Franziska Scheler
Capítulo 4
A veces no era fácil llevarse bien con Anki, pero ¿qué hay en este mundo que sea fácil y por qué una mujer tan bella habría tenido que ser simple? A Leopold le gustaba ella porque era hermosa, y tenía una forma de ladear la cabecita y besarlo en las venitas de las sienes que siempre lo sorprendía y lo dejaba encantado en lo más hondo.
4
En el suplemento cultural de la edición matinal (es decir, en la mejor tirada del Berliner Allgemeine Zeitung) salió una crítica sobre el libro de Wilhelm Braun que ocupaba seis columnas. Era ya la quinta crítica que leía Leopold, mientras que su libro parecía no existir todavía para los críticos. Todos los periódicos guardaban absoluto silencio.
Wilhelm Braun llamó por teléfono a Leopold y le preguntó si iría por la noche a su casa.
—Lo siento —dijo Leopold—, pero hoy hay una gran recepción en casa de Herbert Müller.
—Te equivocas —dijo Wilhelm—, la recepción es mañana.
Wilhelm tenía razón; Leopold había confundido la fecha.
—En ese caso claro que voy, con mucho gusto —dijo Leopold.
La crítica del Berliner Allgemeine sobre el libro de Wilhelm era un canto de alabanza, y Leopold decidió leer el libro por fin. Había estado muy ocupado y no había pasado todavía del prólogo.
El libro era excelente. El primer capítulo le gustó a Leopold aún más que el prólogo. Estaba escrito con serenidad y mucha claridad, y el ritmo de las frases coincidía con el movimiento de inspirar y de espirar de una persona lectora sensata. «Es mucho mejor que mi libro», pensó Leopold, «está mucho mejor escrito. Yo trabajé demasiado deprisa, demasiado acelerado y demasiado…».
Dejó el libro de Wilhelm a un lado y se puso a pensar. «Al escribirlo me asaltaban segundas intenciones… y eso ha perjudicado mi trabajo. Pensé en los honorarios, y en Anki, y en el maldito dinero que podría ayudarme a casarme con ella. La literatura es un esfuerzo moral, y las segundas intenciones son lo contrario. El castigo no tardará en producirse… este libro no va a funcionar…».
Cuando Leopold llegó a casa de Wilhelm Braun, este estaba sentado en su escritorio y jugaba con el gato de su ama de llaves. Era pequeño y delicado y tenía el pelaje negro y los ojos amarillos.
—Tu libro está mejor escrito que el mío —le dijo a Wilhelm—. No estoy exento de envidia, pero tu éxito es merecido, y me complace que todo Berlín se entusiasme de repente con Virgilio.
—La suerte de Virgilio se debe a que es un extranjero —dijo Wilhelm—. Tu capítulo sobre Fanny Elßler es un caramelo, pero a un auténtico crítico local no le importa la gente de aquí.
—¿Es cierta la noticia de que vas a ir mañana a casa de Herbert Müller?
—Probablemente me tocará ir —dijo Wilhelm Braun—. Insistió en invitarme un montón de veces hasta que acepté.
—¡Eso es la fama!, —dijo Leopold—, la gente se pega por estar cerca de ti.
—La fama no me importa nada —dijo Wilhelm—, pero admito que el éxito es una especie de grasa que hace que funcione con mayor ligereza la máquina de la vida.
Wilhelm era un hombre modesto, pero el inesperado éxito de su libro le produjo una gran alegría. Miró una imagen de Klopstock que estaba colgada encima del sofá, y sus ojos brillaron al recordar de pronto el comentario de Leopold de que toda Berlín estaba interesada en Virgilio. Había sacrificado las noches de cinco años para su libro, y la lámpara de su escritorio habría podido contar muchas cosas sobre una dedicación incansable, una investigación humilde y concienzuda y una devoción entusiasta por los grandes problemas y por la obra de un gran poeta inmortal…
Herbert Müller había invitado a cuarenta y cinco personas. Anki rechazó la invitación, pero Leopold le pidió a Herbert Müller que invitara a Waldo Von Westegg, y Waldo, por deseo de Leopold, persuadió a su hermana para que anulara su cancelación. Leopold deseaba que Anki viera y conociera a la gente con la que se relacionaba él, a sus amigos y a sus enemigos, y tenía una especial curiosidad por saber cómo le caería Wilhelm Braun.
Herbert Müller poseía un piso grande en la calle Meinecke. Cuando entró Leopold, el editor estaba junto a su esposa bajo la lámpara de araña, y entre los dos se hallaba Ruth Steiner. Ruth llevaba un vestido azul muy bonito y un collar azul que le quedaba bien; pero siempre hacía algo que no era del gusto de Leopold: esta vez tenía apoyado el dorso de la mano izquierda en la cadera, y la visión de la palma de su mano no era agradable.
—Buenas tardes, Leopold —dijo Ruth, estrechando la mano de Leopold —. El señor y la señora Müller y yo estábamos conversando sobre la cuestión de quién sería la persona protagonista de esta velada, y yo decía que sería usted, ¡por supuesto! ¡Su libro es realmente bueno! No tenía ni idea de quién era ese Gentz y ya lo estoy leyendo por segunda vez.
—Espero que esté usted de acuerdo con las elogiosas palabras de la señorita Steiner —dijo Leopold a Herbert Müller.
—El corazón de un editor es tan imparcial como el presidente del tribunal de una audiencia territorial —dijo Herbert Müller.
Elisabeth Müller se echó a reír y mostró su dentadura nívea.
—Esos dientes son la prueba de que existe una belleza no natural —le dijo Josef Grün al redactor Werner—. Si yo fuera la señora Müller, fumaría puros o haría que me partieran un incisivo lateral izquierdo del maxilar superior.
—Si incluye esa observación ingeniosa en su próximo artículo, le envío un telegrama —dijo el doctor Werner.
—Voy a mandar enmarcar el telegrama —dijo Josef Grün.
—Todavía no lo tiene —dijo el doctor Werner.
Leopold saludó a Josef Grün, que casi lo abrazó, y al doctor Werner, que apenas pareció conocerlo. Era bajito, obeso y malicioso, y redactor de la revista Börsenblatt.
Wilhelm Braun entró. Parecía pálido y agotado, pero su boca hermosa y su frente elevada le recordaron a Leopold un cuadro de Lord Byron que había contemplado en el Museo Británico. Con Wilhelm entraron el pintor Spalding y su esposa, la señora Gertrud, quien desde hacía años bebía los vientos por Wilhelm y estaba muy feliz por el gran éxito de su libro. Spalding entrecerró los ojos y examinó de arriba abajo a Ruth Steiner. Era pelirrojo y tenía unos ojitos de color azul claro y una tez rojiza. Llevaba un traje oscuro, pero también una camisa oscura; era una persona obstinada, detestaba la ropa blanca, y nadie debía desconocer ese hecho.
Herbert Müller había contratado a un sirviente por horas, y la mano enguantada de blanco del hombre hizo entrar con rapidez, uno tras otro, al redactor jefe del Berliner Tageblatt, al representante del Münchner Neueste
Nachrichten [62] , al dramaturgo Arnolt Bronnen y al jefe superior de la policía
de Berlín. Estaba siendo un invierno riguroso, y cuando el jefe superior se acercó al ama de casa, se frotó las manos entumecidas.
De repente Anki estaba allí. Leopold había estado vigilando la puerta, pero a pesar de ello no la vio llegar. Él estaba conversando en esos momentos con Ruth Steiner acerca del pintor Spalding cuando divisó a Anki al lado de Herbert Müller y a su hermano Waldo. Llevaba un largo vestido negro y un ramo de rosas de color rojo oscuro en el cinturón.
—Ha llegado la señora Scheler —dijo Ruth, pero en ese instante se precipitó Gertrud Spalding sobre Leopold y le preguntó si sabía quién era la mujer hermosa que estaba al lado de Herbert Müller.
—Una tal señora Scheler —dijo Ruth, sonriendo.
Gertrud alzó a la altura de sus ojos los impertinentes de oro y contempló a Anki.
—Ese Müller va a divorciarse por tercera vez, eso me da la mala espina a mí de que es una nueva conquista. Y el vestido de la esa… de… ¿cómo decías que se llamaba?
Ruth examinó el vestido de Anki y dijo:
—La señora Scheler podría ir vestida con un saco y gustaría a todo el mundo, le sienta bien todo lo que se ponga.
Waldo llevaba un monóculo.
—¿Desde cuándo es usted miope?, —preguntó Leopold—. Pensaba que tenía la vista de halcón de un cazador.
—Es puro cristal —dijo Waldo poniendo una cara seria—, pero ¿sabe?, había supuesto que estarían por aquí algunos tipos a quienes incomodan estos chismes. Y creo que no me he equivocado.
—Eso es justamente lo que ocurre con nuestros huéspedes cuando invitamos nosotros —dijo Ruth—, siempre hay gente con ganas de enfadarse.
Josef Grün se acercó y se presentó él mismo. Waldo dijo algo entre murmullos, pero Josef Grün preguntó:
—¿Cómo se llama? No lo he oído bien.
—Soy el barón Von Westegg —dijo Waldo.
—Eso acaba de traducirlo usted del inglés —dijo Leopold.
—Correcto —dijo Waldo—. Ya ven ustedes que esta nación tiene también algunas cualidades dignas de imitarse.
Josef Grün comenzó de inmediato una conversación sobre Inglaterra, pero sus explicaciones eran demasiado prolijas para una velada de sociedad y demasiado agotadoras para Waldo, que acababa de ver entrar a una mujer muy guapa que le era desconocida.
El doctor Werner observó con satisfacción que conocía a todas las personas importantes presentes y se acercó a Herbert Müller y a Anki.
—Ha publicado usted un montón de libros buenos —le dijo al editor—. Creo que va a hacer un buen negocio para las Navidades, pero ese Chindler… no… ¿sabe? No puedo con él, ha escrito una historia rara.
—El señor Chindler está allí enfrente, al lado de la señora Spalding —dijo Herbert Müller—. ¿Quiere hablar con él?
El doctor Werner dirigió una mirada a Leopold, que justo en ese momento inclinaba la cabeza hacia atrás y se echaba a reír, y dijo:
—¡No, nada de eso! He perdido la costumbre de hablar con los autores. Ahora comparto mis puntos de vista por escrito, o bien impresos en letra de imprenta.
Anki contempló las sienes bien formadas del crítico y dijo:
—Parece que le desagrada ese libro, ¿verdad?
El doctor Werner no sabía quién era Anki, y contestó:
—Ese libro es reaccionario. Si los nobles hacendados supieran leer, tal vez sería un éxito de ventas.
—El señor Chindler afirma que su libro es imparcial y justo —dijo Herbert Müller.
El crítico oteó el escote de Anki y se rio del comentario del editor.
—Mucha gente no sabe lo que dice, y los autores, la mayoría de ellos, no saben lo que escriben. El camino al infierno está empedrado de buenos propósitos.
Herbert Müller se molestó.
—¡Viva la crítica!, —dijo iracundo—, ¡la crítica que nos ilumina a todos!
—No se burle usted —dijo el doctor Werner—. Mañana tendremos una reseña.
—Lo sé —dijo Müller—. ¡De Josef Grün!
—Sabe muchas cosas —dijo el doctor Werner.
Uno siempre se queda perplejo cuando ve lo receptivas que son las personas a los cumplidos, y el elogio más banal pronunciado por la boca más banal es digerido con placer al menos en un primer momento incluso por hombres inteligentes. Herbert Müller sabía muchas cosas en verdad, pero cuando el doctor Werner le confirmó que era un hombre bien informado, sonrió reconfortado y satisfecho.
—¡Herbert Müller lo sabe todo!, —dijo—. ¡Salud, señor doctor!
El doctor Werner capó la punta de su puro y dijo:
—No voy a inmiscuirme en su trabajo en la editorial, pero ese libro le va a perjudicar. Debería ser más prudente y conservar su buena reputación.
Herbert Müller era más sensible de lo que aparentaba, y muy irascible, y el comentario de Werner lo irritó:
—El Berliner Allgemeine es un periódico poderoso, y creo que el señor Chindler no solo tiene en él un buen cargo, sino también un montón de buenos amigos.
El doctor Werner encendió el puro y sopló el humo a la cara de Anki.
—Disculpe, señora —dijo con cortesía—. Me he vuelto a comportar como si estuviera sentado a solas en mi escritorio.
Abanicó el aire con su manita gorda e intentó apartar el humo. A continuación volvió a dirigirse a Herbert Müller:
—Podría estar equivocado usted. ¡Según he oído decir, algunos amigos del señor Chindler están algo confusos!
Herbert Müller seguía furioso, habría preferido decirle al doctor Werner que era un tipo desvergonzado.
—Bueno, entonces estaré equivocado, mi apreciado señor doctor —dijo —. Sin embargo, yo edito lo que me da la gana.
El doctor Werner se quedó sorprendido por la susceptibilidad del editor y trató de transigir.
—Conozco la historia alemana. Estudié seis semestres en Viena. Ese Gentz era muy diferente de como lo ha caracterizado ese joven.
—Eso es muy interesante —dijo Herbert Müller—. Escríbame un libro sobre Gentz. Si quiere usted, redactamos el contrato mañana a primera hora.
—No tengo tiempo para escribir libros —dijo el doctor Werner.
Leopold se había sentado con Spalding y su esposa y vio que Anki estaba sola. Tenía un aire desdeñoso, parecía mantenerse alejada de cualquier compañía, pero también los demás parecían alejarse de ella. Leopold iba a levantarse para que Anki fuera a su mesa, pero en ese momento llegó Wilhelm del bufé, le llevó a Anki un plato y una copa de vino y los dos desaparecieron en la sala contigua. Waldo se acercó y se sentó al lado de Gertrud Spalding. Esta le pidió que le dejara el monóculo y lo probó al tiempo que esbozaba unas caras divertidas. Su marido la miraba con el semblante inmóvil, y podía suponerse que Gertrud estaba un poquito enamorada del guapo y joven Waldo.
Anki preguntó a Wilhelm Braun quién era el doctor Werner.
—Es un don nadie —dijo Wilhelm—. Es un tipo pretencioso, gordo, que tiene un cierto poder y se aprovecha descaradamente de su puesto para fastidiar a la gente que aún no puede defenderse.
Anki le contó la conversación de Werner con Herbert Müller.
—Eso le va mucho al tipo ese —dijo Wilhelm—. Pero pondremos sobre aviso a Leopold y no tendrá por qué enfadarse. La revista Börsenblatt tiene una tirada pequeña, yo en su lugar no me molestaría ni en leer esas estupideces.
El doctor Werner se había informado por Ruth Steiner sobre quién era Anki. Se echó un vistazo en el espejo y comprobó el ajuste del cuello de su camisa y de su corbata. Acto seguido, se dirigió despacio a la sala contigua y se sentó al lado de Anki. Wilhelm Braun le ofreció una copa de vino, y el doctor Werner comenzó a deshacerse en cumplidos hacia Wilhelm por su excelente libro. Wilhelm estaba comiendo rosbif frío acompañado de una salsa excelente y el ala de un pollo tierno, y prestaba atención con la cara inmóvil. Cuando el doctor Werner se calló, dijo él:
—El libro de mi amigo Chindler parece gustarle menos…
El doctor Werner se recostó y extendió los brazos como un actor que sale a escena en una pieza de Ibsen.
—No sabía que fuera yo tan famoso. Todo el mundo me pregunta esta noche por mi opinión acerca de ese libro.
Wilhelm Braun hizo unas señas a una chica y puso también en el plato de Anki el ala de un pollo. A continuación dijo:
—Los combates de la mente tienen una vida tenaz. Ese Gentz tenía un tipo de intelecto que ya irritaba a sus contemporáneos, igual que Goethe, dicho sea de paso, fastidió más que deleitó a muchos de sus coetáneos, y ahora la gente se lanza contra su biógrafo como en su día se lanzó sobre Gentz. Siempre es lo mismo, y visto desde esta perspectiva, la vida de los hombres inteligentes y grandes ofrece unas vistas deprimentes. El único asiento que la humanidad ofrece de vez en cuando a sus talentos es el duro banquillo de los acusados.
—Prefiero a Virgilio —dijo el doctor Werner.
—Tiene usted toda la razón —respondió Wilhelm—. Una corbata azul es mejor que una pera amarilla.
El jefe superior de la policía se acercó caminando por la alfombra y el doctor Werner aprovechó la ocasión para levantarse. Saludó al jefe superior y le tendió la mano, pero el poderoso funcionario pasó por alto el movimiento, y al inclinarse hacia el doctor Werner y prestarle oídos, el doctor Werner parecía un peticionario nervioso o un escolar que recita una disculpa a su maestro.
—Le has irritado —dijo Anki.
—No tiene ningún sentido acariciar las garras de un jaguar —dijo Wilhelm Braun.
Herbert Müller entró en la sala y se sentó al lado de Anki.
—Regreso enseguida —dijo Wilhelm Braun levantándose para ir a buscar a Leopold.
Leopold estaba sentado entre Spalding y Ruth Steiner, y cuando vio entrar a Wilhelm Braun, fue a su encuentro.
—Es una velada horrible —dijo—. Voy a tener que prepararme para un aluvión de críticas.
—No te tomes ese asunto tan en serio —dijo Wilhelm—. Lo principal es que has escrito un buen libro.
—Esos tipos están tratando de quitarme a Müller, y eso podría ser muy desagradable.
—Müller no es ningún cobarde, pero aunque lo fuera, tú no pierdes nada.
—¿Dónde está Anki?, —preguntó Leopold.
—Está sentada con el doctor Müller. Déjala ahí tranquila. Es una gran mujer… Te ayudará cuando sea necesario.
Leopold parecía abatido. Con excepción de Ruth Steiner, nadie le había dicho una palabra sobre su libro. Decidió marcharse a casa.
—Me escaqueo —le dijo a Wilhelm—. Sé bueno y asegúrate de que el señor Von Westegg lleve a Anki a casa.
En el pasillo exterior, Leopold estaba abriendo la puerta del ascensor cuando el doctor Werner salía por la puerta y subió también. Llevaba un sombrero negro tieso y una bufanda gris de ganchillo en torno al cuello, y los dos hombres se miraron en silencio el uno al otro. Cuando el ascensor llegó a la planta baja, el doctor Werner saludó con el sombrero y salió de la casa con pasos apresurados.