Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 52 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 20

 

 

Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y a su madre, a su esposa e hijos, a su hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.

Lucas 14, 26

 

1

 

Maggie había regresado a la calle Blumenthal, y Leopold fue a casa de Anki para contarle esa gran novedad. Franziska estaba en el baño pasando por agua algunas fotografías que había revelado ella misma. Cuando Leopold abrió la puerta y se quedó parado en el umbral, sacó una foto de la cubeta del agua, la mantuvo con cuidado en alto y contra la luz y se la dejó ver a Leopold. Era una toma de Spalding, una instantánea de una inusual viveza. Leopold se quedó muy sorprendido.

—También yo voy a hacer una carpeta con «cabezas berlinesas» —dijo Anki—. Y como puedes ver, ya he comenzado. Ayer por la mañana estuve en el taller de Spalding y lo molesté mucho, pero saqué dos o tres fotos que no parecen estar del todo mal. —Anki cerró el grifo del agua y prosiguió—: Dijiste la otra noche que Spalding había destrozado a su esposa y que ella iba a destrozarlo a él. ¿Cómo ocurre eso? ¿Cómo se desencadena todo eso? ¿Por qué es así? ¿Podrías explicármelo?

—Te lo contaré todo con detalle —dijo Leopold—, pero no esta noche. ¡Hoy tengo otra novedad para ti!

Anki sacó las fotos de la cubeta del agua y las colocó encima de una toalla para que se secaran. Luego siguió a Leopold hasta la sala de estar, y Leopold le contó la historia de Maggie. Anki lo escuchó sin interrumpirlo. A continuación dijo ella:

—Tu telegrama me sorprendió. Nunca me hablaste de tu hermana. ¿Por qué me la silenciaste?

—Me gustaría traerla a tu casa —dijo Leopold—. ¿Quieres conocerla?

Anki no respondió. Ella era en gran medida lo que los socialistas denominan una persona «con conciencia de clase», y no adoraba a los comunistas. Maggie era una activista comunista, y cuando Leopold le preguntó si quería ver a Maggie, el primer impulso de Anki fue decir que no, que de ninguna manera deseaba verla. Los comunistas eran personas que asesinaban a otras personas, prendían fuego a los palacios, expropiaban fábricas y granjas y condenaban a grandes artistas al exilio. En una granja de Klein-Machnow vivía desde hacía siete años un filósofo ruso a quien Anki tenía en mucho aprecio; ese hombre le contó muchas cosas de sus vivencias en San Petersburgo durante la revolución. Anki desvió la mirada más allá de Leopold, hacia la pared, y se imaginó a su madre expulsada de Klein-Machnow, huyendo a pie y con un terrible resplandor rojo debido al fuego en el cielo. Quería decir que no, pero tampoco deseaba ofender a Leopold. Apoyó su cara hermosa en ambas manos, se llevó los dedos a las sienes y se puso a contemplar, pensativa, el patrón de la alfombra y la forma de los zapatos negros de Leopold (que le gustaban mucho).

—No tiene por qué ser —dijo Leopold—. Solo pensé en silencio para mí que tal vez podría interesarte.

—No le gustaré —dijo Anki, y negó con la cabeza—, ¡y no sé por qué debo recibir a una persona a la que no puedo resultarle simpática!

—Todo eso son imaginaciones —dijo Leopold—. Maggie me quiere mucho, y estoy seguro de que le gustarás. Después de todo, y a pesar de sus puntos de vista, es mi hermana.

Anki volvió a negar con la cabeza.

—Te equivocas —dijo con vehemencia—. Soy lo contrario que esas personas… no puedo gustarle… Eso es imposible… Sois una familia extraña… En realidad no sé absolutamente nada de los tuyos… Un día tienes que contarme la historia de toda tu familia… Por cierto, tu hermano Karl

estuvo también en casa de Sir Robert Cushendun[78] y volvió a parecerme muy entretenido, aunque para mi gusto habló con demasiadas libertades. Yo en su lugar sería más discreto en la casa de un extranjero…

Otto Bendemann llamó por teléfono y Anki conversó un buen rato con él. Cuando colgó el auricular, llamó Waldo y le preguntó por el fox terrier, que llevaba dos días enfermo. Ya se sentía mejor y Anki tranquilizó a su hermano. Regresó con Leopold, y en ese momento llamó Herbert Müller por teléfono. Era una persona reservada y el único de los amigos de Leopold que tenía permiso para llamar a Leopold en casa de Anki.

—Una gran noticia —dijo el editor—. Voy a montar una revista [79]. ¿Tendría ganas de convertirse en editor?