Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 56 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 2

El armario grande y viejo en el que Anki guardaba su ropa crujió.

—¿Has oído el armario?, —preguntó Leopold—. El armario habla. La lámpara eléctrica no tiene voz.

Después de la cena en casa de los Spalding, Anki había sacado cuatro candelabros grandes de la caja del trastero y los había metido en el armario del comedor. Leopold se levantó, sacó un candelabro, prendió fuego a tres velas y apagó el interruptor de la lámpara de pie. La luz más suave de las velas modelaba la cara de Anki; su boca era de pronto más rosada, más brillante el fulgor de sus ojos, muy blanco su cuello, más altos y oscuros sus pechos, colinas que, cubiertas por el blando bosque del suéter, se elevaban en suaves líneas desde el valle del cuerpo. Leopold retiró el suéter hacia atrás y se estremeció en el contacto de la carne.

 

2

 

Eran las dos de la madrugada cuando Leopold se despertó, empapado de sudor y con el corazón acelerado. Había estado soñando con Maggie. Maggie llevaba una venda negra en los ojos, como si fuera ciega, y un muchacho le servía de guía al caminar por una calle que parecía una pista de carreras. Llovía. El asfalto brillaba negro con un destello verde intenso encima, y una cadena ininterrumpida de coches bajaba por la calle a toda velocidad. «Este muchacho es un idiota, ¡habría que darle una paliza! ¡Pero ve por la derecha, hombre, da dos pasos hacia la derecha, por la hierba, por donde no circulan los coches!», y se despertó.

Anki dormía tranquila como un tronco. Leopold se levantó y fue a la habitación contigua. Estaba tremendamente agitado y no quería despertar a Anki. El sueño se había diluido, pero seguía librándose en su corazón una batalla: el odio y el amor hacia Maggie se habían enzarzado a mordiscos como un dogo y un perro pastor. Su entendimiento estaba de parte de la cólera y del odio, mientras que el sentimiento de Leopold estaba del lado del amor, pero escondido, en la oscuridad completa y oculto bajo el velo de las lágrimas que había llorado en el sueño. Leopold se sentía molesto, herido y ofendido. La visita excesivamente corta de Maggie, ese pasar a su lado, le tenía indignado. ¡Un hermano y una hermana son una comunidad sagrada, que se da así, junta, solo una vez y por el corto y efímero tiempo de nuestra existencia! Maggie no solo tenía derechos en este mundo. No había nacido sola. Ya podía Karl pronunciar su discurso y ella los suyos, ella era más joven que Karl y él la había acariciado y mimado cuando era tan pequeña como su sillita infantil y tan desvalida como una muñeca. Ella era mayor que Leopold, y durante su niñez ella le había susurrado ternuras que la conciencia de él había olvidado —en parte al menos—, pero su corazón las había guardado y ahora sonaban, otra vez solas y rechazadas, en las cavidades más sensibles de su subconsciente. Ya podía pensar Maggie lo que quisiera, él la había acogido con cariño, y ella lo había abandonado como se abandona un mesón una vez que has comido y te has tomado tu copa de vino. Ella había vulnerado las raíces de sus sentimientos, la hondura más sensible de su ser, y lo peor era que ni siquiera lo había hecho a propósito. ¡Pese a estar llena de empatía por millones y millones de personas, se había marchado sin ningún sentimiento por Leopold y había dejado a solas un espacio del ser de él en el que la naturaleza la había plantado a ella con la profunda determinación de ocupar ese espacio, de darle su luz y de proporcionarle su sombra, el canto de su existencia y tal vez incluso la ayuda de sus lágrimas!

Leopold pensó: «¿Solo quería aprovecharse de mí? ¿Por qué citó a ese Iván en mi piso? ¡La insensibilidad y la alevosía son dos caras de la misma moneda! ¿Por qué sucedió todo de esa manera? ¿Era Maggie de verdad tan fría, o se había vuelto así de fría?». Leopold no podía creérselo.

Fue al vestíbulo y sacó los cigarrillos del bolsillo de su abrigo. El fuego de la estufa se había apagado, y el salón grande se había enfriado sensiblemente, pero Leopold no percibía el frío. Se sentó frente al escritorio de Anki y se puso a fumar para ahuyentar las imágenes del sueño y calmar sus nervios.

«Sucede como en la época de las catacumbas», pensó, «o como en la guerra de los Treinta Años. Todo se desmoronará si la hermana ya no entiende al hermano y se causan heridas aquellos que se imaginan que solo vivían para curar heridas…». Era uno de esos instantes peligrosos en los que quieres volverte bruto, frío, duro, desconsiderado, desconfiado en extremo, un lobo contra los lobos. Un instante en el que envidias a los brutos y a los desconsiderados porque no permiten que se les acerque ninguna persona para permanecer al acecho e invulnerables en el escondrijo seguro de la distancia… ¡Inhumanos, diabólicos, más listos que los listos, más astutos que los demás, henchidos de carcajadas silenciosas por los dolores de los estúpidos!

Una raya de luz cayó ante los pies de Leopold, y Anki entró en el salón.

—¿Qué estás haciendo?, —preguntó ella sorprendida y muy dormida todavía, y se inclinó sobre el pelo de Leopold.

—He tenido un sueño atroz y doloroso —dijo Leopold, que besó la mano de Anki—, pero no quise despertarte.

Anki fue a buscar una manta al dormitorio y la extendió con cuidado sobre las piernas de Leopold. Ella era la única persona entre todas las que él había visto que sabía caminar con gracia y belleza con los pies descalzos. Ella fue otra vez hasta la puerta para encender la luz, y en ese mismo instante desaparecieron el sueño de Leopold y todos los pensamientos que le había inspirado. En esa mujer apasionada que regresaba silenciosamente hacia él sobre la moqueta para permanecer a su lado en su dolor y consolarlo habitaban unos gestos que a los ancestros de la raza humana los motivó a inventar los ángeles.