Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 37 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 2

—No.

—Pues tengo curiosidad. Ese Gentz era eso que ellos llaman un «reaccionario», y algunos caballeros se quedarán asombrados de que un hombre del Berliner Allgemeine haya elegido a ese personaje. Pero ya veremos. Tal vez alguno monte un escándalo, eso sería bueno para las ventas. Cuando la prensa se enfurece, el público se vuelve curioso. A mar revuelto, ganancia de pescadores.

 

2

 

El automóvil estaba valiendo la pena todos los días. Leopold se subió a su coche y diez minutos después ya estaba sentado frente a Herbert Müller.

—¿Ha oído usted algo de la prensa?

—Caro amigo —dijo Herbert Müller—, esa es una pregunta que tendría que formularle yo. Usted conoce la prensa, es el periodista.

—El librero Thomas dice que la izquierda podría refunfuñar.

—Refunfuñará —dijo Herbert Müller—. Eso lo tuve claro desde el principio. Usted ha escrito un libro a favor de Gentz y no en su contra.

—He escrito sobre Gentz, y creo que he escrito un libro justo.

—Puede ser, pero bueno, ¿ha visto alguna vez un partido justo? La gente de un partido toma partido, tal como su nombre indica.

—¡Puede montarse un escándalo!

—Los escándalos son excelentes —dijo Herbert Müller—. Eso crea animación en el negocio, pero usted tendrá que soportar un montón de cosas.

—Soy duro de roer.

—¡Enorme!, —exclamó Herbert Müller—, ¡enorme!

Descolgó el auricular, presionó el botón verde y dijo:

—Señorita Atlas. Una botella de coñac y dos copas, por favor.

Colgó el auricular y prosiguió:

—Llevo veintiún años como editor, pero usted es el primer autor que me dice que es duro de roer. Eso hay que celebrarlo con una copa. Sus colegas se echan a llorar solo con olisquear el peligro de un peligro. El Berliner Allgemeine ¿estará de su parte?

La señorita Atlas trajo el coñac, y Herbert Müller llenó dos copas hasta arriba. Le temblaba la mano y derramó algunas gotas para cada copa.

—Para los dioses —dijo señalando las gotas.

Leopold miró al editor a la cara y se preguntó si no trabajaba demasiado. Era una persona alta, gorda, con el pelo canoso, pero solo tenía cincuenta años, y a esas edades la mano de un hombre suele obedecer sin más. Se divorció hacía dos años y se casó con la ayudante de su dentista, una belleza rubia con una dentadura nívea que el odontólogo había empleado para su publicidad.

Herbert Müller se recostó y contempló a Leopold.

—¿Quién es la señora Scheler?, —preguntó al cabo de un rato.

Leopold se sorprendió, pero procuró que no se le notase. Pidió un segundo coñac y dijo:

—Según tengo entendido, la señora Scheler es la madre de un chiquillo encantador.

—Buena respuesta —dijo Herbert Müller—, y útil.

—¿Se habla de la señora Scheler?

—Dicen que se la ha visto por Varsovia… pero, a propósito de Varsovia… Ese viaje de usted ¿dará para un librito?

—No. Solo algunos artículos.

—Lástima.

—Por cierto, la señora Scheler estuvo en Varsovia con su hermano, y no le oculto a usted que tengo una gran amistad con ese hermano suyo.

El teléfono sonó y Herbert Müller descolgó el auricular. Una voz irritada le hablaba al editor. Herbert Müller se movía de un lado a otro y escuchaba con atención. Entonces se quitó de pronto el auricular de la oreja, lo tapó con la mano y susurró:

—Enorme. Ya tenemos montado el escándalo. Están renegando de su libro.

Volvió a llevarse el auricular a la oreja, y cuando aquella voz irritada se calló, Herbert Müller dijo:

—¡Muy interesante…! ¡Muy interesante! ¿Va a escribir usted todo eso que acaba de decir? ¿Todo no? ¿Por qué no? La libertad, la democracia y la bronca, ¡es el trío inseparable! Por cierto, tengo al señor doctor Chindler aquí delante de mí en estos momentos. ¿Me permite contarle algo de esto? ¿No? ¿La ley del silencio? Está bien. Me callaré como una tumba, y usted escribirá como Catón el Viejo.

Herbert Müller colgó.

—¡Ya tenemos montado el escándalo! ¿Conoce usted a Josef Grün[59]? ¿Sí? Acaba de comunicarme que lo va a hacer a usted trizas.

Leopold se levantó, y ya en la puerta, el editor volvió a preguntarle si el Berliner Allgemeine iba a estar de su parte. Hasta ese momento, a Leopold no se le había pasado siquiera por la cabeza dudar de tal cosa, y así se lo dijo a Herbert Müller.

—En su lugar, yo tomaría algunas precauciones —dijo Herbert Müller—.

On n’est trahi que par les siens[60]. ¡Y una persona prevenida vale por dos!

Estrechó la mano de Leopold, y Leopold se fue.

Una vez en casa, Leopold se encontró el libro de Wilhelm Braun en el buzón. Lo habían impreso en una de las mejores imprentas de Leipzig y la edición era preciosa. La encuadernación era también impecable, y Wilhelm le había escrito a su amigo una dedicatoria larga. Su letra no era muy legible que digamos, pero a una distancia de medio metro de los ojos la imagen que componía el escrito era espléndida.

El libro de Wilhelm era una interpretación de la Eneida con largas muestras de la traducción de Wilhelm. El prólogo era un ensayo sobre Virgilio como persona y como poeta, y Leopold leyó las cuarenta páginas de un tirón y con la mayor de las emociones.

La conversación con Herbert Müller lo había destemplado mucho, y le fastidiaba la perspectiva de que le criticara una persona como Josef Grün. La alusión de Müller al Berliner Allgemeine Zeitung le resultaba del todo incomprensible. «Ahí no pueden tomarse precauciones», se dijo Leopold a sí mismo. «No puedo andar examinando todas las mañanas la silla sobre la que me siento… Si alguien tuviera que vivir así, sería para volverse loco».

Wilhelm Braun vino a ahuyentar sus preocupaciones. El prólogo sobre Virgilio condujo a Leopold a la compañía de una mente sublime, y su destemplanza se quedó abajo, muy abajo, y se hizo pequeña y lejana, como en la cima de una montaña de tres mil metros se te olvidan esos esfuerzos infames a los que intenta obligarnos la vida, o, a la inversa, como se te van volviendo indiferentes las grandes preocupaciones de este mundo cuando te remangas para reparar un carburador atascado. Ese hermoso libro infundió un sosiego alentador en el corazón de Leopold, y las ideas osadas y peculiares de Wilhelm estimulaban al lector a pensar por sí mismo.

Wilhelm Braun emplazó la primera Bucólica de Virgilio [61] al final de su prólogo. A la izquierda puso el texto latino, y a la derecha su traducción en prosa, que a Leopold le pareció perfecta. Había leído el texto y comenzó a leerlo una segunda vez. Sus conocimientos del latín se habían vuelto deficientes y flojos, y al llegar a la última estrofa decidió aprenderse de memoria el bello poema:

 

Hic tarnen hanc mecum poteras requiescere noctem […]