Franziska Scheler

Bernard von Brentano · Capítulo 49 de 71

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Franziska Scheler

Capítulo 19

 

¡Usted no es francés, Benjamin! Los recuerdos de su infancia no están fijados en estas tierras… ¡Esta es la diferencia entre usted y yo!

La señora Von Staël a Benjamin Constant

 

1

 

Wilhelm Braun estaba cansado y paró un taxi para irse a casa, pero Anki no tenía ganas de irse ya a la cama. Estaba de buen humor y animada, y quería pasarse por el bar Königin y oír allí a una cantante de la que Valerie Bendemann había contado cosas fabulosas. Wilhelm Braun sonrió ante la propuesta de Anki, como un anciano que añora su estudio sonríe ante las locuras de la adolescencia, pero cedió al capricho de ella, y cuando entraron en el bar, acababan de dejar una mesa libre.

Anki tomó asiento y la silla le pareció cómoda. Se quitó los guantes y se miró en un espejito que sacó del bolso.

—Spalding me da pena —dijo ella empolvándose la nariz—. Posee unas manos talentosas y una cabeza que no se olvida fácilmente, pero tiene mal carácter.

—Ha destrozado a Gertrud —dijo Leopold—, y ahora ella lo va a destrozar a él.

Anki se sorprendió por el comentario de Leopold y guardó la polvera en el bolso.

—Esta época ayuda —dijo Wilhelm—. No me gustaría ser un pintor… Se ha vuelto un asunto condenadamente difícil hacer cuadros que resistan una contemplación detenida y más precisa. He leído recientemente las cartas de

Lichtwark[74]. ¿Las conoces?

Leopold estaba mirando al escenario donde actuaba un bailarín de claqué y negó con la cabeza. También Anki contemplaba a aquel hombre negro vestido de negro que haciendo sonar las suelas planeaba por el escenario como un patinador sobre hielo, y apenas prestaba atención. A Wilhelm Braun le pareció aburrido el bailarín («probablemente olerá mal», pensó), y prosiguió con su monólogo, del que algunos jirones de frases penetraban en los oídos de Leopold, y otros, en los de Anki.

—Ese Spalding es lo que se denomina un «hombre libre», un producto completo de la libertad de nuestra época, pero mira por dónde, eso tampoco es bueno… para un artista parece ser casi tan malo como la esclavitud. Un artista necesita encargos, y me pregunto quién podría hacer encargos a esos hombres libres… ¡Sí, esa es la cuestión! Faltan los encargos, y eso significa los encargos interiores… nuestra necesidad de imágenes. Un sacerdote necesita imágenes para su iglesia, y un rey necesita pinturas, pero un burgués lo que necesita es una inversión de capital.

—¿Te parece bueno ese bailarín?, —preguntó Leopold.

Wilhelm Braun miró un rato al escenario.

—No es ningún bailarín —dijo él—, es un acróbata.

Anki sonrió, pero cuando volvió a mirar a aquel hombre después del comentario de Wilhelm, le pareció que tenía los movimientos de un empleado de banco desesperado.

—No sé bailar —dijo Wilhelm—, y por consiguiente, tampoco sabe ese pobre perro de ahí arriba. Bailarines son quienes saben bailar mejor que la gente que sabe bailar.

A Leopold le vino a la mente Spalding otra vez y dijo:

—Todo tiene su precio, y creo también que la forma anglosajona de libertad es la libertad específica para comerciantes y banqueros.

—Los banqueros detestan la República —dijo Anki.

—La libertad burguesa es una libertad contra el Estado —dijo Wilhelm.

—Yo lo expresaría de esta manera: los banqueros detestan la legislación fiscal de los socialdemócratas —dijo Leopold.

El bailarín negro de claqué Stepptänzer había desaparecido tras el telón después de numerosas reverencias, y Anki preguntó si había buenos cuadros de Spalding.

—Uno de mis pacientes posee un paisaje suyo del que estoy enamorado —dijo Wilhelm.

—¿Le propusiste realmente editar una carpeta con cabezas?, —preguntó Leopold.

—La caricatura me pareció excelente. Creo que la compraré.

—No estaba mal, pero parecía hecha sin cariño. Incluso un caricaturista tiene que estar enamorado de su víctima, pero Spalding ya no puede amar, con excepción del tabaco y del dinero.