Franziska Scheler
Capítulo 2
Se apagaron las luces, y la cantante por la que Franziska había ido a ese local apareció en el escenario. Era alta y delgada y llevaba un vestido plateado al que perseguía el cono de luz de un foco blanco. Un sirviente con frac plateado trajo una escalera pequeña, la apoyó junto al piano de cola, y la cantante se subió al tejado negro y brillante del instrumento. A continuación alzó un poco el brazo, sonrió a su acompañante y comenzó a cantar.
2
Herbert Müller había pedido a Leopold que se pasara a verlo porque quería hablarle de algo. Cuando Leopold llegó, estaba abierta la puerta de dos hojas que conducía al despacho del jefe. Los empleados se habían marchado ya a casa, y la esposa del portero estaba fregando el suelo de la antesala. Herbert Müller estaba sentado en un rincón de su despacho y dictaba. Se había comprado un dictáfono y le cantaba al aparato vehementes cartas comerciales de viva voz. Era un hombre muy trabajador y adoraba su profesión.
—Lo siento —dijo, y se giró junto con su silla—. Su libro no tira. La primera edición se agotó, pero la segunda está ahí parada como el plomo.
—Necesitamos un nuevo Huber —dijo Leopold.
Herbert Müller tenía a veces poco sentido del humor.
—Eso estaría bien —dijo con cara seria—, pero una persona normal solo tiene tanta suerte una vez. Tiene que escribir usted otro libro. Tenemos que incordiar al público hasta que la gente se aprenda su nombre.
A Leopold le quedaba todavía dinero para seis meses, y si vendía el coche, para ocho o nueve meses tal vez. Se lo dijo a Herbert Müller, y el editor estuvo dándole vueltas un rato.
—Si me hace usted una buena propuesta, yo podría corresponder con otro adelanto, pero no tanto como la última vez. Creo que debería regresar a un periódico.
—A los periódicos, que se los lleve el diablo —dijo Leopold—. La prensa de derechas es estúpida y la de izquierdas vive en otro planeta.
—Usted se ha sentado en todas las sillas sin decidirse.
—Muchas gracias —dijo Leopold—, casi siempre soy receptivo a los cumplidos.
Herbert Müller se disculpó y le aseguró que no había querido ofenderlo. Leopold replicó que solo lo había ofendido de una forma muy comedida.
—Voy a decirle una cosa, mi querido amigo, cada persona tiene su sitio en la vida, uno arriba, otro abajo, uno a la izquierda, otro a la derecha. Sin embargo, el sitio de un escritor está entre las sillas sin decidirse: cuando alguien escribe un libro que gusta a todo el mundo, entonces ese bicho raro es o bien un granuja, o bien un epígono.
—Hay que vivir —dijo Herbert Müller, y dio un suspiro.
—¡No tenga usted tantas dudas! Hay que escribir buena prosa —replicó Leopold.
—Usted se ha convertido en un idealista —dijo Herbert Müller—. La mayoría de las personas pierden la cabeza por el éxito, pero parece que también hay personas a quienes les apremia el fracaso.
—Los periódicos modernos tienen una espantosa predilección por lo mediocre —dijo Leopold—. En el Berliner Allgemeine reinaba la costumbre de decir lo que «siempre» se ha dicho. Cuando ese Manberg quería saber lo que ocurría en política, entonces se encendía un puro y leía sus propios artículos.
Herbert Müller se echó a reír.
—Ya le vendrá a usted el éxito. Tiene un talento muy pronunciado para los aforismos.
—Se está burlando de mí —dijo Leopold—, pero no le estaba contando ningún chiste, mis palabras de oro eran la verdad pura y dura.
—Daré voces por ahí —dijo Herbert Müller—. Poder esperar seis meses es mucho tiempo hoy en día. Ya encontraremos algo. ¡Ánimos!
Leopold le contó a Anki su conversación con Herbert Müller y Anki le ofreció su collar pequeño de perlas. El collar grande se lo había devuelto a Richard, pero el pequeño valía sus buenos quince mil marcos.
—Eres sorprendente —dijo Leopold—, pero todavía tengo un montón de dinero, y próximamente voy a ganar otro montón.
Anki reposó las manos en los hombros de Leopold y dijo:
—Tengo también un plan en mente, pero no quiero revelarlo todavía.
—De tantos planes habrá alguno que se haga realidad —dijo Leopold.
Anki tenía que cambiarse de ropa. Estaba invitada a cenar en la casa del embajador inglés, cuya nuera era pariente de los parientes escoceses de Anki. Waldo entró en la sala para buscar a su hermana, y Leopold se despidió. Eran solo las siete, así que Leopold fue en coche hasta el Café Wien, en la avenida Kurfürstendamm, para leer algunos periódicos. El local tipo salón provisto de palcos tenía las dimensiones de una sala de conciertos y estaba iluminado por centenares de bombillas eléctricas. Era una empresa nueva y completamente democrática; las cafeterías de antes tenían las modestas dimensiones de salas algo grandes, en las que la gente se citaba para conversar; las nuevas eran gigantescas, brillantes y ostentosas, pues el ciudadano soberano que iba a ellas y las financiaba, la masa de gente corriente y moliente, exigía que lo recibieran con fuertes contrastes y que lo distrajeran con sorpresas cromáticas. Leopold se dirigió a la parte de atrás, donde estaba la mesa de los periódicos. Pidió que le trajeran un vermut, escogió el Vossische Zeitung, el Le Temps y el Börsenblatt y comenzó a leer. El titular del Börsenblatt aparecía en negrita
sobre las cuatro columnas y decía: «La catástrofe de Wall Street[75]». Hacía una semana, el doctor Achtermann había escrito también un artículo sobre el mismo asunto cuyo tono inhabitualmente serio había llamado la atención de Leopold.
Leopold dejó a un lado el Vossische Zeitung y leyó el artículo del Börsenblatt: «El alcance y las dimensiones del crac de la bolsa de Nueva York solo pueden caracterizarse denominándolo la mayor catástrofe de la historia de la bolsa. Tal vez algunos lectores nos acusen de exagerados, y para ellos vamos a apuntar brevemente lo que sucedió aquel martes aciago y verdaderamente negro, el 22 de octubre de 1929. Ese día se desplomaron las cotizaciones en Wall Street. La avalancha echó a rodar. Algunos pensaron en ese momento que todavía era posible detener el alud, y el 24 de octubre se personó el vicepresidente de la bolsa de Nueva York en la sala y compró diez mil acciones de Steel y diez mil acciones de otras empresas, y cuando se hizo de noche había comprado acciones por treinta millones de dólares. Sin embargo, no sirvió de nada. El martes 29 de octubre más de dieciséis millones de acciones cambiaron de manos, y ante esa demanda, todas las medidas de apoyo de los grandes bancos fueron impotentes. Desde entonces, la catástrofe se ha ido expandiendo cada vez más, y el valor de los títulos negociados solo en el parqué de Nueva York ha descendido en torno a los treinta y cinco mil millones de dólares. La valoración de todas las acciones negociadas en todas las bolsas hay que suponerla hoy en casi treinta y cinco mil millones de dólares frente a los ochenta y ocho mil millones de dólares el 21 de octubre de 1929. Solo cuando uno tiene a la vista esas cifras gigantescas y verdaderamente terroríficas, comienza a formarse una idea al respecto. Al mismo tiempo, la situación continúa siendo negra y completamente incierta, y todavía no puede evaluarse la magnitud entera de la catástrofe; esto podría hacerse únicamente si fuera posible movilizar al ejército de los accionistas perjudicados o completamente arruinados…».
El camarero trajo el vermut. Leopold tomó un sorbo y siguió leyendo.
«También en Europa se han perdido centenares de millones en estos últimos tres meses en insolvencias y quiebras —pensemos en los escándalos
de Hatry y Horme[76] en Inglaterra, en el caso de la institución de crédito agrícola en Viena, en el juicio a la Gazette de France en París—, y en lo que respecta a la bolsa, las cosas ya pintan aquí tan mal como en los Estados Unidos de América. El valor conjunto de todas las acciones negociadas en las bolsas alemanas ha caído en más de dos mil millones desde octubre hasta el día de hoy…».
Leopold puso el periódico encima de la silla y volcó su vermut. «Que se lo lleve el diablo», pensó. «Malos tiempos para hacer planes. ¡La cosa se está poniendo condenadamente fea!». Llamó al camarero, pagó y se abrió paso por entre las mesas muy juntas hacia la salida. Mientras esperaba en el guardarropa a que le entregaran el abrigo, decidió llamar por teléfono al doctor Achtermann y conversar con él.
La avenida Kurfürstendamm estaba iluminada como si fuera de día. Leopold se detuvo bajo una farola y se puso a mirar la cadena oscura de los automóviles que pasaban por la calzada, como las carrocerías todavía sin ruedas avanzando por la cadena de montaje de una fábrica de automóviles. El gran juguete autónomo y obediente del ser humano de la posguerra atascaba toda la calle, pero también la animaba, y la forma de los coches sentaba especialmente bien a las mujeres. Una plétora de diosas sonrientes se deslizaba lentamente ante los ojos de Leopold. Algunas sujetaban el volante con las manos, otras se acurrucaban contra su acompañante, y el espectador de ese espectáculo recibía alguna que otra mirada que era como una flecha y envenenaba el corazón alcanzado con unas ansias infantiles, tal vez incluso pueriles, con unas ganas de movimiento y de riqueza, con unos deseos de aventuras rápidas y besos desvergonzados, de cuerpos ataviados con pieles y repanchingados tras las lunas rodantes, ansias de sus labios blandos pintados de rojo y de sus ojos de escrutadora soberbia…
Una mitad de la calle entretenía a la otra mitad, pero el espectáculo no tenía interrupción, y cada uno de los innumerables actores y actrices actuaba una sola vez para hacer un mutis a continuación y desaparecer para siempre… Se trataba de un estímulo sin fin y de un placer amargo que de pronto se volvía doloroso porque, una vez entregado a él, no procuraba ninguna liberación…
Leopold se dio la vuelta y se dirigió a la calle Uhland, donde había aparcado su amarillo. La temperatura había descendido notablemente, y mientras caminaba, se subió el cuello del abrigo.