Franziska Scheler
Capítulo 2
—Los métodos de la dictadura son a todas luces incorrectos —dijo Karl —, ¡pero los métodos de la espera que se practican en nuestro país son una locura! ¡Yo soy un defensor de la libertad, pero me pongo a silbarle a la
libertad si esta consiste únicamente en que ciertos literatos[10] tengan permiso para representar sus indecentes piezas teatrales, y que otra gente aproveche esa ocasión pintiparada para manifestarse en contra y mostrar al público que la República es una cuadrilla de borrachos!
El doctor Lichtstrahl se recostó bien en el sillón, se cruzó de piernas y dijo:
—Eso son sarpullidos infantiles, yo no me los tomo en serio.
—Disculpe si le contradigo —dijo Karl—, pero dentro de poco voy a cumplir los cuarenta, y mis necesidades de sarpullidos infantiles ya han quedado suficientemente cubiertas. La República no es ningún bebé… ¡Se hará tan mayor como nosotros, o no será!
¡Qué expresión de furia en la cara de Karl! Leopold se quedó sorprendido al divisar esa masa de cólera.
—Tienes que enamorarte —le dijo a su hermano—, quiero decir, tienes que enamorarte de la República. Todavía es joven y está un poco abandonada, ¡y necesita más cariño del que recibe, tal como les ocurre, dicho sea de paso, a todos los seres vivos!
Karl dedicó a Leopold una mirada furiosa y no replicó, mientras que a Otto Bendemann el comentario le pareció poético.
2
Se había hecho tarde, y Franziska se levantó para irse a casa. Karl no veía con buenos ojos que sus invitados se marcharan «tan temprano», pero como también se levantó Bendemann, no se sintió capaz de objetar nada.
Franziska se acercó a Anna y se despidió dando las gracias por aquella «velada tan estimulante» (como dijo ella). Luego salió de la estancia con el señor Von Bendemann. Era casi una cabeza más baja que Bendemann, quien de todas formas era muy alto, pero poseía energía en sus movimientos, y curiosamente incluso en la espalda, algo que dejó admirado y encantado a Leopold. Tenía una forma de marcharse tal, que no podías sino admitir que se había acabado todo ya.
—Es una mujer hermosa —dijo Anna—, hasta parece haber escuchado con atención a pesar de ser protestante.
Karl seguía dándole vueltas a sus pensamientos políticos y se limitó a asentir con la cabeza.
—Podrías quedarte media horita más —le dijo a Leopold, pero Leopold se excusó alegando un gran cansancio y se apresuró a seguir a Franziska.
El señor Von Bendemann vivía a la vuelta de la esquina, en la calle Nettelbeck. Leopold hizo señas a un taxi, y después de dejar en su casa al señor Von Bendemann, acompañó a Franziska a la suya.
Ella estaba sentada en silencio en un lado del coche y miraba por la ventana.
—¿Me permitirá ir a verla en alguna ocasión?, —preguntó Leopold.
—Llevo una vida muy retirada —dijo Franziska—, pero si no tiene nada mejor que hacer un día, entonces toque el timbre.
El coche se detuvo, y Leopold se bajó para ayudar a Franziska a salir. Ella se apoyó en la mano de él y saltó a la acera con ligereza. La calle estaba oscura, y la casa en la que vivía Franziska se hallaba detrás de un jardín delantero que dos abetos esbeltos sumían en la penumbra más oscura. Leopold abrió la puerta del jardín y esperó a que Franziska introdujera la llave en la cerradura y abriera la puerta.
—Es usted un caballero —dijo Franziska—, pero creo que lo ha sido siempre.
—Parece saber usted de mí más de lo que sospechaba.
—Hay algunos recuerdos que me gusta recuperar de vez en cuando. Buenas noches.
Leopold hizo que el coche diera la vuelta y ordenó al taxista que se dirigiera a la Iglesia en memoria del emperador Guillermo. Allí se bajó y anduvo algunos pasos cuesta arriba por la calle Ranke para entrar en un bar que todavía estaba abierto a esas horas. Era ya la hora de cierre y la entrada principal estaba cerrada. Leopold se dirigió a una puerta lateral y mediante una determinada manera de golpear reprodujo la señal secreta con la que se permitía la entrada a los clientes habituales. Su mesa estaba todavía libre. Leopold mandó que le sirvieran un café fuerte, se encendió un puro y se puso a reflexionar sobre aquella curiosa velada. En ese momento entraron otros
clientes en el local, y Leopold vio a la actriz Erika Welter[11] y a su novio, el doctor Wilhelm Braun. Los dos parecían venir de un estreno, pues Braun vestía un frac, y la actriz portaba en el brazo un enorme ramo de rosas rojas. Colgaba sobre sus hombros un abrigo mediano de nutria, bajo el cual asomaba la falda blanca de un vestido largo de noche.
—¿Se han casado ustedes o han actuado en alguna función?, —preguntó Leopold.
Erika Welter se sentó al lado de Leopold y le preguntó por qué tenía aquel rictus tan avinagrado en la cara.
—Me hace muy infeliz disgustarle, pero le aseguro que desde hace más de una hora me siento de muy buen humor.
El camarero retiró las rosas de la mesa para colocarlas en un jarrón y Erika pidió una botella de champán.
—Es ya la tercera esta noche —dijo Wilhelm Braun.
—Pero qué bien sabes contar —dijo la actriz en un tono respondón e irritado. A continuación se volvió de nuevo a Leopold y prosiguió—: Es y seguirá siendo una mezcla de abuelito y médico de cabecera.
—Esto último es su oficio —dijo Leopold.
Erika Welter levantó su copa y brindó primero con Braun (para reconciliarse con él) y a continuación con Leopold.
—¡Para que acudan a usted otros pensamientos!, —dijo ella.
Leopold apuró su copa, y Wilhelm Braun habló acerca del estreno. Leopold lo escuchaba con atención y al mismo tiempo percibía que Erika Welter lo miraba constantemente.
—Muéstreme su mano izquierda —dijo ella de pronto.
Leopold le tendió la mano. La actriz la colocó extendida encima de la mesa y contempló la forma de los dedos. Entonces tomó ella la mano de Leopold entre las suyas (que eran muy pequeñas y blancas, con las uñas largas y pintadas con esmalte rojo), le comprimió la palma, la volvió a abrir y estudió las líneas alzando la mano de Leopold y manteniéndola muy cerca de los ojos.
—Ahora sé por qué tenía usted esta noche un aire tan melancólico como
las ruinas de Brackenburg[12] —dijo ella, y soltó la mano de Leopold—. ¡Está enamorado!
—¿Es eso cierto?, —preguntó Wilhelm Braun.
Leopold estaba muy sorprendido.
—¿Lo ha visto de verdad o lo ha adivinado así al azar?
—¡Eso quien mejor lo sabe es usted mismo!
Wilhelm Braun se encendió un cigarrillo usando la pared como superficie de fricción para su fósforo.
—Te felicito —dijo, apagando el fósforo de un soplo—. ¡Te va a sentar muy bien!
—¿Por qué?, —preguntó Erika Welter—. ¿Se enamora pocas veces?
—Muy pocas —dijo Wilhelm Braun.
—No me lo habría imaginado —dijo la actriz.
—¡Pero ahora le va a tocar sufrir!
—Estás insoportable esta noche… A ver, ¿qué tiene que ver el amor con el sufrimiento?
Wilhelm Braun meneó el molinillo de madera en la copa de champán y dijo:
—Amor y sufrimiento son dos palabras que designan una y la misma cosa. El amor es un dolor indecible que alterna con grandes deleites.
—Eres un idealista chapado a la antigua, querido mío, y es que además, en el mundo entero no existe ningún ser que conozca menos a los hombres que un hombre. Vosotros no pensáis para nada en sufrir cuando amáis. Yo al menos nunca me he topado con un hombre que sintiera de esa manera.
—Eso se debe a tus malas compañías. De todas formas, los hombres que regalan coches tienen una capacidad de sufrir muy menguada.
—¿Sufres mucho, pobrecito mío?
—Sí, sobre todo cuando hablas así. Entonces sufro unas torturas infernales.
—Es un tipo demasiado rarito —dijo la actriz girándose de nuevo hacia Leopold—. Si por él fuera, tendría que ir a pie al teatro y llevar vestimentas hechas con pelo.
—Si por mí fuera, ganarías más que el señor Von Berger y entonces no precisarías de él.
—Te equivocas, cielo, no preciso de él en absoluto, pero me gusta, y me gustaría también aunque fuera pobre. Por mí podría vestir pantalones rotos y tener agujeros en los calcetines.
Eran las dos, y Leopold se levantó para irse a casa.
—¿Se va a ir de verdad?, —preguntó Erika Welter—. Pero sí, tiene usted razón. Vámonos todos. Este es un local aburrido y mal aireado. Te ahogas en él y te entran migrañas.
Erika Welter se subió a su coche y preguntó a Leopold si quería que lo llevara a casa.
—¿Le gustaría tomar otro trago de vino en mi casa?
—No, vino ya he bebido lo suficiente por hoy, pero si tuviera usted un whisky, iría con mucho gusto.
Leopold vivía en la calle Schaper, en donde tenía un piso pequeño de su propiedad, formado por cuatro habitaciones diminutas intercomunicadas. La actriz dejó el abrigo encima del sofá y contempló la habitación.
—Pequeña, pero peculiar, y encaja con usted —dijo ella—. ¿Se puede ver algo más del piso?
No se esperó a la respuesta de Leopold, sino que se dirigió primero al dormitorio y luego al comedor, que se encontraba al otro lado de la sala de estar.
Leopold la siguió mientras que Wilhelm Braun se sentó ante el escritorio de Leopold y se puso a juguetear, aburrido, con la plegadera. Leopold había estado una vez en casa de Erika Welter, quien poseía un piso elegante en la calle Hohenzollern. Se acordó de esa vivienda, y ahora, al entrar en su modesto comedor por detrás de Erika Welter, se apercibió de la diferencia entre su morada y el lujo esplendoroso que imperaba en el piso de la actriz.
Ahora bien, cuando un hombre vive solo, y en especial un hombre joven con la cabeza llena de planes y el corazón henchido de ambiciones, le es bastante indiferente el aspecto de su morada. Los sueños caben en todas partes, y una mesita también, y el papel para escribir puede ser del tipo que sea: cada pedacito está preparado para cargar de buena gana con los pensamientos más grandes y más profundos y retenerlos durante mucho tiempo, durante mucho más tiempo de lo que dura una vida humana, tal vez durante más tiempo que muchos… Resumiendo: los sueños y el afán, la ambición y la imaginación son compañeros que hacen soportable la pobreza e invisibilizan el polvo. Conducir este orgulloso cuadriyugo llena el corazón de delicias que nadie sospecha, sí, es algo que no es capaz de imaginar nadie que no se haya topado nunca con esos genios, ni haya padecido esas épocas. Ahora bien, el carruaje del que tiran esos rocines es tan ligero como un dogcart, pero justo por esa razón el viaje es raudo y aturdidor, y su ritmo no es de este mundo: ¡en una carrera de velocidad con la luz, ganaría la imaginación! Y la meta es grande: triunfo y laurel o caída y ruina.
Erika Welter regresó al cuarto de estudio, y Leopold sirvió el whisky. La actriz tomó su vaso y lo dejó medio vacío de un tirón. Leopold volvió a llenárselo y agarró la botella de agua mineral con gas para verter un poco en él. Erika Welter se había levantado para echar un vistazo a los libros de Leopold, y se dio la vuelta en ese momento.
—Por el amor de Dios —dijo con la mirada fija en la botella blanca de agua con gas—, ¿qué está haciendo? ¿Pretende que agarre un colocón con agua?
Leopold le tendió el vaso en el que apenas había añadido un trago de agua, y Erika lo dejó otra vez medio vacío. A continuación volvió a colocarse frente a la estantería de libros y, mostrando interés por aquello que parecía interesarle a él, hizo que le contaran cosas sobre algunas valiosas ediciones que Leopold conservaba en un estante acristalado. Leopold sintió que ella estaba enamorada, pero parecía estar menos enamorada de él que del amor que ella había detectado en el corazón de él y hacia el cual se abría paso ahora con ansias y celos, como una mariposa nocturna excitada y confusa se dirige al corazón abrasador de una vela.
Examinar aquellos libros requería unos conocimientos previos que Erika no poseía, y esta dio un nuevo giro a la conversación:
—¿Cuándo irá usted al teatro?, —preguntó ella.
—No sabía que tenían ustedes estreno —dijo Leopold—, ¡de lo contrario habría ido hoy, por supuesto!
—Eso es mentira —dijo la actriz—, pero miente usted muy bien, y me gusta eso.
«Ahora se ha enamorado de Leopold», pensó Wilhelm Braun. «¡Esto ya no hay quien lo aguante!».
Se levantó y abrió la ventana. Aquella noche de mayo era clara y luminosa, y se veían muchas estrellas en el cielo. Wilhelm se inclinó generosamente sobre la repisa. La calle se hallaba demasiado abajo para un salto, y Wilhelm examinó si era posible trepar por el bajante del canalón con el fin de dar una lección a aquella egoísta irreflexiva y devoradora de hombres por su cruel conducta, desapareciendo repentinamente y dejándola sola… Esto no era posible porque el bajante del canalón quedaba muy lejos de su alcance. Wilhelm se dio la vuelta de nuevo, se apoyó en el alféizar y contempló los rizos rubios, unos más claros y otros más oscuros, que ondeaban juntos en caída en los cabellos de la actriz. Leopold seguía todavía al lado de Erika frente a la estantería de los libros, pero había un rictus de aburrimiento en su cara —solo estaba siendo amable, pero no estaba enamorado— la culpable esa noche era solo Erika, excepcionalmente.
La actriz percibió la corriente de aire y se giró, y en ese instante Wilhelm Braun comenzó a declamar fijando sus ojos en la frente de Erika:
«¿Grandes hazañas? ¡Sí, ya sé cuál era el tiempo en que las
veíamos por delante de nosotros! Cuando, tantas veces, perseguíamos juntos a la fiera corriendo por montes y valles, y, semejantes en ánimos y puños al augusto antepasado, íbamos contra el monstruo, y esperábamos perseguir a los bandidos
siguiendo sus rastros; y luego, al atardecer, ante el ancho mar, nos sentábamos tranquilos, apoyados uno en otro, y las olas jugaban llegando a nuestros pies, y el mundo se nos ofrecía tan ancho y tan abierto, entonces, más de una vez, queríamos empuñar la espada, y las hazañas futuras se apretaban a nuestro alrededor, como las estrellas, incontables, saliendo de la
noche [13]».
Se produjo una pausa larga. A continuación dijo Wilhelm Braun:
—Si alguna vez interpretas el papel de Ifigenia, me comprenderás mejor.
Erika Welter corrió al centro del cuarto, se retiró los cabellos de la cara con un movimiento impetuoso y respondió mirando a Wilhelm:
«Cuando los Celestiales decretan para uno de los terrestres
muchas confusiones, y le preparan un tránsito hondamente estremecedor del gozo a los dolores, y de los dolores al gozo, entonces, tanto si vive en la cercanía de una ciudad como en
playas remotas, hacen que crezca para él un amigo sereno[14]».
Erika Welter había pronunciado excelentemente los versos; Leopold estaba embelesado y conmovido, pero Erika Welter se volvió con rapidez y dijo a Wilhelm:
—Sé que a veces tienes razón, pero yo soy como soy, y soy difícil de cambiar. Así que… ahora me bebo otra copa y luego nos vamos.
Se dirigió al escritorio, cogió el vaso de Leopold, brindó por él y se lo bebió entero.
Se detuvo frente al espejo junto al perchero y se colocó un pañuelo de seda sobre el pelo. Leopold encendió el candelabro que estaba atornillado a la pared junto al espejo y examinó si la señora Welter tenía suficiente luz. La actriz levantó la vista y miró a Leopold.
—Nos vemos esta noche —dijo Wilhelm Braun a Leopold y se caló el sombrero.
—¿Qué significa «esta noche»?, —preguntó Erika Welter—. ¡Eso es ahora!
—Ahora es hoy temprano —dijo Wilhelm en seco.
—¿Qué hora es pues?
—Las tres y veinte —dijo Wilhelm.
—A esta hora se levanta mi padre —dijo Erika—, y su hija se va a la cama. Qué extraño es el mundo…
A continuación se fue.
En la calle le dijo a Wilhelm:
—Conduce tú. Estoy cansada.
Se subió al coche, se acurrucó en el tapizado y cerró los ojos. Wilhelm soltó el freno de mano y pisó con cuidado el acelerador. Cuando el coche se puso en marcha, Erika reposó la cabeza en el hombro de Wilhelm.
—¿Te quedas hoy en mi casa?
—¡No!
—¿Por qué no?
—Porque te has enamorado de Leopold Chindler.
—Eso no es cierto… me gusta… pero tú no me conoces… no me conocerás nunca… Lo quiero un poquito porque es muy sensato… y porque ama a una mujer que seguramente es misteriosa y bella… ¡Ay!… Eres un viejo gruñón… ¿No puedes entender que alguien ame el amor?… Pero es a ti a quien yo más quiero porque tú siempre estás ahí.
Wilhelm llegó a la calle Hohenzollern. Erika Welter se había quedado dormida. Wilhelm la despertó y la llevó a su casa. Luego desnudó a la hermosa mujer y la metió en la cama.
—Buenas noches —dijo él en voz baja, y estampó un beso en cada uno de los ojos de Erika. Esta abrió de repente los ojos y rodeó el cuello de Wilhelm con sus brazos.
—Buenas noches, Willi —dijo ella—. Vamos… quédate…
Wilhelm se desprendió con cuidado del abrazo, y cuando volvió a poner los brazos de Erika encima de la colcha, la actriz ya se había sumido de nuevo
en el pozo del sueño[15].
Wilhelm apagó la luz y salió del dormitorio. Sobre la moqueta de color verde oscuro del salón yacía el pañuelo de seda de Erika como una mancha amarilla. Wilhelm se agachó y recogió el pañuelo. Estaba fuertemente perfumado y emanaba la misma fragancia a violetas y almizcle que el pelo de Erika. Wilhelm iba a colocar el pañuelo encima de una silla, pero se lo pensó mejor y se lo guardó en el bolsillo. Una vez en la calle, condujo el coche de Erika al garaje. Luego se fue a pie a casa atravesando medio Berlín. Se había quitado el guante derecho y sus dedos jugaban con el hilado suave y cálido del fondo del bolsillo del abrigo.
Caminando a paso veloz, pisando con ruido el pavimento durmiente, iban pasándole muchas cosas al paseante, por dentro y por fuera, igual que en la vida misma… En la Plaza de Potsdam había unos hombres trabajando en las vías, y Wilhelm aceleró el paso para escapar del ruido de los inhumanos martillos de aire comprimido. «Malísimo para los músculos», pensó, «atrofia muscular, pero también puede venir de la médula espinal. Ahora bien, ¿qué hay que no sea malo para la salud? Al médico lo acechan los peligros del contagio. ¡El pobre Grohmann! Probablemente se trataba de un carcinoma al que no quiso resistirse y por ello se cortó las venas… Qué raros esos poemas
de Benn[16]…, un colega simpático, por cierto. Tendría que llamarlo por teléfono otra vez. ¡Aprendemos muy pocas cosas de memoria! Era el poema de las barracas del cáncer o algo por el estilo. Voy a releerlo en cuanto llegue a casa. Aplazar algo es igual que abortarlo…».
En el cruce de la calle de Leipzig con la calle Friedrich había dos chicas, y Wilhelm se subió el cuello del abrigo, no quería que se dirigieran a él. «Leopold está enamorado», pensó. «Eso se lo ha olido ella… Hay muchos más que solo seis sentidos… diez por lo menos. ¡Lo bueno de nuestra época es que sabemos que no sabemos nada! ¿De quién se habrá enamorado ese muchacho? Es mucho más reservado de lo que pensaba… ¡Un periodista enamorado y con una vida personal! Por las mañanas la profesión, al mediodía el almuerzo y dos horas de vida personal, luego otra vez la profesión, y nada de vida personal otra vez hasta la noche. Y pensar que los griegos tenían esclavos y no trabajaban nunca… Inimaginable…».
Una vez en casa, Wilhelm Braun se fue directamente al dormitorio. Cuando se estaba desabrochando la camisa, volvió a pensar en los poemas de Benn. Se fue descalzo a la sala de estar y buscó el tomito fino con la cubierta azul. Estaba en el segundo estante de la biblioteca, abajo, a la izquierda, junto a la puerta, pero Wilhelm lo encontró a la primera.
A los pies de la cama había una botella de agua caliente, y Wilhelm la colocó encima de la alfombra. «Esto está pasando de castaño oscuro», pensó. «¡Hay que acabar ya con esto! ¡En pleno mes de mayo y con una botella de agua caliente! ¡No soy ninguna ancianita!».
Agarró el volumen de poemas y lo alzó a la altura de los ojos. Antes de la
portada, había un poema escrito a máquina que Ina Seidel [17] había dirigido a Gottfried Benn. Wilhelm Braun leyó:
«Hermano borracho, habla, sé que debes hablar…».
Pero el doctor Braun estaba demasiado cansado, se le cerraron los ojos y se quedó dormido. El libro yacía en diagonal junto a su mano encima del edredón. La lamparita de la mesita de noche proyectaba un resplandor rojo sobre la pesada cabeza que hizo un hoyo profundo en la almohada blanca.