Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 60 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 23

 

Odi et amo…

Odio y amo, pero si me preguntas por qué lo hago, no lo sé. Percibo que sucede y que me atormenta.

Catulo

 

1

 

—Ese hombre es su propio enemigo —dijo Leopold—, y Anki supo de inmediato de quién hablaba. —Él ya iba para los cuarenta años cuando se casó con Gertrud —prosiguió Leopold—, y por aquella época no tenía un aspecto muy diferente al de ahora, no era ni más joven ni más viejo. Había comenzado con un montón de talento y pintó algunos cuadros buenos que causaron sensación, pero era demasiado débil para soportar las eternas penurias que el destino endosa a la mayoría de los artistas. Ya estaba harto de esa vida, quería comer bien por fin, y además todas las mañanas, todos los mediodías y todas las noches, y fumar buen tabaco y ponerse buenos trajes y contemplar las nubes de cerca desde el avión y tener un piso cómodo, y cuando Gertrud se enamoró de él, se figuró que esa era la voluntad del destino a la que tenía que obedecer, y se casó con ella sin amarla…

—¿De verdad que no amaba a su esposa [90]?

—Gertrud tenía una bonita fortuna, y los Spalding se instalaron en el bonito piso que ella poseía…

—¿Te refieres al piso en el que estuve?

—Sí. Gertrud adoraba a Spalding, pero a Spalding semejantes sentimientos le parecían pasados de moda y ridículos. No quería ser un burgués, y el apego pasional e insaciable de Gertrud lo estorbaba.

—Es difícil soportar a una persona a la que no amas.

—Gertrud estaba ya cerca de los treinta, pero seguía siendo desprevenida y poco hábil. Cuando Spalding iba por las mañanas al taller, Gertrud iba a verlo una hora después para llevarle dos tostaditas de caviar, y cuando él llegaba a casa al mediodía, ella estaba en el balcón esperándolo. Creo que no se habría avergonzado de subirlo tirando de una cuerda. Cada día lo amaba más, y estaba muy feliz y muy orgullosa de ser la esposa de un genio.

—Es muy difícil no mostrar a un hombre que se le está esperando, pero hay que saber ocultarlo. No os gusta eso. ¡En este punto sois todos iguales!

—Gertrud era muy celosa, y siempre había hermosas modelos que posaban para Spalding. No creo que le interesaran especialmente; es un artista, y por aquel entonces era muy activo y aplicado, pero Gertrud detestaba a esas pobres criaturas y exigió a Spalding que las echara. Ella no quería ser únicamente su esposa, sino también su Nanna.

—¿Quién era esa?

—La amante y musa del pintor Feuerbach. Spalding se enfadó por esa imposición y no cedió. Hubo escenas y lágrimas, y Gertrud sufrió unos tormentos terribles. No sabía que no era amada, y no podría comprender que un hombre que se había casado con ella pudiera ser tan frío e insensible, así que había épocas en las que ella acosaba de verdad a Spalding. Tenía como una venda en los ojos, pues por aquel entonces estuvo a punto de conquistarlo. Ella comenzó a interesarle. Sus prejuicios se diluyeron y cobraron vida sus sentimientos. Pintó un cuadro de ella que era excelente, tal vez el mejor que había pintado nunca, y hubo un instante en el que se equilibró la balanza de ambos destinos. La fatalidad, madre de los destinos, fue muy bondadosa al conducir por segunda vez hasta Gertrud al hombre que ella había escogido, pero estaba ciega por segunda vez, y tal vez era ya demasiado tarde. Por aquel entonces llevaban tres o cuatro años de casados, y Gertrud había sufrido tanta amargura, había recibido tantas heridas, la habían rechazado y ofendido con tanta frecuencia en los primeros y decisivos años de su matrimonio que se convirtió en una mujer dura, terca y porfiada. Spalding había aprovechado sus ingresos y había pintado y experimentado mucho sin darle más vueltas, y se había comprado objetos bonitos: antiguas tallas japonesas, y dibujos de Durero y una temprana Virgen gótica de Ingolstadt que está en su taller y que solo por ella merece la pena una visita de peregrinación hasta allí. Y cuando un buen día un marchante se pasó por su taller y le compró el cuadro de su esposa por un montón de dinero, Gertrud exigió que siguiera trabajando en esa línea y que ganara algo por fin. Le hizo sentir que vivía y dependía de ella, y ahora se giraron las tornas; ahora el rechazado y atormentado pasó a ser Spalding… a partir de entonces él fue el atacado. Gertrud lo había tenido por un gigante de la fuerza y de la genialidad, y al descubrir ahora que era mucho más débil de lo que pensaba, se aprovechó de su superioridad.