Franziska Scheler
Capítulo 2
Las hijas de Anna eran guapas y gráciles, y a pesar de que ninguna de las dos había heredado los ojos de su madre, prometían sin embargo convertirse en mujeres bellas.
—He vuelto a olvidarme de lo importante —dijo Leopold—, pero la próxima vez que venga aquí os traeré una bolsa de chocolatinas. ¿O no os gusta el chocolate?
—Nos gusta muchísimo el chocolate —dijo la chica mayor, y al decirlo puso una carita muy seria, como si estuviera respondiendo a la pregunta de un maestro de la escuela. Anna le acarició el pelo e hizo como si la respuesta le pareciera un tanto petulante, pero era lo suficientemente madre como para sentirse complacida por la alegre esperanza de sus hijos e hijas.
2
Eran las siete y cuarto, y Karl, Anna y Leopold acababan de sentarse a la mesa cuando sonó el timbre de la vivienda. Karl se reclinó en el asiento, se abrió la americana de su traje de color azul oscuro, extrajo su reloj de oro del bolsillo, hizo saltar la tapa y dijo:
—¿Ya viene esa gente ahora? Pero si solo son las siete y dieciséis minutos. ¡Eso no se hace!
—Te vas a quedar sorprendido con todo lo que vas a ver y oír durante esta velada —dijo Anna a Leopold, y puso una sonrisa de satisfacción.
Valentin entró en la habitación, anunció que habían llegado los primeros invitados y preguntó adónde debía conducirlos.
—Esto se pasa ya muchísimo de la raya de lo que es correcto —dijo Karl, y Leopold vio que su hermano estaba muy disgustado.
—Conduzca a esa gente al salón —dijo Anna—. Mande a Hilde que abra ella la puerta y usted quédese aquí sirviendo los platos. Los niños tendrán que portarse muy bien y hoy tendrán que desvestirse sin mí. Luego iré a verlos para rezar la oración de la noche.
El criado se fue, y Leopold oyó entrar a gente en el cuarto contiguo y también ruido de sillas.
—Así que van a tener que pagarlo los niños —dijo Karl molesto.
—¿Quién habla aquí de tener que pagar nada?, —preguntó Anna—. Cuando las niñas y los niños pueden desvestirse solos, se ponen la mar de contentos.
—Como tú digas —dijo Karl—. Pero si después alguno resbala en el baño o se mete en la bañera con el agua hirviendo… Bueno, yo solo quería avisar, ¡y ya lo he hecho!
Leopold se había esforzado verdaderamente mucho durante toda la tarde por superar su curiosidad, pero ahora le pareció que ya se había aguantado lo suficiente y preguntó:
—¿No vais a revelarme por fin lo que va a pasar esta noche en vuestra casa?
Karl levantó los dos brazos de modo que su cabeza desapareció literalmente entre los hombros, y dijo:
—Si me lo permites… ¡eso después! Ahora vamos a cenar rápidamente y a ser posible en silencio para estar listos enseguida. La gente ya está de camino y no queda muy bien hacerlos esperar en el cuarto de al lado mientras comemos aquí como si la cosa no fuera con nosotros.
Era una orden que había que obedecer, máxime si uno conocía el carácter de Karl, poco dado a las bromas. De postre había solo fruta, y Valentin les estaba ofreciendo el frutero cuando se abrió la puerta y entraron Otto von Bendemann y Franziska Scheler.
—No se molesten —dijo el señor Von Bendemann—. En realidad somos del grupo de aquí al lado, pero queríamos saludarles rápidamente antes de mezclarnos entre el gentío. ¡Su escalera parece literalmente un hervidero de gente!
—No molestan en absoluto —dijo Karl con cortesía, y se levantó—. ¡Al contrario! Me hace feliz verlos aquí. Esta noche parece que habrá una afluencia masiva. Gracias a Dios que al menos los tenemos a ustedes dos aquí.
Acercó dos sillas a la mesa y rogó a Bendemann y a Franziska que tomaran asiento.
Leopold se levantó también y contempló a Franziska, que lo miró en silencio sin saludarlo. En ese momento Bendemann lo reconoció, ya que se habían encontrado algunas veces en casa de Karl Chindler.
—Anda… Si es Leopold Chindler… la voz del [2] Berliner Allgemeine….
¡Qué grata sorpresa!, —dijo el señor Von Bendemann.
Rodeó la mesa, se dirigió a Leopold y le tendió su mano enorme, y entonces también Leopold se dirigió a Franziska para saludarla. Ella no pareció reconocerlo. Alzó un poco las cejas, puso una cara gélida y solo le tendió dos dedos; sin embargo, se había convertido en una mujer mucho más hermosa de lo que ya era de joven, tenía un aspecto espléndido. Llevaba un vestido azul de mangas cortas, y sus ojos de color azul claro, en cuyos bordes se divisaban unos leves destellos amarillos, iluminaban la sala entera.
El criado entró y anunció que había llegado el señor doctor Lichtstrahl [3], quien rogaba que se le permitiera entrar unos instantes. Karl no supo qué decir, y miró con expresión interrogativa a su esposa.
—Estamos prácticamente listos con la cena —dijo Anna—. Déjalo entrar, sí. Creo que es lo suyo, al fin y al cabo es la persona principal en la velada de hoy.
—Entonces haga entrar al señor doctor —dijo Karl.
La persona que entró llevaba la vestimenta negra de un sacerdote católico. Era de estatura media, gordo y de tez pálida. Su cabellera presentaba muchos claros, pero tenía una frente bella, de poderosa hechura y de una altura impresionante. La boca grande, comprimida en una única línea recta, mostraba signos de pasión y de fuerza de voluntad.
—Lo saludo de todo corazón, señor secretario de Estado —dijo a Karl Chindler—, y le expreso de nuevo todo nuestro agradecimiento por el hecho de que haya puesto usted su linda vivienda a disposición para esta buena causa. Que el Señor se lo pague con sus bendiciones.
Tras estas solemnes palabras soltó la mano de Karl (que había mantenido sujeta todo ese tiempo) y saludó entonces a Anna y a los demás presentes.
—¿Me permite presentarle a mi cuñado Leopold Chindler?, —dijo Anna.
El doctor Lichtstrahl estrechó la mano de Leopold, y Leopold percibió que la mano de Lichtstrahl era muy blanda. También la cara de ese hombre era menos impresionante vista de cerca de lo que le pareció a distancia desde el marco de la puerta. Los ojos, ocultos por unas gafas muy graduadas, eran pequeños y de un color indeterminado, y la parte inferior de la cara le colgaba un tanto fláccida y estaba, por decirlo de alguna manera, no del todo acabada. Después de moldear aquella frente, la naturaleza no se esforzó ya más en la labor y completó el resto de la cara un poco con mano siniestra. Ahora bien, la frente seguía siendo descomunal incluso de cerca.
También Leopold estaba siendo examinado minuciosamente, y el examen del doctor Lichtstrahl sobre su persona duró incluso algunos segundos hasta que el doctor Lichtstrahl abrió la boca y dijo:
—He oído hablar de usted, me alegro mucho de saludarlo.
Leopold se puso a pensar quién diantre podría haberle hablado al doctor Lichtstrahl de él. El enigma se solucionó, al menos en parte, al manifestarse el doctor Lichtstrahl como conocedor de los artículos que Leopold publicaba en el Berliner Allgemeine.
El doctor Lichtstrahl avanzó unos pasos y saludó al enviado extraordinario Von Bendemann, ya en el retiro. Bendemann acababa de limpiarse sus gigantescas gafas de concha de color amarillo claro, volvió a colocárselas sobre la nariz y examinó de arriba abajo la polvorienta sotana del clérigo.
—Verdaderamente siento una gran alegría esta noche —dijo el doctor Lichtstrahl— al poder saludar a tantos caballeros distinguidos y apreciados. —A continuación realizó una reverencia con mucha soltura dirigida a Anna y prosiguió—: Pero si le parece bien a usted, señora mía, no hagamos esperar más a los demás invitados y comencemos.
Karl se adelantó y abrió la puerta corredera, y Leopold divisó por fin la misteriosa reunión que había estado esperando durante tanto rato. El salón estaba a rebosar de gente, pero Leopold se quedó muy sorprendido cuando se acercó y contempló a los presentes. Casi todos eran gente sencilla,
trabajadores y empleados[4] de rostros cansados, extenuados y manos toscas, instrumentos acostumbrados a sujetar herramientas robustas y a llevar la lucha por la existencia con la fuerza de sus músculos. Entre los jóvenes que se habían concentrado al fondo de la sala y que formaban un grupo de por sí, los había que tenían cara de actores o de artistas echados a perder. Tenían un gesto porfiado en sus caras y cabellos largos, grasientos, desaseados. Algunos tenían una expresión maliciosa en los ojos, en los que se veía relucir problemas difíciles, o bocas burlonas y desdeñosas, y estas se volvieron aún más negativas y maliciosas al entrar el señor de la casa y dirigirse con las figuras elegantes de Anna y Franziska a los asientos delanteros, reservados para ellos. En cambio, entre las personas mayores había caras simpáticas y agradables, de ojos espabilados y prudentemente atentos. Así, por ejemplo, en la segunda fila estaba sentada una mujer de pelo cano y de mediana estatura, que tenía una cara bella, incluso noble. Mantenía las manos plegadas sobre el regazo y la cabeza inclinada con unas mejillas pálidas, pero al ver entrar ahora al doctor Lichtstrahl, levantó la vista y contempló al clérigo con esa dulce y escrutadora entrega que retrataron Durero y Grünewald, y que les está concedida a aquellas personas hambrientas que soportan mucha carga y que poseen la fuerza de creer.
No había suficientes sillas, y algunos invitados que habían ocupado el saledizo tuvieron que permanecer de pie. Karl y Leopold cargaron con algunas sillas más del comedor hasta que todos los presentes pudieron estar sentados, y a continuación el doctor Lichtstrahl dio comienzo a su discurso.
Se levantó, giró su silla, apoyó las pequeñas y pálidas manos sobre el respaldo y dijo:
—¡Nuestro centro católico para adultos en Berlín está en marcha! Todavía no poseemos ningún suntuoso edificio, no podemos reunirnos en nuestra propia casa cuando nos convenga, pero en realidad poseemos mucho más que eso. Hace poco quisieron infundirme miedo y ansiedad al preguntarme: «¡Pero querido señor doctor! ¿Dónde va usted a ofrecer sus cursos? ¿Dónde va a reunir a los hombres y a las mujeres que le siguen?». Yo les respondí: «¡En todas partes!». Berlín dispone de un millón doscientas diez mil seiscientas dos viviendas; eso nos basta. Cada semana encontraremos una que nos acoja, y mira por dónde… cada semana hemos encontrado una. Hace cuatro semanas, una; hace tres semanas, otra; hace dos semanas, otra más; ¡y hoy otra de nuevo! —Algunos oyentes se rieron conformes, y el orador hizo una pausa. Luego prosiguió—: Además, damas y caballeros presentes, nosotros queremos de manera provisional, subrayo expresamente lo de provisional, algo completamente distinto. Nosotros no somos eruditos, y aunque somos escolares, somos escolares de un tipo especial, nosotros somos ¡humanos! Nosotros no le hablamos únicamente al intelecto, al cerebro de aquí arriba, a esta masa escasa de la que cierta gente está tan tremendamente orgullosa; nosotros sabemos que el ser humano es más diverso y más rico; ¡nosotros le hablamos al ser humano entero! ¡Al alma! Miren, venerables oyentes, hace dos semanas fue Semana Santa. Una tarde regresaba yo del cementerio, o mejor dicho, de uno de los muchos cementerios que hay en nuestra ciudad… bien, regresaba yo del cementerio y caminaba ensimismado en mis pensamientos por la calle Leipzig. Me quedé parado ante los grandes almacenes Wertheim. ¡Era Semana Santa en aquellos escaparates! ¡Deporte, excursiones, primavera! ¡Ropa de excursionistas! ¡Barcos de vela, tiendas de campaña! En mitad de los escaparates había conejitos de Pascua y huevos de Pascua entre sauces en flor. ¡Semana Santa en la calle Leipzig!
Aquel hombre era indiscutiblemente un gran orador; Leopold no recordaba haber oído nunca a otro mejor. El doctor Lichtstrahl había pronunciado las últimas frases casi entre dientes, pero a Leopold le pareció que su obra maestra consistía en que mientras arrojaba a la calle aquellos inocentes objetos desde los desprevenidos escaparates de la Plaza Leipzig, al mismo tiempo los elevaba a la más extrema visibilidad y los condenaba al más ridículo deslucimiento. En ese instante fue igual que Jesús en el templo, pero un Jesús intelectual que no utiliza las manos y que como mucho las mueve como un director de orquesta la mano izquierda. Jesús llevaba un látigo en la mano, un flagelo; este hombre permanecía de pie, prácticamente inmóvil, y sus armas (invisibles) eran la fuerza fría de su capacidad de observación y el poder demoníaco de su oratoria.
El doctor Lichtstrahl se enderezó y prosiguió:
—Una vez en casa, hojeé en el misal de Schott. ¡Liturgia de la Semana Santa! ¡Jueves Santo! Flectamus genua! O crux ave! ¡Los improperios!
Vexilla regis! O lux beata![5] ¡Luego los jubilosos narcisos! ¡Aleluya! Es un día festivo. Es la consagración. Es la resurrección. ¡Cómo se ha vuelto el mundo pobre y raso y burgués sin la Iglesia! ¡Aburguesamiento! ¡Huevos de Pascua! ¡Conejitos de Pascua, florecitas de sauce! Buenas comidas, buenas bebidas y unas bocanadas de aire de primavera. ¡Aquí, sin embargo, la eternidad, el resplandor de la nieve endurecida, los embates de la tormenta, la resurrección, el renacer! Lo primitivo del ser humano es arrancado y elevado desde las profundidades. Las rocas se fragmentan. Las cruces están rodeadas de luz. La Pascua anuncia y vitorea al resucitado. Esto es lo que yo denomino un día festivo. El que eleva a las personas por encima de sí mismas. El que las sumerge en lo infinito. El que las une con lo divino. El que coloca el valle de este mundo en el resplandor cromático del supramundo. ¡Un día festivo!
El orador calló, y Leopold miró con cautela a su alrededor. Todos los oyentes parecían cautivados, en algunas caras pudo leer la más profunda emoción. Leopold estaba sorprendido, pues la conclusión de esta plática le había gustado poco. Le pareció vacía, no del todo sincera y sin un sentido concreto. Se preguntó qué infancia y qué clase de hogar familiar había tenido el orador. Leopold recordaba con agrado las fiestas de la Pascua de su infancia. Todos se levantaban temprano en el alegre Domingo de Resurrección y toda la familia iba a la misa de las ocho. A veces quedaban restos de nieve en el jardín de la parte delantera de la casa, y una brisa fresca, que devoraba la cara de todos, especialmente en el camino de vuelta, pugnaba con la fuerza joven, única, del sol de primavera; ahora bien, cuando regresaban a casa a eso de las nueve y media, en el viejo y acogedor comedor, con las paredes con papel pintado de color verde, había un desayuno colosal, magnífico: café y leche y azúcar y hermosos panecillos blancos y dos coloridos huevos de Pascua para cada uno, que extraían de un gran cesto amarillo de paja colocado en el centro de la mesa del desayuno y cuyos divertidos colores, una fórmula secreta de tía Friederike, componían el primer ramo de flores del nuevo año. ¿Pretendía alguien abolir esas bonitas y antiguas costumbres? ¿Le resultaban demasiado paganas al señor Lichtstrahl? ¿O demasiado terrenales tal vez? Leopold no entendía el sentido de aquel discurso, y su sensibilidad fácilmente irritable despertó en su corazón un sentimiento de animadversión hacia el orador. No habían tratado de convencerle, sino de persuardirle, y él se sublevaba ante tal cosa. «La Pascua», pensó, «¡debe continuar siendo lo que siempre ha sido!».
El doctor Lichtstrahl prosiguió, pero Leopold se puso a contemplar a Franziska, a quien tenía sentada casi enfrente y que poseía una capacidad asombrosa para no conmoverse. Leopold no sabía que Franziska Scheler estaba emparentada con el señor Von Bendemann, y se preguntó de qué conocería ella a su hermano y por qué razón aquella protestante bella y mundana tenía interés en tales reuniones; sin embargo, Franziska parecía escuchar con atención, y las ondulaciones oscuras de sus cabellos, que dejaban al descubierto una pequeña nuca de brillo blanco y moldeada con mucha delicadeza, no le dieron ninguna respuesta.
El orador había acabado. Leopold extrajo el reloj del bolsillo y miró la esfera; eran justo las nueve y media.
Anna fue la primera en levantarse y agradeció al doctor Lichtstrahl su discurso acercándose hasta él, le dio la mano y pronunció algunas frases amables. Leopold se levantó también para estirar las piernas tensas, y cuando Karl, como señor de la casa, se dirigió al doctor Lichtstrahl poniendo su expresión más respetable en una cara del todo impenetrable, Anna se acercó a Leopold y se colocó a su lado.
—Bueno, viejo pagano —dijo ella en tono burlón pero con absoluta camaradería, con el tono socarrón que se usa entre familiares, y al mismo tiempo con un matiz incluso de inseguridad—, ¿qué te ha parecido nuestra conferencia?
Leopold vio que su cuñada estaba entusiasmada y respondió que el orador parecía ser una personalidad tremendamente interesante. Anna era una mujer amable y capaz, pero también poseía un carácter ingenuo, y no comprendió la respuesta de Leopold.
—¿No es verdad?, —dijo ella animada y visiblemente feliz—, ¡eso es lo que me parece a mí también, siempre se lo he dicho a Karl! Pero me alegra de una manera muy especial que esté contento incluso tu espíritu crítico, porque a veces estás más a favor de la sutileza y del análisis que lo descompone todo… No vayas a tomarte a mal que hable con tanta franqueza, pero es que ahora estoy viendo que nosotros, cristianos más devotos, no debemos perder la esperanza de tu alma, ¡y eso solo ya me recompensa toda la velada!