Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 62 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 24

 

La renuncia de una madre es un acto horrible o sublime.

Balzac

 

1

 

A la mañana siguiente, Elisabeth Chindler llevó el desayuno a la cama a Leopold.

—Te estoy mimando —dijo ella—, pero la alegría de mis hijos es mi última alegría en este mundo. Tuve que educaros severamente; ahora sois grandes hombres y quiero mimaros. También mimaré a Maggie. Es mi niña querida, mi única hija.

Elisabeth cogió la silla que estaba delante de la cama, colocó la ropa de Leopold a los pies de la cama y se sentó junto a su hijo.

—La voluntad de Dios es inescrutable. Tu padre me habría encargado tal vez que solicitara una visita al obispo para pedirle consejo. Pero los obispos tampoco lo saben todo… Los obispos modernos proceden a veces de entornos muy humildes… son hombres con estudios, pero no conocen la vida… Te agradezco que le hayas dicho a Maggie que me escribiera y que fuera a visitar a su madre anciana. Si se dejan a un lado sus ideas, ¡su actividad es digna de atención! La gente pobre necesita auxilio. Siempre me he ocupado de la gente pobre. Tu padre me lo exigía y yo lo hacía con agrado. Sigo haciéndolo en la actualidad. Mi vida ha sido siempre esfuerzo y trabajo.

Después del desayuno, Leopold fue al cuarto de baño y se sentó en la antigua bañera que en su día fue para él su mar del Norte, su mar Mediterráneo y su océano Atlántico. Su aliento había soplado las velas de barquitos rojos y había orientado sus proas hacia las bahías de los piratas que tanto temor les inspiraban tanto a él como a las tripulaciones de sus barcos.

El jabón estaba fuertemente perfumado y hacía muy buena espuma, y Leopold estaba lavándose los brazos cuando de pronto se abrió una pequeña puerta secreta empapelada como las paredes y Elisabeth entró en el cuarto de baño.

—No tienes por qué incomodarte —dijo ella sin mirar a Leopold—. Soy una mujer mayor. Estoy buscando un medicamento. Therese se lo dejó sin querer en el baño.

Elisabeth, que miraba fijamente al frente, agarró un frasco marrón y volvió a salir del cuarto de baño. Leopold se vistió y, cuando hubo leído el periódico, fue a dar un paseo con su madre. Fueron subiendo despacio la calle en cuesta hasta la cima de la colina, y cuando llegaron al banco en el que había estado sentado Leopold con Anki, Elisabeth se detuvo y miró abajo hacia la ciudad.

—Alemania es bonita —dijo ella—. Sus ciudades pequeñas son acogedoras, y nuestras grandes ciudades son industriosas. Suelo sentarme en este banco y en esas horas me gusta vivir. Soy feliz de que haya llegado la primavera. Adoro la primavera.

El sol brillaba con fuerza, pero el viento era todavía fresco, y ambos siguieron caminando. Al cabo de un rato, Elisabeth Chindler se detuvo y mostró a Leopold una mansión de piedra arenisca roja.

—En esta casa vivía una querida amiga mía —dijo ella, y dirigió la mirada a una ventana de la primera planta cuyas contraventanas estaban cerradas—. Era cuarenta años más joven que yo, pero venía con mucha frecuencia a casa, siempre tenía un cubierto en mi mesita del té. Poseía una voz extraordinaria y me cantaba todas las canciones de Beethoven y de Schubert que me encantan. Yo la acompañaba un poco al piano. Un día tuvo un hijo y tuvo que morir. Fui a su casa y mantuve su mano entre las mías hasta que murió. El marido está desconsolado, pero no fue un buen marido. Tenía una amante, como ese banquero con el que estaba casada la señora Scheler. No puedo entenderlo. No se puede amar a dos mujeres… pero estaba desconsolado. Después del entierro vino a mi casa y le vi en la cara que estaba desesperado. No hablé mucho con él. Tal vez lo atormentaba el arrepentimiento. Los tormentos del arrepentimiento son horribles. ¡Que nunca tengas que arrepentirte de lo que vayas a hacer!

Leopold dijo:

—Es difícil entender que un hombre se case con una mujer desconocida. En épocas pasadas, uno se casaba con la hija del vecino. Eso podía entenderlo todo el mundo, porque conocían a la muchacha y a toda la familia e incluso a los abuelos. Uno sabía cómo pensaba la gente, y uno mismo tampoco pensaba muy diferente. En las grandes ciudades y en la vida de la gente moderna impera más el azar que antiguamente.

Elisabeth Chindler se detuvo y miró a los ojos a su hijo: