Franziska Scheler
Capítulo 2
Anki entregó a Leopold un lote de fotografías. Eran instantáneas que ella había tomado en el viaje por Polonia. Anki se colocó detrás de Leopold y miró cómo él contemplaba las fotografías. Algunas imágenes eran buenas, algunas muy buenas, y tres tomas que Leopold puso en el escritorio eran magistrales.
—Son unas fotos excelentes —dijo él.
—Estoy muy orgullosa —dijo Anki—. Al fotógrafo le parecieron también buenas, creo que por primera vez en mi vida he hecho algo bien. ¡Eso se debe a tu influjo!
2
El prólogo estaba listo, y Herbert Müller envió el manuscrito a la imprenta.
—Tan solo he olisqueado su texto —le dijo a Leopold—, leeré su obra maestra una vez esté el manuscrito compuesto en el taller tipográfico.
Leopold se había levantado temprano, pero su escritorio estaba vacío. No tenía nada que hacer y decidió no escribir una sola línea durante una semana y tomarse unas vacaciones. Ahora era un hombre libre, quería deambular por
ahí, pasear y mirar a los berlineses, [72] vedere e farsi vedere. Su automóvil necesitaba gasolina. Compró veinticinco litros, pero mientras estaba pagando la cuenta, se le pasó por la cabeza que las cosas no podían continuar de esa manera. Tenía que vivir con menos gastos, y si no encontraba ningún puesto de trabajo, tendría que vender el buen amarillo. Condujo despacio por la calle Tauentzien abajo y pasó por el Puente de Hércules hacia el Tiergarten. Junto a la Puerta de Brandemburgo decidió ir al museo Kaiser Friedrich y contemplar algunos buenos cuadros durante una hora. Habían colgado en otra sala El hombre con yelmo dorado, y en opinión de Leopold habían acertado en la elección de este nuevo emplazamiento. Estuvo contemplando media hora ese enigmático autorretrato. En el camino de vuelta descubrió dos cuadros pequeños de Canaletto: La plaza del mercado de Pirna y La puerta principal de Pirna, encantadoras obras del vedutismo. Todavía tenía tiempo, y se dirigió a la Galería Nacional para echarle un vistazo a la «cortina» de Menzel, un cuadro que adoraba por encima de todos los demás. Qué largo camino se había recorrido hasta llegar a ese cuadro, desde Rembrandt hasta Menzel… Qué plétora de batallas había librado el audaz, inquieto, insaciable espíritu de Europa (y de muchos hombres valientes) para avanzar hasta esa cortina y pintar un cuadro en el que «no había nada» más que luz y sombras, una cortina, un espejo, un trozo de suelo y una brisa que juega con el tejido fino, que acaricia su cuerpo suave, impasible.
Anki se había ido de viaje por tres días a casa de sus padres, y Leopold comía en el pequeño restaurante de la calle Kant en el que tan a menudo había comido con Anki. Después de comer condujo a lo largo de toda la avenida de Frankfurt hasta el final de la gigantesca ciudad y regresó, se tomó un café en la avenida Kurfürstendamm y al atardecer se metió en un cine. Al día siguiente fue a buscar a Wilhelm Braun y acudió con él a casa de Spalding. Spalding había pintado un cuadro nuevo y le había pedido a Leopold que le permitiera mostrárselo. El cuadro no era especialmente bueno. Se veía un paisaje de las tierras ribereñas del río Havel, pero Spalding no había transformado la naturaleza, apenas la había reagrupado. Un haya caída que formaba una diagonal potente de izquierda a derecha estaba bien pintada. El gris claro de la corteza era la pista de baile de algunas luces que estaban hábilmente dispuestas y brillaban misteriosamente, pero eso era también todo lo que podía gustarle de ese cuadro a un espectador. Igual que un mal poeta utiliza las experiencias de otras personas en lugar de extraer las suyas propias, así Spalding no había pintado la naturaleza, sino que la había copiado. Su alma se había vuelto seca y mísera, las impresiones que sus ojos le transmitían no hacían que le hirviera la sangre. Solo veía lo que todo el mundo veía, y empleaba determinados logros del expresionismo para engañarse a sí mismo y a los demás con detalles difíciles. Su paisaje era tan aburrido como un árbol bello que ha sido talado y transportado a un taller.
—Se ha buscado usted un buen rincón —dijo Wilhelm Braun—. Creo que conozco esa región.
Spalding entrecerró los ojos y miró a Wilhelm Braun. ¿Se daba cuenta de que el entusiasmo de Wilhelm era solo mediano? Sí, se daba cuenta. En algún momento fue una persona talentosa, y al contemplar ahora a Wilhelm Braun, se elevó en él un resto del talento que se hallaba oculto en algún lugar, en un rincón apartado de su alma destrozada y agotada.
—¡Un momento!, —exclamó—. ¡No se mueva en unos segundos!
Cogió un bloc de dibujo, se puso dos lápices entre los labios y comenzó a desplazar el tercero por el papel. Leopold se sentó en una caja y contempló el taller, que estaba sumido en un gran desorden. Wilhelm Braun había adoptado una pose inmóvil de modelo y contemplaba un marco grueso y dorado con puntas y cantos y con profusión de oro engastado. Cinco minutos después, Spalding mostró a sus visitas lo que había hecho: una caricatura magistral. El comentario cauto de Wilhelm le había impactado profundamente, y Spalding había dibujado la cara de Wilhelm con aquel odio asesino que podía sentir por sí mismo, por su talento venido a menos y por su miserable facultad de engañarse una y otra vez a sí mismo. La caricatura, en la que ningún trazo era excesivo, mostraba con una fantástica exageración exactamente la mitad de las cualidades de Wilhelm: su soberbia, su sensibilidad y su misantropía.
Wilhelm miró la hoja de papel y se echó a reír:
—Me ha transformado usted en un cerdo.
El comentario de Wilhelm era excelente: Spalding se había convertido en una mujer vieja frustrada, y su postrera habilidad consistía en el hechizo de convertir en cerdo a todo aquel que no quería adorarlo.
En ese instante entró Gertrud Spalding. Llevaba su eterna vestimenta gris, y sobre su hermosa cabellera rubia, un gorro con borla de seda negra.
—¡Visitas importantes!, —dijo ella.
Estaba sorprendida de ver a tanta gente en el taller de su marido, y al mismo tiempo asustada. Sabía que Spalding ya no era capaz de hacer mucho, pero al ver a Leopold y a Wilhelm Braun ante el cuadro nuevo, se preguntó si no se habría equivocado tal vez en su juicio. Se había casado con Spalding cuando este estaba al final de su fuerza creadora, pero ella creía que recomenzaría entonces (Gertrud dijo: «comenzar de verdad»), y esa esperanza era tan tenaz como la vida misma. El triste desarrollo de Spalding pisoteó el anhelo de Gertrud por la fama y el éxito, pero a pesar de todo continuaba vivo. Igual que un gusano partido en dos continúa vivo e igual que un cactus revive con una gota de agua, así volvió a enderezarse también la esperanza de Gertrud cuando divisó a Wilhelm Braun y a Leopold Chindler frente al cuadro nuevo de su marido: «dos», como opinaba ella y tal como estaba escrito en los periódicos, «dos hombres de fama y de éxito».
Spalding entregó la caricatura a Gertrud, y Gertrud profirió un grito claro. Vio de inmediato que el dibujo era excelente y… atroz.
—Tienes un alma como una cuchillería —le dijo a su marido.
—¡Disculpa, Gertrud! Yo no dibujo con alma —dijo Spalding—, sino con lápiz. —Miró en dirección a Leopold, y después de reflexionar unos instantes, añadió—: ¡Además, yo no juego al alza sino a la baja!
Gertrud se sentó encima de la caja junto a Leopold y se puso a contemplar el paisaje con el haya arrancada de raíz.
—Me parece bueno el cuadro —dijo ella.
—A mí me parece también bueno el cuadro —dijo Wilhelm Braun.
Gertrud invitó a Leopold y a Wilhelm a cenar, y los dos amigos decidieron ir a casa de los Spalding.
Anki había regresado de Klein-Machnow, y Leopold le preguntó si tendría ganas de ir a casa de los Spalding. Ella titubeó, no la habían invitado, dijo.
—Eso puede arreglarse —dijo Leopold—. Gertrud Spalding es una esnob, ¡si vienes estará orgullosa y feliz!
—¿Por qué quieres que vaya?, —preguntó Anki, que puso una cara triste.
—Vale la pena estudiar a las personas —dijo Leopold—. Spalding no es un tipo corriente.
Los Spalding poseían un piso pequeño en la calle Tiergarten, en el barrio más caro de Berlín. Franziska quiso ir sola para no aparecer por allí en compañía de Leopold, y cuando Leopold llegó poco antes de las ocho, ella ya estaba sentada entre el ama de casa y un abogado, un tal doctor Eberhardt, y su callada y reflexiva esposa. La sala de estar de Gertrud estaba repleta de muebles, como el escaparate de un anticuario, con más mercancía que sitio para colocarla, pero los Spalding poseían algunas piezas muy bonitas.
—Tienen unos muebles maravillosos —le dijo Anki a Gertrud, y se puso a mirar los herrajes de una cómoda barroca con una bella curvatura.
Rudi Spalding salió de la habitación de al lado y dijo a su esposa que el doctor Braun había llamado y que no podía llegar hasta después de la cena, lo habían llamado para visitar a un paciente.
Gertrud se levantó y pidió a todos que se dirigieran a la mesa, y los invitados fueron al comedor contiguo. En la velada en la casa de Herbert Müller, Anki había pasado por alto a Spalding, y al estar ahora sentada al lado del pintor, trató de observarlo. Era pelirrojo, tenía los ojos azules y una boca gigantesca. Sus ojos parecían jóvenes aún, casi aniñados, pero el rostro del hombre de cincuenta años estaba cubierto de pliegues y de arrugas, huellas de aquellas tensiones constantes y desmesuradas bajo las cuales vivía el artista. Anki encontró desagradable el pelo (por su color), pero la cara de Spalding destacaba, y sus manos huesudas parecían bien dotadas y simpáticas. Spalding se sentía inseguro y nervioso esa noche. Franziska lo perturbaba, y estaba enfadado con su esposa por haber extendido aquella invitación tan superflua.
Gertrud Spalding procedía de una buena familia; su padre había sido secretario de Estado en el Ministerio de Hacienda, y Gertrud intentaba proseguir sus relaciones con el gran mundo también como esposa de un pintor. Spalding se resignó porque no le gustaba estar solo por las noches y porque por esa vía vendía de vez en cuando algún cuadro, pero él continuaba siendo una persona inhibida, y una aparición como la de Anki le resultaba ajena. Veía que era bella, pero se imaginaba que era soberbia, y lo fastidió que comenzara una conversación convencional con la esposa del doctor Eberhardt.
La mesa oblonga del comedor estaba adornada de claveles blancos y servida con mucho gusto. Gertrud había heredado una bonita vajilla de plata,
y la mesa estaba iluminada por dos enormes candelabros estilo imperio[73] de cuatro velas. Gertrud se había tomado muchas molestias, y Anki decidió sacar sus candelabros de la caja del trastero y colocarlos en la siguiente invitación que cursara.
Spalding se recostó, frunció el ceño y de repente dijo en voz alta:
—¡Mi esposa me está arruinando! Esta tarde ya tenía invitados que me han costado dos libras del té más caro, y ahora estamos ofreciendo una cena como la de un embajador…
Gertrud miró asustada a su marido. Estaba avergonzada, y habría preferido estar debajo de la mesa. Los Eberhardt conocían a Spalding y sus bromas, pero la señora Scheler estaba por primera vez en esa casa, y Gertrud se creyó en la obligación de decir algo e intentó salvar la situación con una de sus conmovedoras y sobrias explicaciones.
—¡En primer lugar, ese té nos lo han regalado, y en segundo lugar, no he necesitado dos libras de té, sino seis cucharaditas!
—Seis cucharadas grandes de té por las mañanas, por las tardes y por las noches… Eso es demasiado, los medios de un pintor pobre no aguantan eso… Me está arruinando… ¡No puedo pintar a ese ritmo!
—Ahora cállate —dijo Gertrud, y Anki vio que la afligida mujer luchaba con las lágrimas.
—Si las cosas continúan así —prosiguió Spalding—, próximamente ya no podré pagar el alquiler.
Gertrud se levantó y fue a la cocina a por un nuevo plato. Había preparado ella misma la cena y se temía que el gratinado se le quemara si permanecía sentada más tiempo.
—Su esposa nos está mimando mucho —dijo Anki con calma.
Gertrud regresó y puso la cazuela marrón en la mesa. Anki probó un tenedor entero y le pareció que aquel plato estaba algo anticuado, pero era excelente. Felicitó a Gertrud, y esta estaba contando que había preparado ese plato siguiendo una receta de su abuela cuando Spalding prosiguió su monólogo:
—Cien huevos… diez libras de azúcar… cinco libras de mantequilla… Mañana a primera hora me declarará insolvente.
Eso era una exageración tremenda, pero con un cierto contenido objetivo y en la dirección correcta, y Leopold no pudo menos que echarse a reír. Anki sonrió también, y solo Gertrud permaneció seria. Como siempre que se esforzaba en la cocina, esperaba alguna frase de agradecimiento y de reconocimiento, y ahora, en vez de eso, recibía burlas y sarcasmos.
—Pero mi pequeño Spaldi —dijo ella en voz baja—, no entiendes nada de cocina. Mejor habla de otras cosas… No he empleado cien huevos, sino diez.
—¡Diez huevos!, —exclamó Spalding con un horror bien fingido—. ¿Diez huevos para una sola comida? ¡Eso es tremendo! Ya ven, damas y caballeros, mi esposa me está matando, estoy perdido. ¡Ese es el destino de los artistas en la Tierra!
El doctor Eberhardt preguntó a Spalding por el cuadro nuevo, pero Spalding le respondió con evasivas, y Leopold vio que el pintor temblaba de nerviosismo.
—La línea —exclamó de pronto—, mi esbelta línea. ¡Estamos comiendo demasiado! Adiós al balneario de Karlsbad… impagable… ¡Fumemos un pitillo!
Sacó una caja de madera siberiana y pasó con el candelabro para que sus invitados se encendieran los cigarrillos con las llameantes velas amarillas. En ese momento entró Wilhelm Braun, sereno y comedido como siempre, en un traje negro con el cuello almidonado y una corbata de rayas blancas y negras. Spalding levantó la cabeza como un perro de caza que oye un ruido, y Gertrud no quería dar crédito a sus ojos cuando vio que su marido se levantaba como impulsado por un muelle y abrazaba a Wilhelm con la mayor cordialidad.
—Llega el genio —exclamó Spalding—. Un poco tarde, como todos los grandes hombres, pero siempre a punto. Venga usted, maestro, siéntese — prosiguió volviéndose a Wilhelm Braun—. Mi esposa ha preparado una deliciosa última cena, la última de mi difícil vida. ¡Tome parte una vez más porque mañana se habrá acabado todo!
Wilhelm soportó con calma aquel discurso extraño y contempló a los presentes.
—¿Me permite las presentaciones?, —dijo Spalding—. Este de la corbata de rayas blancas y negras es el doctor Wilhelm Braun, autor del mejor libro del año, y este es el doctor Eberhardt, un insigne abogado… se impone el mayor cuidado… Moabit… Peligro de muerte… La esposa del doctor Eberhardt… la condesa Scheler… el doctor Chindler… también un famoso historiador… estuvo en el Berliner Allgemeine Zeitung… ¡un gran escándalo!
Gertrud fue a la cocina a buscar un plato para Wilhelm Braun. Su marido volvía a comportarse de una manera enigmática. Esa calurosa acogida a Braun (a quien Spalding había prestado poca atención hasta ese día y a quien solo tenía aprecio como médico) y a su libro (del que no había leído ni una línea en opinión de Gertrud) le resultaba incomprensible. No entendía a Spalding y se propuso ceder realmente de una vez por todas y no invitar a nadie más. ¡Que se quedara sentado solo por las noches y se aburriera!
Sin embargo, la solución al enigma de la extraña conducta de Spalding no era especialmente difícil. Debido a la visita al taller, Spalding había perdido la mañana y por la tarde tampoco había trabajado, y ahora, tranquilizado por el cigarrillo y contemplando las caras de sus invitados, le sobrevinieron unas ganas tremendas de levantarse y de ponerse a trabajar. Había observado a Leopold y luego a Anki, y en ese momento se le ocurrió un cuadro, la cara de un hombre detrás de la cara vuelta de una mujer… y le pareció algo tremendamente bobo e indecente estar ahí perdiendo el tiempo sentado y dar de comer a gente como el abogado ese, personas superficiales que no iban con él y que no eran capaces de entenderlo.
Spalding no era estúpido (Wilhelm Braun lo llamaba «el pintor más culto desde El Greco»), y veía bien que los hombres de mundo y los empresarios que Gertrud arrastraba incansablemente a casa tenían su lado bueno y útil. Sus amigos de la vida bohemia se burlaban de tales burgueses, pero se lo hacían demasiado fácil, sus chistes baratos se asemejaban al discurso de la zorra del cuento a las uvas. El doctor Eberhardt conocía el mundo, y si uno lo conducía a sus temas de conversación, sabía narrar bien. Sin embargo, esta no era una tarea fácil de realizar, pues por muy resistente que fuera este hombre en la vida y en sus negocios, en la mesa de un artista iluminado por la fama ese conquistador victorioso de una gran posición y de una gran fortuna tenía también sus inhibiciones, y como les ocurre a la mayoría de las personas inhibidas, Spalding no soportaba a las personas inhibidas.
El doctor Eberhardt se había abierto camino desde un punto de partida modesto, y los cuadros y las esculturas eran para él una cosa intermedia entre un adorno de pared y una inversión de capital. Se había comprado una colección considerable en la que colgaban algunas piezas excelentes, un Menzel temprano muy atrevido, un Blechen, dos potentes Corinth y un paisaje de Thoma en el que una fuerza audaz se mezclaba con la quietud íntima de una forma inimitable. Sin embargo, el doctor Eberhardt entendía poco de cuadros, y su mayor alegría era constatar que un cuadro comprado había aumentado su valor desde la adquisición. Spalding fue el primer pintor al que conoció, el primer artista, ya que este cauteloso abogado solo compraba a marchantes de arte y no se atrevía a entrar en ningún taller, y este jurista inteligente exploraba la naturaleza enigmática del pintor con la misma penetración que los precisos ojos del pintor estudiaban la forma de la cabeza y los movimientos del abogado.
Ahora bien, cuando Wilhelm Braun entró aquella noche, Spalding se alegró como un soldado que arroja al aire su gorra por la alegría de ver aparecer a un compañero de repente en un puesto avanzado y recibe así un refuerzo inesperado. Spalding solo había leído un capítulo del libro de Wilhelm, pero ese hombre tenía talento (de eso se apercibió Spalding de inmediato), ahora ya no estaba solo, por fin, sino que al menos eran dos contra esos «malditos burgueses», contra ese abogado «alevoso» y contra Anki, con la que tampoco había nada que hacer porque Leopold Chindler la custodiaba.
La llegada de Wilhelm tranquilizó a Spalding. Comenzó a hablar de sus años de aprendizaje en París y en Múnich, y el doctor Eberhardt constató con asombro que también los artistas modernos vivían de una manera tan genial y ajena al mundo como había leído en las biografías de Rembrandt y de Feuerbach. De pronto, Spalding se detuvo en mitad de una frase y cambió de tema con un comentario cínico. Había visto una expresión de curiosidad malsana en la cara del doctor Eberhardt, y le repugnaba volver a producir una vez más, por decirlo así, el aire de prestidigitador que se adhiere a la existencia de todo artista, y delatárselo, además, a un oyente semejante. Ya era suficientemente malo que sus cuadros tuvieran que estar colgados en las paredes de los marchantes de arte y frente a las gafas inmóviles de esos compradores desconfiados y de cálculo rápido, no tenían por qué mirar también entre los bastidores del trabajo, ¡eso no era de su incumbencia!
Wilhelm Braun elogió el gratinado de Gertrud y contó una historia divertida de su consultorio, y la velada se volvió apacible y estimulante, hasta que al final se produjo otra disonancia. El señor y la señora Eberhardt se habían marchado a las diez y media, mientras que Wilhelm, Anki y Leopold permanecían allí, cuando Spalding, que estaba hablando con Wilhelm en un rincón, se acercó a los demás apresuradamente. Se colocó frente a su esposa y dijo con voz triunfal:
—¡El doctor Braun me ha hecho una propuesta brillante! Voy a crear una carpeta titulada «cabezas berlinesas» y ganaré diez mil marcos.
Gertrud se echó a reír, lo cual no resultó muy agradable por su parte, y Spalding se enfadó.
—Mi esposa me está arruinando —le dijo a Wilhelm—, ya va siendo hora de que gane dinero. Esta noche ha empleado cien huevos, veinte marcos solo por los huevos.
—No le hagan caso —dijo Gertrud, que se levantó hecha una furia—. Ha bebido demasiado aguardiente de cerezas, lleva tres horas diciendo lo mismo. Además, no tiene ni idea de cocina.
—¡Pero sí de dinero!, —se apresuró a decir Spalding.
—¡Tienes demasiado poco!
—Para mí solo llegaría, y de sobra.
Spalding abrió un pequeño armario marrón que colgaba de la pared por encima de la cómoda, levantó al aire una caja de hojalata llena de tabaco y preguntó:
—Este tabaco ¿lo hemos comprado con mi dinero o con el tuyo?
Gertrud Spalding se molestó por esa estúpida salida de tono con el dinero.
—No lo sé —dijo ella mirándose la punta de los zapatos—, no lo sé, te lo regalo.
—Es bonito y agradable cuando las mujeres son generosas —dijo Spalding cogiendo una pizca de tabaco de la lata con dos dedos de su mano peluda. Tenía una tonalidad amarilla y era aromático, y Spalding se llenó la pipa.
Gertrud miró a Anki. Anki estaba sentada tranquilamente al lado de la bonita cómoda. A los ojos de Gertrud, tenía una expresión algo burlona contemplando aquella desavenencia matrimonial como se contempla un acto nuevo en el teatro. Gertrud se dio la vuelta y le dijo a Spalding:
—El diablo tiene más corazón que tú.
—Menos —respondió Spalding, y se encendió la pipa—, menos. Un ángel caído no se habría prometido jamás contigo.
—Nunca estuvimos prometidos —dijo Gertrud, y pronunció la última palabra en un tono tan agudo que le salió un gallo.
—¡Ah!, —dijo Spalding—, lo había olvidado completamente. En mi juventud dorada debo de haber sido una persona interesante.