Franziska Scheler
Capítulo 2
Otto Bendemann dejó el libro en su sitio y una nubecita descendió despacio flotando desde el techo hasta el suelo.
Leopold se levantó. Bendemann se bajó de la escalera, y los dos caballeros salieron de la librería.
—Acabo de conocer a un hombre muy inteligente —dijo Leopold.
—¿Ah, sí? ¿A quién? ¿Al anciano que vino a vender sus libros? No te vi que hablaras con él.
—A John Locke.
Otto Bendemann se echó a reír y le dio a Leopold una palmadita en las costillas.
2
Leopold se equivocó al tener a Otto Bendemann por un hombre que se peleaba con su esposa. La vida continúa, y hasta las luchas envejecen y se transforman. Una noche, Otto Bendemann no podía dormirse. Se levantó y se fue a buscar un libro, pero al regresar a la cama le invadió de repente una gran determinación.
—He coleccionado mi biblioteca para ti —le dijo a la mañana siguiente a Valerie—, y voy a regalártela. La voy a subastar y te entregaré toda la recaudación.
Valerie se quedó atónita. No replicó nada, y a Otto le pareció que por lo menos podría haberle dado las gracias; sin embargo, no se dejó confundir y se mantuvo firme en su decisión, y después de asearse y vestirse, fue al negocio de Paul Graupe en la calle Tiergarten y habló con varias personas acerca de la subasta de sus libros.
Valerie estaba profundamente conmovida, y cuando Otto se marchó y Valerie fue a buscar el Morgenblatt en la biblioteca, se detuvo por primera vez ante los libros de Otto. Las largas hileras de los volúmenes de costosas encuadernaciones y brillo de oro tenían un aspecto precioso, y Valerie se sintió muy orgullosa de Otto, quien, coleccionando incansablemente, había reunido y acumulado ese misterioso tesoro. Sacó un libro y comenzó a leer, pero eran poemas de estilo anticuado, y Valerie volvió a colocar el volumen en su sitio. Otto regresó a casa desde el centro de la ciudad a las once y media, y Valerie lo estaba esperando en la biblioteca.
—Te has vuelto loco de remate —dijo ella, pero Otto se dio cuenta por el tono de su voz de que no pronunciaba estas palabras con enfado—. No voy a permitir jamás que vendas tus libros.
—Ya te has enfadado bastante con ellos —dijo Otto—. No quiero que sigas enfadándote. Haremos un buen viaje este verano y tal vez nos compremos una casita en Werder.
Valerie se sentó en el regazo de Otto, cosa que llevaba una eternidad sin hacer, y le dio un beso.
—Eres un buen tipo, y yo soy una tipa estúpida, vieja, camorrista. Tus libros son mucho más simpáticos que yo, nunca te regañan.
Otto se sintió profundamente conmovido y muy feliz, aunque, la verdad sea dicha, durante un minuto se sintió incluso un poco decepcionado. Ya se había pintado en la mente la subasta, y su orgullo de coleccionista ya había visualizado algunos artículos en los periódicos con el título: «Subasta de la famosa biblioteca O, v. B.».
Sin embargo, la inesperada alegría de poder conservar sus queridos libros fue también grande, y Valerie era de pronto una persona totalmente distinta. Preguntaba por algunas ediciones en particular, y Otto podía hablar con su esposa, por fin, sobre los precios, los precios francamente ridículos que su cabecita lista y experta había pagado por algún que otro valioso ejemplar. Se frotó las manos y pensó que tenía una mujer fantástica y que había comenzado la época más hermosa de su vida.
También Valerie opinaba así. Estaba tumbada en el sofá y pensaba en el sacrificio que había querido hacerle Otto (y que ahora reposaría para siempre en su corazón), y estaba muy contenta de haber rechazado de inmediato su conmovedora oferta. Era un buen tipo… otros hombres tenían aficiones mucho más estúpidas. Habría podido beberse su dinero, o apostarlo en el juego, o gastárselo en la bolsa, pero Otto no había hecho nada de eso; con el esfuerzo aplicado y constante de las abejas, se había comprado esa biblioteca que realmente tenía un aspecto hermoso y que seguramente valía mucho dinero. La disputa con Stresemann había sido estúpida e innecesaria, y a Valerie le habría gustado permanecer en Bruselas, pero Otto no habría podido coleccionar tan bien en Bruselas como en Berlín… Todo tenía sus dos caras. Valerie dejó a Stresemann y dejó Bruselas y el bonito jardín de la trasera de la casa de Bruselas y le pareció que Otto era mucho mejor de lo que había pensado. Ella era a veces repelente con él, y se propuso ser más amable aunque a ella le volvieran a dar sus alifafes. Era realmente un buen tipo… ese gran sacrificio… el mayor que habría podido realizar él… y de sopetón. Esto demostraba que poseía en el fondo un carácter excelente, como pocos hombres lo tienen, y en la edad de Otto incluso poquísimos.