Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 54 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 3

—¿Amas mucho a esa mujer?, —preguntó ella al cabo de un rato.

—Sí. Mucho.

—Es inusualmente guapa —dijo Maggie—, y tiene un chico precioso, un

chico precioso[80]… ¿Qué hace en realidad? ¿Tiene una profesión?

—Tiene un hijo, y educa a su hijo, y tal como has visto, lo hace muy bien, y hace unas fotos estupendas, lleva su casa y me ama.

Maggie se recostó y se puso a buscar los cigarrillos en sus bolsillos, y después de encenderse uno, siguió preguntando:

—¿Es rica? ¿De qué vive?

—Eso no lo sé. ¿De qué vives tú en realidad?

—De mi sueldo.

—Eso está muy bien y es agradable —dijo Leopold—, pero ahí tiene que involucrarse también alguien más. Yo me gano mi dinero yo mismo…

La señora Janke había preparado la cena y Maggie aceptó la invitación de Leopold. No tenía ninguna cita, se había tratado únicamente de una excusa.

 

3

 

El amor y la amistad no son solo sentimientos; son actividades. Están basados en sentimientos que denominamos «amor» o «amistad» para abreviar, pero ningún amante permanece pasivo e inactivo; desea poseer y ser poseído, escribir y recibir cartas, e intercambiar ternura y cariño, las acciones del corazón. Una excursión que uno hace con un buen amigo es mucho más que el doble de bonita que una excursión en solitario; resumiendo: el corazón es el órgano más activo de todos, ya sea bombeando la sangre por nuestro cuerpo o amando.

El corazón de Maggie se había congelado (o al menos en su manera de proceder parecía como si fuera de hielo), pero al estar ahora de nuevo con Leopold a solas, sin ser estorbada ni observada, sentada en la apacible tranquilidad de un piso pequeño (que ella encontró muy divertido y que encajaba con él), fue descongelándose paulatinamente, como te vas descongelando en un hotel que te había parecido abominable al principio y en el que de pronto descubres a clientes muy simpáticos. El recuerdo, que nos libera de las leyes del tiempo y del calendario y que es capaz de sacar de la chistera el pasado, como la esperanza hechiza el futuro o como un faquir conjura una palmera verde tupida, borró el presente, y cuando Maggie se sentó en el sofá de Leopold y contempló la boca de Leopold, que todavía era muy joven, aquel cuarto se transformó. De repente Maggie tenía quince años y Leopold diez, y sobre la gruesa piel blanca de un oso polar debajo del escritorio rojo de caoba de papá (que estaba sentado con mamá en el jardín) estaba tumbado un gran perro dogo gris que parpadeó un poco cuando Leopold exclamó «¡guau!, ¡guau!», pero no se movió de su sitio porque conocía esas bromas infantiles y solo obedecía las órdenes de su dueño (que había salido de la habitación, pero no de la casa). Maggie tenía miedo siempre de ese perro, y ahora, al contemplar la espesa cabellera rubia oscura de Leopold, de repente tenía once años y Leopold seis, con una bata verde para jugar, y Leopold jugaba a ser perro y ladraba y gateaba hacia el dogo grandón y temido, y le dio un mordisco al perro en el extremo de una oreja. El perro se levantó de un salto y se quejó con un aullido y el hocico levantado por el intenso dolor…

Leopold ofreció a Maggie un cigarrillo. Maggie le contó la historia del dogo y el mordisco en la oreja del perro, y los hermanos se rieron mucho cuando recordaron aquella cara triste y el ojo lastimero del imponente y bello monstruo. Cuánto entendimiento y cuántos buenos modales habitaban en el alma de aquel perro que toleró un dolor tan intenso sin defenderse, a pesar de que habría podido derribar al pequeño Leopold con un único golpe de una pata o matarlo de un único mordisco. Leopold alabó al animal que él enterró junto con su padre detrás de la segunda rosaleda del jardín, y Maggie relató historias de la cocinera Kreszenz. La buena Kreszenz detestaba a los dogos y les tenía miedo. Leopold se acordaba todavía con detalle de la historia del mordisco en la oreja, pero había olvidado las historias de Kreszenz, quien más tarde se casaría con el cartero, y fue bonito volver a escucharlas.

Cerca de la vivienda de Leopold echaban una película divertida en un cine pequeño, y los hermanos fueron para allá en una hora. Desde su estancia en Estados Unidos, Maggie no había vuelto a estar en un cine y se rio mucho. La película era solo medianamente buena, pero estaba ambientada en una aldea cercana a la ciudad de Kassel, y era la tierra natal la que encandilaba a Maggie.

Al día siguiente, Maggie fue ya por la mañana a casa de Leopold.

—Me he tomado hoy el día libre —dijo ella con cara de satisfacción—. No te molestes por mí, solo voy a trastear un poco por aquí si no te importa.

Esa mañana fue la de mayor compenetración y confianza de los hermanos. En casa de tus amigos estás también como en casa, pero entre hermanos reina una confianza y una ausencia de malicia que no llega a alcanzarse siquiera en las mejores y más íntimas amistades. En casa de tu hermano puedes inspeccionar la cocina y reírte de la despensa, o abrir el armario ropero y preguntar por el precio del jabón… Puede que el número de secretos que ocultas a tu mejor amigo no sea grande, pero sigue siendo mucho mayor que el que se guarda un hermano ante su hermana. A Maggie le estaba gustando Leopold cada vez más, a él le habría gustado decirle que estaba un poco enamorado de ella. Ella comprendía sus emociones más leves, y podían conversar por alusiones que deleitaban a ambos y los transformaban en una mezcla misteriosa de dos niños y una pareja de enamorados.

—¿Sabes a lo que se parece en verdad tu estufa? Se parece del todo a papá cuando estaba preparando un discurso —dijo Maggie, y señaló la estufa con la punta del pie. Y tenía toda la razón; si se contemplaba la estufa desde un determinado lugar, había una línea que era similar a cierta postura del padre cuando estaba sentado a su escritorio y giraba la cabeza a un lado, absorto en sus pensamientos.

—Pienso a menudo en papá —dijo Maggie.

—Te pareces mucho a él. Era igual de duro que tú —dijo Leopold—, también buscaba mejorar a los seres humanos y el mundo.

—Fue muy duro conmigo —dijo Maggie, que se levantó con un movimiento rápido y apasionado. No podía olvidar la injusticia, la cruel injusticia que habían cometido con ella.

—Y tú eres dura con mamá —dijo Leopold.

Maggie permaneció en silencio y leyó la etiqueta del cigarrillo. Luego dijo:

—¡Dejemos eso! Alguien me contó que Karl estaba infelizmente casado. ¿Es cierto eso?

—¡Eso son cuentos chinos! Karl es el padre de familia más feliz de todo Berlín.

—¿Por qué se divorció tu Anki?

Maggie había dicho «Anki» por primera vez en lugar de «la señora Scheler», y Leopold le contó a su hermana algunos lances del matrimonio de Anki.

Leopold envió a casa a la señora Janke, y Maggie fue a la cocina y preparó un almuerzo divertido. Consistió en huevos revueltos, dos escalopes, de los cuales se le quemó uno, guisantes de lata y una tarta gigantesca que Leopold compró mientras a Maggie se le chamuscaba el pobre escalope. Sin embargo, la comida les supo muy bien a los hermanos a pesar de todo, y Maggie estaba recogiendo la mesa para hacer sitio para el café cuando sonó el timbre de la puerta y Leopold se vio obligado a conducir a su habitación al camarada Iván. Iván hablaba un alemán espantoso y tenía un aspecto sombrío y tétrico, sin afeitar, con corbata roja y una chaqueta de cuero sin cuello, y no había manera de averiguar de qué rincón del sureste de Europa procedía. Los grandes revolucionarios, aunque solo fuera por razones de utilidad, siempre habían adquirido la apariencia de políticos de profesión y los modales de la clase dominante. Karl Marx llevaba monóculo, y Lenin era el favorito de la policía de extranjeros en Zúrich por su comedida discreción. Sin embargo, a los pequeños revolucionarios, y en concreto a los simpatizantes, les gustaba parecerse a los comediantes, cosa que, por cierto, también les sucedía a los pequeños artistas, a los pequeños poetas e incluso a los jinetes y a los trapecistas de segunda y tercera categoría en el circo. Iván tenía unos ojos demasiado fogosos y la capacidad de lanzar miradas como un mago de pueblo.

—Tenemos que hablar de un pequeño asunto —explicó con una voz retumbante—. ¿Podría dejarnos a solas diez minutos?

—Por favor —dijo Leopold, y abrió la puerta del comedor.

El camarada Iván titubeó.

—Necesito papel y tinta —dijo mirando en dirección al escritorio de Leopold. Leopold no respondió y miró hacia la puerta del comedor.

—Ven —dijo Maggie—, tengo todo conmigo —e Iván la siguió.

Al cabo de un cuarto de hora regresaron los dos, e Iván se sentó cómodamente en el sofá de Leopold.

—He leído su libro. Es usted discípulo de Ranke.

Iván pronunciaba algunos fonemas defectuosamente, y Leopold no sabía

que fuera un discípulo de Ranke[81].

—Es un libro que merece la pena leer —prosiguió Iván—, pero muestra lo estúpidos que pueden llegar a ser los alemanes.

Leopold se enfadó y reflexionó sobre si debía echar fuera a aquel invitado indeseado.

—Usted está a este lado de la frontera, señor mío —dijo finalmente—, y tal vez sería conveniente que se expresara con algo más de consideración.

Iván se rio y mostró dos filas de hermosos dientes.

—Usted es un nacionalista, lo sé.

Leopold no replicó, e Iván prosiguió:

—Usted debería escribir un libro sobre el SPD y señalar los delitos de ese partido. Podría hacerlo, y nos prestaría un gran servicio con un libro así. Usted es una persona inteligente, tiene que ver por fuerza que esa pandilla de

Severing[82] es una cuadrilla de delincuentes.

—Tiene usted una opinión acelerada de sus congéneres —dijo Leopold.

—Tengo una buena opinión de usted, y le hago una gran oferta. Los trabajadores no leerán su libro, pero podrían leerlo, está escrito muy clarito, se puede entender cada capítulo.

—¿Ha leído usted mucho de Ranke?

Iván hizo un gesto despectivo con la mano:

—Ranke es basura. Lo he leído… no vale la pena.

—¿Hay mejores políticos en su patria?

Iván se echó a reír.

—En nuestro país solo hay granujas. Alemania es más interesante. Alemania es el país más interesante de todo el mundo.

Iván adoraba las exageraciones, y Leopold deseaba enviar a ese hombre a freír espárragos. Le ofreció un cigarrillo y se puso a pensar cómo librarse del tipo ese.

—¡Ven!, —dijo Iván a Maggie al cabo de un rato—. Vámonos.

—Ya te he dicho una vez que no tengo tiempo —dijo Maggie—, hoy no quiero que me llame ni me moleste nadie más.

Iván puso una expresión de rendición en la cara y se levantó.

—Le doy las gracias por su hospitalidad —dijo a Leopold—, ha sido un gusto conocerlo a usted. Es un burgués, pero ha armado una buena bronca en ese periódico miserable, no parece que sea usted ningún cobarde.

—No conozco su patria —dijo Leopold—, pero si alguna vez fuera para allá, me permitiré devolverle la visita.

—Cuando tengamos una república soviética, le conseguiré la mejor habitación en el mejor hotel. No tendrá que pagar nada y podrá escribir tranquilamente un libro.

Leopold acompañó a Iván a la puerta, y cuando regresó, preguntó a Maggie que hacía ese Iván en Berlín.

Maggie se encogió de hombros y no dio ninguna respuesta; probablemente no le estaba permitido decir la verdad.

—¿Te parece que necesitamos importar a gente así?, —preguntó Leopold —. ¿Es esa tu manera de ver las cosas?

—Es solo un escritor —dijo Maggie—, no tiene que decir nada. Pero es un buen marxista, si no fueras tan testarudo, podrías aprender un montón de cosas de él.

—¿Por qué no te quedas en Berlín realmente?

—No pienso para nada en eso —dijo Maggie, y su cara denotaba soberbia y desprecio—. ¡Detesto el terror de los socialdemócratas!

La respuesta de Maggie era realmente cómica, y Leopold se rio a carcajadas de su hermana.

—No me gustaría ofenderte —dijo él—, pero a veces hablas como una loca. ¡Alemania es el país más libre del mundo! Nuestra policía regula el

tráfico y atrapa de tanto en tanto a un ladrón, pero no tenemos ni un GPU[83] ni una censura, y en nuestra tierra cualquiera puede decir y escribir todo lo que se le pase por la cabeza. ¡Incluso el camarada Iván! ¿Llamas «terror» a eso?

—No nos entiendes —dijo Maggie—. Eres una persona increíblemente burguesa.

—Sois más fáciles de entender de lo que piensas —dijo Leopold—. Sois los sacerdotes de una nueva fe, pero me parece que a veces habláis un lenguaje condenadamente frívolo. Esa perorata del terror es insoportable. Los trabajadores de Berlín dicen «terror», y como se les permite gritárselo en la cara a todos los policías, no saben para nada lo que es. En cualquier caso, vuestro terror es considerablemente más violento.

Maggie no replicó y puso cara de aburrimiento.

—Tú nos dejaste muy temprano, quiero decir, cuando eras todavía muy joven —prosiguió Leopold—, pero me parece que deberías leer alguna vez un libro sobre nuestra historia. Nuestro Galileo se llamaba Kepler, y nadie lo obligó a abjurar de sus convicciones, y nuestro Descartes, me refiero a Kant, no tuvo que marcharse del país. Nosotros no tuvimos ningún caso Wilde, ni ningún caso Byron, y me parece que por ese lado podemos estar orgullosos de nuestra historia. No tiene ningún sentido oscurecer un lado tan brillante con eslóganes.

Maggie dirigió la mirada hacia la puerta y la ventana de la habitación de Leopold y preguntó lo que costaba el piso, cuánto tenía que pagar de alquiler.

—Un momento, por favor —dijo Leopold enfadado—, todavía no he acabado. Disculpa, pero me parece que soy un hombre con el que se puede conversar.

Maggie sonrió y volvió a prestarle atención.

—¿Conoces a Dostoyevski?, —preguntó Leopold.

—A Lewes le gustaba leer sus libros y admiraba mucho a ese hombre. A mí no me gusta.

Leopold fue al escritorio y buscó entre sus papeles una frase de Dostoyevski que había anotado, y cuando la encontró en la carpeta de Rusia, la leyó en voz alta: «El cristiano dice: tengo que compartir mi propiedad con mi hermano menor y servir a todos mediante ella. El comunista dice —tu amigo Iván, por ejemplo, añadió Leopold con un guiño de ojo—: ¡Sí, te ordenan que compartas tu propiedad conmigo, que soy más joven y pobre que tú, y tienes que servirme!».

—Lo sé —dijo Maggie aburrida—. Pero esas son objeciones casposas e historias que se conoce todo quisqui. Ya no se trata de una distribución de la riqueza, sino de la distribución de la pobreza.

—¡La República es débil —dijo Leopold—, por desgracia eso es cierto, pero en el campo de la política interior ha tenido unas cuantas ideas que la distinguen! Deberías estudiarlas un poco más a fondo.

—La República va a naufragar —dijo Maggie con rabia—. Inglaterra no la va a tolerar. Los nobles hacendados ingleses junker derribarán al SPD y obligarán a Alemania a declarar la guerra a la Unión Soviética. Tenemos que impedir eso, y vamos a impedirlo.

—No me creo yo eso —dijo Leopold—. Son viejas fantasías del Komintern.

—El Komintern está mejor informado que tú, querido. El Berliner Allgemeine Zeitung tiene un buen suplemento cultural, pero sobre política

entendemos más [84] nosotros . Churchill ha pronunciado recientemente un discurso en el que dijo que la grande y valiente Alemania podría realizar el mayor servicio a la civilización si liberara a Europa del peligro bolchevique.

—No soy experto en política inglesa —dijo Leopold—, pero la República no luchará jamás contra Rusia. Nuestro pequeño ejército tiene grandes simpatías por Moscú.

—Las fuerzas armadas del Reich son buenas —dijo Maggie—, pero a los socialdemócratas les paga Inglaterra.

—Eso es demasiado estúpido —dijo Leopold—, así no se puede debatir.

Maggie no replicó y se puso a mirar la estantería de Leopold, y Leopold prosiguió:

—No tienes ni idea de lo católica que eres a veces. Mamá sigue creyendo en la actualidad que a Lutero le paga el diablo, que le entrega su sueldo todos los sábados por la noche, y tú crees que a Severing lo mantienen como a una puta.

Maggie podía llegar a ser muy soberbia. No quería seguir discutiendo más, así que se levantó y cogió un libro de la estantería. Al cabo de un rato lo devolvió y preguntó:

—¿Quieres que escriba a mamá? ¿Podrías regalarme la foto que tienes de ella?

—Sí. Ven aquí, siéntate en mi escritorio, aquí tienes papel y tinta. Te regalo las fotos, y tú le escribes a cambio una carta amable. La mujer que nos trajo al mundo se merece cualquier esfuerzo.

Maggie se acercó al escritorio y contempló el papel gris de carta y la gruesa estilográfica negra que Leopold le tendía. Pero al cabo de unos instantes se dio la vuelta y dijo:

—¡No! Le escribiré mañana. Para una carta tan importante necesito serenidad y recogimiento.

Leopold se enfadó con Maggie y se fue a su dormitorio para ponerse otro cuello de camisa. El que llevaba puesto se había encogido al lavarlo y le apretaba.

No era nada placentero hablar con Maggie sobre política. Te lanzaba a la cara frases aprendidas de memoria, y era agotador mantener la calma y responder a esas frases. Leopold abrió la ventana y sacó la cabeza al aire frío del exterior. Sin embargo, al cabo de un rato decidió en nombre de Dios volver a hablar sobre Estados Unidos y los salarios de los negros. Tal vez fuera posible entenderse en ese asunto. Cuando regresó a la sala de estar, Maggie estaba tumbada en el sofá y se había tapado con la gran manta marrón de Leopold.

—¿Tienes frío?, —preguntó Leopold—. ¿Quieres que avive la calefacción?

—Me duelen los riñones —dijo Maggie—, pero el ataque pasará rápido.

Maggie tenía un rictus en torno a la boca que demostraba a Leopold que ella tenía que estar sufriendo fuertes dolores.

—¿Quieres que vaya a buscar a un médico? Mi amigo Wilhelm Braun es un médico muy bueno…

—Muchas gracias —dijo Maggie—, eres muy amable, pero ya están remitiendo los dolores. Estos ataques son horribles, pero gracias a Dios suelen pasar tan rápidamente como aparecen.

Maggie gimió y se enderezó, y Leopold le puso un segundo cojín bajo la cabeza. Maggie volvió a recostar la cabeza y cerró los ojos, y en ese instante vio Leopold que no solo estaba sufriendo dolores físicos. Ella había tomado un camino que estaba miserablemente pavimentado y cuyo curso forzaba a su vida a dar bandazos tremendos y cambios demasiado bruscos. No era cosa fácil ser apátrida y ejecutar las órdenes de hombres extranjeros en países extranjeros. Los rusos no habrían podido hacerlo; adoraban demasiado su propio país, y por eso tan solo la dirección del Komintern estaba compuesta por rusos. Los funcionarios inferiores eran extranjeros a los que un duro destino había desarraigado demasiado pronto. Maggie tenía un carácter fuerte, y creía en su causa, pero muy a menudo necesitaba de toda su fuerza de voluntad para aguantar, perseverar y continuar la marcha. Muchos de sus mejores amigos se habían cansado en el transcurso de los años y se habían bajado del carro. Las tensiones entre los intereses nacionales del imperio ruso y los intereses de la clase obrera europea habían desmoralizado a esos hombres y mujeres, los había amargado y se habían rebelado. Maggie se quedó. Había vencido y superado esas «debilidades y errores humanos» y obedecía. Sin embargo, era muy difícil ser un revolucionario y obedecer, era tremendamente difícil obedecer…

Leopold realizó una vez una caminata con Wilhelm Braun por la Alta Baviera, y durante un caluroso día de verano los dos amigos se tomaron un descanso en un monasterio, o mejor dicho, en el jardín de un monasterio que ofrecía posada. Un monje de cabello gris y cara serena y apacible se acercó despacio a la sombra del follaje de madreselva en el que estaban sentados los excursionistas y les llevó pan, un queso muy bueno y una cerveza excelente destilada en la casa. Wilhelm Braun contempló los ojos y los labios del monje y el hábito marrón de caída larga que los talones desnudos iban levantando con cada paso.

—Esos hombres son felices —dijo.

—¡Qué equivocado andas!, —replicó Leopold—. Esos hombres están en el infierno. Creen en el cielo, en el paraíso de Cristo, y anhelan esos campos en los que esperan ser felices y no tener dolores ni deseos algún día. Por ello se han entregado en vida al infierno de estos muros para al menos presentarse de inmediato ante el rostro de Cristo y de todos los santos después de la muerte.

—No entiendo eso —dijo Wilhelm—. El hombre que nos ha traído esta cerveza no tenía el aspecto de venir del infierno.

—Eres alemán y protestante —replicó Leopold—, y esas son dos razones que te impiden saber lo que significa obedecer. Tú siempre fuiste libre. Ya desde niño te permitieron creer y tener por cierto lo que te gustaba y lo que tenía sentido para ti, y vives en un Estado en el que todo el mundo tiene los mismos derechos, y además posee muchos más derechos que obligaciones. Puedes decir y pensar y escribir lo que quieras, puedes amar a quien quieras, casarte, divorciarte, casarte con otra mujer, viajar, levantarte, dormir, votar o no votar, renegar o callar… En un monasterio tienes que obedecer. Cuando tienes quince años, no resulta difícil seguir las órdenes de un padre y saltar a las seis de la mañana de una cama que hiciste a las nueve de la noche, pero cuando tienes cuarenta, cincuenta, sesenta años, entonces es muy penoso. Tú estás solo muchas horas del día… Esos hombres no lo están casi nunca. Si a tu ama de llaves le huele el aliento y le sudan los pies, puedes despedirla, pero en este monasterio están encerradas todas las enfermedades del mundo, todos los humores, todos los quejidos que una disciplina férrea solo puede reprimir, pero no resolver. Te mueres de frío, pero te replican que solo estamos en octubre; sudas, y te dan menos de beber. Tu vecino tiene pólipos en la nariz, ronca como un borracho y desprende olores nauseabundos, pero si te quejas, te replicarán que tú estás ahí para hacer sacrificios y te señalarán que tú mismo tienes toda una serie de cualidades menores y mayores que podrían hacer desesperar a tus vecinos si estos fueran hombres libres y pudieran permitirse semejantes sentimientos. Nadie puede transformar este mundo. Seguirá siendo como fue creado, y todas las personas son como tú y yo…

 

Incluso John Lewes, el marido de Maggie, se salió un día del partido y volvió a hacerse estadounidense. Maggie nunca hablaba de él, pero el mundo es un pañuelo, y cuando Maggie se marchó de Berlín, Leopold se topó con un hombre que conocía muy bien a Lewes. Describió a Lewes como a una persona alta, de ojos claros y muy sincera, que durante un tiempo se creyó todo lo que le decían y veía escrito hasta que un buen día, tal como expresó él mismo, se le abrieron los ojos. En ese momento se transformó en un ciudadano apasionado de los Estados Unidos. Había querido mucho a Maggie y habría estado dispuesto a picar piedra por ella, pero Maggie hizo el horrible sacrificio y se separó de él. Ella viajó a Moscú y renegó de Lewes. La creyeron porque era una mano de obra insustituible, pero desconfiaban de ella porque su espíritu de sacrificio sobrepasaba lo imaginable, y por aquella época hubo momentos en los que Maggie apenas podía seguir tirando a trancas y barrancas. Su jefe de entonces era una persona con una manera de ser infame. De cara le hacía a Maggie grandes cumplidos, pero Maggie se enteró de que a sus espaldas se burlaba de tanto «heroísmo burgués». Maggie apretaba los dientes y obedecía, y obedecer significaba sacrificarse, someterse a una causa superior, a los intereses de muchos, por ejemplo a los intereses de la patria o de una flota de combate o de un partido. Maggie dejó que los débiles se burlaran y prosiguió su camino.

 

Maggie abrió los ojos, y Leopold oyó que le castañeteaban los dientes.

—Los médicos burgueses ya no valen nada —dijo en voz baja—. Vuestros consejeros de Sanidad son tan solo unos títeres de los millonarios de la industria química.

—Tienes toda la razón —dijo Leopold—. Vuestros médicos pondrán algún día a los niños riñones artificiales que funcionarán mucho mejor y no generarán sensaciones desagradables.

Maggie agarró una caja de fósforos de la mesita de fumar y se la arrojó a Leopold a la cabeza.

—Lástima que no tenga a mano ningún tintero —dijo ella.

—Que no falte el sarcasmo —dijo Leopold.

Maggie metió la mano derecha debajo de la manta y se tapó los ojos con la izquierda; la mano era huesuda y tenía un aspecto amarillo pálido como el de la mantequilla mala. Leopold se sentó al lado de Maggie y le acarició el pelo, pero cuando ella gimió suavemente, se levantó y llamó por teléfono a Wilhelm Braun.

—¡Sé un ángel y sube a un taxi y ven!

—¿Estás enfermo?

—No, tengo a mi hermana en casa y parece estar bastante enferma. Tiene dolores fuertes, son los síntomas de un cólico nefrítico. ¿Podrías hacerme el favor de venir ahora mismo?

Media hora después llegó Wilhelm Braun. Leopold salió de la habitación, y Braun examinó a Maggie. Cuando Leopold pudo entrar de nuevo, Wilhelm le dio un breve apretón de manos y se marchó. Tenía pacientes en casa y le resultaba desagradable hacer esperar a los enfermos.

—Tu amigo es un buen médico —dijo Maggie.

Wilhelm le había dado a Maggie un remedio nuevo, y al cabo de media hora se sentía ya mejor. Ella se quedó hasta el atardecer y habló de sus viajes y de una mujer joven en Chicago de la que era muy amiga. Leopold quiso llevarla a casa en su coche, pero Maggie se lo agradeció y dijo que prefería tomar un taxi.

Dos días después, Maggie escribió a su hermano que se iba de Berlín y que viajaba a Dresde. Sus amigos la enviaban a un sanatorio de allí. Leopold fue en coche de inmediato a la calle Blumenthal y, después de llamar dos veces al cristal, le abrió la señora Paulke.