Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 23 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 2

Al atardecer, Anki estaba echada en la tumbona mientras Hanna atravesaba el jardín. Anki la vio venir y siguió leyendo, pero en el camino de vuelta Hanna se acercó a la tumbona por detrás, le puso un ramo de claveles rojos en el regazo y entró corriendo en la casa.

Contemplada esa acción con superficialidad, se trataba de un agradecimiento por la conversación mantenida, pero era también algo más. San Francisco experimentó el milagro de poder hablar con los pájaros, y aunque ese sea un milagro muy grande, en nuestros días poder hablar con las personas es un milagro aún mayor, y Anki sintió que el ramo de flores era menos una expresión de agradecimiento que una señal, una continuación de la conversación, un consentimiento secreto de un alma a otra alma. El ramo bonito y el gesto amable de la muchacha le depararon una gran alegría y se sintió tocada por aquella fuerza misteriosa que había despertado en su corazón simultáneamente con su amor y que le daba alas para atreverse a lo extraordinario y probablemente también a realizarlo si se lo hubieran exigido.

Pero el amor no percibe ninguna otra alegría que la que da el mismo amor, ni tampoco ningún otro consuelo, y todo el bálsamo del mundo se desliza como el agua desde un corazón herido por el amor.

Anki contempló los claveles, y su primer pensamiento fue enviar el ramo a Leopold; el segundo, que él no había regresado todavía; el tercero, que el vuelo de vuelta podía ser aún más peligroso que el de ida a Viena.

 

«Cuando a una persona, a su hora,

el amor verdadero la trastoca,

nunca más volverá a estar sana

a no ser que bese la misma boca

de la persona que trastocó su alma[47]».

 

2

 

Anki tuvo que esperar en la farmacia y llegó a la calle Nettelbeck media hora más tarde de lo que había prometido. El señor Von Bendemann había esperado a Anki con impaciencia y abrió él mismo la puerta.

—Tu tardanza me ha costado veinte céntimos —dijo.

—¿Y eso?

—Con los nervios he abierto la puerta a dos viejos mendigos, lo cual me ha costado dos veces diez céntimos, o, lo que es lo mismo, veinte céntimos.

—¡Pobrecito! ¿Tal vez tengo que reembolsarte los gastos?

—¡La próxima vez! Pero, bromas aparte, Valerie está muy enferma.

—¿Otra vez? ¿Qué le pasa?

Valerie estaba echada en el sofá de la biblioteca, y Franziska fue a verla de inmediato.

—Pensaba que estarías en cama —dijo dándole la mano a Valerie.

—Hace demasiado calor —dijo Valerie—, y estoy cansada de tanta cama. Ese ataúd blanco y mohoso se me llevará lo bastante pronto. Ya os veo a todos de pie alrededor de un agujero negro al que me habréis arrojado.

Valerie era una paciente difícil, y Anki permaneció a su lado hasta el anochecer.

—Eres el único ser humano al que puedo aguantar —le dijo Valerie a Anki—. Agáchate para que pueda darte un beso.

Anki se inclinó sobre la enferma y acarició la frente de Valerie. Estaba cubierta de sudor, y Valerie gimió con fuerza al moverse.

—La vida es una marranada… La detesto desde hace veinte años.

Otto Bendemannn se había ido a pasear una hora, y cuando regresó, desembaló una edición de los diarios de Gentz. Había comprado el libro a un vendedor ambulante con la intención de obsequiárselo a Anki.

—Me he traído un librito que me gustaría regalarle a Anki —dijo temeroso y mirando alternativamente el libro y a su esposa.

—Eso es algo muy diferente —dijo Valerie—. A Anki le debemos mucho, y me hace feliz que se presente de vez en cuando una ocasión para depararle a Anki una alegría.

Le pidió el libro y hojeó en sus páginas, pero el texto no le interesó. Volvió a sumirse en su silencio observador y en sus dolores, y no revivió hasta que llegó el correo.

—¿De quién has recibido noticias?, —preguntó ella a Otto.

—De mi hermano Fritz. Escribe que espera llegar a Cuxhaven el 15 de julio.

—A Jutta le dará un alegrón tremendo —dijo Valerie—. Ya hace cuatro meses que está sola, eso es más de un cuarto de año… Nosotros no estuvimos nunca separados tanto tiempo.

Ningún comentario habría podido ser más sorprendente que ese. Anki miró a Valerie, su cabello teñido, que ya volvía a tener un brillo gris en las raíces, su cara demacrada con una frente fría y altiva, mientras que la boca pendía con un gesto cansino, con las orejas desproporcionadamente grandes a las que no se les escapaba nada y con los ojos pequeños y duros que ya eran capaces de sonreír.