Franziska Scheler
Capítulo 14
Y con frecuencia, las respuestas llegan antes que las preguntas.
André Gide / Oscar Wilde
1
Leopold se quedó dos semanas en Varsovia, y ya era principios de septiembre cuando los viajeros volvieron a cruzar la frontera alemana y efectuaron su entrada en Silesia. Habían cambiado los asientos. Leopold dormía en la parte trasera del coche mientras que Waldo estaba sentado al volante. La carretera era buena, y la humedad del aire animaba el motor. Llevaba el impulso de un galgo e iba dejando atrás kilómetro a kilómetro.
—Conduce despacio —dijo Anki, y puso la mano en el brazo derecho de su hermano.
—¿Por qué?
—Porque lo quiero yo.
El coche entró en un pueblo, y Anki ordenó a Waldo que se detuviera. En la plaza del pueblo jugaban los niños y las niñas alrededor de una fuente antigua, y Anki contempló pensativa y ensimismada las cabezas hirsutas de los chicos y las pulcras coletitas de las chicas con lacitos de colores, y la fuente antigua, gris, y una casa con entramado de madera al fondo. Leopold se despertó.
—¿Qué pasa?, —preguntó—. ¿Por qué está parado el coche? ¿Volvemos a tener otra avería?
Anki se giró y le tendió la mano a Leopold.
—¿Sabías lo hermosa que es Silesia? Fíjate en los niños y en las niñas y en esa fuente antigua y el rojo suave de la madera del entramado. Todo esto es tan perfecto y tan bello que te dan ganas de bajar y de comprar esa casa y de quedarte aquí para siempre.
Waldo condujo el coche a un lado de la calle y los viajeros se sentaron en un banco a la sombra de un tilo. Waldo se limpió las gafas de conducir, y Anki volvió a contemplar la fuente y las fachadas de las casas y los movimientos tranquilos y serios de las personas que pasaban.
—Nuestro viaje ha sido bonito —dijo ella—, pero me siento contenta de estar otra vez en casa.
Frente al tilo, pero tan cerca que las puntas de las ramas acariciaban el tejado viejo, había una tienda de todo tipo de cosas, y Anki se levantó para comprar unas postales. Volvió con dos y envió una a Hans Karl y la otra a sus padres, y en ambas escribió lo mismo en bajo alemán: «¡No importa donde vayas, si al este o al oeste, al sur o al norte, pues como en casa no se está en ningún otro lugar!».
Por la tarde Leopold entraba con el coche en Breslavia, y esa fue la última parada del viaje; al día siguiente se separaron los caminos. Waldo y Leopold viajaron en el coche a Berlín mientras que Anki se dirigió en tren a Überlingen vía Múnich para recoger a Hans Karl, que se encontraba allí de veraneo con Inge y sus hijos.
Anki pernoctó en Lindau y tomó el barco para el último tramo del viaje. No había contado con el hecho de que un barco de vapor viaja con lentitud y que el lago de Constanza es un mar pequeño, y su corazón, ansioso de ver de nuevo a Hans Karl, se impacientó. Intentó leer una novela cuya protagonista
era la actriz cinematográfica Barbara La Marr[57], pero no hacía más que pensar una y otra vez en Hans Karl y era incapaz de concentrarse. Tomó una tumbona, se guardó el libro en el bolso y se puso a contemplar la suave belleza de la ribera al pasar.
Por fin sonó la campana del barco, y el capitán anunció: «Próxima parada: Überlingen». Anki se levantó, se puso los guantes y abandonó la cubierta superior. El barco tomó una velocidad lenta, y en el atracadero, dos hombres agarraron la pasarela. El capitán ordenó: «¡A toda máquina por la popa!», y el barco tembló al colisionar su movimiento de deslizamiento con la contrafuerza aplicada de forma repentina. Los marineros agarraron las cuerdas, y una vez arrojadas a tierra y amarradas, Anki fue la primera en abandonar el vapor. Inge se encontraba con sus dos hijos detrás de la barrera, y Anki estaba haciéndole señas cuando divisó a Hans Karl y a Luise. Hans Karl llevaba unos pantaloncitos azules que le quedaban muy justos y una camisita blanca. Anki corrió hacia él, lo levantó por los aires y le besó el pelo suave y las mejillas tersas. También los hijos de Inge tenían un aspecto gracioso, pero al caminar por delante como niños buenos y bien educados, Anki vio con orgullo que Hans Karl era igual de alto que Ludwig, el hijo de Inge, y eso que Ludwig era diez meses mayor.
—¿Se ha portado bien?, —preguntó Anki—. ¿O te ha dado trabajo?
—Se ha portado incluso muy bien —dijo Inge—, mucho mejor que mis hijos, pero ayer le entraron de repente unas ansias enormes de verte y apenas podía contenerse.
Georg Von Klemm había estado esperando a la puerta del hotel y ahora se acercó a Anki.
—Te has puesto muy morena —dijo—, seguro que has tenido un buen viaje.
—Un viaje fantástico —dijo Anki—. Tengo que contaros muchas cosas.
Los niños pudieron quedarse despiertos por la noche para celebrarlo y cenar con los adultos, y después de la cena, la propia Anki llevó a Hans Karl a la cama.
—Mami, ya sé nadar —dijo Hans Karl—, y estoy muy contento de que estés aquí otra vez.
—¿Recibiste mi última postal?
—Sí.
—¿La entendiste?
—La tía Inge me lo explicó.
Hans Karl estaba tumbado en la cama y miraba a su madre. Anki se sentó en el borde de la cama y escrutó en los ojos del niño. Le habría gustado saber qué experiencias había tenido, especialmente en la primera parte de sus vacaciones, pero no se atrevió a confundirlo haciéndole preguntas, y probablemente tampoco habría valido la pena preguntárselo, pues los niños y las niñas se callan igual que los adultos, y hay vivencias que no emergen de las cámaras de sus corazones hasta meses o incluso años después y que ninguna pregunta podría sacar antes a la luz.
La habitación de Hans Karl daba al jardín. Anki tapó a su hijo y abrió la ventana. La noche era cálida, y Anki oyó abajo la voz de Inge y al instante la voz de bajo profundo de Georg. No se entendían las frases, apenas alguna que otra palabra, solo era bien perceptible el sonido de las voces. Anki se acercó al espejo y se pasó por el pelo el pequeño y blando cepillo de Hans Karl. Después se ajustó el vestido correctamente, echó otra mirada a Hans Karl, que ya se había quedado dormido, y salió de puntillas de la habitación para sentarse durante una hora más con sus familiares.
Entre los árboles colgaban pequeñas guirnaldas de bombillitas eléctricas de colores que emitían una luz tenue. «Qué bonito está esto», pensó Anki, que se quedó parada en la puerta hasta que una camarera dijo por detrás de ella: «¿me permite?». Cargaba con una enorme bandeja completamente llena en dirección al jardín.