Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 57 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 22

 

Las grandes almas y los grandes árboles crean sombra para los demás mientras que ellos mismos aguantan el sol abrasador, y llevan frutos para los demás.

Extraído del Vetalapantschavinsati

 

1

 

Leopold estaba en la esquina de la calle Tauentzien con la calle de Nürnberg esperando al señor Von Bendemann. Bendemann había descubierto en una librería de viejo de la calle Kleist una carpeta con cartas originales de Friedrich Gentz, y los dos hombres querían ir juntos a examinar los manuscritos. Pasó a su lado un anciano con un abrigo de verano raído, se agachó, cogió una colilla del suelo y siguió su camino. En ciudades aún más grandes que Berlín, Leopold había visto a tipos completamente distintos, mendigos harapientos, de cara chupada y medio muertos de hambre que apenas eran capaces de sostenerse en pie. No pensó en eso; la visión del anciano recolector de colillas le dejó muy disgustado. Maggie le había contagiado sus ideas de un mundo mejor y más justo, igual que un niño transmite a otro el sarampión o como un escolar reproduce determinadas expresiones de una clase incluso en la mesa del comedor ante unos padres horrorizados. No era nada del otro mundo contagiar a Leopold; siempre fue un enemigo de la miseria, y la moda de esa época era inocularse tales ideas, una moda encomiable, por cierto.

Otto Bendemann venía por la calzada e hizo señas a Leopold ya desde lejos. Llevaba un abrigo negro con cuello de terciopelo, un bombín y un bastón amarillo. Los dos hombres continuaron caminando, y en los grandes almacenes KaDeWe alcanzaron al recolector de colillas. Acababa de agacharse otra vez a por un nuevo botín.

—No debería haber mendigos ni mineros que tengan que currar bajo tierra —dijo Leopold.

Otto Bendemann estaba de buen humor y su alegre manera de ser lo inducía a proclamar vulgares lugares comunes.

—Cálmese —dijo—, siempre habrá mendigos.

Una verdad mal formulada adopta un tono algo ambiguo y flotante, y una persona que expresa una banalidad de forma banal estimula a que le lleven la contraria. Leopold meditó sobre la frase ingeniosa de Bendemann, pero al cabo de un rato, dijo:

—El vestuario de los mendigos es más eficaz de lo que uno piensa. Creo que hay mendigos natos, y la cuestión principal es si se tiene derecho a convertir a un gitano en un peluquero que tiene que lavarse sin cesar, pero gana más dinero. Cuando Coolidge, presidente de los Estados Unidos de América, nombró como enviado en México a un tal Morrow o Harrow, he olvidado el apellido, le dijo que la tarea de los gobiernos no era hacer el bien,

sino impedir el mal[86]. Y que cuando los gobiernos intentaban hacer el bien, lo que hacían la mayoría de las veces era ponerse a sí mismos y a otras personas en dificultades. Esta frase inteligente me causó una notable impresión.

También esta, dicho sea de paso, era una moda de la época: hablar constantemente de política y del futuro, pero Otto Bendemann estaba ilusionado con la visita a la librería de viejo y no replicó.

El anticuario era un hombre bajo con una perilla rubia (un adorno que se había vuelto poco habitual) y unas fosas nasales gigantescas. La carpeta contenía seis cartas de Gentz y una nota, y ponía que costaba cien marcos. Leopold se enfadó porque no llevaba ese dinero. Otto Bendemann se había sentado en un sillón en un rincón de la librería y examinaba un librito que le había entregado el anticuario. Leopold se colocó al lado de Bendemann y pidió que le mostrara el título. Eran los poemas religiosos de Annette von Droste. Bendemann dejó el libro encima de la mesa.

—No… no me lo llevo. Es una segunda edición. Una persona debe tener principios; yo solo compro primeras ediciones.

—Como usted desee, señor ministro —dijo el librero—, pero yo no tildaría este librito como una segunda edición así, sin más. Contiene seis poemas que faltan en la primera edición, y además son los más bellos de todo el volumen.

Leopold pidió el libro y leyó el último poema. Era de una extraordinaria belleza y la conclusión se elevaba a las alturas de la música de Beethoven:

 

En silencio nadaba la luna en el azul, el tallo de un lirio se hallaba ante el Salvador en el verde cubierto de rocío;

y del cáliz del lirio salió el ángel y lo fortaleció[87].

El libro costaba quince marcos, y Leopold lo compró para regalárselo a Anki.

Otto Bendemann se levantó y se colocó ante una enorme estantería que estaba repleta de libros de arriba abajo. Él era muy alto, y su cráneo elevado podía divisar cómodamente nueve hileras, pero también era muy concienzudo (y muy codicioso), así que se subió a una escalera para examinar de cerca también los tesoros desde la décima a la duodécima hilera. Leopold contempló los zapatos negros de Bendemann, las polainas grises, los bolsillos de su abrigo un tanto deformados y los finos cabellos grises en el cogote del coleccionista, y de pronto se acordó de Valerie. Anki le había hablado de las crueles disputas de la pareja, y era realmente extraño imaginar que ese hombre adulto tuviera que entrar casi a hurtadillas en sus librerías favoritas igual que un escolar que se compra un novelón infame por diez centavos en una tienducha retirada. Sin embargo, el espíritu es una fuerza inquieta que no se deja embotellar; su naturaleza es la lucha, y exhala lucha como el dragón exhala fuego o como la luna las mareas altas y las mareas bajas. Casi todas las obras que se hallaban en la librería en una paz aparente unas al lado de las otras habían sido escritas en el transcurso de luchas apasionadas y peleadas en combates crueles. Ahora se habían convertido en libros, «solo» libros, pero incluso su mero contacto seguía siendo casi tan peligroso como el de una línea eléctrica de alta tensión. Al uno lo reprendía su esposa como castigo por ellos, el otro los leía a cambio del descanso de sus noches, el tercero los cerraba de golpe, continuaba siendo un mentecato y se los pasaba a un cuarto, y todo volvía a comenzar desde el principio.

Leopold se sentó en el sillón que acababa de dejar Bendemann y leyó algunos títulos que tenía ante las narices: Pascal, Pensamientos; Lutero, Charlas de sobremesa; Schiller, Historia del acta de abjuración de los Países Bajos respecto del gobierno de España.

Un anciano entró en la librería y el anticuario dio dos pasos hacia él. El cliente, que no era tal, se quitó de la mano un guante de lana gris y desenvolvió un paquete con movimientos nerviosos. Contenía seis volúmenes que el hombre ofrecía en venta al anticuario. Este se guardó las gafas de lejos en el bolsillo, se puso las gafas de lectura y examinó la oferta.

—¿Cuánto quiere por ellos?

—¿Cuánto puede ofrecerme usted?

—Doce marcos.

El anciano suspiró y miró sus libros:

—Doce marcos por seis volúmenes… No es mucho.

El anticuario expuso un volumen a la luz de una lámpara eléctrica y señaló el lomo con el dedo.

—Mal conservado —dijo—, la encuadernación está muy desgastada… lo siento.

El vendedor era solo un lector y no un experto:

—La encuadernación es de piel —respondió en voz baja.

—Es una encuadernación en media pasta, a la holandesa —dijo el anticuario.

El vendedor no lo entendió.

—Pensaba que era de piel —dijo—, bueno, deme esos doce marcos.

Sonó la campanilla de la caja registradora de la librería, el anciano guardó los dos billetes de cinco marcos en una cartera pequeña y las dos monedas de un marco en el bolsillo del chaleco, saludó y salió de la librería. El anticuario quitó el polvo a los libros con un pañuelo y los colocó en una mesita redonda. La mesa estaba al alcance del brazo de Leopold, y este cogió uno de los volúmenes. Se trataba de una traducción alemana de la Historia de Inglaterra

de Macaulay[88]. Otto Bendemann estaba subido a una escalera y leía, y Leopold hojeaba y comenzó asimismo a leer. El anticuario miraba reconcentrado por la ventana de la puerta de su librería, y su hija estaba sentada a una máquina de escribir y le daba a las teclas. Por la calle pasó una furgoneta de la mudanza tirada por un tractor, y el suelo vibraba.

Leopold se desabotonó el abrigo, puso la bufanda a un lado y leyó: «El filósofo John Locke, que se había propuesto la tarea de investigar el origen, la certeza y la extensión del conocimiento humano, detestaba la tiranía y la persecución en calidad de filósofo, pero su entendimiento y su sensibilidad lo protegían de la fogosidad irreflexiva del militante de un partido. Su amistad íntima con el filósofo Shaftesbury le hizo perder las simpatías de la corte; sin embargo, su sagacidad era de un tipo tan peculiar que de poco habría servido llevarlo ante los tribunales corruptos y partidistas de aquella época. No obstante, sí era vulnerable en un punto: pertenecía a la Iglesia de Cristo de la Universidad de Oxford, y el gobierno de la universidad decidió expulsar de la misma al hombre más grande del que podía vanagloriarse su dichoso cuerpo docente…».

El estilo de la traducción resultaba anticuado, pero esa causa criminal despertó el interés de Leopold. Hasta ahora se había escapado de su atención, y siguió leyendo: «Eso no fue fácil de llevar a cabo. Locke no se había expresado jamás en Oxford acerca de la política del momento; lo rodearon de espías; los doctores en teología y los catedráticos de las artes liberales no se arredraron a la hora de poner en marcha el más infame de todos los servicios: vigilar la boca de un colega e informar negativamente sobre sus palabras para causar su perdición. Le preguntaron por Shaftesbury, por las leyes más recientes, pero todo fue en vano. Locke no expresaba su opinión, pero tampoco la ocultaba; más bien mantenía un silencio y una imparcialidad tan imperturbables que los esbirros del poder se vieron obligados a admitir que no había habido nunca un hombre tan completamente dueño de su lengua y de sus pasiones. Cuando quedó claro que no podía conseguirse nada contra Locke mediante la traición, recurrieron a la arbitrariedad; después de intentar en vano inducir a Locke a cometer errores o actos punibles, el gobierno de la universidad decidió proceder al castigo sin esperar que se produjeran estos. Llegó la orden de expulsión, y el decano y los canónigos se apresuraron a obedecerla. Locke se fue a Europa, y aquí se enteró de que le habían sustraído su hogar y sus ingresos sin juicio, incluso sin previo aviso. Locke guardó silencio y se ocupó de redactar su famosa Carta sobre la tolerancia…».