Franziska Scheler
Capítulo 2
Tenía una labia graciosa, y cualquiera que la escuchara sin mirarla pensaría que Lilli Steiner era más parlanchina y superficial de lo que era. Era una excelente ama de casa, y tal vez sabía incluso tejer unas medias, pero no podía soportar que la gente se reuniera a sus espaldas. Bendemann dijo algo más sobre Metternich y sobre el libro de Leopold, pero Lilli Steiner lo interrumpió.
—Metternich no tiene nada de interesante. Si el señor Chindler tiene que escribir un libro sobre semejante asno, lo siento por él. Usted sabe que leo todo lo que escribe, mi caro Leopold —añadió—, pero si de verdad escribe usted sobre ese difunto donjuán, entonces ¡paso! Bueno, y ahora me gustaría oír la opinión de Bendemann sobre la conferencia de desarme.
2
A Anki le gustó el pequeño restaurante de la calle Kant, y conversaron bien hasta que Leopold preguntó a Anki por los Steiner.
—Son gente desagradable —opinó Anki.
Leopold defendió a Ruth Steiner. Tenía una mala figura, pero era una chica simpática, Leopold tenía una predilección por las mujeres con las que se podía contar para todo.
—Tiene mucha labia —dijo él—, pero se puede confiar en ella de una forma poco común, creo que volaría de Múnich a Königsberg para sacar a un amigo de un apuro.
Anki no replicó y Leopold se puso a pensar por qué motivo ella iba a casa de los Steiner si le parecía que era gente desagradable. Anki debía de tener buenas antenas, pues respondió a la pregunta de Leopold a pesar de que solo la había formulado mentalmente.
—Otto Bendemann me arrastra una y otra vez a casa de gentes así, pero cuando después regreso a la mía, siempre tengo la impresión de que he perdido y desperdiciado mi tiempo.
—¿Ama usted la soledad? ¿Le gusta estar sola?
—¡Eso no! Pero la vida es corta. Creo que no habría que juntarse con personas que no tienen ningún valor.
—Todas las personas tienen un valor —dijo Leopold—, y creo que en este punto nos igualamos a las abejas. Tenemos que echar a volar si no queremos morirnos de hambre, y ese abandonar el nido es en sí un ejercicio útil y fortaleciente.
—Todo eso es diferente para un hombre —dijo Anki—, pero los hombres se han vuelto también repugnantes. Solo quieren una cosa siempre, y cuando una mujer vive sola, se convierte en un objetivo de caza libre.
—Disculpe —dijo Leopold—, usted es todavía muy joven, y no me necesita a mí para nada, tan solo precisa de un espejo para constatar que es muy bella. ¿Por qué vive sola?
Anki jugaba con un fósforo. Lo partió en tres trozos iguales y respondió:
—Cuando no tienes dinero, nadie quiere casarse contigo.
Leopold no presentía siquiera lo que le había costado a Anki pronunciar ese comentario sincero, y lo entendió de una manera completamente errónea.
Anki había querido decirle que él era la excepción y distinto a los demás hombres, pero Leopold entendió que quería casarse y que no tenía ningunas ganas de atreverse a un flirteo o a enamorarse. Estaba decepcionado porque el mundo volvía a ser diferente de como sus sentimientos querían que fuera, pero no estaba sorprendido, pues la actitud de Anki parecía encajar con la serenidad prudente que exhibía; sin embargo, también estaba un poco asustado, y al contemplar los dedos de Anki jugando con el fósforo, se preguntó si ella lo contemplaba como a un posible nuevo marido.
Anki volvió a reunir los trocitos del fósforo roto y puso un trocito tras otro en el cenicero. Luego dijo:
—Dejemos eso. Hábleme de su libro.
Hacía un año que Leopold estaba escribiendo un libro sobre Friedrich von
Gentz[41], el famoso colaborador de Metternich, y se ocupaba de su trabajo con tanta vehemencia que le gustaba hablar de sus estudios y de los descubrimientos que había hecho durante su faena. Anki lo dejó hablar y percibió que ella lo escuchaba con placer y con atención.
Hans Karl permaneció una semana en casa de sus abuelos y Anki iba todos los mediodías al pequeño restaurante de la calle Kant. Leopold trajo un día consigo dos libros, una edición muy bonita de las Reflexiones sobre la
Revolución Francesa [42] de Burke que había traducido Gentz. Anki contempló los volúmenes y pensó que probablemente esa sería una edición que le gustaría a Otto Bendemann.
—¿Conoce usted la biblioteca de Otto?, —preguntó ella.
—Sí. Es magnífica, le envidio ese tesoro.
Anki cogió los libros con cautela y los abrió con sumo cuidado.
—Es usted una buena discípula de su primo —dijo Leopold—, ¿me permite regalarle estos dos volúmenes?
—¡No!, —dijo Anki—. Son sus herramientas. Necesita los libros para su trabajo.
—Ya encontraré otro ejemplar —dijo Leopold—. Deme, por favor, el primer volumen, quiero escribirle algo en él.
Sacó del bolsillo una pluma estilográfica, y cuando hubo escrito y devuelto el libro, Anki leyó: «No debe abatirnos cuando nos agobia el comentario de que lo grande es efímero; más bien, si nos parece que lo pasado fue grande, eso debe animarnos a lograr nosotros mismos algo importante». Goethe.
Leopold había seguido la mirada de Anki, y cuando ella hubo leído el texto, dijo él:
—Me gustaría escribirle una dedicatoria también en el segundo volumen.
Anki contempló los dedos de Leopold y su manera de sostener la pluma, y Leopold escribió con trazos muy rápidos: «La presencia de un pensamiento es como la presencia de una amante». Schopenhauer. «Y la presencia de una amante es como la presencia de muchos pensamientos». L. Ch.
Anki no tenía ni idea de quién era Burke, pero no se atrevió a preguntárselo a Leopold. Se avergonzaba de su ignorancia, igual que su pudor, que revive con cada nuevo amor, se había avergonzado en Wannsee ante los ojos de Leopold. No quería mostrarle ninguna desnudez a su mente, y temía que su defectuosa formación pudiera ponerle de mal humor o incluso asustarlo y espantarlo. Sin embargo, cuando Leopold regresaba a la redacción después de tales conversaciones, Anki se iba corriendo a casa de Otto Bendemann y consultaba todos los nombres que él citaba en la enciclopedia Brockhaus y tomaba apuntes. A continuación buscaba en la biblioteca de Otto si había en ella libros de esos hombres o sobre ellos, y se llevaba a casa todos los que podía encontrar. De este modo aprendió un montón de cosas y comenzó a conocer al menos (y un poco) la época en la que habían vivido Gentz y sus amigos.
Estas clases tuvieron unas asombrosas consecuencias. Por primera vez en su vida, Anki comenzó a leer correctamente, es decir, a leer de una manera sistemática y avanzar de un libro en otro para formarse una imagen de una época del pasado. Poseía un buen conocimiento de la naturaleza humana, pero ahora estaba conociendo a unos caracteres de un calado mayor que el que habían mostrado los colegas de su marido, y su corazón descubrió en las cartas de los hombres y de las mujeres del siglo XVIII páginas y posibilidades del carácter humano que nunca aparecen a los ojos de un observador que depende únicamente del trato con personas vivas, lo que significa con personas que mienten, y disimulan, y ocultan sus sentimientos. Ahora, ella era lo que se denomina una «autodidacta», pero igual que un diletante es casi siempre una persona culta aunque no haga nada más que dibujar flores, también una persona autodidacta, diligente y adulta es un campo muy fértil. La formación de Anki florecía y el mundo de su imaginación se poblaba con seres humanos que un muchacho o un estudiante joven todavía no puede entender. A la juventud le falta la experiencia que cada persona debe realizar por sí misma y que nadie es capaz de aprender, pero una persona madura, cuyo corazón ha sufrido, conoce con deleite las vivencias de los antepasados y observa sus destinos con un placer que es casi tan grande como la alegría de encontrarse con una persona viva que es significativa y cuyos ojos tienen la capacidad de reflejar el mundo de una manera nueva y peculiar.
Leopold le había hablado a Anki del amor de Gentz hacia la bella
bailarina Fanny Elßler [43]. Anki se compró una edición de las cartas de Gentz a la señora Von Varnhagen, en las que relata el nacimiento de ese amor, y Anki se quedó asombrada. Ahora —y de pronto— tenía mucho que hacer, y aprovechaba cada hora libre para volver a su lectura.
Hans Karl había regresado de su visita a Pomerania. Charlaba con el jardinero y con su pequeña pala ayudaba a ese hombre cavando detrás de él. Anki estaba echada en la tumbona de rayas verdes y rojas que había colocado a la sombra del bosquecito de abedules, y leyó: «Usted es un ser infinitamente productor, yo soy un ser infinitamente receptor; usted es un gran hombre; yo
soy la primera de todas las mujeres que han vivido…»[44]. Anki colocó un dedo entre las páginas y hojeó una vez más hacia delante. Pero era cierto, sí, no se había equivocado, la carta era de Gentz y dirigida a la señora Von Varnhagen. «Eran gente osada», pensó ella, «¡algo así no me habría atrevido siquiera a pensarlo en la actualidad!». Luego continuó leyendo: «Lo sé: si me hubiera convertido en una mujer física, habría tenido el orbe a mis pies. Nunca he inventado nada, nunca he escrito nada, nunca he hecho nada; dese cuenta de esta peculiaridad: de mí a solas no extraigo la chispa más miserable; soy tan poco eléctrico como el metal, pero justo por eso soy un conductor de la electricidad como ningún otro. Mi receptividad no tiene límite ninguno; su espíritu eterno (no me refiero a la mente, sino al alma, todo), eternamente activo, eternamente fértil, encontró esta receptividad ilimitada y de esta manera dimos a luz ideas, y sentimientos, y lenguajes, todos ellos tremendos e inauditos. Lo que ambos sabemos, no se lo figura ningún mortal».
Anki arrancó una brizna de hierba, la colocó como señal en esa página y dejó el libro en el suelo a su lado. Al cabo de un rato lo alzó de nuevo y siguió