermosos, unos ojos que fueron tema de conversación durante años en el seno de la familia Chindler, hasta que finalmente la expresión «unos ojos como los de Anna» se convirtió en una frase hecha. Eran de color azul oscuro y un poco tapados por los párpados, pero, a pesar de todo, abiertos, cálidos y sinceros, los ojos de una mujer sensual, pero de una persona buena y dócil.

Leopold entregó a Anna un ramo de claveles rojos, y Anna se lo agradeció profusamente.

—Me encanta vuestro comedor —dijo Leopold.

Anunciaron una llamada telefónica para Karl, y este se levantó.

—Será una conversación muy larga, pero nos veremos después —dijo rápidamente, y salió apresuradamente del cuarto.

Anna preguntó a Leopold si deseaba ver las demás habitaciones.

—Con placer —dijo Leopold, que notó que su interés ponía muy contenta a Anna. Ella le dirigió una breve mirada, de esa manera en que se contempla a una persona de la que te esperas pocas cosas y que te decepciona agradablemente. Su marido no congeniaba especialmente bien con Leopold. Este lo sabía muy bien, pero tenía la capacidad de ignorar tales antipatías cuando no le convenían. De todas formas, no sabía a ciencia cierta por qué lo hacía ni la razón de esa manera de actuar. No existía ningún motivo racional para tal cosa, seguramente ninguna lógica, pero Karl era su hermano, y además el mayor de todos, así que Leopold (teniéndose poco en cuenta él mismo) dejaba a un lado lo que denominaba las peculiaridades de Karl, y obedecía sin mayores reflexiones a su corazón, en el que moraba un antiguo y profundo apego hacia Karl. Su amigo Wilhelm Braun se burló una vez de Leopold por esa debilidad propia de la inmadurez (tal como se expresó él) y de esta manera se la puso por primera vez en consideración a Leopold, pero este le contradijo y, aduciendo razones para justificarse, le pareció que su conducta era generosa, ecuánime y más digna de elogio que lo contrario; sin embargo, en esto se equivocaba, y es que la autoestima no es un pecado tan vil como el desprecio de uno mismo.

Anna iba delante, y Leopold miraba las habitaciones. Todas eran muy grandes y en parte amuebladas con mucho gusto. Finalmente, Anna recorrió un pasillo largo, muy oscuro y que parecía no acabar nunca. Por fin ella abrió una puerta, y Leopold entró en la habitación de los niños. El cuarto era un salón acogedor, con las paredes de papel pintado de color claro; era casi tan espacioso como el comedor. Leopold saludó a los hijos e hijas de Anna, dos chicas rubias de ocho y diez años y dos chicos algo más pequeños. Todos estaban bien aseados y vestidos con gracia. Las chicas llevaban lacitos azules y rojos en el pelo, y el chico más pequeñín, un gordezuelo simpático de fuertes manotas, llevaba una bata de color verde hierba en la que figuraba un girasol bordado. Anna lo alzó con entusiasmo y lo besuqueó; parecía ser su favorito. Delante de la ventana había un banco escolar como el que había tenido Leopold de niño en su colegio. Leopold se sentó a presión en el asiento pequeño y volvió a probar una postura en la que el ser humano moderno pasa tantísimos años de su vida y a la que un buen día renuncia para no volver a adoptarla y para olvidarla por completo. La postura de Leopold debía de ser verdaderamente graciosa, pues los críos se lo quedaron mirando con los ojos completamente abiertos y perplejos hasta que el más pequeño se echó a reír en voz alta y todos los reunidos prorrumpieron a continuación en una sonora carcajada.

—Lo bueno de ti es que eres muy bonachón —dijo Anna—. ¿Sabes qué? Quédate para la cena si tienes tiempo. Hoy vamos a cenar a las siete porque después tenemos una reunión… ¡Vamos, sí, quédate y vivirás algo que no has experimentado todavía y que te va a interesar, te lo aseguro!

Los niños habían dejado de reír y contemplaban a su tío con esa curiosidad muda característica de esas edades y con esos misteriosos pensamientos, de los cuales no nos enteramos los adultos. Hemos olvidado los sentimientos de nuestra propia infancia y no se nos dice cuáles son los de la generación siguiente.