Franziska Scheler
Capítulo 3
—Esas frases no van con usted, Waldo —dijo Leopold—. Es demasiado inteligente, no debería emplear los eslóganes de gente de poca monta. ¡Invéntese los suyos propios!
Waldo bajó la cabeza e intentó alguna ocurrencia, pero no le gustaba reflexionar en presencia de otras personas. De repente se levantó, se sentó ante la mesita marrón y comenzó a desmontar la radio de Franziska que no funcionaba desde hacía tres días. Anki se sentó a su lado en el respaldo de la silla y se lo quedó mirando con atención, y los dos hermanos, unidos de esa manera, ofrecían una bella estampa. Waldo tenía muy buen porte al lado de su hermana, y Franziska producía la impresión de una muchacha de quince años cuando se apoyaba en el hombro de Waldo y observaba atentamente los movimientos de sus dedos largos y habilidosos. En tales momentos, Waldo era el hermano mayor que repara un juguete a la hermanita, mientras que cinco minutos después, cuando se escapaba de su boquita descarada de muchacho algún comentario inapropiado sobre su hermana Inge o sobre Otto Bendemann, él era entonces el hermanito pequeño, a quien la hermana mayor debe ayudar a educar. Ese estar arriba y abajo por la edad y la juventud era un juego divertido, y el amor de Leopold hacia Anki se volvía aún más grande de lo que ya lo era gracias a la presencia de Waldo.
Una noche, Leopold llevó a Waldo a casa de Wilhelm Braun, y Wilhelm quedó tan encantado que sacó los mejores vinos de su bodega.
—Es un chico con una simpatía inusual —le dijo a la mañana siguiente a Leopold por teléfono—. Conozco a las personas. Cuando tienes que abrirles el cuerpo alguna vez o cuando no puedes ocultarles por más tiempo que tienen cáncer, entonces las conoces bien. En nuestra tierra solo hay dos tipos de personas realmente sanas y fuertes: los obreros cualificados y ese tipo de campesinos de muy buena crianza. El resto de la gente apenas es gobernable, y mucho menos podría gobernarse a sí misma.
3
Había muerto el corresponsal del Berliner Allgemeine Zeitung en Varsovia, y le pidieron a Leopold que se trasladara a Varsovia algunos meses. Él no tenía ganas, pero le propusieron que hiciera un viaje y visitara a fondo esa región.
—Es una bonita excursión —dijo el doctor Achtermann—. Llévese su coche y escríbanos diez buenos artículos. Si le gusta aquello, quédese a orillas del Vístula; si no le gusta, regrese acá con nosotros.
«Anki será muy infeliz», pensó Leopold, y no verla durante cuatro o incluso ocho semanas era un pensamiento oprimente. Llamó por teléfono a Waldo y le pidió que fuera a verlo. Waldo fue enseguida, y Leopold le preguntó si tenía ganas de hacer un viajecito por la Europa Oriental.
—Varsovia es una cosa a medias —dijo Waldo—. Debería ir usted a Moscú.
—Una cosa después de la otra —dijo Leopold.
—Después de todo, ¿por qué no?, —dijo Waldo—. Si realmente quiere llevarme con usted, estaré encantado de ir.
—Lo llevaría con mucho gusto —dijo Leopold—, pero dos hombres son, a la larga, una yunta seca. ¿Cree usted que podría persuadir a doña Franziska de que se apuntase?
Waldo prometió hablar con Franziska.
Anki dudaba.
—¿Tienes que viajar allí de verdad?, —preguntó a Leopold.
—Sí. Tengo que ir, y me gustaría llevarte a toda costa. Este asunto es tan inofensivo como un paseo por el parque Tiergarten. Vas a hacer una excursión con tu hermano y con un conocido de tu hermano. Eso estaba permitido incluso en el siglo diecisiete.
Anki llamó por teléfono a su hermana, y la señora Von Klemm se mostró dispuesta de inmediato a ir a Überlingen a buscar a Hans Karl.
—Nos vamos a ir de vacaciones —le dijo a Anki—, y nos lo llevamos simplemente. A mis hijos les dará un alegrón tremendo que los acompañe su gracioso primito.
—Eres muy amable y una ricura —dijo Anki—. Podría enviar a Hans Karl con mamá, pero ya sabes cómo es ella: no sabe qué hacer con las criaturas pequeñas, y probablemente yo me arruinaría todo el viaje con pensamientos tontos.
—Eso está hecho entonces —dijo Inge—. Se viene con nosotros y tú te puedes estar fuera el tiempo que quieras. ¿Con quién haces el viaje en verdad?
—Con Waldo y un conocido suyo.
—Waldemar… ¿se ha comprado un coche?
Anki se echó a reír. Cuando Inge se enfadaba o estaba envidiosa, llamaba siempre «Waldemar» a Waldo.
—El coche es de su amigo.
—Eso ya tiene más pinta de Waldo —dijo Inge—. Siempre encuentra a gente que lo lleve en coche.
Anki colgó y comunicó a Leopold el resultado. Leopold lo encontró satisfactorio y elogió la buena voluntad fraternal, expresada con tanta rapidez, de la señora Von Klemm, hasta que Waldo lo interrumpió con el dedo índice en alto pidiendo la palabra.
—¿Puedo hacer una propuesta pequeña y solo medianamente inmodesta?, —preguntó—. Nos pasamos por Klein-Machnow y nos quedamos la primera noche en casa de mis padres. Se llevarán un alegrón colosal.
Leopold estuvo de acuerdo y de esta forma iniciaron el viaje a finales de
esa semana, era el catorce de julio[54]. Leopold se sentó al volante y Anki a su lado, mientras que Waldo ocupaba un sitio diminuto en el asiento trasero del coche que le había dejado la montaña de maletas, sacos, cajas, paraguas y zapatos que no habían cabido en ningún otro lugar. Anki miró a Waldo por el espejo retrovisor y le preguntó cómo se sentía.
—¡Gracias por el interés!, —dijo Waldo—. Por el momento estoy todavía demasiado gordo para mi sitio, pero eso puede equilibrarse con el tiempo.
—Adelgazaremos todos —dijo Leopold—, os auguro unas carreteras demenciales. Estas pistas asfaltadas acabarán probablemente en la frontera.
Klein-Machnow era una casa bastante nueva y más una gran mansión que un palacio. El señor Von Westegg se había convertido en un anciano con el pelo fino y blanco, unos ojitos pequeños y las mejillas arrugadas. La frente parecía habérsele elevado, pero tal vez solo sobresalía un poco más. Leopold le preguntó por Heidelberg, y el señor Von Westegg opinó que la vida en el campo era más agradable que habitar en una pequeña ciudad. La señora Von Westegg estaba muy feliz con la visita de sus hijos, y Anki se sintió enseguida como en casa.
—¿Dónde habéis puesto la sillita roja que estaba siempre ahí, al lado del aparador?
—No lo sé —dijo la señora Von Westegg.
—Pero sabes a cuál me refiero, ¿verdad?
—No del todo, Franka, o sí… Sí, claro… Ahora está arriba, en la habitación de Waldemar.
El café fue servido en el salón rojo. Leopold estaba de pie frente a la ventana con la taza en la mano cuando la señora Von Westegg le hizo unas señas para que se acercara. Estaba sentada en el sofá entre su marido y su hija, y cuando Leopold se acercó, ella le señaló con el dedo un sillón libre.
—¿Qué hace usted en Berlín?, —preguntó ella.
—Escribo artículos.
—Ah… Escribe artículos… Entonces debe de estar trabajando en el periódico Kreuz-Zeitung, ¿cierto?
—No, señora, trabajo en el Berliner Allgemeine Zeitung.
La señora Von Westegg dedicó a Leopold una mirada que delataba una especie de espanto con asombro.
—Entonces, ¿es usted un demócrata?
—Lo soy —dijo Leopold.
—Eso es algo muy enigmático para mí, me refiero a lo de escribir artículos —dijo la señora Von Westegg, que contempló el cuello de la camisa de Leopold, su corbata y su traje.
»Todos los días leo el periódico —prosiguió ella—, pero no sé cómo se hace eso y me gustaría saberlo, porque cuando vives aquí tranquilamente en el campo como vivimos nosotros, se te ocurren algunas cosas que te gustaría poner por escrito.
El criado se acercó a la mesa y preguntó si debía servirle a la señora baronesa otra tacita de café.
—No, gracias —dijo la señora Von Westegg—, vuestro café vuelve a estar demasiado fuerte para mí. La chica ha preparado puro veneno… Por favor, a mi marido póngale solo media taza también.
El señor Von Westegg había estado escuchando con cara divertida la conversación entre Leopold y su esposa, y salió en auxilio de Leopold.
—Sí, mi querido señor Chindler —dijo él—, las preguntas de las damas son una dificultad muy especial y añadida, por decirlo así, a las complicaciones de este mundo, y voy a contarle rápidamente la historia de una respuesta que me dio una vez un muchacho que tenía ciertamente una cabecita muy lúcida y entendía muchísimo de caballos, pero en lo concerniente a la conversación elevada no tenía precisamente buen verbo. Por aquella época vivíamos en Rostock, y un buen día le preguntó una dama, una encantadora muniquesa que teníamos en casa de invitada, qué era en realidad un controlador aéreo. «Un controlador aéreo —respondió el bueno de mi Fritz en bajo alemán— es un controlador aéreo, ¡y lo que sea un controlador aéreo, eso lo sabe cualquiera!».
A la señora Von Westegg le pareció muy pobre la anécdota de su marido.
—No te entiendo —dijo ella con las cejas enarcadas—, eso no encaja aquí de ninguna de las maneras. Si el señor Chindler sabe escribir, probablemente también sabrá hablar.
La señora Von Westegg tenía razón en realidad, pero el señor Von Westegg era un hombre al que no le gustaba ceder, así que replicó que eso no se daba siempre en el mismo tronco.
Después de comer, Anki mostró a Leopold la casa y el jardín, y él vio que ella adoraba la finca. Anki era por completo eso que desde Goethe se denomina «una personalidad», y lo era también en el sentido de que precisaba de un entorno adecuado para ser totalmente ella misma. Leopold se lo dijo, pero Anki replicó:
—Yo solo te necesito a ti. Si estuviera sola, sería diferente por completo, y estaría muy lejos de ser feliz.
El señor Von Westegg, con un sombrerito verde en la cabeza, salía del establo y caminaba por la granja.
—Es una lástima que se quede usted tan poco tiempo en mi casa —le dijo a Leopold—. Me habría gustado mostrarle un bosque que planté hace dos años y que está creciendo bien porque he sido tan listo como para cuidar al más útil de todos los pájaros, el arrendajo.
Esa plantación del señor Von Westegg podía ser un bosque como muy pronto en cincuenta años, pero el viejo noble hacendado adoraba sobre todo ese rincón de sus propiedades. Volvía a tener suelo bajo los pies, y la idea de que los hijos de sus nietos talaran algún día la madera del bosque que él había plantado era un pensamiento que le resultaba simpático.