Franziska Scheler
Capítulo 2
—Discúlpeme, señor colega, son ya las once y media, debo apresurarme para ir a la imprenta. Pero quizá tenga usted la bondad de reflexionar unos instantes sobre mi objeción.
El jefe del suplemento cultural acompañó al doctor Achtermann hasta la puerta. Luego giró sobre sus talones y fue a su antesala, en donde la señorita Stiglhammer estaba sentada ante su máquina de escribir.
—¡Ahora mismo, por supuesto!, —dijo iracundo—. ¡Justo ahora mismo, faltaría más!, —y la señorita Stiglhammer se rio.
2
La crítica de Manberg no solo era pérfida, sino también breve y superficial, y Leopold fue al despacho del doctor Wild y le dijo que iba a dejar el periódico.
El doctor Wild se hizo el sorprendido.
—Es usted demasiado susceptible, querido mío —dijo—. ¿Quién va a ser el primero en arrojar la toalla? En otro tiempo escribía usted mismo unas críticas muy duras, ¡y por aquel entonces sus víctimas tenían que soportar lo que usted va a tener que soportar ahora! El colega Manberg habría podido reseñar el libro de usted con más detalles, eso se lo admito, pero yo en su lugar no le daría una importancia excesiva al asunto. ¿Qué es si no un periódico? La edición matinal sale a las seis, ahora son las nueve y media, y a la una saldrá la edición vespertina. Para entonces, la edición matinal ya solo será maculatura… papel para envolver los bocadillos… o… bueno, ¡ya sabe usted a lo que me refiero!
¡Qué curioso! La generación antigua de redactores del Berliner Allgemeine despreciaba su profesión. Se era «tan solo» un escritor de jornada, un jornalero… ¡Los políticos «de verdad» eran otra cosa! Leopold y la generación más reciente lo percibían de otra manera. Estaban orgullosos de pertenecer a un periódico tan añejo y famoso, pero el doctor Wild se burlaba de todo ese tesón juvenil y esperaba alegremente el instante en que ese celo juvenil se sosegaría para acabar en nada.
—«Maculatura» viene de «mácula» —dijo Leopold—, y estoy completamente de acuerdo con usted: esa crítica maliciosa será para siempre una mácula, una mancha, una deshonra en el escudo del Berliner Allgemeine. Y en lo que respecta a la susceptibilidad, le diré que usted es muy poco susceptible y, por desgracia, ¡lo es siempre hacia los demás! Se molestaría mucho si se me pasara por la cabeza publicar un artículo contra usted.
—No puede hacer eso —dijo el doctor Wild examinando la punta de su portaplumas—. Yo no escribo libros. Soy un zapatero que se ciñe a su horma.
—Lo sé. El señor Von Manberg es envidioso, igual que toda la gente que alberga resentimientos en la tripa, y a usted le agrada que sea un envidioso.
El doctor Wild miró a Leopold a la cara.
—¿Pretende montarme una escenita?
—Le he arrojado a los pies mi contrato y me permito decirle que su conducta me parece miserable. Usted ha empoderado al suplemento cultural y ha incitado al señor Von Manberg.
El doctor Wild se levantó y vociferó:
—¡Esa es una imputación que no tolero en absoluto!
—Vocifere lo que quiera —dijo Leopold con calma—. Me han informado bien. Por mí puede incluso abrir la puerta y continuar dando voces hasta que acuda en masa todo el mundo.
—¡No tiene nada más que hacer aquí! ¡Usted es un principiante quisquilloso! ¡Queda despedido!
—Se equivoca usted —dijo Leopold—. Le he presentado mi dimisión, y como ya no soy un empleado suyo, tampoco está en disposición de despedirme. A petición mía, el señor doctor Achtermann ha convocado una reunión de la redacción en la que pronunciaré entre veinte y treinta frases que podrían no ser de su agrado. ¡Usted se imagina en su mente no sé qué cosas, pero en estos últimos tiempos se le han diluido los ánimos y se ha convertido en una persona del ayer! Nuestra historia no comienza en el año 1918… Si nosotros, republicanos y demócratas, no nos adueñamos de toda nuestra historia, desde Carlomagno hasta… hasta Metternich y Bismarck y Lassalle… ¡entonces, la historia, nuestra herencia patrimonial, se nos escaparán de las manos, y con ellas la política, el poder y la juventud! Y ese, el colega Manberg, es un eterno oposicionista, pero eso es una pesadez. Ya no somos la oposición… somos el gobierno. ¡Eso nos impone no solo derechos, sino también deberes! El deber, por ejemplo, de escribir obras de historia.
El doctor Wild se levantó y se acercó a la ventana.
—Si desea ser catedrático, entonces preséntese en la universidad. Y esta es, por cierto, mi última frase. ¡No voy a replicarle nada más! Para mí es como si ya no existiera usted. Ha ofendido al colega Manberg.
«Vaya tío más bobo este», pensó Leopold, «te da la vuelta a las palabras y te convierte al ofendido en ofensor».
Sonó el teléfono. El doctor Wild realizó un movimiento repentino y se dirigió apresuradamente al escritorio. El teléfono sonó por segunda vez, y cuando el doctor Wild descolgó el auricular y dijo su apellido, se lo tendió a Leopold Chindler sin decir una sola palabra.