Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 55 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 21

 

Apártate de ensoñaciones, la inspiración no va a venirte: estar del todo embelesado

liquida la deuda de la tierra.

Rudolf Borchardt

 

1

 

Maggie se había marchado por la mañana, y la señora Paulke expresó a Leopold su condolencia por la visita en vano mirándolo en silencio y poniendo una cara afligida.

—La habitación está vacía —dijo ella finalmente—; si quiere, puede verlo usted mismo. Me sabe mal que la señora se haya ido. Era muy callada y amable. No son frecuentes los inquilinos así. Oh, por Dios, hay otros que se pasan el día haciendo ruido, y cuando les dices algo, entonces se te encaran desvergonzadamente. Es una habitación bonita…

La señora Paulke abrió la puerta. La habitación abandonada no estaba todavía arreglada, pero tampoco estaba desordenada, y Leopold divisó en el estante más bajo de la estantería un libro que Maggie se había olvidado al parecer. Lo cogió. Era una edición sin valor de la novela Thérèse Raquin de Zola, pero Maggie había escrito en la primera página su nombre: Margarethe Lewes-Chindler.

Ya en la calle, Leopold compró cinco libras de bonitas manzanas rojas y le pidió al vendedor que entregara la fruta en su nombre en casa de la señora Paulke. A continuación se dirigió a casa.

Nevaba, y cuando tuvo que parar en un semáforo rojo de la Plaza Alexander, los copos caían con tanta densidad que tuvo que accionar el limpiaparabrisas. El motorcito zumbaba, y la varilla metálica apartaba la nieve a un lado. Leopold soltó el freno de mano y observó el movimiento ávido de las masas de vehículos que pasaban. Un transportista de cerveza en carro se enderezó en el pescante y espoleó a su pesado brabante. Llevaba unas manoplas deformes, y el mango de su látigo se alzaba negro a los aires y pelado como una rama deshojada. Un autobús circulaba más rápido y con más prisas, y el vehículo amarillo de dos pisos adelantó al carro de la cerveza escorándose espantosamente. Los ciclistas eran tipos valientes, y Leopold se maravilló ante un muchachito de una carnicería que manejaba la bicicleta con la mano izquierda mientras con la derecha sujetaba un cuenco con carne y al mismo tiempo iba silbando una canción con los morros en punta. El movimiento de la calle, todo sea dicho, se asemejaba menos a un cuadro que a una toma de película, y los ojos de Leopold ordenaban las escenas una tras otra como la lente de una cámara fotográfica: de una manera impresionante, precisa e irreflexiva. De repente, un policía de tráfico abrió la puerta del coche e introdujo su casco negro:

—¿Cuánto tiempo va a quedarse aquí soñando?

—Disculpe usted… ahora mismo me pongo en marcha.

—Yo en su lugar me quedaría esperando hasta que se ponga verde el semáforo.

Portazo.

Leopold echaba mucho de menos a Maggie. Su piso le parecía pelado, vacío, silencioso y desierto. Se aburría y estaba molesto y cansado. Las conversaciones políticas con Maggie no habían sido ni gratas ni productivas, pero deseaba que volvieran a producirse, y ahora estaba hecho una furia por la maldita capacidad de Maggie para esfumarse y por su sobrehumana fuerza de voluntad, que los había empujado uno al lado del otro, como dos trenes que se encuentran durante dos minutos en una estación pequeña.

Sí, la fuerza de voluntad de Maggie era asombrosa, casi masculina, pero los dolores que tenía que padecer su delicado cuerpo envolvían su figura en un manto emocionante y conmovedor. El marco en el que había estado la foto de la madre de Leopold estaba vacío; Maggie solo quiso llevarse la fotografía, sin el marco, y a Leopold le pareció una verdadera estupidez haberse olvidado de pedirle a Maggie una foto suya, en el supuesto de que ella tuviera algo así. En cada rincón de la habitación veía la cara de ella, sus ojos escrutadores y su pequeña pero pensativa frente… Era muy inteligente, pero no para ella; muy valiente, pero para los demás; y si se dejaban a un lado las frases políticas, era humilde sin ser cándida… ¡Vaya persona!

Se dirigió al escritorio y decidió escribir una carta larga a Maggie. En Berlín y en los alrededores de Berlín había también sanatorios, y Leopold no entendía los motivos por los que Maggie había elegido uno en Dresde si en Berlín podrían haberse visto de vez en cuando. Sin embargo, la carta de Maggie no contenía ninguna dirección, había vuelto a desaparecer, como ya desapareció una vez (en los años después de 1918), sumergida sin dejar rastro en la gigantesca masa gris de las personas que ella adoraba y cuyo destino quería cambiar.

Anki llamó por teléfono, y Leopold dijo que iría al atardecer a su casa. Anki se mostró de acuerdo, y cuando Leopold colgó el auricular, se dio cuenta de que también eso era sorprendente, muy sorprendente. Desde hacía un tiempo, Anki se había vuelto más tranquila; dejaba ir y venir a Leopold cuando quisiera y como quisiera. Ya no le preguntaba dónde había estado, ni tampoco indagaba adónde iba; ella era muy dichosa cuando lo veía, y taciturna las demás horas. Leopold no se acordaba de las fotos y se preguntaba en qué andaba ocupada Anki todo el día. Fue a pie hasta el barrio de Halensee y de camino se propuso no hablar sobre Maggie, pero Anki comenzó de inmediato a hablar de Maggie.

—Qué lástima que Maggie se vista sin colores, podría ser una mujer de muy buen ver.

Leopold defendió a su hermana.

—Solo la has visto una vez, eso es demasiado poco. Ayer se compró un cuellito blanco que le quedaba muy bien.

—Me lo creo —dijo Anki—. A pesar de su peculiar peinado, tiene una cara expresiva e interesante, pero su peinado es horroroso, y también en los ojos tiene algo que me asusta.

Anki estaba sentada junto a su escritorio del lado de la ventana, y Leopold estaba en el otro rincón de la habitación, y ambos quedaron absortos en sus pensamientos durante un rato. Leopold pensaba que en Dresde no debía haber muchos sanatorios y que tenía que ser posible averiguar la dirección del de Maggie, tal vez con la ayuda de la policía. Pero en ese mismo instante cayó en la cuenta de que Maggie no era una persona sobre la que pudiera llamarse la atención de la policía. Solo el diablo sabía si a lo mejor estaba viajando incluso con un pasaporte falso.

—Se ha marchado a Dresde —dijo él al cabo de un rato—, a un sanatorio.

—¿Es que está enferma?

—Sí.

Anki no continuó preguntando, y Leopold le contó el achaque repentino de Maggie, y que hizo venir a Wilhelm Braun.

—¿Qué opina él?

—No lo sé. Maggie no dijo nada y él tuvo que irse enseguida. Vino a casa en su horario de visitas, y tenía pacientes en casa que lo esperaban. ¡Fue realmente increíble de su parte que viniera a casa de inmediato a pesar de todo su trabajo en la consulta! También es verdad que, extrañamente, es un médico muy democrático, no le gusta hacer excepciones.

—Llámalo por teléfono y averigua el diagnóstico —dijo Anki.

Wilhelm no estaba en casa, y Leopold dijo a la señora Gehrke que volvería a llamar más tarde.

—Me esfuerzo realmente mucho —dijo Anki—, puedes creerme, pero me resulta difícil ver a Maggie como tu hermana.

—Pero es mi hermana —dijo Leopold con enfado.

Con un movimiento nervioso, Anki desenroscó el tornillo que mantenía sujeta la pantalla de la lámpara de pie del escritorio.

—No creo que ella sea cruel personalmente —dijo—, pero obedece a personas crueles.

Anki cogió el tornillo y lo arrojó con tanta vehemencia sobre el tablero de la mesa que salió despedido por los aires, fue a caer en la moqueta y rodó por debajo del escritorio.

—Mandaría que me mataran a mí y a mi hijo sin pensar en el dolor que causaría con esa acción, y yo no le tocaría ni un pelo porque es tu hermana. ¡Esa es la diferencia entre nosotras!

—Tienes una imaginación exuberante —dijo Leopold.

—¿Tengo o no tengo razón?

—Probablemente tengas razón. La lucha está en plena marcha, y solo el diablo sabe cómo va a acabar todo esto. El doctor Achtermann ha escrito recientemente un artículo muy interesante sobre la situación de la economía mundial. Quería habértelo traído ya la última vez que nos vimos. Recuérdamelo… tienes que leerlo.

Leopold se agachó y levantó del suelo el tornillito de latón. Anki le dio las gracias y volvió a enroscarlo en la lámpara.

Después de cenar llamó otra vez por teléfono a Wilhelm Braun.

—Parece ser algo crónico —dijo Wilhelm—, no he podido ocultarle a tu hermana que no se puede bromear con los riñones. No soy especialista y puedo equivocarme, pero le aconsejé que fuera a ver a un especialista y se hiciera examinar a fondo.

—Ha ido a un sanatorio.

—Eso es muy razonable —dijo Wilhelm—. Allí podrán hacerle radiografías y examinarla en detalle…

Leopold contó a Franziska lo que le había dicho Wilhelm Braun, pero entonces dio un salto mental y prosiguió:

—Los alemanes somos gente terca. En el Reichtstag no hay ni veinte cabezas lúcidas entre sus quinientos diputados, y una mujer como Maggie que posee un talento innato para la política y seguramente también un montón de conocimientos útiles hace política rusa… Manifiesta unos estúpidos prejuicios contra Europa, pero tiene buena vista, y podría tener ideas mejores y más útiles. Ay, todo esto es muy trágico, y en el fondo es lo mismo que me ocurrió a mí. Si hubiera escrito un libro sobre los cartagineses o sobre los incas, ahora sería un hombre famoso y apreciado, pero como escribí sobre el señor Gentz de Berlín y Viena, los unos me tienen por un estúpido, y los otros, por un retrógrado. Nadie quiere ocuparse de los asuntos nuestros… nadie… pero todos gritan ¡ay!, y ¡oh!, cuando el barco de nuestro Estado, bello, antiguo y orgulloso, no avanza bien del todo con sus máquinas chirriantes. No es nada fácil ser escritor… quiero decir, en nuestra tierra… pero es algo condenadamente necesario. Maggie sabe muchísimo…

—Números, especialmente —dijo Anki.

Leopold sonrió y prosiguió:

—Pero ella hace comentarios sobre Bismarck que sonarían ridículos en la boca de un escolar de diez años. Ahora bien, ¿cómo va a saber quién era Bismarck y cómo era en realidad? Nuestros catedráticos escriben sobre los hititas, y nuestros escritores consideran que los libros son artículos de lujo que deberían comprar otros. Una vez eché un vistazo a la biblioteca del suplemento cultural del Berliner Allgemeine. Se componía de ejemplares gratuitos que enviaban algunos editores. Siete de cada ocho de sus artículos estaban sacados de la manga, y las mangas de las personas son incultas… En Alemania viven veinte millones de católicos, y de ellos diecinueve millones novecientos noventa mil no tienen ni idea de quién fue Lutero… el hombre más grande que hemos tenido, y el personaje más importante de nuestra historia. Eso no es bueno, y mi padre tenía mucha razón cuando una vez me dijo que nuestros paisanos eran condenadamente complicados de gobernar. Todos los franceses tienen una única opinión sobre Richelieu, pero aquí puedes nombrar a Goethe o a Federico el Grande o a María Teresa o a Kant o a quien quieras, y cinco oyentes tendrán al menos cuatro opiniones.

—El alboroto con tu periódico fue algo muy novedoso para mí —dijo Anki—. Me parece que deberías escribir un nuevo libro. Tus artículos eran entretenidos en su mayor parte, pero un capítulo de tu libro me explica muchas más cosas que todos los artículos que has escrito.

—Eres amable y dulce y encantadora y conmovedora —dijo Leopold—, pero quiero que seas mi esposa, y de los libros solo se puede vivir una vez que has escrito cinco como mínimo.

—Eso no es posible —dijo Anki—. Cuando me casé con Richard, pensé que la vida tenía que orientarse conforme a mis deseos y a mi voluntad. Tú me has enseñado que hay que someterse. Waldo opina que someterse es de débiles, pero es que él todavía es un niño… Hay que someterse sin dejarse doblegar. Hay que mandar y obedecer… ¿o es muy estúpido todo esto que estoy diciendo?

El cuarto estaba iluminado por la alta y fina lámpara de pie situada sobre el escritorio de Anki. La pantalla de la lámpara era de seda verde con pequeños pliegues, y la suave luz que emanaba de la tela densamente entretejida resultaba agradable para los ojos. Anki levantó la cabeza y dedicó a Leopold una mirada interrogativa. Sus labios bellos y carnosos descansaban ligeramente apoyados el uno sobre el otro, y sus grandes pupilas refulgían.

—Continúa hablando —dijo Leopold.

—Estás demasiado lejos —dijo Anki—. No puedo hablar… hablar de cosas tan difíciles cuando estás tan lejos y con tanta oscuridad, que no te veo en absoluto. Estoy tomando un camino que es nuevo para mí, y me gustaría ir de tu mano.

Leopold salió de su rincón, y los dos amantes se tumbaron uno al lado del otro en el sofá verde. La mano de Leopold reposaba sobre el corazón de Anki, y él sintió el latido sereno de goteo constante. Al cabo de un rato, Anki se giró a un lado y lo besó, y Leopold la besó a su vez. Él se sentía muy feliz. De un instante a otro había entrado en esos recintos en los que la voluntad no encuentra sitio y en donde el corazón, completamente feliz, se ve inundado de la más dulce dulzura del universo.

La lámpara proyectaba un amplio círculo de luz contra el techo de la habitación, y Leopold pensó en Fausto y en su famoso pacto: por su parte, ese instante en que él yacía al lado de Anki y la mano de ella le acariciaba el pelo podría perdurar para siempre. Pensó en el misterio de la luz, y lo extraño que es que la Tierra gire y el ser humano no lo note para nada, y que tal vez le iban mejor las cosas al ser humano cuando ese misterio no había sido descubierto todavía… pero ese pensamiento tampoco era mejor… todo estaba bien… todo seguía su camino…

Y de pronto te hallas frente a una mujer… y qué incomprensible es que puedas confiar de esa manera tan íntima, completa, sin segundas intenciones, entregarte, la mujer al hombre y el hombre a la mujer. No era solo una mujer quien reposaba a su lado, era una persona como él, encerrada de por vida en su cuerpo y en su carácter, completamente separada de Leopold, enteramente para sí misma, nacida lejos, muy lejos de él, crecida durante años sin conocer siquiera una letra de su nombre…

Y de pronto había emergido ante él, huyendo, temerosa, reticente, luego atrapada, sometida por el sometido, vencida por el vencido, llorando con quien llora, riendo con quien ríe…

Leopold alzó la mano derecha de Anki y contempló los dedos de ella y los suyos. Entonces continuó pensando: ¿puede confiar uno en sí mismo, en esa abundancia de codicia, complacencia, despotismo, debilidad, soberbia, cobardía, de la que está compuesto y que nadie llega a conocer por entero nunca? ¿Puede confiar en esa abundancia de coraje y ambición, quejidos y obstinación, imprudencia y cálculo, anhelo y cansancio… y en esos sueños incomprensibles e inescrutables? ¡Solo un necio confía en sí mismo! El mejor consejo del mejor y del más inteligente de los amigos… ¡Palabras! Son palabras que pueden entenderse así, e interpretarse así… ¡y de otra manera! Ya en el acercamiento a nuestro oído, nuestros deseos cambian la coloración de esas palabras, las reinterpretan, corrigen, falsean…

¡Ese ser humano es tu enemigo!

¡Te equivocas, ayer fue muy amable conmigo!

¡Ese ser humano es tu amigo!

¡Te equivocas, va en contra de mí!

Y ambos tienen razón, casi siempre ambos… ¡siempre las dos cosas[85]!

Sin embargo, en ese corazón cuyo latido seguían auscultando las terminales nerviosas de la mano de Leopold, en ese corazón podía confiar más que en el suyo propio. ¡Mucho más! No existía ningún peligro concebible para Leopold ante el cual ese corazón no hubiera temblado, y todo el placer de la vida y de todo el planeta era demasiado poco para él para regalárselo a Leopold y… ¡concedérselo!

La lámpara del escritorio producía una iluminación uniforme, y el lago amarillo de luz en el techo era tan inmóvil como la columna rígida de la que colgaba la pantalla. Leopold miró la lámpara y dijo:

—La luz eléctrica no sabe nada de amor.

Anki prestaba atención.

—Una lámpara que estuviera llena de aceite parpadearía un poco — prosiguió Leopold—. Su llama jugaría con el aliento de tu respiración y se iría apagando lentamente como la hoguera de un centinela cuando cae el rocío y se anuncia la mañana. Nos habría iluminado un tiempo para poder contemplarte yo a ti y tú a mí, ahora se dormiría y nos entregaría a la oscuridad, al manto del amor. El sol se ha puesto hace ya mucho rato, esta lámpara no tiene sentimientos.